Un siglo de (mal) manejo de espacios verdes urbanos

¿Piensas que nada puede salir mal si se construye un puente para “aligerar” el tráfico al sur de la Ciudad de México? Piensa de nuevo: cualquier alteración a los ecosistemas puede afectarnos, y lo hará. ¿Cómo será esa afectación? Esto depende, nos dice el ecólogo Luis Zambrano, del enfoque que le demos a nuestra relación con la naturaleza en las ciudades.

Texto de 18/01/21

¿Piensas que nada puede salir mal si se construye un puente para “aligerar” el tráfico al sur de la Ciudad de México? Piensa de nuevo: cualquier alteración a los ecosistemas puede afectarnos, y lo hará. ¿Cómo será esa afectación? Esto depende, nos dice el ecólogo Luis Zambrano, del enfoque que le demos a nuestra relación con la naturaleza en las ciudades.

Leer los antiguos cuentos de ciencia ficción permite reconocernos en un doble espejo. Podemos mirar al nosotros de antes imaginando al nosotros actual. Un cuento de Jack London, “La Peste Escarlata”, escrito en 1912, sirve de ejemplo para observarnos de cuerpo entero (London 1985). Habla de una pandemia de proporciones descomunales, proyectada para un siglo después, en 2013, a la que sobreviven sólo un puñado de personas. Roba una sonrisa que en ese entonces se pensara que en la actualidad el telégrafo sería la tecnología de punta en comunicación y los zepelines la mejor forma de transportación; pero el cuento también deja entrever una visión del futuro sobre nuestra relación con la naturaleza. El narrador, un sobreviviente a la pandemia, ve en los campos de cultivo y las especies domesticadas el clímax de belleza natural y desarrollo; previo a la pandemia, al fin el ser humano había logrado controlar la naturaleza para su beneficio. Pero con la pandemia desapareció la mano humana que controlaba a la naturaleza, y los animales se vuelven caníbales (hasta las gallinas); los paisajes mutan la belleza de los campos de trigo a hórridos horizontes con las especies silvestres dominando sobre las plantas cultivables que extendían sus frutos jugosos al hombre.

Después de 100 años de educación ambiental, de proyectos de conservación, y del avance científico en ecología, estamos todavía muy cerca de la visión ecológica predicha por el cuento de Jack London, creyendo que podemos subyugar a naturaleza, pues la silvestre no es “estética” y provoca temor. Este enfoque es muy evidente en las ciudades.

Bajo la mirada actual, por ejemplo, un humedal en medio de dos autovías en Xochimilco es un lote baldío digno de ser destruido para dar paso al progreso con un puente. No importa si ese humedal está protegido: catalogado como Área Natural Protegida, enlistado en la convención Ramsar[1] o si es considerado por la UNESCO como patrimonio mundial[2]. Tampoco importa que esté dentro de una región geomorfológica que propicia la formación de humedales; este enfoque lo considera artificial porque está en medio de dos vías y deteriorado porque tules crecieron “sin control” y no es estético al ojo urbano. El mismo enfoque considera plausible “reubicar” el humedal a otro lado. Como si los ecosistemas fueran objetos, máquinas ensamblables, edificios o juguetes como los “Legos”; como si un humedal fuera similar a una pecera que puede cambiarse de lugar a conveniencia humana. Si se cuenta con las partes que hacen funcionar la máquina y se sigue un manual, se puede generar un ecosistema, al igual que una sopa instantánea. Bajo este enfoque simplista de la naturaleza cualquier persona puede hacer un estanque controlado que pretende ser un humedal sin saber un gramo de ecología, utilizando plantas y peces que estén de moda.

“Como si los ecosistemas fueran objetos, máquinas ensamblables, edificios o juguetes como los “Legos”; como si un humedal fuera similar a una pecera que puede cambiarse de lugar a conveniencia humana.”

