Exclusivo en línea: Audubon, retratista de pájaros

Científico y artista por partes iguales, John James Audubon trabajó en las primeras décadas del siglo XIX en los Estados Unidos. A doscientos años de distancia y a pesar de invenciones como la fotografía, sus dibujos siguen siendo una de las formas más fieles, completas y gratas de conocer las aves.

Texto de 07/10/19

Científico y artista por partes iguales, John James Audubon trabajó en las primeras décadas del siglo XIX en los Estados Unidos. A doscientos años de distancia y a pesar de invenciones como la fotografía, sus dibujos siguen siendo una de las formas más fieles, completas y gratas de conocer las aves.

John Syme, John James Audubon, 1826,
óleo, 90.2 cm x 69.8 cm. Colección de la Casa Blanca.

El saber es una vía a la apropiación. Conocer es capturar, guardar dentro, en la bóveda mental, en las redes de la sensibilidad, la presencia de las cosas. El objeto sigue ahí, intocado en el entorno, pero algo suyo ahora es nuestro. Su esencia o, cuando menos, su identidad. No por nada, aprehender significa ‘atrapar’ pero también ‘entender’. Justa o injustamente, el conocimiento de la realidad trae consigo ciertas prerrogativas, o al menos así lo creemos. Ante el objeto hallado, el niño no duda en decir “Yo lo he visto primero”. Otro tanto murmura la joven apasionada cuando su amiga se acerca al hombre que la ha ignorado a ella. Ciertas tribus animistas se oponían a los retratos pues, pensaban, le robaban al objeto su espíritu. Avistar una tierra nunca antes pisada era razón suficiente para declararla propia. El derecho lo avalaba. En la Biblia, se dice que los amantes se conocen al copular. Conocer es poseer.

En la primera mitad del siglo XIX, cuando era todavía un país incipiente, en vías apenas de integrar un territorio y definir su identidad, Estados Unidos tomó posesión de uno de sus ámbitos naturales, el de las aves, gracias a la refinada devoción de un naturalista y artista de raíces franco-haitianas, John James Audubon.

Un mapa de los Estados Unidos de América, acorde a la Paz de 1783. Se grabó para A New System of Modern Geography, de William Guthrie (C. Dilly y G. Robinson, London, 1985). La frontera oeste es el río Mississippi. Visto aquí.

Nacido en Les Cayes, Saint-Domingue, hoy territorio de Haití, en 1785, John James Audubon (entonces Fougère Rabin o Jean Rabin) fue el hijo bastardo de un mercader, hacendado y comerciante de esclavos, Jean Audubon, y una camarera criolla, Jeanne Rabin, que murió de una infección meses después de dar a luz. Cuando los esclavos haitianos se alzaron, Jean Audubon mandó al niño a Nantes, en Francia, donde la esposa legal del mercader, Anne, lo cuidó como si fuera su propio hijo (1). Unos años más tarde, los Audubon legitimaron a John James y a su media hermana mediante la adopción. En los campos de Nantes, el chico descubrió el gusto por la vida natural y el dibujo.

A los dieciocho años, John James emigró de nuevo. Corría en Francia el periodo de las guerras napoleónicas. El servicio militar era inminente. Al mismo tiempo, en las tierras del padre en Valley Forge, Pennsylvania, parecía haber una mina de plomo. Jean decidió despachar una vez más a su hijo, ahora a Estados Unidos, con un pasaporte falso. Dos pájaros de un tiro: el joven evitaría los riesgos que traía consigo el reclutamiento y se involucraría en los negocios familiares.

Blue Jay (chara azul), lámina 102 de The Birds of America (United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

En los años siguientes, John James alternó las horas que podía dedicar a explorar los campos en busca de aves para estudiarlas en sus hábitats, cogerlas y dibujarlas, con las horas que debía dedicar al trabajo. Más que ninguna otra cosa, ambicionaba “hacer arte de la ilustración de aves. Traer las aves que trazaba de vuelta a la vida animada, ‘producir una colección no sólo de valor para la clase científica, sino grata para la gente en general’” (2).

Como parte de la labor que lo llevó a cumplir con creces esta ambición, John James ideó una técnica para representar los pájaros en movimiento. No existía la fotografía, por lo que muchas veces era necesario dar muerte a los ejemplares para dibujarlos bien. ¿Cómo mantenerlos firmes y, más aún, recrear su dinamismo, una vez sacrificados? Otros ornitólogos recibían en sus estudios las meras pieles rellenas de tiritas de tela. Audubon, en cambio, cazaba las aves personalmente y, mediante una estructura delicada de alambres, las hacía sostenerse en aquellos ademanes que él había registrado. Esta técnica, aunada a la capacidad de observación del naturalista y su talento artístico, arrojó maravillosos resultados.

