La carcajada retrógrada: racismo, política y el humor de Chumel Torres

La inconformidad por la participación de Chumel Torres en un foro del estado no la causó el estado, sino las audiencias que rechazaron que su discurso discriminatorio recibiera una tarima estatal.

Texto de 02/07/20

La inconformidad por la participación de Chumel Torres en un foro del estado no la causó el estado, sino las audiencias que rechazaron que su discurso discriminatorio recibiera una tarima estatal.

Advertencia: este ensayo contendrá citas y reproducciones de la obra de varios mexicanos dedicados a la comedia.

“Sin importar en dónde sea expresado, si en línea o en la vida real, debemos combatir el racismo, a fin de que todos puedan beneficiarse de verdad de la igualdad de derechos y las libertades”.

—Museo del Holocausto de Montreal, “¿Cómo confrontar el racismo en línea?

Quizá habría que arrancar este texto consignando que Chumel Torres es la cosa menos importante del mundo.

No hablo del sujeto, pues, de la persona, aunque tampoco reviste mucha importancia su existencia individual —o la de cualquiera de nosotros, para el caso, la mía y la de la persona que para bien o para mal decidió darle clic a un link y comenzar a leer este texto—. Hablo del conductor de un programa en HBO, otro en YouTube y otro en Radio Fórmula, por citar las que quizá son las más destacadas secciones de su currículum. Digo que no importa porque lo cierto es que esta polémica —hablo, por supuesto, de la polémica de la discriminación inherente a aquello que llaman “su comedia”, en caso de que no hayan abierto internet desde hace semanas— pudo e iba a suceder sin importar quién fuera el centro de la discusión.

Esto es así no porque yo lo diga. Es así porque para no percatarse de las dimensiones que ha alcanzado la discusión global sobre el racismo y la discriminación habría que estar ciego, justo como algunos columnistas mexicanos parecen estar —aunque ya llegaré a eso en un momentito: permítanme abrir camino entre la maraña de razonamientos y simulaciones de razonamientos que ha sido esta discusión—. Hay que voltear a ver, por ejemplo, las revueltas que se suscitaron en Estados Unidos recientemente para reclamar la dolorosa muerte de George Floyd a manos de la policía de Minneapolis y el subsecuente infierno mediático que se desató tras la intervención violenta de las fuerzas policíacas estadounidenses. Hay que voltear a ver la cascada de manifestaciones que desencadenó esa reacción alrededor del mundo: más de dos mil ciudades, en Estados Unidos y en el planeta, se alzaron para reclamar justicia por el asesinato de Floyd. Hay que mirar las consecuencias de esos reclamos: el diccionario Merriam-Webster anunció que revisaría su definición de racismo, la NFL se retractó de su rechazo a la protesta arrodillada de Colin Kaepernick, productos como Aunt Jemima decidieron cambiar su imagen, el cabildo de Minneapolis votó por reducir los fondos de la policía, ¡las redes sociales de las revistas mexicanas de sociales postearon recuadros negros en solidaridad con la lucha antirracista! En fin: digamos que las dimensiones de la discusión sobre el racismo son, en estos momentos, globales.

Una vez tomado en cuenta ese contexto, tratemos de entender qué pasó en México con la polémica en torno a la comedia discriminatoria de Chumel Torres.

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En Twitter las respuestas de usuarios que acusan a Chumel Torres de racismo datan, al menos, de 2011. Buena parte de esos comentarios, sobre todo los más antiguos, responden a tuits del propio Torres que han sido borrados. Es imposible saber qué decían, pero tampoco es difícil intuirlo al leerlos: “chumel, qué racista me saliste”, “plagiador y racista #unfollow”, “ese momento en el que ya no sabes si chumel es sarcástico o racista”. En otras ocasiones, lo que sobrevive no es la respuesta, sino el “retuit manual”, una antigua práctica de Twitter que consignaba el tuit original entre comillas (o precedido de las siglas RT) seguido de un comentario escrito por otro usuario, muy parecido al actual “retuit con comentario”, pero con la notoria ventaja de que, si el tuit original desaparecía, su texto se conservaba en el retuit manual. En ese caso también hay señalamientos sobre los chistes de tintes raciales del conductor. No es halagador lo que se deja ver:

Torres ha utilizado en tuits y programas expresiones como —y en serio: perdón por reproducir esto—: “juntas en tolteca”, “coger con aztecas”, “tronos hechos de indígenas”, “ninguno de los miembros de mi familia ha sido moreno, y el que sí, lo hemos mandado a pedir dinero en la calle”, “unos hondureños me invitan a comer mierda (su platillo típico, supongo)”. La lista podría y acaso debería continuar, pero vaya, por el bien de la conversación, dejémoslo ahí. 


Podríamos afirmar, pues, que durante una década entera ha sido de conocimiento público el hecho de que Torres utiliza expresiones abiertamente discriminatorias —y digo discriminatorias y no racistas porque el racismo, aunque sea el tema que nos ocupa ahora, es tan sólo uno de los utensilios en su caja de herramientas—. Lo han notado, también, los medios: “Lo que a algunos no les gusta es que pudieran sentirte clasista o racista”, le comentó Jorge Ramos a Torres durante una entrevista para Univisión en 2014. “Ese es un discurso que yo trato de defender mucho”, contestó Torres, “Internet está más allá de eso”. (La razón por la que internet está más allá del racismo y el clasismo no es mencionada nunca por el youtuber, y Ramos lo deja ir.) Dos años después, en 2016, cuando se estrenó el programa que lo llevó a las grandes ligas, CHUMELxHBO, el crítico de televisión Álvaro Cueva lo llamó, ¡al reseñar su primera emisión!, “xenofóbico, clasista, racista, ignorante”. 

Es posible que para algunos de los comentaristas mexicanos que se vieron compelidos a defender “la libertad de expresión” de Torres resulten una novedad las acusaciones de racismo en contra del conductor. No lo son: si uno lleva algunos años en internet y está más o menos al pendiente de las tendencias de la red, no resulta ninguna sorpresa que a Torres se le acuse de perpetrar la discriminación en su trabajo. Esto es crucial porque si no es noticia para la gente que no estaba al pendiente de su programa sino periféricamente, mucho menos lo es para sus seguidores. Varias de las menciones de la palabra “racista” junto al nombre de usuario de Torres van acompañadas de “chistes”, elogios o de plano alabanzas: “Por qué no naciste de un color más humilde, pinche Chumel vendido a Trump, eres un racista represor”; “podrá ser un vendido, clasista, racista, xenófobo pero nunca una estrella porno”; “humor machista, sarcástico y racista… me gusta”; “eso fue racista, pero es verdad”. Etcétera.

