Cosas que me atraen de las listas

Luigi Amara enlista las cosas que le atraen de las listas. Así, sin más. ¿Dónde hay listas que no se presentan como tal?, ¿qué trampas nos colocan?, ¿qué pequeñas satisfacciones nos dan? Cuidado porque esta lista no termina, sólo se interrumpe.

Texto de 19/07/21

Luigi Amara enlista las cosas que le atraen de las listas. Así, sin más. ¿Dónde hay listas que no se presentan como tal?, ¿qué trampas nos colocan?, ¿qué pequeñas satisfacciones nos dan? Cuidado porque esta lista no termina, sólo se interrumpe.

Las listas no se cierran, sólo se interrumpen.

Al final de una lista acecha siempre el vértigo de la pieza faltante.

También se puede continuar una lista como quien añade escalones en el aire.

Al otro lado del espejo, la lógica secreta de la lista inaugura una poética.

Las listas saben burlarse a saltos de la argumentación.

Reírse entre líneas es la forma de las listas de reírse entre dientes.

Ese momento en que la lista empieza a desestabilizarse, a balbucir, a dar de tumbos, y parece que salta y toma su lugar abordo de El barco ebrio de Rimbaud.

A la manera de Ulises Carrión, se puede escribir una historia únicamente con la lista de aparición de los personajes.

Sobre la página, como manchas de tinta de líneas entrecortadas, las listas se confunden con poemas.

Se diría que los primeros poemas escritos fueron listas y no meras transcripciones de la lírica oral: inventarios de propiedades y posesiones, tabletas de arcilla en las que, con sellos diminutos de los signos más variados, se consignaba el número de ovejas, de ánforas de aceite, de esclavos.

A través de las listas del supermercado, de los pendientes, de los libros que debemos leer antes de morir, pretendemos enfrentar la voracidad del olvido.

¿Quién no ha agregado un pendiente ya resuelto a la lista sólo por la satisfacción de tacharlo?

Listas que a lo lejos se antojan hospitalarias y que terminan por cerrarnos la puerta en las narices.

Alcanzar la fluidez de lo discontinuo, hacer encajar lo disperso, conseguir que bordes disimétricos encajen a la perfección. La lista como prefiguración del collage.

La lista es una lenta revelación. Un descubrimiento que se desenvuelve y permanece en suspenso.

El espacio común de tantas cosas diversas sucede en una simple hojita de papel.

Un puente hecho sólo de hilo que establece una proximidad evanescente entre las cosas.

El hilo que hilvana las listas es un hilo invisible que nos hace ver más.

Incluso la lista más discontinua podría bordarse con el mismo hilo negro.

En los encuentros más disparatados y fortuitos nunca deja de estar presente, como sobre la mesa de disecciones, una máquina de coser implícita.

También las listas, incluso las listas de los deseos, pueden perder el hilo.

La linealidad de la lista como estratagema: disfraza su voluntad de crecer, de integrar más elementos, de ramificarse. La linealidad de la lista es sólo un ardid de su voluntad exuberante.

Aun las listas cerradas y monolíticas dejan un resquicio, un lugar abierto para la enmienda o la continuación.

Una lista de todos los textos que citan o aluden a la célebre lista de “cierta enciclopedia china” que Borges refiere en “El idioma analítico de John Wilkins”.

Aun las cosas que no tienen lugar encuentran acomodo en las listas.

Gracias a una lista sabemos que el manuscrito de La amante de Wittgenstein de David Markson fue rechazado por 54 casas editoriales.

Listas capaces de invocar la abundancia y despertar la voluptuosidad de una reserva inagotable, sin necesidad de incurrir en la monotonía del etcétera.

Una receta de cocina trenza listas de muy distinto orden: 1) de ingredientes, 2) de pasos y 3) de consejos generales. Mientras más cerrada sea cada una por separado, y mientras más apretada y compacta sea la trenza que conforman, tanto más intimidante y ajeno será el proceso de cocinar.

La poética de la lista debe mucho al encuadre, al ángulo de enfoque, al marco: a todo lo que deja de lado. Las listas de Sei Shônagon semejan miniaturas, acuarelas de trazos breves, composiciones inequívocamente plásticas.

El doble filo de las listas, su perfil al mismo tiempo consabido e injusto. Como en la lista anual de los hombres más ricos del mundo: tan exclusiva como indignante, tan novedosa como predecible.

La lista de los ángeles suele ser más larga y pormenorizada que la de los demonios…

“¡Cuánto mundo ha venido de todo el mundo!” “¿Dónde ponerlo todo?” Los versos de Wisława Szymborska como epígrafe de un proyecto interminable sobre las mil y una listas.

En las listas se renueva, como escribió Foucault, la práctica milenaria de lo Otro y lo Mismo.

Máquinas para hacer listas, matrices que crean ordenamientos sucesivos, combinatorias potencialmente infinitas.

No hay catálogo lo suficientemente caótico o delirante que no lleve a pensar en un principio de orden, un código secreto, una llave maestra.

La provisionalidad de las listas: su carácter tentativo, inestable y precario. Una estética de ordenamientos permutantes.

Mirar por el ojo de una cerradura se parece a la operación que propone la lista: un atisbo, apenas un vistazo. Convoca el vértigo de entrever un paisaje inabarcable a través de un orificio en la puerta. No en vano la relación atropellada que hace Borges tras contemplar el Aleph tiene forma de lista.