Iceland, or Jer Falcon (halcón gerifalte), lámina 366 de The Birds of America(United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

Aunque convivía mucho con las aves, al grado de confundirse en el entorno y poder así estudiar los comportamientos sin afectarlos, Audubon no era sentimentalista. Amaba la clase animal de las aves, no a tal o cual pájaro. Su sentido práctico podía ser apabullante. “Primero las dibujaba, luego coloreaba los dibujos con acuarelas que bruñía con corcho para imitar los perfiles metálicos de las plumas. Después de dibujar, realizaba con frecuencia una disección anatómica. Y entonces, porque solía trabajar en medio de la nada, lejos de casa, cocinaba a sus ejemplares y se los comía. Muchas de las descripciones en su Ornithological Biography mencionan a qué saben las especies” (3).

El espíritu científico de Audubon lo llevó también a marcar pájaros para ver si regresaban, a la vuelta de las estaciones, al mismo lugar. En una cueva próxima al Perkiomen, un riachuelo de la zona, descubrió un grupo de piwis recién avecindados. Los visitó a diario, a lo largo de semanas, de modo que se volvió casi un miembro más del clan, o al menos una presencia íntima. Los miró trabajar, tejer nido, criar. Amistoso, aseguró hebras de hilo en las patas de los polluelos. Primero se las quitaban, después ya no. Cuando estaban por irse, les puso anillas de plata. Pasó el tiempo, y “en la estación en que los piwis vuelven a Pennsylvania, [tuvo] la satisfacción de ver unos en la cueva y los alrededores. […] dos de ellos tenían los anillitos puestos” (4). Que se sepa, John James fue el primer estudioso de aves en los Estados Unidos que empleó la técnica de anillamiento.


Pewit Flycatcher (mosquero fibí), en extremo parecido al pewee flycatcher de la cueva arriba mencionada. Lámina 120 de The Birds of America (United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

Por el lado personal, poco después de llegar a Mill Grove, la plantación pensilvana, John James conoció a quien, cinco años más tarde, se convertiría en su esposa y compañera de vida: Lucy Bakewell. Dotada pianista, lectora ávida, jinete destacada, era alta y esbelta (5). Tenía ojos grises y ascendencia inglesa de prosapia. Tuvieron cuatro hijos, aunque las dos niñas murieron muy chicas.

Las aves lo apasionaban, pero no le aseguraban el sustento. Se involucró primero en las labores mineras de Mill Grove. Luego, en Louisville y Henderson, Kentucky, estado al que se mudaron él y Lucy tras casarse en 1808, operó un molino y dos tiendas minoristas rurales. Una década después, sin embargo, estos negocios quebraron estrepitosamente, en parte, dicen ciertos críticos, porque John James carecía de talento empresarial y sus ocupaciones ornitológicas lo distraían demasiado; en parte, y tal vez sobre todo, porque la crisis conocida como el Pánico de 1819 barrió parejo. Por deudas, Audubon debió incluso pasar un tiempo breve en la cárcel.


Hairy Woodpecker, Red-bellied Woodpecker, Red-shafted Woodpecker, Lewis’ Woodpecker, Red-breasted Woodpecker (pájaros carpinteros varios), lámina 416 de The Birds of America (United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

Sin otra posesión que su acervo de dibujos y sus materiales artísticos, Audubon vendía retratos en cinco dólares y pintaba paisajes de fondo para un museo de Cincinnati, donde también realizó labores de taxidermia. El trabajo en el museo llamó mucho la atención, fue elogiado por figuras prominentes y Audubon reconoció la oportunidad de ir más allá del río Mississippi, que era entonces la frontera simbólica de la nación, en busca de especies nuevas que pintar. “Los pocos ornitólogos que habían precedido a Audubon habían limitado sus estudios a las especies del este” (6). Con el Mississippi como vía de descenso hasta Nueva Orleans, el dibujante exploró esas tierras aviares vírgenes. Aunque mucha de su investigación ocurrió en los lugares donde vivió, Audubon terminó cubriendo una extensión inmensa del territorio americano, desde Terranova en Canadá hasta Galveston en el Golfo de México.

Finalmente, la ambición inicial del ornitólogo se iba a realizar. Tras cinco años de trabajo artístico intensivo, Audubon zarpó en un navío mercante con destino a Liverpool. Corría el mes de mayo de 1826 y llevaba consigo los originales de cuatrocientos dibujos (luego añadiría algunos, hasta un total de cuatrocientos treinta y cinco). Su idea: encontrar un grabador de excepción (no lo había en Estados Unidos) para producir láminas de 60 x 90 cm que, en series de cinco, vendería por suscripción. Al final, la colección completa se integraría en “cuatro inmensos volúmenes encuadernados en piel, cada uno con cien láminas” de aves en tamaño real (7). Llevaba también consigo un legajo de cartas de recomendación, incluida, por ejemplo, la de un senador. Tras algunos contratiempos, se ganó las simpatías en Liverpool, Manchester y Londres. Organizó exposiciones de su obra que, aunadas a los relatos de exploración y el talante á la Boone del personaje, lo volvieron célebre. A su grabador, Robert Havell, lo halló en la capital inglesa. A sus suscriptores, entre esos admiradores de lo americano exótico. En diez años, Audubon completó su obra magna, The Birds of America.