Todo esto demuestra que el llamado de atención —ora laudatorio, ora condenatorio— alrededor de las expresiones raciales de Torres ha sido constante y, de nuevo, público. No se trata de un episodio aislado de racismo ocasional que lamentable pero inevitablemente hemos perpetrado todos y todas en México, ni estamos ante un caso como el de James Gunn, en el que unos viejos tuits, de los que el director ya se había desdicho en varias ocasiones, fueron utilizados en su contra por una indignación inflada. Al contrario: durante casi diez muy literales años, el conductor, cuya importancia y relevancia iba en ascenso, recibió, una y otra vez y en distintos tonos, un mensaje claro, prístino, inequívoco, tanto de fans como de detractores: tu trabajo discrimina. En varias ocasiones, la respuesta del youtuber ante los señalamientos críticos ha sido más o menos la misma: “Yo no voy a disculparme por mi humor, no voy a disculparme por un chiste que ofenda a alguien porque la idea no es ofender a alguien, yo no pienso ceder ante la fragilidad de la gente que dice ‘esto me ofende’”, refrendó recientemente en entrevista. Es reveladora la elección de la palabra fragilidad para designar las peticiones de un humor que no discrimine.

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El 15 de junio, el Consejo Nacional para la Prevención de la Discriminación anunció que celebraría una mesa de diálogo en línea con la participación del locutor Alejandro Franco, los actores Maya Zapata y Tenoch Huerta y el youtuber Chumel Torres. En cuestión de minutos, el tuit del anuncio se llenó de expresiones de inconformidad: todas o casi todas apuntaban a la presencia de Torres en el foro. “Nos parece súper ofensivo que una persona tan clasista como @ChumelTorres sea invitado a estos espacios públicos que dependen del erario público”, “¿En qué calidad asiste al foro, como racista empedernido?”, “No puedo creer que nosotrxs tengamos que explicarle al CONAPRED que el racismo no es una opinión”, “Quizá a Chumel le hablan para hablar de racismo a la inversa”. La lista no es breve.

Ante el rechazo casi unánime que despertó la mesa, CONAPRED colocó un tuit donde aseguraba que el foro era sólo un ejercicio “de diálogo entre personas que tienen opiniones diversas”. De nuevo hubo una respuesta ferozmente desfavorable y, para entonces, una nueva voz se había sumado a la polémica: la doctora Beatriz Gutiérrez Müller, investigadora y primera dama de México, que protestó desde su cuenta personal de Twitter en contra de la participación de Torres. Torres y su equipo popularizaron hace casi un año el repelente apodo de “chocoflan” —un apelativo que hace referencia al contraste entre la piel morena, el pelo negro y los rayos rubios que el hijo menor de la pareja presidencial ostenta—, una burla grotesca que de por sí debería ser ampliamente cuestionada. Los menores de edad, por supuesto, no deberían ser objeto de escarnios racistoides que llegan a millones de personas. 

Existe, por cierto, un reclamo bobalicón respecto a las burlas que durante el sexenio de Enrique Peña Nieto se dirigieron a sus hijas. Aunque es verdad que buena parte de los comentarios sobre las hijas de Peña Nieto estaban firmemente enclavados en la misoginia —por ejemplo, los que aludían a su belleza física—, también es verdad que muchos reaccionaban al lenguaje con el que Paulina Peña se refirió en redes a la población mexicana, llamándolos despectivamente “hijos de la prole” cuando tenía dieciséis años. Otras de las críticas más comunes solían enfocarse en los costos de sus vestidos y los de sus hermanas, presuntamente cargados al erario. Ningún menor debería ser acosado en redes, pero homologar los reclamos contra una adolescente clasista con el acoso a un niño de doce años por su aspecto físico es una deshonestidad intelectual que raya en el dolo. Tampoco pueden extenderse a un niño las críticas a los probables gastos desmedidos o enriquecimientos cuestionables de sus hermanos, los hijos adultos del presidente, justificadas y necesarias por lo demás. Hay también que precisar que las burlas misóginas —así como los ataques racistas— no pertenecen a un solo bando ideológico ni mucho menos, como comprueban los insultos que reciben mujeres y personas racializadas de cualquier filia política en México.

A pesar de todo esto, lo cierto es que el tuit de la señora Gutiérrez Müller estaba fuera de lugar y habría sido infinitamente mejor no colocarlo. Aunque el reclamo tenga un trasfondo justo y pertinente, es innegable que el desbalance de poder entre un comunicador ciudadano y una primera dama basta para entender que el asunto era inadecuado. El tuit era impertinente, además, porque el trabajo ya estaba hecho: el descontento popular había sido tan pronunciado que lo más probable era que CONAPRED decidiera suspender, cancelar o posponer el foro. La intromisión de Müller empañó lo que de otra manera habría sido una respuesta válida a una protesta legítima en contra de un invitado que simplemente no tenía cabida en una mesa de diálogo alrededor del racismo y la discriminación.

Quisiera hablar también de la pertinencia de Torres en un diálogo sobre el racismo. El primer gran error de CONAPRED fue colocar el nombre del evento entre signos de interrogación: “¿Racismo y clasismo en México?”. Ese enmarcado invita a poner en tela de duda la existencia misma de dos tendencias, comprobables y de práctica extendida en este país, dos tendencias tan persistentes que hicieron necesario el nacimiento de CONAPRED. No creo, por supuesto, que Mónica Maccise o su equipo hayan sido inadecuados para el puesto, como sentenció el opinólogo Gibrán Ramírez, quien aseguró que Maccise era “una fresa” que no debió haber sido designada por el presidente para el puesto. Lo que sí creo es que la alineación de la mesa era un claro ejemplo de la preponderancia que tienen los likes, los views y los followers en los movimientos de esta administración, desde presidencia hasta el más ínfimo rincón del gobierno federal, una práctica evidente desde la campaña electoral hasta la creación de la cuenta de Twitter de “la Jefa Fabiana” durante la pandemia. En este caso, la institución ignoró o minimizó los comentarios abiertamente racistas de Torres en pos de un diálogo polémico que atrajera a una audiencia numerosa. El problema esencial —como se dijo en redes en su momento y como se comprobó en el foro que Racismo MX organizó con Torres entre los invitados días después—, es que Torres no se encuentra en una posición de diálogo o negociación respecto al uso de epítetos y estereotipos racistas en su trabajo. El conductor cree muy firmemente que su humor es neutral: lo que importa, dice, es que la gente se ría. Ni siquiera le preocupan —o al menos no ha dado alguna muestra de que le preocupen— las connotaciones de su discurso o su discurso en sí. La posición de Torres respecto a su comedia es de absoluta irreflexión, de la misma manera en que su comedia es casi absolutamente irreflexiva: si hace reír, funciona; todo lo que diga yo, que tengo millones de seguidores que siempre se reirán con lo que digo, funciona en automático, parece pensar el youtuber. Invitar a un personaje así para opinar acerca de racismo es retroceder décadas en una conversación que se ha ido construyendo muy lenta y esforzadamente, todo a cambio de un puñado de vistas de un grupo de incondicionales que no van, tampoco, dispuestos a cambiar de opinión, sino a defender a su héroe de las hordas de frágiles que quieren destruirlo. En el proceso, una institución federal cuyo objetivo es prevenir la discriminación le habría permitido un conveniente lavado de cara a un comunicador con serios antecedentes de humor discriminatorio: “Iba dispuesto a ser punching bag”, declaró con vocación de mártir Torres en uno de sus programas.