Enumeraciones, índices, repertorios, catálogos… una lista es un esbozo de orden. Pero el orden que sugiere luce inestable, transitorio, conjetural.

Las cosas más discordantes, contrarias y excluyentes pueden encontrarse en una lista. De allí que toda lista disyuntiva se antoje un problema, un desafío, un acertijo teórico.

Georges Perec refiere la asfixia que producen las clasificaciones en las que impera un orden perfecto, comparables a esas utopías (o fotografías de revista) en las que todo está en su lugar y no hay lugar para el azar o la diferencia.

La vida imaginaria de un filósofo disperso llamado Heteróclito. Heteróclito de Halicarnaso, y de su discípulo, Misceláneo de Síbaris, de los que sólo se conocen una serie desconcertante de listas.

Algo que entra y sale y luego vuelve a entrar a la lista.

Mario Praz leía de manera rápida y emocionada los catálogos de las librerías de viejo, justo como se acostumbran leer las novelas policiacas.

El menú es una lista que más bien se olfatea.

Una lista de hacedores de listas, como la que preparó Umberto Eco.

En un extremo, la delicadeza y poder de sugestión de las listas de Sei Shônagon. En el otro, la exuberancia y desbordamiento de las listas de Rabelais.

La fiebre de la lista, esa avidez por la enumeración, por lo plural y lo ilimitado, es un síntoma de que nos hemos contagiado de la enfermedad de la fantasía.

En la lista predictiva que despliega Google tras escribir la palabra “lista”, destaca La lista de Schindler (la película).

Como si de algún modo los conjuráramos y combatiéramos al incluirlos en una lista, preparamos relaciones de monstruos, catálogos de problemas, listas negras de afrentas y enemigos.

El infame Index Librorum Prohibitorum et Derogatorum de la Inquisición, vuelto del revés por decadentistas y autores malditos, se transforma en la biblioteca ideal.

La lista negra parece menos negra cuando empezamos a tacharla.

También existe la gula de las listas, esa glotonería por continuarlas, por abultarlas y extenderlas, en busca de un efecto de fulgor y riqueza.

Algo tiene de rezo la elaboración y repaso de una lista. Es nuestra forma laica de comulgar con los pendientes.

El punto en el que la lista se toca con el gabinete de curiosidades y se confunde con la cámara de maravillas. Ese punto en que la lista luce como un museo portátil, como una galería en miniatura que podemos plegar y guardarnos en el bolsillo.

Al comenzar una lista siempre acecha el peligro de que suba, desde la punta del lápiz, el escalofrío insaciable del coleccionista.

El ticket de la compra puede convertirse también, gracias al puente de la rutina, en la lista de la compra futura.

Cada elemento de una lista puede ser el gozne para generar una nueva lista, que a su vez es la rama de otra posible arborescencia.

El trazo de una ciudad desconocida se recorre como un crucigrama en el que debemos adivinar las listas de las horizontales y las verticales.

El elenco de todo lo que no es o no puede describir a dios —lo que se suele denominar la vía negativa— en realidad propone un esbozo del inventario del mundo, de nuestro mundo.

El orden que establece una lista suele ser tan resistente y efímero como la telaraña.

Siento debilidad por las listas que nos llegan como restos flotantes de un naufragio.

La tensión entre lo exhaustivo y lo provisional, entre lo duradero y lo fugitivo, entre el código y la sugerencia, ¿es lo que mantiene unidos los elementos de una lista?

Tomar apuntes es una propedéutica en el arte de la lista. Una criba o selección —un inventario de destellos— de lo que aconteció como discurso o como clase.

Aunque haya flores de un sólo día, a la lista de “lo más granado”, de lo llamado a perdurar, se le denomina en griego “antología” y en latín “florilegio”: literalmente “recoger flores”.

De la lista del mandado o de las paradas del autobús a la lista de récords, proezas y excentricidades, se recorre todo el espectro de lo infraordinario a lo extraordinario.

Una lista de la repetición, una plana para insistir en lo mismo y terminar aprendiéndolo a través del aborrecimiento. Como esas frases que Bart Simpson escribe en el pizarrón y no pocas veces incurren en la autorreferencialidad y la paradoja.

Este castigo no es aburrido y sin sentido. Este castigo no es aburrido y sin sentido. Este castigo no es aburrido y sin sentido. Este castigo no es aburrido y sin sentido. Este castigo no es aburrido y sin sentido. Este castigo no es aburrido y sin sentido. Este castigo no es aburrido y sin sentido.

No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis. No desperdiciaré el gis.

Pasar lista es una suerte de ensalmo cotidiano para dar continuidad a las cosas.

Hay nombres propios concebidos como una lista íntima y desordenada del santoral.

Las listas son los escalones subterráneos de la memoria.

Tiempos insulsos en los que se reduce el arte de la lista al inventario de productos de un Gran Almacén.

Desde que la riqueza, según Marx, nos aparece como un “inmenso arsenal de mercancías”, las listas operan como los pistones incombustibles del capital.

La venta por catálogo, cuya cúspide es la venta online, ha hecho de las listas la Experiencia Definitiva.

Recorremos la lista como quien se pasea por un centro comercial.

Ah, la insolencia de las listas, que no se rebajan a explicarnos nada.

Entre un inciso y otro de la lista pudieron pasar meses, divorcios, terremotos…

El territorio ideal para las listas es el páramo obsesivo del insomnio.

EP

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