Diseño y espiritualidad: Fray Gabriel Chávez de la Mora

La curadora Ana Elena Mallet visita el valioso trabajo de fray Gabriel Chávez de la Mora, recientemente galardonado con el Premio Nacional de Arquitectura.

Texto de 16/12/21

La curadora Ana Elena Mallet visita el valioso trabajo de fray Gabriel Chávez de la Mora, recientemente galardonado con el Premio Nacional de Arquitectura.

Es reconfortante que se reconozca el trabajo de la gente talentosa, sobre todo en el rubro de las industrias creativas y culturales que por momentos pasan desapercibidas en este país de tantos problemas y diferencias. Este 2021, parece que los gremios de la arquitectura y el diseño, el sector público y el privado coincidieron otorgándole importantes distinciones al destacado y admirado arquitecto fray Gabriel Chávez de la Mora. En senda mañanera, el presidente López Obrador le entregó el Premio Nacional de Arquitectura, unos días antes la FIL Guadalajara le rindió un homenaje en ArpaFIL, y el pasado octubre, la organización Diseña México le otorgó el Premio Nacional de Diseño avalado por la UNESCO.

Originario de Guadalajara, Jalisco, Gabriel Chávez de la Mora nació en 1929 y es uno de esos casos raros de la historia en que un personaje se entrega por completo a dos actividades absolutamente demandantes: la arquitectura y la vida monástica. Luego de haber cursado sus estudios —desde la primaria hasta la preparatoria— en colegios maristas, Chávez de la Mora decidió estudiar ingeniería en la Universidad de Guadalajara; luego de un año, se integró como dibujante al taller del arquitecto Julio de la Peña, donde escuchó que estaba por fundarse la Escuela de Arquitectura de esa institución.

Con aguda visión, el arquitecto Ignacio Díaz Morales propuso fundar una escuela de Arquitectura en la capital del estado y para hacerlo luchó contra viento y marea. Su proyecto tenía sólidos planes de estudio y destacados maestros europeos que prometían hacer de la formación arquitectónica en Guadalajara algo nunca antes visto en el país. Entre otros, convocaron a Mathias Goeritz, Horst Hartung, Eric Coufal y Silvio Alberti. 

De aquella primera generación, se graduaron siete arquitectos. Debido al orden alfabético, a Chávez de la Mora le tocó ser el primero en graduarse de la licenciatura de Arquitectura en 1955. Él provenía de una familia muy católica y comprometida con la religión. Durante los años de estudio, se adentró en la lectura de la liturgia y hacia 1952 tuvo el primer contacto con el padre Gregorio Lemercier, encargado de un nuevo monasterio benedictino cerca de Cuernavaca, en Ahuacatitlán. El religioso lo invitó a conocer la comunidad, y Chávez quedó impactado con la vida religiosa y la situación del monasterio, donde los monjes eran prácticamente autosuficientes, ya que consumían productos de sus huertos y animales de su granja. 

Tras recibirse de arquitecto, Chávez de la Mora ingresó al monasterio benedictino el 5 de mayo de 1955. Para su suerte, por esos años el contexto de la Iglesia y el arte sacro estaban en plena transformación, así que encontró interesantes oportunidades para expresarse como arquitecto y diseñador, al tiempo que vivía bajo la regla benedictina de “Ora et labora —oración y trabajo—. 

A lo largo de su vida, Chávez de la Mora ha diseñado desde monasterios y catedrales hasta mobiliario, vitrales, objetos, vestimentas litúrgicas y escenografías, aunque en este espacio se hará referencia sólo al proyecto de Talleres Emaús, que fue una interesante ventana para el oficio de la platería. En 1956, fray Gabriel tuvo la idea de crear un taller de diseño artesanal para apoyar la economía de la comunidad. Con el impulso de Lemercier, se fundó en Cuernavaca el proyecto de Talleres Monásticos, que posteriormente se llamaría Talleres Emaús.

Fray Gabriel, con gran destreza, logró integrar diversas técnicas al taller y bellísimos diseños, además de que instruyó a varios de sus compañeros religiosos. La platería fue el primer oficio que se integró al taller. Por aquellos años, contaba con la colaboración de Ernesto Paulsen, que había coqueteado también con la vida monástica, pero que terminó por abandonarla para dedicarse enteramente al diseño y al arte. 

