Apuntes sobre el insomnio

¿Cómo escapar del insomnio?, ¿qué remedios serán los efectivos?, ¿cómo se logra poner la mente en pausa? Karina Sosa ensaya sobre el insomnio.

Texto de 25/08/22

¿Cómo escapar del insomnio?, ¿qué remedios serán los efectivos?, ¿cómo se logra poner la mente en pausa? Karina Sosa ensaya sobre el insomnio.

Siempre había querido escribir sobre Papilla estelar, de Remedios Varo. 

Es ahora cuando ensayo el insomnio que me acerco a este cuadro de luces amarillas para preguntarme si la mujer que alimenta a la luna, menguante y palidecida de tanto cansancio, es una insomne. 

Me respondo que sí: la luna y la mujer son cautivas. Están aprisionadas en un sitio difuso: una celda en la bóveda celeste (siempre había querido usar el término bóveda celeste).

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Las celdas que me atrapan en el insomnio son, todas, mentales. 

Me perturba no dominar nada, no tener control sobre las noticias desastrosas del mundo: incendios, sequías, asesinatos, recesión, inflación, violaciones… habitamos en un planeta que se aproxima al vacío. Pero también hemos habitado durante siglos y siglos en el vacío. 

Pienso si la espalda del atlante que nos sostiene no estará ya debilitada cada segundo con nosotros a cuestas. 

¿Cómo dormirán las efigies, las colosales piedras que nos sostienen?

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Hace dos meses decidí usar mi insomnio para aprender historia del arte. Me inscribí a un curso en línea, que graba sus sesiones. Durante las madrugadas me siento frente a la pantalla a escuchar a museógrafos, historiadores y especialistas a hablar de Boticelli o Carpaccio. He decidido que los italianos del Quattrocento serán mi especialidad… 

A veces sueño, brevemente, que recorro una galería y que voy a caballo. Veo cuadros que sé que en la realidad no existen. 

¿Y si como Calígula termino enloquecida y decido que mi caballo será cónsul de mi imperio? Me respondo que no tengo un caballo y menos un imperio y por fortuna, no soy Calígula. Ambos somos insomnes, Calígula y yo. Pero nos separa un abismo: el tiempo, las obsesiones, los deseos… el temperamento. 

“Ambos somos insomnes, Calígula y yo. Pero nos separa un abismo: el tiempo, las obsesiones, los deseos… el temperamento”. 

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¿Remedios Varo era insomne? No lo sé, pero pienso que muchos de sus cuadros proceden de ese limbo entre el sueño y la imposibilidad: el insomnio. 

Cosmè Tura (1430-1495), pintor italiano, sí padeció insomnio. Durante las madrugadas en que el sueño se esfumaba, Cosmè se plantaba frente a su cuaderno para esbozar cuadros que él llamaba “absurdos y carentes de interés”. 

Muchos de esos dibujos son los trazos que con algo de color parecerían ensoñaciones psicodélicas en las que los ángeles y los santos buscan redención en un mundo que está a punto de arder. Pintores como Cosmè Tura, del que no escribió Giorgio Vasari, no necesitan el color rojo/amarillo para hablar del fuego. 

El fuego existe hasta sin color, el fuego es fuego por la sensación que despierta en el espectador.

¿Y si estoy delirando? Se explicaría que todo parezca irreal y por momentos, o casi siempre, salido de una pesadilla interminable.

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Papilla estelar, de Remedios Varo (1908-1963), es al mismo tiempo un cuadro apacible. Será el ocre o la luz difuminada de ese blanco que se convierte en un verde olivo… aunque nadie más parece percibirlo así. 

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Todas las pinturas de las que escucho hablar mientras habito el insomnio, resultan un conducto al mundo onírico. Pero me resulta imposible dormir. Bebo agua o flexiono las piernas en mi estrecha habitación mientras la voz que procede de la computadora explica algo sobre Dorothy Voguel: Dorothy y Herb Vogel son conocidos como los increíblemente modestos Medici.

Dortothy era bibliotecaria y su esposo, Herb Voguel, fue cartero. Al casarse se entregan al coleccionismo. Compran piezas y piezas de arte. La pareja duerme entre pinturas de Sol LeWitt, piezas de Joseph Beuys o dibujos de Ann Arnold. 

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En mi librero hay un ejemplar de El agua y los sueños de Gaston Bachelard. 

Durante el insomnio no puedo leer. Es como si el cerebro quedara en pausa para descifrar las líneas, los párrafos o las palabras. Voy al baño y me refresco la cara. Vuelvo dispuesta a leer algo sobre los sueños: Toda agua viviente es un agua cuyo destino es hacerse lenta, pesada. Toda agua viviente es un agua a punto de morir.

