A simple vista

Sobre el retrato fotográfico, este texto de Bárbara Jacobs describe una foto de Gisèle Freund. Recuperamos este texto originalmente publicado en Este País en 2006.

Texto de 16/04/22

Sobre el retrato fotográfico, este texto de Bárbara Jacobs describe una foto de Gisèle Freund. Recuperamos este texto originalmente publicado en Este País en 2006.

Si un retrato ha de reflejar la esencia del modelo, y la esencia de la materia es invisible, el retrato fotográfico es una empresa en principio imposible, pues la fotografía es por excelencia el medio para captar lo visible.

Sin embargo, el rechazo que el hombre más primitivo muestra hacia ser fotografiado contradice esta lógica. Si la desvinculación de cualquier ley que no sea la del instinto lo conecta a él —como no puede hacerlo, de forma pura y natural, con el hombre civilizado— precisamente con la esencia de la materia, ¿qué implica ese rechazo a ser fotografiado? Aparte de proteger su dignidad, de cuidar su derecho elemental a la preservación para sí mismo de su propia esencia, es la defensa de su libertad. La identidad es la esencia de una persona, y atentar con materializarla equivale a arrancarla, es decir, a despojarla de sí misma.

“En manos de un artista, el retrato fotográfico capta lo invisible, y para un observador aguzado se convierte en la radiografía objetiva de la esencia de un ser humano”.

En manos de un artista, el retrato fotográfico capta lo invisible, y para un observador aguzado se convierte en la radiografía objetiva de la esencia de un ser humano. Podría decirse entonces que, mientras mejor es el artista de la cámara, mayor es el rechazo de un modelo intuitivo a ser retratado. Rechazo decidido, y no débil temor.

A simple vista, el retrato de Simone de Beauvoir que Gisèle Freund recoge en sus Mémoires de l’oeil expresa la ambigüedad que Simone ha despertado siempre en mí, desde que en los sesenta me asomé con inseguridad a su literatura hasta ahora cuando, cuarentaitantos años después, tardíamente me he animado a leerla en serio.

En mi adolescencia, Simone de Beauvoir era el emblema ideológico, digamos, de la mujer nueva. De Beauvoir simbolizaba la posibilidad, hasta entonces prácticamente inédita como esquema teórico, de la igualdad esencial de la mujer y el hombre. Al reflexionar sobre la condición de la mujer y encontrar que hasta ese momento era considerada filosóficamente inferior en relación a la condición del hombre, más que exponer su reflexión, De Beauvoir denunció los hechos en su parteaguas Le deuxième sexe. Y a partir de entonces, para el incipiente y tímido feminismo del que yo aspiraba a formar parte, Simone de Beauvoir representó con su vida una arriesgada y por lo tanto valiente personificación de esa igualdad esencial de la mujer y el hombre soterrada por la Historia, igualdad a cuyo rescate Simone de Beauvoir invitaba, encabezando la empresa en plan de conquista, poniendo su vida en juego y su obra a manera de estrategia a seguir.

“¿Cómo voy a llamar a la puerta y enfrentar a Simone de Beauvoir si ella es escritora y yo apenas si la he leído y en realidad imagino más de lo que comprendo lo que profundamente plantea?”

El peso de la responsabilidad que había asumido Simone de Beauvoir ante esa Historia, ante la mujer, ante el porvenir, la convirtieron a mis ojos en una figura tan importante, tan trascendente, que me resultaba admirable y respetable, sin duda, pero también inaccesible. Hasta hace un par de meses, a lo largo de todos estos años no tuve un libro suyo ni siquiera en calidad de proyecto de lectura. Era tranquilizador saber que existíamos al mismo tiempo, que éramos contemporáneas; pero esta tranquilidad era lo único que configuraba mi reconocimiento de su existencia. No lo era mi interés en leerla, que me parecía una tarea demasiado difícil para mis capacidades; y no lo era mi curiosidad de conocerla, cosa que, a pesar de circunstancias excepcionalmente favorables, estuve a punto de poder hacer y, debido a mi natural pusilanimidad, no hice. Me faltó ánimo y audacia; regía demasiado mi vida la idea del no merecimiento de todo cuanto no respondiera a mis méritos propios. ¿Cómo voy a llamar a la puerta y enfrentar a Simone de Beauvoir si ella es escritora y yo apenas si la he leído y en realidad imagino más de lo que comprendo lo que profundamente plantea? Filósofa, narradora, luchadora social. Mujer. Existencialista; protagonista de un amor libre, en el sentido de no convencional. Figura pública mundial; personaje indispensable de la escena intelectual, de la vida de los cafés; del momento de la posguerra europea y los movimientos sociales que se sucedieron hasta finales del siglo XX.

Pero de aquella tarde de un otoño a principios de los ochenta en París, a ésta, la de un lluvioso verano de 2006 en la Ciudad de México, han pasado décadas llenas de acontecimientos decisivos. Entre otros, la ya distante muerte de Simone de Beauvoir y mi muy reciente impulso de leerla en serio; el derribamiento del supuesto de no tener la capacidad para comprender sus libros ni gozar su lectura; el encuentro con las Mémoires de l’oeil y el retrato que recoge en ellas su autora, la artista de la cámara Gisèle Freund, de una joven Simone de Beauvoir en los momentos en los que empezaba a hacer historia.

Veo a Simone de Beauvoir descargando el peso sobre el brazo derecho, que está hundido en el respaldo
acojinado de un sillón tapizado de rojo, con una manta negra echada encima, la mano semioculta por un montón de papeles y libros, de los cuales está abierto el que se encuentra encima; inclinada ligeramente hacia el frente; sentada sobre las piernas dobladas debajo de la falda; con el brazo izquierdo doblado y descansando en el regazo; con un par de aretes azules, un reloj de muñeca, un anillo de plata, una pulsera de piedras azules montadas en eslabones redondos de plata. Veo a una mujer que sonríe directamente a la lente.

“¿Cómo no salió corriendo Gisèle Freund antes de disparar?”

Pero no veo a una mujer femenina que sonriera detrás de la sonrisa; detrás de Simone contra la pared lo que hay son dos sombras. En la expresión visible de su cara veo una dureza invisible; en una visible mirada azul veo un invisible desafío rechazante; en el conjunto, la figura y los elementos entre los que se encuentra veo una escena de la que correría si la enfrentara en vivo. ¿Cómo no salió corriendo Gisèle Freund antes de disparar?

Al ver el retrato de Simone oigo la voz impositiva de una mujer con el pelo estirado y recogido hacia arriba y hacia atrás que, en el mejor educado de los tonos y lenguajes, me dice que no soy una visita bienvenida; que debí haber aprendido que hay que pedir cita; que nunca se llega a la casa de nadie sin avisar.

Es que Simone visiblemente sonríe, pero invisiblemente reclama. La corbata anudada alrededor del cuello, que cae a lo largo del medio de una blusa delicada, hace juego sin duda con la falda de Simone; pero, ciertamente, no con la idea que yo tenía de la mujer nueva, tan deseosa de desatarse que no se iba a sujetar el cuello; tan deseosa de liberarse que podía hacer suyo el uso del pantalón. Quería dar zancadas; no que la sujetara el cuello. Quería respirar sin trabazones. Quería ser mujer, no congraciarse con el hombre; no parecérsele, no ser su sombra, ni la sombra de su sombra asomándole sobre el hombro. EP

Gisèle Freund, Simone de Beauvoir, París. 1939
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