El aforismo ante el espejo

¿Qué es un aforismo? ¿Qué lo caracteriza? En esta entrega, Luigi Amara presenta al aforismo frente a un nítido espejo.

Texto de 08/12/21

¿Qué es un aforismo? ¿Qué lo caracteriza? En esta entrega, Luigi Amara presenta al aforismo frente a un nítido espejo.

La brevedad del aforismo no es del orden de la eficacia, sino del relámpago. 

Ciertos pensamientos deben terminar pronto, como las pesadillas, porque de lo contrario nos aniquilarían. 

Alarmas a destiempo, advertencias intempestivas o sacudidas que llegan demasiado tarde, hay frases que estallan de golpe en la cabeza, no importa que las hayamos leído diez o veinte años atrás.

Como raya en el agua, que deja marca pero apenas huella. 

No tanto lo lapidario, el plomo arrojadizo de las sentencias, sino la volatilidad: frases que dibujan giros peligrosos en el aire y, como avioncitos de papel, amenazan con darnos justo en medio de los ojos.

Del descreimiento, de la obstinación —rasgos a veces hermanos—, pero sobre todo del afán de avería. El propósito secreto de un aforismo es descarrilar la sintaxis de las buenas conciencias.

Una frase funámbula, que flota sobre el vacío, sin red de protección, sin apenas sobreentendidos; una frase que no confía sino en su propia tensión para llegar al otro lado. 

“Una frase funámbula, que flota sobre el vacío, sin red de protección, sin apenas sobreentendidos; una frase que no confía sino en su propia tensión para llegar al otro lado”.

La aceleración que alcanza el aforismo: un cometa en un mismo lugar.

La herencia médica del aforismo, su nexo con la escuela hipocrática y la tradición de formular un “pronóstico”, hace que conserve cierto aire de incurabilidad: la íntima sospecha de que el ser humano no tiene remedio…

Comparable a una vieja cicatriz en la que, al pasar los dedos, se descubre un filo que también nos corta. 

En la encrucijada entre el sermón edificante y el argumento persuasivo, el aforismo opta por la insolencia de nunca dar razones.

Incluso el aullido puede dar pie a un aforismo, siempre y cuando se presente con el disfraz de oveja de una máxima. 

La larga historia del aforismo lo emparienta con la baliza —con la señal en el camino—, ya sea en forma de mojón o de síntoma. Pero lejos de indicar una dirección a seguir, se diría que el aforismo conduce hacia su propio precipicio. 

Sobre la cuerda floja del malentendido, el aforismo incurre en el desplante de un tono categórico para insistir en la crítica y la perplejidad. 

Bajo el amparo del libro de Hipócrates intitulado Aforismos, no ha dejado de practicarse cierto tipo de observación minuciosa asociada a la semiótica médica, pero referida a las enfermedades y flaquezas del cuerpo social.

Las llagas no necesariamente están a la vista, de allí que el aforismo hunda el dedo en los puntos débiles inadvertidos, en las grietas secretas, las dolencias futuras; en esa serie de síntomas que pueden parecer en principio irrelevantes, meros detritos de la observación.

Vestigios, indicios, huellas. En la estela del médico-filósofo soñado por Nietzsche, se podrían reunir los aforismos de una época para elaborar un diagnóstico de sus patologías, de esos desórdenes en el lado ciego que contravienen la alta imagen que tiene de sí misma. 

Al final de la línea del aforismo queda una ligera vibración, algo tan imperceptible como un hilo de araña enredado a la conciencia.

Alcanzar el efecto deslumbrante del meteoro, pero a la velocidad rasante y demasiado humana de la reflexión.

El aforismo circunda, combate y a veces pone en entredicho al lugar común. Pero incluso para despreciarlo, engañarlo o darle la vuelta, se diría que incesantemente lo corteja.

Camuflado en el filo de la concisión, oculto en el ardid de ir al grano, inadvertido en la tentación del tono edificante, el aforismo suele ser el fantasma de la eficiencia, la sombra invertida de la asertividad que se desliza furtivamente para expandir el desencanto.

Tras el balbuceo de sumergirse en las profundidades, una burbuja sube hacia la superficie de la página y estalla.

No es que el aforismo privilegie la parte sobre el todo, el fragmento sobre el discurso, la ruina sobre la escultura intacta; más bien aspira al fragmento como un todo, a la ruina como escultura cabal. 

“No es que el aforismo privilegie la parte sobre el todo, el fragmento sobre el discurso, la ruina sobre la escultura intacta; más bien aspira al fragmento como un todo, a la ruina como escultura cabal”.

Si la invención conjetural de la escritura deriva de las huellas de un ave en una orilla arenosa, los aforismos devuelven algo de esas pisadas, de esos rastros dispersos sobre la arena de la página, a manera de pistas para el desciframiento.

No se descarta que el aforismo provenga de los textos adivinatorios de la antigüedad: no solo despliega un tono oracular; también se basa en la observación minuciosa de lo aparentemente ínfimo, de lo desdeñable y oscuro, como si inspeccionara las entrañas de la sociedad.

En vez de un discurso articulado, unitario y coherente, una colección de aforismos congrega pistas, insinuaciones, sugerencias, acaso contradictorias y deshilachadas, a la espera de que el lector se tienda a ras del suelo —como haría un cazador— a escudriñar los rastros dispersos de una presa elusiva.

Esfinge incierta, oráculo vacilante, sibila escéptica: la astucia de proferir acertijos en forma perentoria con el fin de propalar el desconcierto.

