Estática del comienzo

¿Qué hay en la primera línea?, ¿qué hay en esa primera palabra escrita que puede llevarnos al despeñadero de seguir? Luigi Amara habla de lo que ocurre cuando comenzamos.

Texto de 10/11/21

¿Qué hay en la primera línea?, ¿qué hay en esa primera palabra escrita que puede llevarnos al despeñadero de seguir? Luigi Amara habla de lo que ocurre cuando comenzamos.

Es indudable que las cosas no comienzan cuando se las inventa.

Macedonio Fernández

Aun sin la más pálida idea de lo que vendrá, lo decisivo es comenzar. Arrojar las primeras palabras sobre la página, como quien lanza piedras a una superficie blanca sólo para contemplar las ondas que se forman. No pensarlo dos veces y saltar, dejarse llevar por el hechizo del texto en el acto mismo de tejerse, entregados a la superstición de que “todo fluya”.

Lo difícil es dar con la primera línea. Con el tono adecuado, al mismo tiempo representativo y envolvente, que hará de esa frase una suerte de umbral. Hay un cambio de luz que se produce con la mancha de texto, una zona indecisa tras la blancura del papel, un interregno cargado de expectativas que se le presenta al lector a manera de trampa, de señuelo irresistible, con ese regusto ronroneante y seductor del engatusamiento. 

“Nada como escapar, de una zancada, de la franja de retrocesos y vacilaciones; dejar atrás el impedimento y sus coartadas, con la confianza triunfal de un nuevo arranque, montados en la inercia de su propia ilación, en el vuelo del lenguaje otra vez en movimiento.”

Nada como entrar en materia desde la primera frase. Tras la serie de rodeos y reservas en los márgenes del no empezar, nada como romper la inercia con un enunciado que va directo al grano, que se echa a andar sin contemplaciones, en busca del rastro de su mera posibilidad. Nada como escapar, de una zancada, de la franja de retrocesos y vacilaciones; dejar atrás el impedimento y sus coartadas, con la confianza triunfal de un nuevo arranque, montados en la inercia de su propia ilación, en el vuelo del lenguaje otra vez en movimiento.

Marcados por el misterio y la fascinación de cruzar una puerta, buscamos recuperar la dicha de ese viejo peligro abriendo una rendija en el espacio de la página, practicando una incisión donde antes no había nada.

A manera de conjuro o encantamiento, las primeras palabras de un texto confían en el efecto de su hipnosis. “…¡Alumbra, lumbre de alumbre, Luzbel de piedralumbre!” “Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta”. Ensalmos, invocaciones desde el fondo magnético del lenguaje, hechizos paladeados mil y una veces en voz alta, con ese deleite delator de las consonantes suaves intercaladas, que marcan el ingreso a un territorio de extrañamiento.

Hay quienes piensan que el comienzo en realidad es el título, o que, en todo caso, el texto arranca siempre dos veces: primero con el título, luego con la línea inicial. Por más que en el proceso de escritura el título haya llegado al último, es la primera pista que el lector encontrará a su paso, la que establece el tono y fija la temperatura de todo lo demás. Para algunos poetas, el título hace las veces de primer verso; para otros, el primer verso es ya una suerte de título, de manera que es prescindible. 

El arranque de un texto es lo que más veces se lee, en primer lugar por el propio escritor, quien vuelve a él con cada corrección y también obsesivamente en sueños, quitándole una coma, haciéndole algún retoque, regresando la coma. Por su eufonía o importancia cultural, también suele ser lo más recordado, como en aquella novela de cuyo nombre no quiero acordarme. En el arranque de un texto está ya prefigurada una estética, pero también una estática, una fuerza extraña que nos atrapa y nos hace permanecer en él. 

“¿Quién no ha sido visitado alguna vez por la maldición del ángel exterminador del texto, ese sortilegio que nos obliga a permanecer encerrados en los límites del primer párrafo, a no poder traspasar la puerta de su punto y aparte?”

¿Quién no ha sido visitado alguna vez por la maldición del ángel exterminador del texto, ese sortilegio que nos obliga a permanecer encerrados en los límites del primer párrafo, a no poder traspasar la puerta de su punto y aparte? Especialmente desconcertante cuando nos visita en la lectura (y nos vemos impelidos a empezar de cero una y otra vez, como si las palabras se hubieran convertido en manchas de tinta  que bailan en la bruma, tachones inconexos incapaces de producir el menor sentido), alcanza la condición de pesadilla a la hora de escribir, cuando no logramos pasar al siguiente párrafo por más que lo intentemos, presas de una especie de bloqueo de las continuaciones, cautivos en las paredes de nuestras propias palabras, como si no hubiéramos tenido la previsión de abrirles una vía de escape.