Pasadas las diez de la mañana del día siguiente a la polémica, el 16 de junio, CONAPRED colocó un tuit que anunciaba la cancelación de la discusión porque “no era el momento para realizar un foro como el que se diseñó”. El anuncio mismo fue un desastre de relaciones públicas de lo más penoso: antes del tuit, la titular del Consejo, Mónica Maccise, habló en la radio y comunicó ahí la suspensión del foro. Según contaron algunos de los participantes, ninguno de ellos se enteró antes de que Maccise lo anunciara a miles de personas por la radio. Como es razonable, más de uno expresó su molestia y su inconformidad con las formas de la cancelación del foro, incluyendo, por supuesto, a Chumel Torres, quien avisó que “contaría todo el chisme” en su programa de radio.


“Invitar a un personaje así para opinar acerca de racismo es retroceder décadas en una conversación que se ha ido construyendo muy lenta y esforzadamente, todo a cambio de un puñado de vistas.”

Torres —que horas antes se había burlado de las protestas contra su participación, animando “a cambiarle cuando yo salga” o pidiendo que ojalá lo cancelaran porque “es a las 11 y ni tiempo me va a dar de desayunar”— habló del asunto en su programa en Radio Fórmula, “La radio de la república”. La emisión del programa fue notable por la actitud déspota del presentador, quien presumió su número de vistas en Twitter y su número de followers en contraste con la cuenta de CONAPRED, además de asegurar que lo que CONAPRED “se ganaba, a la mala”, era que él nunca volviera a participar en un evento contra la discriminación organizado por el consejo. El comentarista prosiguió vinculando sus críticas a la administración con la cancelación del evento, una postura evidentemente mentirosa y convenenciera que omitía los miles de comentarios que reprobaban su presencia en función de sus repetidos desplantes racistas y que fueron, además, los que obligaron a CONAPRED a aclarar en primera instancia —de manera muy torpe— los motivos de organizar la mesa. Torres también aseguró, en tuits y al aire, que el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación lo había “discriminado” al retirarle la invitación a la mesa, una aseveración que no es ni etimológicamente cierta.

Por si fuera poco, durante un momento que no quedó grabado en las versiones editadas del programa que se suben a las redes de Radio Fórmula, el youtuber hizo un “chiste” tras un comentario sarcástico de uno de sus compañeros y guionistas, que lo instaba a “esconder el Rolex”, en alusión al video donde Marcelo Ebrard trata disimuladamente de esconder su reloj. “El humilde”, dijo Torres en referencia a sí mismo, “sentado en un trono de indígenas. ¡Trabajen, Tenoches!”, gritó entre carcajadas mientras alzaba el brazo, comandando a unos indígenas invisibles. La bajeza del comentario es evidente, pero además habría que subrayar la elección del nombre “Tenoch”, un nombre de origen mexica que también es el de Tenoch Huerta, uno de los actores que estaba invitado a platicar con Chumel Torres sobre racismo, además de activista antirracismo de origen purépecha y nahua. Sin afán de rasgar ninguna vestidura, ese exabrupto bastaría para evidenciar que Torres no sólo no tenía ganas de conversar, sino que además estaba dispuesto a redoblar sus comentarios racistas si se atrevían a quitarle espacios.

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Yo quisiera evitarlo, pero es casi imposible obtener una comprensión cabal de este borlote sin recurrir a la figura de López Obrador. 

El 17 de junio, en ese ejercicio de propaganda y vendehumismo que llamamos “la mañanera”, tras haber sido interrogado respecto a la polémica de Torres y la primera dama, el presidente se pronunció por la desaparición de CONAPRED, al que llamó “un organismo para simular” creado durante “el neoliberalismo”. Me gustaría seguir el hilo que va de “combatir a la derecha y el neoliberalismo” a “debemos desaparecer los organismos que combaten la discriminación” y que ha marcado el ejercicio del poder de este gobierno.

Uno de los grandes aciertos —y de las grandes estafas— de Andrés Manuel López Obrador fue aglutinar bajo una bandera a varios representantes de luchas sociales. A falta de espacios que les recibieran en las filas de los dos partidos que gobernaron el país hasta la llegada de López Obrador, estas causas se agruparon alrededor del único candidato que proponía o parecía proponer un camino medianamente progresista. Una vez ganada la presidencia, algunas de estas figuras ocuparon puestos en dependencias gubernamentales. El aborto, la despenalización y legalización de las drogas, la lucha por los derechos de comunidades originarias o la lucha contra la violencia de género son algunas de las causas que vieron a algunos de sus actores pasar de activistas a funcionarios, rasgo que hizo que algunos celebráramos la llegada de esta administración. Un conjunto heterogéneo de politólogos, columnistas, académicos, periodistas y activistas supuestamente de izquierda confirmaban los ánimos progresistas del nuevo gobierno en turno.

Sin embargo, el antiguo candidato viró hacia una desestimación discursiva de esas causas, negándose a tomar acción directa, a respaldarlas o incluso a hablar de ellas. Materialmente, el gobierno federal las ha frenado o de plano combatido, disminuyendo radicalmente el presupuesto que tenían destinado o montando consultas ciudadanas exprés a fin de legitimar sus atropellos. Quién sabe si convencidos, impotentes ante la maquinaria propagandística del gobierno, restringidos ante las limitaciones de la estructura del estado o, por qué no decirlo, cercanos ya al poder y sus posibilidades, varios de esos comentócratas y servidores públicos han preferido cerrar filas con la administración en lugar de, bueno, servir al público. (La reciente renuncia de cuatro mujeres titulares de dependencias vinculadas a derechos humanos es quizá la señal más clara del resquebrajamiento de este sistema.) En ese sentido, la intervención de la primera dama y sus incondicionales en el jelengue de CONAPRED y Torres cumplió con sumar al gobierno, simbólicamente y no de otra forma, a la lucha contra “la discriminación”. 

