Atractores extraños El ensayo como autoexperimento: Walden

Columna mensual

Texto de 13/12/19

Columna mensual

Me gusta pensar que vivimos tiempos propicios para el ensayo, que esta época movediza e incierta demanda interrogantes y dudas antes que certezas bien afincadas; que la inestabilidad social imperante, más que la defensa sensata de convicciones ya anquilosadas, es proclive a las búsquedas novedosas, a los caminos todavía no probados —e incluso a las tentativas disparatadas. Al igual que Christy Wampole, percibo a mi alrededor una paulatina “ensayificación de todo”: cierta apertura para descreer de lo que parecía inamovible, para poner a prueba lo que hasta ahora no se había cuestionado; atravesamos por una suerte de fiebre escéptica en que las jerarquías y los dogmatismos no quedan muy bien parados… 

¿Significa todo esto que hoy se escriben más y mejores ensayos? No lo sé… no necesariamente; lo decisivo es que, sobre todo al margen del papel, más allá de la página impresa y las preocupaciones literarias, en asuntos tan cotidianos como la política de las relaciones de pareja o la movilidad de una ciudad inoperante, aparece cada vez más una actitud distendida y crítica, dispuesta a enfocar todo bajo una luz distinta; como si la vida misma, y no sólo los vagabundeos por escrito, comenzara a entenderse como una tentativa ampliada, como un largo y cambiante experimento en el que, bajo parámetros elásticos pero inquisitivos, se ha comprendido que lo que está en juego es ni más ni menos que la posibilidad de un futuro. 

Más allá de los propios tanteos de Michel de Montaigne, quizá no haya mejor ejemplo del ensayo como forma de vida o como experimento existencial —antes que como simple género literario— que la temporada de más de dos años que Henry David Thoreau (1817-1862) pasó en los bosques de Concord, Massachusetts, a unos cuantos pasos del lago Walden, en busca de la autosuficiencia. Esa aventura representa el impulso de probar por uno mismo las grandes interrogantes de la vida, esa voluntad de acudir a la propia experiencia —antes que confiar, por ejemplo, en los libros, en la autoridad de los grandes autores— como eje de una exploración subjetiva en última instancia orientada a la autotransformación, con el propósito mayúsculo y para él irrenunciable de alcanzar “el arte de vivir plenamente”.

Desde que la estadía en los bosques de Walden resulta indiscernible del libro que Thoreau fue escribiendo a lo largo de su ejercicio de autarquía, se ha vuelto una cifra de la compenetración que puede haber entre vida y escritura, ese proceso de ida y vuelta entre la experiencia y la reflexión, entre el experimento con nosotros mismos desde las dos facetas de Frankenstein —como investigador y como conejillo de Indias, desde los dos extremos, por así decirlo, del monstruo—, vaivén o retroalimentación ya recogidos en aquella frase deslumbrante de Montaigne: “He hecho mi libro tanto como mi libro me ha hecho a mí”. 

Aunque la tentativa de construir una cabaña para vivir un autoexilio largamente acariciado puede antojarse desmedida, una infatuación narcisista o una evasión de niño explorador que quiere prolongar hasta lo imposible su campamento a las orillas de la ciudad,1 no se puede pasar por alto que, en Thoreau, la construcción de la cabaña solitaria participa, junto al acto cotidiano de escribir (pero también junto a las caminatas, la huerta, la resistencia al abatimiento, la pesca en el lago congelado y la contemplación), de la aventura más amplia de construirse a sí mismo, del proyecto si se quiere colosal de moldearse con sus propias manos, y que el aislamiento, antes que un enclave para la huida o la censura de sus conciudadanos, puede ser un laboratorio para poner a prueba la idea misma de autosuficiencia, el plan de autarquía individualista que le quitaba el sueño, pues más que un mero acto de aislamiento y distancia, allí, entre las inclemencias y maravillas del bosque, procurará sondearse a sí mismo, examinar las motivaciones y defectos de su proyecto, sus bondades tanto como sus trampas autoimpuestas. 

Quizá parezca, de entrada, todo un despropósito afrontar “los hechos esenciales de la vida”, tal y como se anuncia al comienzo de Walden, sin contar con los demás, prescindiendo un tanto artificialmente ya no digamos del prójimo, sino en general de la colaboración y asistencia humanas; pero más que un ejercicio narcisista en que el hombre solitario se vanagloria de sus capacidades y su astucia, como un Robinson Crusoe heroico, tanto más ufano y triunfante en la medida en que ha naufragado adrede, la aventura en Walden Pond cabe entenderla como un ensayo vital, como un ejercicio que al mismo tiempo que incorpora la escritura y el estudio, obliga a la convivencia cercana con todo aquello que depara el presente cuando se vive casi a la intemperie, forzándose a prescindir de muchos de los bienes de consumo que ofrece la sociedad, con plena conciencia de que el precio que ha de pagarse por ellos puede comprometer no sólo el bolsillo, sino sobre todo la libertad.