Incluso una historia sin comienzo tiene que comenzar. El orden de la escritura no se corresponde necesariamente con el orden de los acontecimientos, pero debe proponer un principio, trasponer un umbral, despejar el territorio para trazar un nuevo sendero. Incluso una historia que no comienza del todo, que nunca termina de arrancar, ha de tener un comienzo.

¿Cuántas frases, cuántas líneas es necesario recorrer antes de darnos cuenta de que determinado libro no es para nosotros? En el cine solemos ser más benévolos —o más crédulos. Si bien el acto de abandonar la sala tiene algo de desplante y puede llegar a ser incómodo (se dice que la mejor butaca es la que está junto a la salida), rara vez buscamos el letrero luminoso de “exit” antes de los primeros diez minutos, tiempo límite contemplado por los guionistas para el giro en el argumento. Con un libro, en cambio, todo puede ser más impredecible y abrupto, y que lo arrojemos lejos antes de la primera línea…

Como si hubiera una interferencia electromagnética, una mala recepción de la señal, abrimos el libro y, en lugar de un discurso inteligible, en lugar de oraciones concatenadas, nos recibe el paisaje inhóspito de la estática, esa nieve de fondo, ese zumbido también visual que era tan frecuente en los televisores de antaño. Ruido tipográfico, mancha de tinta danzante, letras en guerra campal, no es raro que al día siguiente se haya esfumado por completo y podamos ingresar al texto como si nada.

Había una vez un comienzo, un comienzo que no hacía otra cosa que recomenzar. Las mil y una noches de los comienzos.

En el texto que sigue a continuación me propongo analizar la poética de los comienzos no sólo desde un punto de vista literario, sino también pragmático, hacer un estudio comparativo de los recursos estilísticos y los sobreentendidos culturales que entran en juego a la hora de empezar un texto e introducirnos en el orden del discurso con el fin de capturar nuestra atención.

“El artista de lo breve suele ser, en el fondo, un artista de los comienzos.”

El artista de lo breve suele ser, en el fondo, un artista de los comienzos. Más que resistirse al desarrollo y sus complicaciones, reincide en la ceremonia de inventar y transponer un pórtico. La miniatura —sea haiku o aforismo—, no es sino un simple pretexto para la ritualización del gesto de empezar.

En el comienzo fue el fuego, ese momento en que el cerillo es raspado contra la lija de la cajetilla. En el comienzo fue el prodigio de la oscura gestación de la llama, la danza convulsionada y loca que parece dirigirse a cualquier lado, tantear desordenada y ciegamente en todas direcciones, hasta que al fin se estabiliza en la suave undulación de su crepitar.

Después de tantos y tantos libros que no debieron seguir, echados a perder a fuerza de estiramiento y afán de completud, víctimas de su propio ímpetu; después de tantas páginas a las que se les nota el esfuerzo, entumecidas por temporadas monstruosas sobre la silla, resecas por la exigencia a las que fueron sometidas; de tantos párrafos excedidos, proliferantes, sin aliento, que no parecen acabar nunca, como si sólo a través de más y más tinta pudieran levantar el puente que las lleve hacia otro lado; después de tantas expectativas frustradas, de tantas promesas incumplidas, queda, sin embargo, la belleza insobornable del comienzo.

Novelas que pudieron ser sólo su primera página; cuentos que caben en la primera línea; poemas que son solamente el título.

Se suelen dar muchas vueltas antes de empezar a escribir; vueltas también de recelo y confusión y duda. Esos primeros trazos, torpes y tentativos, significarán embarcarse en una aventura quién sabe por cuánto tiempo, meterse en un lugar del que más tarde ya no será fácil salir.

Tanto se trabajan las líneas inaugurales, tanto se pulen las palabras que recibirán al lector, que cae sobre nosotros la condena del impulso inicial y quedamos atrapados para siempre en las imantaciones de la primera frase, prisioneros en nuestra propia trampa de seducción.

Apuntes, fragmentos inconclusos, líneas que no debían quedar huérfanas… La libreta de un escritor es también un depósito de ruinas —de ruinas invertidas—, un amontonadero de comienzos.

La forma más pura del “lector salteado” que defiende Macedonio Fernández es la de “el lector de comienzos”: un lector exigente y selectivo como pocos, para quien está dirigido ese libro imposible, Una novela que comienza. En vez de picotear aquí y allá, hojeando las posibilidades lánguidas de un mismo libro, el lector de comienzos elige el fuego incomparable de los arranques, da sorbitos de libro en libro para embriagarse con el aguardiente de la promesa, con el elixir reconcentrado de la declaración de principios. A la pregunta impertinente y manida de si ha leído todos los libros de su biblioteca, el lector de comienzos gusta de responder con una sonrisita ambigua: —Los he probado todos.