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Diazepam, valeriana, lavanda, té de lechuga, miel con leche, té de manzanilla… poner una flor de Brugmansia arborea bajo la almohada… 

Pero el florifundio, Brugmansia arborea, resulta peligroso. Puede llevarte a la muerte, al sueño eterno. 

¿Cuántas maneras absurdas para poner la mente en pausa y descansar? Pero en el sueño no se cesa de existir. Existimos en el sueño. Solamente allí. 

“¿Cuántas maneras absurdas para poner la mente en pausa y descansar? Pero en el sueño no se cesa de existir. Existimos en el sueño. Solamente allí”. 

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El insomnio que padezco terminará abandonándome. Nada permanece en mi cuerpo. El insomnio se diluye a las cuatro o cinco de la mañana, generalmente mientras escucho sonidos de lluvia o crepitaciones… es decir: el ruido del fuego.

Pero crepitar también se refiere al sonido de los huesos: al crujir del esqueleto humano. 

Y luego, en enero o febrero o en un día cualquiera se asomará para que se escurra el tiempo y todo se descoloque. 

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Artemisa Gentileschi pinta mujeres cuyos cuerpos se parecen a mí. 

Artemisa admiraba el trabajo de Caravaggio. Hablo de todo esto como si tuviera importancia para alguien más. Hacer notas, hacer un diario, es pensar de forma egoísta que solamente existimos nosotros. No existe nada ni nadie más que aquello que nos importa. 

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¿Cómo están emparentados el sueño y la memoria? Me refiero al proceso de descansar. Mi abuela materna, que lleva más de 20 años tomando pastillas para dormir, me dice: el sueño es vida. Debes dormir. Y la veo tomar su diazepam con agua pura y apagar la luz de su habitación que parece salida de una caja de muñecas. 

Mi abuela duerme nueve horas y sus 82 años parecen en realidad 70. 

La Mnemósine, o la alegoría de la memoria, pintada por Dante Gabriel Rossetti es una mujer joven. Está vestida de verde, sostiene una antorcha en una de sus manos, que parece alumbrar y descubrirlo todo…

La memoria se ejercita durmiendo, pienso. Pero es un misterio. Como el cerebro y sus conexiones. 

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Hay una receta de Remedios Varo para provocar sueños eróticos:

Un kilo de raíz fuerte, tres gallinas blancas, una cabeza de ajos, cuatro kilos de miel, un espejo, dos hígados de ternera, un ladrillo, dos pinzas de ropa, un corsé con ballenas, dos bigotes postizos, sombreros al gusto

Se despluman las gallinas, conservando cuidadosamente las plumas. Se ponen a hervir en dos litros de agua destilada o de lluvia, sin sal y con la cabeza de ajos pelados y molidos. 

Se dejan hervir a fuego lento…

La receta sigue. Veo a la mujer que prepara la papilla para la luna. Con una de sus manos, muele la luz. La tritura en un molino de mano, para luego llenar la cuchara con esa papilla de luces, galaxias, abismos, constelaciones y alimentar a la luna. 

La mujer que alimenta a la luna podría ser una prisionera condenada para acompañar a otra insomne. 

Así las dos, menguantes, esperan a dormir al salir el sol.

Esperan en una casa que flota, como lo dije antes: en la bóveda celeste. 

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María Zambrano (1904-1991) pensaba que el sueño era una derrota. Lo escuché o lo leí en algún lugar. Caer derrotados de lo cotidiano y buscar la felicidad en la niebla de las posibilidades. Busco en dónde lo dijo y no encuentro nada en mis notas. Encuentro en mi diario de enero del 2020, escrito con tinta color azul:

“El sueño es la aparición estática de la vida. Mas como la vida psíquica es en sí misma movimiento, suceso, el sueño es paradójicamente la inmovilidad de un movimiento, el absoluto de un movimiento”. 

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No hablo con nadie sobre mi insomnio. Creo que no tiene sentido. Todos dormimos mal. Es muy notorio porque al salir a la calle, vamos cubiertos de la pesadumbre que queda después del rompimiento con la fabulación que nos permiten los sueños. 

En una iglesia, por la que paso de camino al trabajo, me detengo para contemplar a un santo que reposa en su ataúd. Parece que duerme, rodeado de cirios y flores. 

Su rostro transmite paz. Es la paz del sueño eterno: de una vida en la que el sueño no desaparece. 

El sueño como algo atemporal, que se expande y contrae y luego se apaga en un parpadear y se enciende como las madrugadas en que llueve y parece que el sol no saldrá.

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En medio de todo ello, alguien, una mujer insomne, escribe un mensaje.

Nadie responde, porque todos duermen.

La luz del teléfono parpadea como una estrella que se apaga. La mujer se quita las calcetas y se queda tumbada, escribiendo todo esto. EP

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