Muy convenientemente, estas intervenciones no pretenden repensar otras instancias no sólo de “la discriminación” en abstracto sino de la concreta continuidad del racismo institucional mexicano de este gobierno —o del abierto apoyo que López Obrador ha propinado al académico y antisemita profesional Alfredo Jalife—. El racismo típico de anteriores administraciones contra los pueblos originarios ha sido perpetuado por el actual gobierno federal mediante el intento brutal de imponer el Tren Maya, la instrumentalización que el presidente ha hecho de los rituales tradicionales, la devastación ecológica de zonas propiedad de pueblos originarios o el asesinato de activistas pertenecientes a naciones nativas. El irreflexivo afán de esta administración por destruir cualquier vestigio de lo que ellos consideran “política neoliberal” —política que más que combatir, han reforzado en más de una ocasión— se tradujo durante esta discusión en un vergonzoso nado sincronizado de funcionarios y sicofantes, algunos de los cuales pasaron en pocas horas de aplaudir, colaborar y defender a CONAPRED, a incluso sugerir su disolución con tal de seguirle el paso al presidente. En el camino, muchos de ellos y ellas se refocilaron atacando a Torres, uno de sus viejos rivales, con el respaldo de la inconformidad masiva que puede despertar el comunicador. La escena delinea perfectamente a la decepcionante administración del señor López Obrador: una diluida retórica de izquierda que, instrumentalizando los descontentos populares, pretende enmascarar la naturaleza derechista —o hasta ultraderechista— de sus iniciativas.

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El 19 de junio, HBO Latinoamérica emitió un comunicado anunciando que el programa de Torres, CHUMELxHBO, sería suspendido temporalmente a fin de que la televisora pudiera investigar las “alegaciones con respecto a comentarios hechos por Chumel Torres en redes sociales”.

De inmediato, usuarios de Twitter, figuras mediáticas y comunicadores se lanzaron en defensa de Torres, acusando a HBO de “ceder ante los ofendidos” o de “censura” y “corrección política”. Al frente de esta defensa se encontraban personajes tan notables como Felipe Calderón, Víctor Trujillo, y hasta el diputado Sergio Mayer. Esta oposición se ha construido, a mi parecer, alrededor de dos ejes principales: la instrumentalización política de Torres, surgida como natural reacción a la instrumentalización lopezobradorista, y una defensa de la “libertad de expresión” y el “debate”. 

La primera vertiente, la de la instrumentalización política, es representada a la perfección por Felipe Calderón, el expresidente de México recordado por iniciar la guerra contra el narcotráfico. Calderón y AMLO han sido rivales y rémoras políticas el uno del otro desde siempre. Que a cada acción de Calderón corresponde una reacción de López Obrador es una vieja ley de la mecánica clásica de nuestra política. La llegada de AMLO al poder significó que Calderón pasó a la ofensiva, papel que ha desempeñado constante y agresivamente en declaraciones públicas y su cuenta de Twitter, uno de los polos que mayor magnetismo ejerce sobre la oposición de López Obrador en esa red social. 

Interesado en construirse como una opción política aún viva mediante la creación de su partido, México Libre, Felipe Calderón ha utilizado casi cualquier causa para atacar a López Obrador, incluyendo algunas que políticos menos cínicos quizá se abstendrían de utilizar, como el poco control sobre la violencia del crimen organizado o los asesinatos y atentados en contra de funcionarios públicos. En ese sentido, que Calderón se haya montado en la cruzada contra López Obrador por la “censura” a Torres es una maniobra más de cálculo político que de principios e ideales. El tuit mismo del expresidente desestima el insulto racista a un menor con tal de pasar a lo que le conviene: utilizar la polémica para quejarse de los apodos que López Obrador suele propinar a diestra y a siniestra. Al final, lo que esta vertiente de la discusión buscaba era atacar a sus rivales ideológicos y políticos, en otra perezosa manifestación del golpeteo diario con el que ambos bandos anegan Twitter.

Felipe Calderón, no obstante, también se sumó a la otra vertiente de la defensa de Torres: la cruzada a favor de la “libertad de expresión” y en contra de la “censura”, a través de un retuit a su hermana, Luisa María Calderón, que comentó que la suspensión del programa de Torres “se llama censura y es contra la democracia, uno de cuyos principios es la libertad. Quién sigue???”. Esta es la vertiente más interesante, a mi juicio, de toda la defensa del derecho de Chumel Torres a proferir insultos raciclasistas y lo es, entre otras cosas, porque atraviesa y une tanto a los entusiastas como a los opositores del régimen, como quedó demostrado mediante las intervenciones de dos columnistas de posturas a menudo encontradas y hasta antagónicas: Julio Patán y Hernán Gómez Bruera, ambos en las páginas de El Heraldo de México.

El 21 de junio, Julio Patán publicó en su columna “Malos modos” en El Heraldo una pieza titulada “Chumel y la sombra de la censura”. En tiempos en los que se discute seriamente el hecho de que muchísimos lectores no distinguen entre columnas y noticias y la posibilidad de que las columnas sean tratadas como periodismo y reciban fact-checking, la columna de Patán resulta esclarecedora respecto al largo camino que le falta por andar a las páginas de opinión de los diarios mexicanos. De manera casi literal, el texto no contiene un solo hecho que no haya sido manoseado por el columnista, que se empeña en encajar la realidad en su narrativa. Patán comienza alentando el sospechosismo mediante una serie de preguntas retóricas que evaden datos y hechos necesarios para configurar el contexto de su relato: 

“¿Tienes una mínima sospecha, una duda aunque sea muy pálida, de que la decisión de HBO de suspender “temporalmente” su programa tiene que ver con el hecho de que se le fueron a la yugular la esposa del titular del Ejecutivo y luego el titular mismo? 