Instante de diferenciación, zona de inauguraciones estéticas, pista para el cambio de rumbo, el comienzo es el lugar de lo nuevo, un espacio de ruptura con la tradición. Hay una suerte de entusiasmo utópico en el desplante de comenzar aparentemente de la nada, una subversión implícita en hacer tabula rasa, en borrar simbólicamente todo lo que nos precede para añadir una capa más al palimpsesto.

Hay inicios que, por un efecto de retardo, no dejan comenzar el texto; que lo aplazan o difieren como si fuera necesaria una antesala, un rodeo previo, una preparación; inicios que interrumpen el inicio, que lo postergan con el propósito no tan secreto de hacerlo más deseable, más necesario y urgente, como un oasis al que se debe llegar, pero del que, sobre todo, se parte; falsos inicios que, ya en pleno envión, permiten que el texto comience de una buena vez.

“…cada principio es en el fondo una continuación, una respuesta tácita al gran caudal de sobreentendidos, un guiño en el presente de los desvíos.”

Nadie lo sabe tan bien como el escritor de comienzos: cada principio es en el fondo una continuación, una respuesta tácita al gran caudal de sobreentendidos, un guiño en el presente de los desvíos. Nadie lo sabe de sobra como el acumulador de primeras líneas: simplemente damos vuelta a la página de un texto implícito, no hay comienzo posible que no sea in media res.

Hay un antes de la escritura que también es una forma de escritura, una temporada de este lado del laberinto del texto, una preparación que ya es del orden del lenguaje y puede consistir en merodear durante meses por las inmediaciones de una idea. Ese antes tiene también las cualidades de un laberinto, acaso de una variedad extraña y más tortuosa, pues la ausencia de paredes lo vuelve a menudo indescifrable: un laberinto en blanco para llegar al laberinto. 

Érase que se era el brote de una ramita en la fronda de lo posible, las extraordinarias aventuras de una ramita que no tuvo continuación.

Reconozco que algunas veces he sido engañado por el inicio de un libro: asumí que la tiesura de la bienvenida respondía a que el autor había mandado a un emisario, a un rancio mayordomo de moño y levita a abrir la puerta, sólo para darme cuenta de que ese emisario era el propio autor, disfrazado de la forma en que le gustaría escribir.

Como un Moisés quimérico que realiza un corte en las tempestades de la página en blanco, diseñar un principio implica asumir una postura frente a la tradición, tomar partido, se quiera o no, en la política de lo nuevo. Si ya en las primeras líneas se respira ese aire de posibilidad, ese ejercicio de la distancia; si todo principio incorpora una declaración de principios, quizá habría que insistir en la práctica del corte, volver una y otra vez al instante de las bifurcaciones, construir una máquina de recomenzar.

“Puede ser una simple coma, una oración subordinada, la respuesta anodina de un diálogo; lo importante es que debe tener la entereza de detenerse justo allí, al filo del abismo, antes de desatar la avalancha que lo arrastrará lejos, sin más alternativa que llevar hasta sus últimas consecuencias los pormenores del texto.”

El escritor de comienzos, fiel a ese halo de promesa de lo que no seguirá más, de lo que no ha de estropearse por el estiramiento y los ripios —por la condescendencia de un desarrollo—, debe reconocer ese punto de la escritura a partir del cual ya no hay retorno, ese portal incierto que, una vez traspasado, lleva al fácil despeñadero de seguir. Puede ser una simple coma, una oración subordinada, la respuesta anodina de un diálogo; lo importante es que debe tener la entereza de detenerse justo allí, al filo del abismo, antes de desatar la avalancha que lo arrastrará lejos, sin más alternativa que llevar hasta sus últimas consecuencias los pormenores del texto.

Uno de los problemas del abandono, de ser presas de la interrupción y las postergaciones, de entregarse a la estética aguafiestas del desistimiento, es que no se puede construir un hogar sobre el arranque perpetuo, no se puede habitar en el corte, en la renuncia permanente al segundo párrafo, no se puede montar un campamento sobre el rito de volver a empezar.
El breve estallido, acotado y susurrante, al encender un cerillo. Ese chisporroteo que se parece al entusiasmo de la promesa, antes de que la flama se normalice y dé paso al proceso gradual y casi sin sobresaltos de la combustión. Ese estallido que hace imaginar un texto en la forma de una cajita de cerillos, sin más aspiraciones que una colección de comienzos. EP

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