Para esta visión un concepto tergiversado de la “ecotecnología” se ha vuelto fundamental, pues es una pieza vital en el Lego concebido para armar un ecosistema. En términos generales, la ecotecnología es una de las muchas herramientas que hay para hacer reducir efectos negativos proyectos que generan perturbación ambiental (Straškraba 1993)[3], pero nunca podrán sustituir las dinámicas naturales destruidas por los megaproyectos (Bezanson 1992)[4]. Sin embargo, este enfoque considera que las ecotecnologías son superdotadas: sólo con ellas concebimos a una naturaleza sostenible. La promoción del puente sobre Xochimilco basa sus argumentos en esta lógica, diciendo que el humedal estaba mal y que, con la ecotecnología que el puente traerá consigo, ese lugar será ecológico, muy bonito y hasta sostenible.

Las ecotecnologías tienen muchos límites, pues no pueden si quiera compensar los problemas socioambientales inherentes a una megaconstrucción. No es posible, por ejemplo, solucionar el ruido o la contaminación de los automóviles; ambos problemas son muy difíciles y costosos de resolver. El ruido y las partículas que expelen los automóviles destruyen la capacidad de sobrevivencia y dispersión de las especies nativas que están en la región. Otro de los grandes problemas que no puede solucionar la ecotecnología es que la construcción del puente promoverá un mayor flujo de automóviles, pues es su objetivo primario. Este aumento en el número de automóviles dentro de una zona de protección ambiental la hace más vulnerable a la urbanización tanto legal como ilegal. La vulnerabilidad de Xochimilco por urbanización está documentada en una recomendación que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal realizó en 2012[5]. La recomendación basa su dictamen en la falta de rendición de cuentas de las diferentes dependencias de gobierno para detener la urbanización en este lugar. Esta recomendación no ha sido acatada por ninguno de los gobiernos desde que se emitió.

“La vulnerabilidad de Xochimilco por urbanización está documentada en una recomendación que la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal realizó en 2012”

El enfoque del control de la naturaleza, ahora con ayuda de la ecotecnología, no es capaz de dar soluciones incompletas incluso para los objetivos para lo cual están diseñadas. En el bajopuente del proyecto de Xochimilco se propone, por ejemplo, captar agua en época de lluvias para el estanque y así no desperdiciarla. La captación de agua de lluvia es una ecotecnología que puede ser útil en muchas circunstancias y con otros objetivos. Pero en este caso, el puente destruirá el flujo hídrico superficial y subterráneo del humedal que es lo que le permite funcionar como ecosistema, por lo que la captación de agua de lluvia contaminada por autos no es útil para un humedal. Otra estrategia ecotecnológica se basa en colocar espejos difusores en el bajopuente y con ello se pretende iluminar controladamente el humedal, lo cual ni remotamente suple los efectos de la luz del sol, incluyendo los cambios de luz, precipitación y temperatura que vienen con las estaciones del año. Considerando las escalas y dinámicas ecológicas del humedal, estas acciones se podrán ver muy bien en las representaciones gráficas arquitectónicas, pero la perturbación sobre el humedal se mantiene. Además, todas ecotecnología requiere de un monitoreo y mantenimiento constante, con su respectivo presupuesto establecido a largo plazo, lo cual no ha sucedido en la Ciudad de México.

Para el enfoque mencionado, no es relevante el cambio en el paisaje que, con esta construcción, queda dominado por un bajopuente (uno de los sitios más hostiles de las zonas urbanas). Esto, se puede comprobar pasando media hora en un bajopuente en cualquier momento del día o de la noche. Si es durante las horas de oficina se sufrirá de estrés por el ruido y la agresión que genera el flujo constante de automóviles; si es de noche, la inseguridad está a flor de piel. Un ejemplo moderno es la Glorieta de las Quinceañeras que estaba en la Avenida Luis Cabrera de la Ciudad de México. Antes de la construcción de la Supervía, esta glorieta era la única área verde disponible en la región para que las quinceañeras se tomaran la foto más importante de ese día. La Supervía la convirtió en bajopuente y ahora es un escenario digno de una película distópica[6].

Si es estresante para las personas estar unos minutos en un bajopuente, imaginemos a una planta o animal obligados a vivir en un estanque diseñado para la estética urbana y no a partir de dinámicas ecológicas. Este enfoque desdeña otros problemas que son de importancia para que se conserven los ecosistemas que forman las áreas verdes urbanas.