[…]

Es imposible saberlo. No tenemos un audio de la junta en la que decidieron suspender temporalmente el programa, si tal junta hubiera existido. Igual fue una desafortunada coincidencia. Pero la serie previa de hechos no invita a la confianza. Recordemos: invitan a Chumel a un debate sobre el racismo y el clasismo en Conapred; Beatriz Gutiérrez Müller se queja; Conapred suspende el encuentro sobre racismo y clasismo; el presidente se hace eco; la titular del Conapred “renuncia”; el presidente anuncia que hay 100 organismos autónomos que se podrían cerrar […], y HBO manda a la congeladora a Chumel. ¿Te deja completamente tranquilo la secuencia de hechos? ¿Tu confianza está al 100? Puedes dejar de leer si quieres.”

Es extraña la presteza por parte del señor Patán para elucubrar complots, sobre todo si se toma en cuenta que él mismo ha escrito un libro crítico de las teorías de conspiración. Patán admite que “es imposible saberlo”, y aun así acusa veladamente a la administración de censurar a Torres. Para engarzar una serie de hechos que no necesariamente están conectados es inevitable que el opinador deje fuera ciertos datos, a saber: que la discusión sobre el racismo y la representación en medios es global; que HBO es una empresa estadounidense que apenas unos días antes retiró muy públicamente Lo que el viento se llevó de su streaming para agregarle un disclaimer antirracista en respuesta a la severa crisis racial que se vive en esa nación; que las primeras reacciones negativas contra la participación de Torres no vinieron de Beatriz Gutiérrez, sino de miles de usuarios de Twitter. Más adelante, el autor eleva sus apuestas: duda de la condición clasista y racista del humor de Torres y pone por encima su condición de “crítico del régimen”:

“Puede o no gustarte el humor de Chumel, pero lo que tienes que justificar es que de veras es un humor clasista y racista. ¿Lo es? ¿Tú estás completamente segura, seguro? Porque hay algo que sí lo es: Chumel es un crítico conocido, constante, del régimen que bueno, no es que esté rompiendo récords de capacidad, decencia y humanismo.”

¿El youtuber que firmó la expresión “trono de indígenas” dos días antes de la publicación de la columna merece que se ponga en duda su racismo, pero no su condición de crítico del régimen? ¿Por qué el clasirracismo del humor de Torres no es digno de ser comprobado por el columnista mientras que su supuesta labor crítica merece defenderse a ciegas? Y a todo esto: ¿cuál es la labor crítica que ejerce Torres? No es muy difícil descubrirlo porque no hay nada que descubrir: Torres es un opositor irreflexivo, alguien que ya se oponía a López Obrador desde hace tiempo y cuya única postura es reprobar y burlarse de todas las acciones del presidente. Válido, por supuesto: dios sabe que este gobierno me ha provocado alguno de los peores corajes de mi vida y que encuentro un tibio consuelo en tuitear furiosamente en su contra, tanto como cualquiera. Sin embargo, traer el ánimo en modo de ataque automático no es sinónimo de ser crítico. La “labor crítica” de Torres se reduce a poner memes en su cuenta de Twitter, imitar el lento hablar del preciso y burlarse de su hijo menor. En su afán por atacar a la administración de la que es un abierto opositor —no sin abundantes razones—, el señor Patán ha respaldado a un conductor que una y otra vez ha hecho chistes que discriminan, menosprecian y se burlan de la gente por su origen socieconómico y su color de piel.


“Durante casi diez muy literales años, el conductor, cuya importancia y relevancia iba en ascenso, recibió, una y otra vez y en distintos tonos, un mensaje claro, prístino, inequívoco, tanto de fans como de detractores: tu trabajo discrimina.”

El 23 de junio, Hernán Gómez Bruera, académico simpatizante del gobierno de López Obrador, publicó en su columna “Fuera de tono” un texto sobre el caso de Torres y CONAPRED, titulado “Debatir con Chumel no fue mala idea”. En ella, Gómez Bruera intenta ponerse del lado de CONAPRED y Torres al decir que el foro era apropiado y que debatir con Torres era pertinente porque “su postura se asemeja a la de muchos otros racistas con los que convivimos a diario en México”. A continuación, Gómez Bruera decide que el diálogo “fue exitoso” porque “hasta el propio Chumel aprendió algo”. El señor Gómez Bruera había definido el 16 de junio su posición sobre el asunto en Twitter, donde sopesó necesario invitar a personajes de la farándula, “desde Yuri hasta Chumel porque ni siquiera lo entienden”. De alguna manera, Gómez Bruera se las arregló para incluir primero, en un hipotético diálogo sobre racismo, a celebridades blancas que no entienden el racismo antes que a personas que lo viven y combaten activamente, todo porque las conversaciones sobre racismo, apuntó con precisión milimétrica, “apenas llegan al 0.0001% de la población mexicana”.

Gómez Bruera llevó las cosas un poquito más lejos aún: en México, aseguró el opinólogo, “falta madurez democrática y cultura del debate”, y reiteró: 

“Al final, la lucha contra la discriminación no pasa por sancionar al discriminador, al clasista, al racista o al machista. Tampoco por censurar su voz porque vivimos en una democracia. Pasa por educar, concientizar y sensibilizar; para eso se necesita comenzar por el diálogo.”

Extraña de Gómez Bruera, quien tiene una carrera como consultor en temas de derechos humanos, que se posicione a favor de platicar con los racistas, los clasistas, los machistas y los discriminadores en general, a favor de escuchar su voz. Extraña porque lo que dice entre líneas —que la discriminación se combate con un cambio de conciencias y sin sanciones— es sencillamente falso. 

“Mientras los proyectos extractivistas como la minería u otros megaproyectos han recibido autorización gubernamental para ser implementados en nuestros territorios a pesar de las abiertas resistencias, nuestras lenguas y territorios lingüísticos han sido mermados por medio de la violencia asociada al racismo”, ha escrito la lingüista y activista de derechos lingüísticos Yásnaya Aguilar en esta misma revista. La frase clave ahí es a pesar de las abiertas resistencias, porque justo eso es lo que olvida o ignora el señor Gómez Bruera: que la resistencia contra el racismo en México, por muy novedosa y minoritaria que a él le resulte, se ha sostenido durante siglos en este país de forma abierta y frontal desde las comunidades originarias, desde el diálogo hasta el combate armado, y que ese diálogo no ha cambiado la conciencia de las personas racistas que viven en este país, ¡ni siquiera cuando el Ejército Zapatista de Liberación Nacional irrumpió en la conversación nacional! 