La placa de cobre que sirvió para reproducir Wild Turkey (pavo salvaje), en formato gran folio, como parte de The Birds of America (United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

Richard Rhodes, acaso su principal estudioso, sintetiza así el legado adicional de Audubon: “Escribió cinco volúmenes de ‘biografías de aves’ colmadas de narraciones de vida pionera y su fama le permitió cenar con presidentes. Se volvió un ícono nacional […]. El registro que dejó de la naturaleza americana no tiene igual ni en amplitud ni en originalidad; la Audubon Society, cuando fue fundada en 1886, décadas después de su muerte, tuvo razón al invocar su autoridad. Fue uno de los dos estadounidenses elegidos como fellows de la Royal Society of London, la mayor organización científica de su tiempo, antes de la Guerra Civil; el otro fue Benjamin Franklin” (8).

American Crow (cuervo americano), lámina 156 de The Birds of America (United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

A lo largo de su vida, Audubon identificó veinticinco especies y doce subespecies nuevas de aves (9). Eran animales que antes no existían, al menos no en los registros científicos ni en el imaginario colectivo. Contribuyó, además, al estudio de otros varios cientos de aves y a integrarlas, gracias a la acogida que tuvieron sus dibujos, a la identidad joven de aquel país. Tanto en Estados Unidos como en Europa, la obra de Audubon llegó a representar algo quintaesencialmente nacional. “Imagine un paisaje por completo americano —dijo un crítico francés de la época—, árboles, flores, pastos, incluso los tintes del firmamento y las aguas, animados por una vida que es real, peculiar, trasatlántica […]”.

Audubon, al mismo tiempo, se religó al paisaje y a sus formas vivientes conforme los reconoció, los entendió, los nombró, los conservó. Coleccionar es una forma celosa, exhaustiva y paciente del amor. Coleccionando sus aves en papel, Audubon amó el suelo de los Estados Unidos. Volvió americano ese territorio, y ese territorio lo volvió a él americano.

American Sparrow Hawk (halconcito colorado), lámina 156 de The Birds of America (United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

Creo que basta observar los dibujos de Audubon para entender por qué el mundo natural y las historia de su país están en deuda con él. En la mirada aguda, en el detenimiento y en la precisión del trazo; en el milagro que permite a ese rigor tomar vuelo; en la determinación recompensada de plasmar los ejemplares en vivo movimiento; en la síntesis de delicadeza y brutalidad —porque las aves son bestias y entre ellas y nosotros no dejan de mediar un abismo y un misterio—; en el arte y la ciencia, en todo ello está la estampa de un hombre excepcional.

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Wild Turkey (pavo salvaje). La primera y tal vez la más célebre de las láminas que componen The Birds of America(United Kingdom, 1827-1838). Vista aquí.

Apostada en Manhattan, Nueva York, pero con presencia en toda la Unión Americana, la National Audubon Society es una organización medioambiental no lucrativa que “protege las aves y los lugares que necesitan y necesitarán […], mediante la ciencia, la promoción, la educación y la conservación a ras de suelo”. Reúne veintitrés programas estatales, cuarenta y un centros, y más de cuatrocientas cincuenta secciones locales que “organizan excursiones de avistamiento y actividades relacionadas con la conservación”. De la mano de Cornell Lab, creó eBird, un banco de información para la identificación de pájaros. Fue llamada así para honrar la memoria de John James Audubon. La versión en español de eBird es aVerAves, fruto de la colaboración de la National Audubon Society y Cornell Lab con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio) de México.

Como lo menciona el artículo, John James Audubon también fue escritor. Además de sus biografías de aves, que describen la apariencia y la conducta de incontables especies y relatan los variopintos encuentros del ornitólogo con ellas, sin omitir episodios animados de aventuras campestres, dejó diarios, cartas y otros textos cuyo espíritu y calidad que anunciaron a autores como Thoreau, Emerson y Melville. Especialmente atractivo es el volumen que editó Richard Rhodes para la Everyman’s Library, The Audubon Reader (Knopf, New York, 2006), una selección bella y cuidadosa de textos que incluye además copias a todo color de dieciséis de las ilustraciones en acuarela de Audubon. El prólogo puede leerse en esta entrada de Smithsonian.com, que he consultado y citado. También se antoja mucho la biografía que el propio Rhodes le dedicó bajo el título de John James Audubon: The Making of an American (Vintage, New York, 2006).

Richard Rhodes ha escrito más de veinticinco libros. The Making of the Atomic Bomb (Simon & Schuster, New York, 1986) ganó el Premio Pulitzer de no ficción, el National Book Award y el National Book Critics Circle Award. Ha recibido becas de las fundaciones Ford, Guggenheim y MacArthur, entre otras, y ha enseñado en Harvard, MIT y Stanford.

La New-York Historical Society conserva y exhibe las acuarelas de Audubon que sirvieron para la impresión de The Birds of America. La Universidad de Pittsburgh tiene una de los ciento veinte copias que se conservan en el mundo de esta obra. La ha digitalizado para consulta general. Ofrece también el texto completo de Ornithological Biography.

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