El proyecto de construcción sobre el humedal es sólo un ejemplo, pero hay otros que reafirman el enfoque urbano de que la mejor naturaleza es la controlada. Las sociedades urbanizadas han caído en la contradicción donde lo natural es necesario y bello, pero entre más lejos de la vida cotidiana, mejor. Por eso seguimos pensando que los árboles ensucian y tratamos de barrer las hojas lo antes posible del arroyo vehicular que, bajo este enfoque, debe estar inmaculado. En los casos extremos, algunos urbanitas derriban un árbol, pues sus hojas “ensucian” el automóvil estacionado frente a su casa. Por el contrario, a este enfoque no le causa ninguna preocupación los árboles que han sido deformados (y estresados) para dar paso a los cables de luz o del teléfono.

“Las sociedades urbanizadas han caído en la contradicción donde lo natural es necesario y bello, pero entre más lejos de la vida cotidiana, mejor.”

Esta mirada asume que los lotes baldíos son fuentes de alimañas porque nuestro mundo debe de ser aséptico. Por el contrario, los lotes baldíos son islas de puentes de dispersión de muchas especies que encuentran en ellos lugares de reproducción y cobijo frente a la hostilidad de la ciudad.

Este enfoque bautiza a tres macetones y dos bancas como “parques de bolsillo”, haciéndolos equivalentes a un espacio verde urbano. Incluso, piensa que la respuesta al cambio climático en las ciudades es la construcción de “muros verdes” sobre edificios y sobre las columnas de puentes[7] como los que destruyen los humedales. En resumen, en este espejo en el que nos reflejamos, como en el cuento de Jack London, podemos ver 110 años de historia donde la tecnología nos ha llevado a lugares impredecibles incluso para un escrito de ciencia ficción, pero no hemos cambiado la perspectiva de nuestra relación con la naturaleza que nos rodea.

Las dinámicas de los socioecosistemas son mucho más complejas que el control que se quiere ejercer en un lugar natural. Los efectos de contar con árboles deformados, muros verdes controlados y humedales destruidos por bajopuentes son innumerables. Uno de ellos, es el propio estrés de las plantas y animales cuando viven en lugares diseñados para la vista humana y que los hace más susceptibles a enfermedades. La dispersión del muérdago parásito de los árboles de la ciudad (problema que se aborda en este mismo número) se facilita por el estrés a los que están expuestos los árboles en las banquetas, parques de bolsillo o bajopuentes. Por su parte, los animales estresados por la destrucción de su hábitat se vuelven más vulnerables a las infecciones de bacterias y virus. Esto genera más animales infectados y aumenta la probabilidad de sobrevivencia y de dispersión de un virus que por azar haya mutado con la capacidad de infectar al ser humano (Cupertino et al. 2020). Hoy por hoy tenemos un claro ejemplo con el SARS-COV-2, que posiblemente llegó al humano gracias a los animales estresados por la reducción de hábitat y confinamiento que el mismo ser humano generó (Hing et al. 2016). Esto es particularmente importante en países como México que están en regiones de alto riesgo por enfermedades emergentes por zoonosis (Morse et al. 2012).

Es así como, aún cuando pretendemos que tenemos controlado al ecosistema urbano en la ciudad, la dinámica del ecosistema está lejos de estar subyugada. La naturaleza cambia conforme la afectamos, pero encuentra rutas de interacción inesperadas que pueden afectar al hombre (positiva o negativamente).

El efecto de una naturaleza cambiante que puede beneficiar o perjudicar a las personas depende del tipo de ecosistema donde se establecen las ciudades y de la forma como lo afectamos al desarrollar la zona urbana. El uso de suelo de la ciudad, que quiere decir cómo está organizada incluyendo sus espacios verdes, influye grandemente en la dinámica ecológica urbana. El ecosistema donde se establecen las ciudades tiene injerencia en la distribución, número, tamaño, y tipo de áreas verdes que se encuentran en nuestras ciudades. Londres, Nueva York, Buenos Aires, Budapest y El Cairo son ejemplos de ciudades que se establecieron a las orillas de ríos y deltas, y su desarrollo ha estado influido por el ecosistema ripario como punto focal, radiando de ese ecosistema a tierras cercanas.