El año pasado Yalitza Aparicio se convirtió en la primera mujer indígena ¡de la historia! en ser nominada a un Oscar a Mejor Actriz, ¡y las revistas de sociales la blanquearon, los actores la discriminaron y la condenaron al ostracismo, el público hizo grotescas burlas y memes acerca de ella! ¿Qué querrá platicar Gómez Bruera con los racistas? ¿Qué de todo eso le parecerá valioso, digno de discutirse, sujeto de diálogo? La autora británica Reni Eddo-Lodge, autora de Why I’m No Longer Talking to White People About Race, libro que la llevó a convertirse en la primera autora negra en llegar al primer lugar de las listas de ventas de libros británicos, enunció a la perfección el enorme problema de la postura de Gómez Bruera al hablar en una entrevista con The Guardian sobre la situación del racismo en Reino Unido y el movimiento Black Lives Matter:

Pregunta: ¿Cuál es el mayor reto que tú ves para progresar [en el combate al racismo]?

  Respuesta: Que la oposición al anti-racismo está enmascarada en una amabilidad pasivo-agresiva. Vivimos en un país que busca enorgullecerse de su juego limpio, pero que en realidad es muy resistente a cualquier intento de analizar cómo es un verdadero juego limpio. Es una falsa amabilidad que está más preocupada por la manera correcta de hacer las cosas que por la justicia. […] Sabemos, por ejemplo, que en los medios la respuesta es, fundamentalmente, sacudir la industria con voces diversas, todas esas cosas que la gente ha estado diciendo por años.”

Esta perspectiva, me parece, es muy adecuada para analizar las posturas de Gómez Bruera y Patán, que pese a todas sus diferencias —que datan desde los textos de 2018 “AMLO y el fracaso de la comentocracia” y “Comentocracia”—, en esta ocasión coinciden: no hay mayor problema en prestarle un foro a un comunicador que hace chistes discriminatorios. Patán se ha pronunciado vehementemente en contra de, por ejemplo, el uso del término “sicario” para referirse a periodistas. Es imposible estar más de acuerdo con él en ese tema. Sin embargo, las expresiones de Torres no le merecen ningún comentario. Por su parte, Gómez Bruera jamás invitó a alguna persona abiertamente clasirracista a discutir el tema en su programa en la televisión oficial, La maroma estelar (sobre el que escribí acá). El señor Gómez Bruera sí llegó a entrevistar a gente con opiniones discriminatorias en la calle, durante la campaña de López Obrador y sus primeros meses de gobierno, pero siempre que lo hizo los enmarcó con sorna y ridículo, sin considerarlos interlocutores al mismo nivel ni otorgándoles un lugar en su mesa de diálogo. Al menos durante la campaña presidencial, Hernán Gómez Bruera utilizó la denuncia del racismo, preferentemente, para descalificar a aquellos que se oponían a AMLO.

No es muy aventurado afirmar que ni Patán ni Gómez Bruera han sufrido racismo estructural en México. No es tampoco particularmente atrevido definirlos como personas con acceso a educación superior en su lengua y con una presencia en los medios desde hace varios años. Si abrimos la lente y contemplamos también a Víctor Trujillo, Felipe Calderón o Sergio Mayer, un patrón emerge: buena parte de las voces de mayor resonancia que se opusieron a la suspensión de CHUMELxHBO por los comentarios racistas de su conductor son personas que muy probablemente nunca han sufrido racismo estructural en México y que en varias ocasiones llevan décadas entre las élites políticas y mediáticas de este país. Lejos de aventurar una teoría del complot, podríamos afirmar que es una probabilidad que todos esos personajes, al no haber experimentado el clasirracismo de primera mano, se encuentran al menos parcialmente incapacitados o totalmente imposibilitados para otorgar una opinión que se coloque más cerca de quien sufre el racismo que de quien lo emite. Con todas las distancias salvadas, la mayoría de esos comunicadores tienen más en común con Torres que con aquellos afectados por los comentarios de Torres.

Un vistazo a nuestros medios es suficiente para notar cómo las columnas de opinión están, por lo regular, ocupadas por un perfil muy similar de colaboradores: de clase media o media alta, mayoritariamente hombres y de mediana edad, hablantes de español no racializados ni hablantes de lenguas originarias, con grados de licenciatura o posterior, provenientes de zonas urbanas, del área metropolitana o de la Ciudad de México. Observando las columnas dedicadas al tema de HBO, CONAPRED y Torres en las páginas de opinión de El Heraldo de México, destaca que fueron publicadas al menos seis columnas: cinco firmadas por cuatro autores, incluyendo una firmada por el subdirector editorial, y una columna invitada firmada por una autora, la exdiputada priista Georgina Trujillo Zentella. Todos los editorialistas se pusieron del lado de la inclusión de Torres en el debate, con más de uno afirmando que el racismo de sus comentarios no era ni debía ser el punto central de la discusión. No existió espacio en esas seis columnas para un texto en contra de la inclusión de Torres, para un análisis del presunto racismo o clasismo de su discurso o para una columna sobre comedia racista en voz de algún periodista o cronista afromexicano o de alguna nación originaria.

Es aquí donde retomo a Reni Eddo-Lodge, quien afirma que una manera de combatir al racismo en medios es “inundarlos de diversidad”. Hay comunicadores que ya están hablando sobre el tema ahora mismo con sensibilidad, conocimiento de causa y empatía. No hay motivo —no existe en el mundo una razón suficiente— para invitar a dialogar sobre racismo a quien ha perpetrado y perpetuado comentarios y burlas racistas y clasistas y que ha hecho oídos sordos a los reclamos de su público y sus críticos. No existe número de likes, views o retuits que sea suficiente para justificar que se le dé tarima a aquellos que han omitido deliberadamente y que han hecho escarnio de la desigualdad racial de este país y de este mundo. ¿Hay que tener conversaciones sobre el racismo en México? Sí: urgentemente. ¿Es necesario platicar con racistas sobre el asunto? Sí, definitivamente. Pero esas conversaciones no necesitamos tenerlas en la esfera pública, al menos no en forma de debate escolar de ciencias sociales de segundo semestre de preparatoria, entre posturas maniqueas y elásticas defensas de lo indefendible. Que todo pueda ser entretenimiento no quiere decir que todo deba serlo y que todo sea susceptible de ser likeado no quiere decir que toda discusión deba dirimirse a punta de likes. El racismo en México le ha costado y le cuesta la vida y la cultura a millones de personas. Millones de mexicanos más sabemos que alguno o alguna de nuestros abuelos fueron indígenas o afromexicanos, y millones de nosotros sabemos también que sus lenguas y culturas se perdieron cuando se mudaron a la ciudad o cuando, en pos de amestizarse y de recibir un trato igualitario, de escapar de las expresiones lingüísticas de odio que se transmiten a la realidad material de mil y una maneras, las ocultaron hasta desaparecerlas. Es por esto que los debates cancelados con racistas no son “oportunidades perdidas” para que el centrista promedio disfrute mientras se evade de la cuarentena en YouTube: son victorias ganadas contra la difusión de expresiones discriminatorias. Debatir con racistas como si el odio fuera una opinión válida es un acto de desmemoria, un retroceso en el combate al racismo y una confrontación directa a la lucha antirracista.