Los primeros diseños eran láminas de plata grabada, calada y/o recortada, montadas sobre madera. Ya fuera iconografía religiosa o mensajes de esperanza extraídos de las Escrituras, dibujadas con la original caligrafía diseñada por fray Gabriel, las piezas se convirtieron en objetos de deseo para fieles y visitantes del monasterio. En un inicio, se vendían en el atrio de la catedral de Cuernavaca, en un pequeño local; posteriormente se distribuyeron a través de tiendas propias en la colonia Roma y en la Zona Rosa, y luego en Sanborns.

Echar a andar el Taller de Emaús no fue tan fácil como parece; algunas comunidades tradicionales desataron críticas contra los diseños religiosos del monasterio, pero otras los aceptaron de buena gana. “Había gran entusiasmo y gusto por ver una expresión diferente, que contrastara con las imágenes tradicionales, sobre todo del siglo XIX de los santitos dulzones. Iniciamos una nueva expresión, más jovial, más simple, incluso con una geometrización, con una abstracción […]. Aprecio y escándalo.”1

“Fray Gabriel encontró en la plata un material rico en expresión y simbolismos, y siempre fue la materia prima elegida para diseñar altares o delicados objetos de culto”.

La producción del taller se convirtió eventualmente en el más importante ingreso para la comunidad y su éxito se debió, además de a sus bellos diseños, a sus precios accesibles. La plata no era el único material con el que se trabajaba en Emaús. A la larga, integraron talleres de serigrafía impresa en pergamino, gamuza, madera y cartón. Experimentaron también con cerámica, esmalte, taracea, orfebrería y cerería, además de piezas en alambrón y lámina de acero. Su mercado creció de tal manera que incluso desarrollaron una línea ecuménica para comunidades judías con imágenes del Antiguo Testamento y caligrafía hebrea.

Fray Gabriel encontró en la plata un material rico en expresión y simbolismos, y siempre fue la materia prima elegida para diseñar altares —como el de la catedral de Guadalajara— o delicados objetos de culto —como cálices, patenas, custodias, tabernáculos y candelabros—. 

De acuerdo con el arquitecto Alberto González Pozo, para Chávez de la Mora: “El arte sacro, a diferencia de lo que ocurre con el arte en general, no persigue un fin en sí mismo: tan sólo es un medio para expresar un mensaje trascendente; un recurso que acompaña a otros, de los que la religión se vale para dirigirse a un público muy amplio”.2 

Talleres Emaús cerró sus puertas en 1968. Sin embargo, fray Gabriel ha seguido diseñando edificios, joyería religiosa, mobiliario y objetos para diferentes comunidades. Actualmente habita en la abadía del Tepeyac, en Cuautitlán Izcalli, diseñada por él en 1968. 

“Fray Gabriel comparte ideas, reflexiones, historias y objetos, siempre tiene nuevos proyectos. Sus 92 años no son impedimento alguno para seguir haciendo e imaginando futuros mejores”.

Hace apenas unas semanas fui a visitarlo, y me conmueve siempre su lucidez y su generosidad. Fray Gabriel comparte ideas, reflexiones, historias y objetos, siempre tiene nuevos proyectos. Sus 92 años no son impedimento alguno para seguir haciendo e imaginando futuros mejores. Él ha encontrado a Dios y su mensaje en el diseño: el tipo de arquitectura, caligrafía, muebles y objetos que ha diseñado son distintivos de un momento en México, de una estética religiosa impulsada por su ojo, pero también de su amor y entrega por la profesión y el diseño mismo. 

Yo sólo espero que siga aquí por muchos, muchos años. Que siga diseñando piezas conmovedoras que nos enseñen que el diseño está también en el amor y la espiritualidad. Muchas felicidades, querido y admirado fray Gabriel. 

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La despedida… Según me informó la redacción, esta es la última de mis columnas en Este País. Quiero agradecer enormemente a Julieta García por haberme dado este espacio y por impulsarme a escribir “de cosas bonitas” que al final resultaron relevantes. A Karen Villeda por su atinada edición; a Bruno, a Gina, mi cariño y agradecimiento. No puedo dejar de lamentar que estos espacios desaparezcan, cuando se había logrado una vibrante confluencia de muchas voces. Espero que pronto nos volvamos a encontrar. EP


1 Guillermo Plazola Anguiano, Fray Gabriel Chávez de la Mora, México, Plazola, 2010, p. 171.

2 Alberto González Pozo, Fray Gabriel Chávez de la Mora, Guadalajara, Gobierno de Jalisco/Universidad de Guadalajara/Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, colección Monografías de Arquitectos, núm. 3, 2005, p. 141.

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