Pero no es sólo el tipo de ecosistema también la cultura de la civilización donde se asienta. La morfología de la Ciudad de México sería muy diferente si nuestra cultura se hubiera desarrollado en las orillas del ecosistema de cinco lagos donde está establecida, respetando la dinámica hídrica del valle. Pero durante periodo de colonial se prefirió drenarlos (Candiani 2014), esta visión continuó en el México posrevolucionario, donde se entubaron los ríos  (Vitz 2018), prohibiendo el flujo del agua superficial para darle prioridad al flujo del automóvil, y es una práctica que tenemos en la actualidad con el puente sobre el humedal de Xochimilco. La morfología de la Ciudad de México responde a esta combinación entre la forma del ecosistema y la cultura que priva sobre su desarrollo.

Así, se explica que la Ciudad tenga una vasta zona verde al sur de su territorio, donde la inclinación del terreno ocasionado por la cordillera ha dificultado la urbanización, contrario al terreno plano de la zona lacustre donde es más fácil construir. Pero las consecuencias de este desarrollo urbano, que quiso subyugar al ecosistema al drenar los lagos, puede verse todos los años, con inundaciones en la ciudad en la época de lluvias; la pagamos todos los días, pues drenar el agua requiere de costosa infraestructura y energía eléctrica (Zambrano et al. 2017) y, finalmente, la sufrimos de manera devastadora con los temblores al haber construido sobre el lecho de los lagos, que es tierra muy dúctil para las ondas sísmicas. El enfoque de creer que podemos dominar a la naturaleza tiene consecuencias, como se dijo antes, en nuestra calidad de vida y sobrevivencia.

La distribución desigual de las áreas verdes no sólo afecta cómo vivimos los citadinos, también afecta las capacidades de dispersión de las diferentes especies que habitan en la ciudad. Imaginemos a las áreas verdes urbanas como un archipiélago de islas inmersas en un mar de asfalto. El proceso de urbanización sería análogo a un ecosistema que se ha inundado, dejando islas (las áreas verdes urbanas) rodeadas de un mar de asfalto, donde cada isla tiene tamaños diferentes y características propias. Este fenómeno es a lo que le llamamos “fragmentación” en ecología. Las consecuencias de la fragmentación son muchas, una de ellas es que las plantas y animales que podían transitar por todo el ecosistema ahora enfrentan barreras que reducen su movilidad. A diferencia del mar, donde la barrera es homogénea (el agua), las ciudades presentan diferentes tipos de barreras; no es lo mismo una calle pequeña, que podría ser transitable para algunos animales, que el Periférico que es una frontera para muchos organismos. Tampoco es igual una región con construcciones de dos pisos a una llena de edificios de 10 pisos o más. Las barreras pueden ser fáciles de traspasar o ser tan hostiles que son infranqueables.

“El proceso de urbanización sería análogo a un ecosistema que se ha inundado, dejando islas (las áreas verdes urbanas) rodeadas de un mar de asfalto, donde cada isla tiene tamaños diferentes y características propias. “

Estas condiciones tienen efectos diferenciales dependiendo de donde se instalan. La fragmentación puede afectar muy poco en algunos lugares, mientras que en otros sitios la fragmentación —aún siendo pequeña— es capaz de destruir un ecosistema completo. Tomemos de nuevo el caso del puente de Xochimilco propuesto. Algunos de los argumentos más utilizados a favor del puente se basan en que el efecto será sobre un sitio que ya de por sí está afectado, pues es un camellón entre dos carriles de Periférico. Sin embargo, no se considera que ese camellón en realidad es un puente de dispersión entre la zona norte y zona sur del Área Natural Protegida de Xochimilco. El camellón está conectado por debajo de los carriles de Periférico, lo que permite que la flora y la fauna crucen la barrera de autos. Este lugar funciona tan bien, a pesar de que se considera invadido por tules, que la propia Manifestación de Impacto Ambiental del puente a construir encontró una rana en peligro de extinción en el mismo camellón: Hyla pliceata.