Así conste de una sola línea, ya que recicla y pone en movimiento estructuras que el propio lenguaje ha pulido a lo largo del tiempo, el aforismo solo puede leerse entre líneas. 

En el espacio en blanco que rodea a un aforismo acecha la risa de Kafka: una risa entre dientes, mordaz y liberadora, que recuerda al tenue crujir del papel. 

Dejarse llevar por el delirio, pero como una fiebre que padece directamente el lenguaje. 

Frente a la urgencia de los comunicados, frente a lo evanescente de las redes sociales, el aforismo se sitúa del lado de las ruinas, de las ruinas que anteceden a los edificios. 

La prisa, cuando se desenvuelve sobre la página, deja la mancha inequívoca de la ambición. 

Mientras que el contexto implícito de un tuit suele ser la actualidad, el de un aforismo es la tradición. El charco todavía burbujeante, por un lado, y el sedimento inaparente, por el otro.

Un aforismo: el rastro que deja el caminante después de haber atravesado, de un extremo a otro, el lugar común.

La ilusión de una línea que se sostiene a sí misma, de una simple línea sin detrás —radiante, provocadora, autosuficiente—, es resultado de un acto de prestidigitación que pertenece al orden del teatro. 

Tal vez porque los aforismos abundan en ecos y repeticiones, hasta el extremo de que pudieron ser escritos por cualquiera —variantes maquinales de un viejo arsenal de fórmulas—, apenas si hay escritores que se presenten como “aforistas”. Hasta ahora, quienes mejor han desempeñado ese papel —el papel de hierofantes— son los muñecos de cuerda.

Juan de Mairena (de Antonio Machado), Eduardo Torres (de Augusto Monterroso), Blas Coll (de Eugenio Montejo): ejemplos de desdoblamiento aforístico. Como si hubiera que ensayar una voz apócrifa —una ventriloquía trascendental— para alcanzar esa distancia, esa posición fuera de sí, en la cual el doble procura la escritura de nadie. 

Al revés de las máquinas aforísticas (como aquella ideada por Marcel Bénabou, miembro del OuLiPo), en que una sintaxis rígida ofrece combinatorias descabelladas, el futuro del aforismo dependerá de una sintaxis descabellada que recombina las palabras de todos los días.

El ingenio es una fuerza demasiado chispeante como para mantener, por sí sola, una constelación de signos en el cielo de la página.

Antes que un detractor de lo sistemático, antes que un héroe del desistimiento, un escritor de aforismos es un derviche del rito giratorio de recomenzar. 

“Antes que un detractor de lo sistemático, antes que un héroe del desistimiento, un escritor de aforismos es un derviche del rito giratorio de recomenzar”.

El aforismo brota como hongo solitario del bosque: la red subterránea y proliferante del micelio anticipa la latencia de muchos más.

Se vuelve a una frase una y otra vez, se la pule y trabaja hasta que alcanza la condición acariciable del canto rodado o el amuleto de piedra.

Todo aforismo retoma una conversación perdida.

Fracturas de la linealidad, intermitencias del discurso, paréntesis de la nada; los aforismos suelen crecer en racimo. Son los callejones sin salida de digresiones tácitas. 

El timbre a menudo aristocrático del aforismo, extrañamente apropiado para hurgar en la basura colectiva y volver de allí con una perla.

El sueño de una frase que incorpore una antifrase que la contrarreste, un contrapeso estricto que la desmienta y desactive, en un ejercicio extremo de neutralización; que lleve la masa del pensamiento a la entropía cero, a la inoperancia por contraposición de fuerzas, y al cabo todo quede trabado, tenso, no se sabe si a punto de desinflarse o de la explosión. 

No hay que perder de vista a ese lector que pasa las hojas secretamente en busca de su dosis de dislocación y veneno.

Apóstata de la linealidad, aguafiestas de la argumentación, desertor de la trama, el aforismo está del lado de la interrupción, de lo discontinuo, a veces del dislate; por su carácter intempestivo, se diría que encarna y pone en negro sobre blanco el espíritu del cortocircuito. 

Situado espiritualmente después del naufragio, el aforista, con algo del arrojo de Flaubert a la hora de afrontar la odisea de la frase, escribe directamente restos, trozos que no encajan, astillas de sentido. 

Siempre se corre el riesgo de que al soltar frases inconexas y aun contradictorias sobre la página, estas terminen por reconciliarse, por limar asperezas y, ya sintiéndose a sus anchas, incluso procuren la síntesis…

La revoltura natural de un cajón de sastre siempre corre el riesgo de interpretarse como una forma de coherencia.

La queja, la queja por escrito, no pretende llegar a nada, solo celebrarse a sí misma.

No hay cajetillas de aforismos ni botellas de aforismos ni sopas de aforismos. Jamás he visto a alguien abrir una lata de aforismos ni beber aforismos a la salud de nadie. La acidez del aforismo se ha concentrado hasta el punto de hacer imposible su degustación festiva, como si debiera reservarse para un brindis introspectivo de mala leche.

El encanto deforme del aforismo: a una crisis de convertirse en espanto.

Experimento: recortar los aforismos de Schopenhauer, Caraco, Cioran, etc. y diseminarlos en galletitas de la suerte en busca de alguna propiedad digestiva.
Por debajo del énfasis y de la infatuación, por debajo del regusto a refrán y a adivinanza, por debajo incluso de la bufonada, prevalece el temblor de que el aforismo que se desvíe súbitamente hacia el epitafio. EP

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