Aunque las motivaciones últimas de refugiarse en el bosque sean a fin de cuentas inaccesibles, veladas en primer lugar por las numerosas interpretaciones y autoengaños del propio Thoreau (su tentativa lo mismo se ha idealizado como una acampada en los márgenes de la civilización que caricaturizado como una mera travesura de quien cree enfrentarse al sistema subiéndose a la casa del árbol del jardín),3 no es descabellado suponer que tenía como cometido final el autoconocimiento, esa necesidad por descubrir y congeniar con esa parte de uno mismo que no suele aflorar a la superficie, eclipsada por la coreografía de la socialización y los imperativos del deber y la rentabilidad, y cuya voz y comportamiento sale a relucir cuando se crean las condiciones experimentales en las que uno puede llegar a ser, al mismo tiempo, observador y observado, cuando se entrega en carne y alma no únicamente a la escritura de un ensayo largo, sino a la puesta en práctica del mismo: aquella vieja idea de Montaigne de probar, de sopesar uno mismo las cosas, que se convierte, a su vez, en una prueba de sí mismo.

Durante los veintiséis meses transcurridos en el bosque, del 4 de julio de 1845 al 6 de septiembre de 1847, ese autoconocimiento, esa auscultación continua, comportará el contacto estrecho y la familiaridad con los objetos más comunes y silvestres de la naturaleza, con toda esa vida ordinaria y sencilla que crece espontánea como los hongos, allá afuera, en las lindes del mundo humano y que, como el poeta James Russell Lowell reconoce, estaban esperando a “su Montaigne”, al ensayista que los inspeccionara de cerca, los redescubriera y les hiciera justicia. La naturaleza —o si se quiere el bosque— hace su aparición en la reflexión ensayística de la mano de un hombre que tenía un perfil múltiple de “superviviente, de estudiante y de naturalista”, para usar las palabras de R. L. Stevenson, y que supo apreciarla, darle una voz y revelarla a los lectores desde una proximidad en la que el conocimiento de sus detalles, de sus pequeños secretos, vale más que cualquier disertación abstracta.

Es imposible pasar por alto que la aventura de Walden incorporaba y exigía una ascesis, una práctica y disciplina propiamente espirituales de cara al compromiso de vivir de forma autónoma e independiente, con todo lo que ello suponía en cuanto a dietética y farmacopea, y aun al arreglo en materia de comodidades y placeres. Al igual que los anacoretas del desierto y otros precursores de la toma de distancia como una búsqueda personal e introspectiva, Thoreau rechaza la idea de una filosofía o una literatura que se limiten a producir conceptos o a hilar palabras por el puro placer de verlos sostenerse y avanzar, como castillos en el aire que se mantienen gracias a su lógica interna o a su belleza excepcional. Para Thoreau el pensamiento ha de encarnarse, arrojado a la prueba de fuego del presente; ha de materializarse en acciones que incidan en la vida cotidiana y modifiquen en primer lugar a quien, situándose a sí mismo como laboratorio, se arriesga a la vieja pero acaso inescapable pregunta de cómo vivir. 4

A la manera de los cínicos y los epicúreos, siguiendo el ejemplo de todos aquellos que renunciaron a las convenciones de su época para instaurar un reducto, no importa qué tan fugaz y reducido, un jardín o cabaña de resistencia y autonomía, la larga escapada a los bosques de Walden, esos dos años intensos y ásperos pero dichosos de subsistencia solitaria, sin otro apoyo que el que podía brindarse a sí mismo, más que una huida narcisista, más que una torre de marfil de soberbia y misantropía que adopta la forma de una cabaña, cabe leerlos como una suerte de ensayo existencial, incluso autoterapéutico, en que la pregunta sobre cómo enfrentar los hechos esenciales de la vida se plantea de forma directa y con un acento pragmático, no por urgente menos jovial. EP 

1. “Uno de los acontecimientos más investigados, ponderados, analizados e influyentes de la historia de la literatura en Estados Unidos”, como lo califica Richard Smith en su deleitable texto —uno más— sobre la estadía de Thoreau en el bosque: “El primer año de Thoreau en Walden en la ficción y los hechos”. 

2. ¿Entre “los hechos esenciales de la vida” cabe incluir la habilidad de hornearse el pan uno mismo o de pescar y cazar con las propias manos lo que hemos de llevarnos a la boca? Lo que es asombroso de Thoreau es que aprendió a hacer de todo.

No sólo diseñó un nuevo tipo de lápiz industrial que redituaría riqueza al negocio de la familia, si- no que aprendió a construir una cabaña con un hacha prestada, a conducir una canoa por el río y a pescar en ella, y desde luego a escribir sobre todo ello. Aprendió a patinar, a escalar y a caminar largas distancias. Aprendió a cultivar frijoles, papas y maíz dulce; aprendió a recolectar arándanos y otros frutos silvestres, así como a leer las huellas e indicios del bosque, como corresponde a todo buen cazador. Aprendió a convivir con las aves y a reconocer los árboles, y no es poca cosa que haya una especie de insecto que lleve su nombre. Y aunque cierta vez causó accidentalmente un incendio de grandes proporciones, aprendió a encender y a cuidar el fuego de su fogata. Por encima de todo, según el testimonio de quienes lo conocieron, aprendió a decir que no. 

3. Después de todo, el predio en el que Thoreau construyó su cabaña pertenecía a Emerson, su viejo amigo y mentor.

4. “Sería un buen resumen de los motivos del libro —escribe Stanley Cavell en Los sentidos de Walden— decir que nos invita a interesarnos en nuestras vidas y nos enseña cómo hacerlo”.

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