El texto de Julio Patán donde pone en duda el clasismo y el racismo de la comedia de Torres, por cierto, fue compartido por el youtuber en su Twitter, donde recibió más de cuatro mil likes y quinientos retuits.

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Dije ya arriba que Chumel Torres es la cosa menos importante del mundo. Voy a decir algo más: es prácticamente insignificante si Torres es un individuo racista. Es poco o nada relevante si privadamente piensa que puede sentarse en un trono elaborado con humanos de distinto origen étnico al suyo; es casi nula la repercusión de que él encuentre ridículo que haya juntas corporativas en lenguas indígenas; no es muy relevante si él juzga que los miembros morenos de las familias deben ser enviados a mendigar en las calles. Es probable, en realidad, que Torres crea que no cree ninguna de esas cosas —es posible, incluso, que el youtuber crea estar en contra de esas cosas.

Y todo eso es igual de poco importante.

Lo es porque lo que importa en un comunicador no son sus creencias personales, sino las ideas que comunica. 

Torres es así. Cuando habla de su comedia, al youtuber le gusta compararse con Jon Stewart, Stephen Colbert, John Oliver. Esos comediantes, ha asegurado en varias ocasiones, le volaron la cabeza y lo inspiraron a ponerse un traje y a dar noticias de forma satírica y humorística. Esto es evidente tan sólo con mirar El pulso de la república, su programa más antiguo y duradero en YouTube. Torres observó minuciosamente a esos humoristas y, ansioso por convertirse en eso que tan fascinante le parecía, se lanzó a seguir sus pasos.

Hay aquí algo que vale la pena analizar. Porque si uno ha visto las piezas, programas y sets de Jon Stewart en The Daily Show, Stephen Colbert en The Colbert Report o John Oliver en Last Week Tonight, y también ha visto los tuits y programas de Chumel Torres y El pulso de la república, será muy difícil que no se dé cuenta de que, aunque en la superficie los programas son similares e innegablemente uno está inspirado en los otros, en el fondo son productos muy distintos entre sí, casi antitéticos. Los cuatro conductores han hablado de forma muy crítica contra la cobertura noticiosa de los medios, pero sólo los tres primeros han explorado lugares incómodos de esa cobertura. Es probable que esto esté motivado en buena parte por la sensible diferencia de presupuesto entre programas de televisión por cable estadounidense y un programa mexicano en YouTube, pero la pandemia nos ha demostrado que incluso desde las limitaciones del encierro es posible escribir y grabar programas de comedia política y comentario social de corte profundo, como han hecho los programas de los antiguos corresponsales de Jon Stewart en The Daily Show: John Oliver, Trevor Noah —sucesor de Stewart al frente de Daily Show—, Samantha Bee —conductora de Full Frontal— y Hasan Minhaj —excorresponsal de Noah y conductor de Patriot Act

Sin embargo, lo que en verdad separa a Torres de sus héroes es su posicionamiento político a la hora de construir a sus personajes. Stephen Colbert construyó un personaje satírico que parodiaba a los conductores de noticiarios de las cadenas conservadoras de su país; las fronteras entre el “personaje” de Torres y el Torres real son, en el menor de los casos, difusas. Jon Stewart recibió críticas debido a la ausencia de mujeres en su cuarto de escritores y se abocó a buscar, específicamente, comediantes con ese perfil; Torres mantiene un equipo conformado exclusivamente por hombres y a menudo ha atacado y se ha burlado de las causas que buscan la igualdad de género. John Oliver ha elaborado un discurso donde suele reconocerse como parte de una minoría opresora y a menudo lo usa para hacer autoescarnio de sí mismo, de su nacionalidad y de su lugar de enunciación al tiempo que ataca directamente al humor racista y a la xenofobia; Torres es capaz de seguir haciendo chistes sobre “maras salvatruchas que venden marihuana” incluso en su programa en HBO.

Esto es así porque, como Torres bien lo dijo durante el debate que organizó Racismo MX, el conductor creció viendo y disfrutando programas de televisión de la barra cómica de Televisa. Es fácil inferir una lista de algunos comediantes y programas que seguramente vio Torres y que lo marcaron para siempre: Héctor y Alejandro Suárez, que practicaban el blackface en sus sketches de Tomás y su madre en ¿Qué nos pasa?; Eugenio Derbez y Adal Ramones, que juntos hicieron un sketch de “Dos nacos a Francia” “Dos nacos a Francia”, donde vestidos con jerseys de equipos de futbol representan a dos sujetos pobres y sucios que llaman “naca” a una azafata por “vender” en un avión; Jorge Ortiz de Pinedo, en cuyo programa Cero en conducta el cantante afromexicano Johnny Laboriel la hizo de un estudiante que “viene de África”, “no tiene acta de nacimiento, tiene petrobono” y al que un profesor confunde con un compañero “enchapopotado”, todo en los primeros treinta segundos del sketch.

En fechas recientes, Chumel Torres ha vindicado a algunos de los comediantes mexicanos ahí enlistados. “Aprendimos de los mejores”, le respondió a Adal Ramones cuando este lo defendió durante la polémica de CONAPRED, llamándolo “uno de los mejores comunicadores y críticos políticos de la actualidad”. Es irónico que Torres —que por años se ufanó de burlarse de la barra de comedia de Televisa, de rechazar ofertas de la televisora, de la pérdida de valor de la empresa— se encuentre ahora validando a sus comediantes por haber sido quienes “lo formaron”. También es revelador: aunque Torres creció al amparo de la demoledora democratización de YouTube presentándose como una opción diferente, que no gustaba de “la censura” y que hablaba de todo “sin pelos en la lengua”, lo cierto es que su carrera ha demostrado que, pese a llevar de manera casi literal el traje de Jon Stewart o Stephen Colbert, bajo la fachada siempre existió un aspirante a comediante incapaz de dejar atrás el humor de la discriminación que por décadas perpetuó la televisión abierta mexicana.

A Torres no le gusta verse a sí mismo de esa manera, por supuesto. Aún en días recientes, afirmó en entrevista con Milenio que México es un país “bebé” que apenas está descubriendo “que existe la ironía y la sátira política” —imagínense decir eso en el país de Ibargüengoitia, de Monsiváis, de Luis Estrada, de El hijo del Ahuizote, de Palillo—. Para Torres, lo que está viviendo es análogo a lo que vivió Lenny Bruce, de quien tuiteó una fotografía en días recientes. Convenientemente, a Torres se le olvida que Lenny Bruce ejecutaba una pieza donde usaba la palabra “n*gger” precisamente con la misión expresa de desmantelar y denunciar el racismo que el lenguaje refleja y arrastra consigo; se le olvida que Bruce hablaba de matrimonios interraciales cuando eso era ilegal; prefiere omitir por completo que Lenny Bruce fue detenido y encarcelado por el estado por hablar de todas esas cosas que subvertían y combatían al estatus quo. Torres ha sido celebrado y defendido por dos expresidentes, por comunicadores, por comediantes famosos, por columnistas y editorialistas e incluso por un sector del oficialismo imperante. “Yo al poder jamás le voy a pedir perdón”, ha dicho el youtuber. ¿Qué necesidad tendría Chumel Torres de pedirle perdón al poder, si el poder claramente lo respalda y celebra? Torres podrá decir misa, pero la inconformidad por su participación en un foro del estado no la causó el estado, sino las audiencias que rechazaron que su discurso discriminatorio recibiera una tarima estatal, y aunque considero una relativa pena que sus programas hayan sido retirados de la plataforma de HBO, lo cierto es que todos los meses se retira contenido de canales de streaming y televisión por innumerables razones y difícilmente eso configura un acto de censura. Perder un trabajo por hacer comentarios racistas no es ningún atentado contra la libertad de expresión, tal y como múltiples decretos, planes y acuerdos han establecido y probablemente seguirán estableciendo en años recientes. 

La retórica de Torres y sus defensores —esa retórica donde lo que está viviendo el comunicador no es sino una encarnación de la “censura” o una limitación artera de la “libertad de expresión”— no está sola ni es un hecho aislado: durante el deleznable video en el que habló de cómo se preparó para el debate de Racismo MX, Torres afirmó que se desveló “viendo debates de Jordan Peterson”. (También se vinculó con el pueblo rarámuri, de alguna forma, se comparó con Proceso y Carmen Aristegui, aseguró que lo habían censurado “por criticar al presidente” y reiteró que a él no le gusta que discriminen a las personas morenas porque “la mitad de su familia es morena”). 

Peterson es un filósofo canadiense que ha sido llamado “guardián del patriarcado” por The New York Times, “peligroso” por The Guardian y “embarcado en una cruzada para endurecer a los hombres jóvenes” por The Washington Post. No extraña que Torres haya decidido que él sería su fuente de inspiración: el discurso de Torres, que piensa que pedir humor no racista es señal de “fragilidad”, encaja perfectamente con el discurso de Peterson, que habla de “curar el victimismo”. Aunque Peterson no respalda activamente la ideología racista, parte de sus seguidores pertenecen a la alt-right y movimientos similares, en parte por la visión del mundo de Peterson, que identifica a los hombres con el orden y a las mujeres con el caos y privilegia la fuerza sobre la debilidad, argumentando que son los “débiles” los que no “soportan” el estado de las cosas. Pero eso es falso. Históricamente, aquellos que no se conforman con el estado de las cosas son el motor del cambio y la mejora de las sociedades en casi todos sus rubros, incluyendo las artes; si la vida sólo se tratara de resistir, jamás habríamos inventado la agricultura o descubierto el fuego. En materia de comedia, muchos de los que son recordados como hitos de su disciplina no son siempre aquellos que perpetuaron el humor racista o discriminatorio, sino aquellos que buscaron la manera de utilizar al humor para decir cosas importantes y urgentes acerca de las sociedades y comunidades que habitaban.

He dicho ya varias veces que Chumel Torres es la cosa menos importante del mundo y lo es porque esta discusión se pudo haber tenido y de hecho se tiene a menudo, con o sin su participación. La comedia mexicana de todo tipo, desde el cartón político hasta el cine, ha tenido y tiene abundantes exponentes del racismo y el clasismo como para que, en determinado momento, a más de uno de ellos les pudiera haber tocado un justificado reclamo. Esto es tan así que, días después, Horacio Villalobos fue acusado de hacer comedia discriminatoria por un grupo de celebridades —y son y serán muchos otros a quienes se les ha reclamado y reclamará—. Quizá parezca injusto que Torres experimente las exigencias que tal vez le corresponderían a generaciones y generaciones de personalidades de la televisión mexicana, pero lo cierto es que, tras revisar sus dichos y su carrera, la injusticia tampoco resulta tan grande. El youtuber, después de todo, persiste en decir que él no cambiará nada de su comedia y que no piensa ceder ante nadie. 

El futuro no se antoja tan difícil para una figura del calibre de Chumel Torres. En su canal de YouTube y en su cuenta de Twitter hay suficiente público que lo escuchará y le permitirá mantener una audiencia que haga que lo inviten a eventos y a giras y a proyectos, tal y como corresponde en México en tiempos como estos, cuando los youtubers de comedia están a salvo de la censura estatal y de la violencia que asesina comunicadores. Su discurso podrá seguir siendo el mismo y, ocasionalmente, sus declaraciones volverán a tocar la gran esfera pública y ahí volverá a ser señalado por su humor discriminatorio, se refugiará en su retórica victimista y falsamente valiente y el ciclo comenzará de nuevo. Hay, por supuesto, otra posibilidad. Es difícil ver a Torres tomando ese camino, que requiere honestidad y autocrítica, pero el sendero existe y ha sido trazado por otros antes que él: entre ellos, su héroe, Jon Stewart. Se trata de aceptar las críticas, agachar la cabeza y aprender a ser mejor. El dicho popular afirma que Shakespeare se volvió el más grande dramaturgo de todos los tiempos debido a que podía medir, noche tras noche, las reacciones de su público, tomar nota y aplicar esas sugerencias para mejorar sus obras. Internet provee el máximo contacto que un creador pueda tener con su público; Torres no es ni remotamente Shakespeare, pero las voces inconformes, las críticas pertinentes y las exigencias de un público para mejorar su trabajo ya están ahí. La decisión de seguir los pasos de su ídolo Jon Stewart y trabajar arduamente para escuchar esas voces disonantes y atreverse a cambiar lo que está mal con su humor sólo podrá tomarla él, Chumel Torres. EP

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