Otro argumento se basa en que el efecto es muy pequeño porque destruirá sólo unos metros cuadrados comparados con el tamaño del humedal. Aún con los pocos metros que representa esta estructura, el efecto negativo es crucial pues fragmentará y aislará dos zonas de Xochimilco. Este efecto puede ser devastador para las dos partes que quedan divididas por un río de autos, en particular para la región del norte que ya está muy amenazada por la urbanización. Para comprenderlo, es pertinente la siguiente alegoría. Imaginemos a una persona adulta de 75 kg a la que un cirujano extrae algo de su cuerpo. El cirujano le podría extraer 4 kg de grasa (5% del peso total) sin que existan repercusiones en su salud, pero no le puede extraer 1 kg de cerebro (1.3% del peso total), o los menos de 300 g que pesa el corazón (0.4% del peso total), sin matar a la persona. Los ecosistemas funcionan de manera similar, hay zonas mucho más importantes y sensible que otras. Como puente de dispersión entre dos áreas, el humedal que se piensa destruir es uno de esos lugares sensibles. Su desaparición como humedal puede derivar en la desaparición de gran parte del ecosistema.

“Como puente de dispersión entre dos áreas, el humedal que se piensa destruir es uno de esos lugares sensibles. Su desaparición como humedal puede derivar en la desaparición de gran parte del ecosistema.”

La posibilidad de transitar esas barreras también depende del tipo de organismo. Las plantas que polinizan por aire dependerán de las corrientes que se forman entre los edificios y las grandes avenidas. Pero aquellas que requieren polinizadores, como insectos, dependerán de su capacidad de movimiento. Algunas aves tendrán más fácil la tarea de transitar entre áreas verdes; otras, como los colibríes, verán en calles con rascacielos y sin flores regiones muy difíciles de sortear. Mientras que, para las lombrices o insectos terrestres, es imposible cruzar una calle de asfalto de cuatro metros de ancho. Incluso, la fragmentación urbana está generando procesos evolutivos en los diferentes animales y plantas que logran sobrevivir (Schilthuizen 2018).

También habrá especies que no ven a la infraestructura de la ciudad como barrera, por el contrario, la utilizan como hábitat, como las cucarachas que viven felizmente entre los edificios, o los halcones que utilizan las cornisas de los edificios para perchar en busca de su presa. Quizá uno de los ejemplos más sorprendentes de las características ecológicas de las especies son las plantas costeras del Estado de Nueva York, que requieren de suelos salinos y que han encontrado en las grietas de las carreteras un hábitat ideal para dispersarse, pues sólo ellas pueden crecer en una carretera que recibe sal durante las nevadas del invierno (Steven Handel com. pers.). De esta manera, es posible afirmar que, aunque el humano no controla a la naturaleza, sí impone ciertas condiciones que modifican las relaciones entre las diferentes especies.

Es imposible no generar efectos sobre los ecosistemas donde se establecen las ciudades, pero si se respetan ciertas interacciones y variables del ecosistema, los resultados pueden ser favorables para el ser humano y para el propio ecosistema. A estas alturas del escrito el lector pensará que las interacciones son tan complejas que nunca se sabrá si alguna acción humana en una ciudad destruirá las interacciones y los elementos que tiene un ecosistema, condenándolo y condenando a la sociedad a sufrir esta destrucción. Sin embargo, el detalle está en el enfoque.

Si seguimos considerando uno que abogue por la naturaleza controlada, enfoque que predomina hace más de 100 años, los resultados seguirán siendo una reducción en la sostenibilidad urbana y un aumento en la vulnerabilidad de los citadinos frente a eventos extremos ocasionados por el cambio climático. El enfoque estará alimentado por un mal entendimiento de la utilidad de las ecotecnología, que darían la ilusión de que construyen una ciudad sostenible, con la utopía de una naturaleza controlada, pero con la realidad de la destrucción del ecosistema.

Por el contrario, si cambiamos esta mirada por una donde trabajemos con las dinámicas esenciales de la naturaleza, y proponemos medidas de restauración que no tengan como objetivo final la ecotecnología sino en los procesos ecológicos, tendremos ciudades verdaderamente sostenibles. Las ciudades son maleables y siempre podemos utilizar esta flexibilidad en el manejo del territorio, dejando espacio para que existan las dinámicas ecosistémicas propias de la región. Estaremos así reconociendo de facto que el ser humano está dentro del ecosistema y no por encima. Esta lógica no sólo es un ejercicio de humildad, también permitirá encarrilarnos en el proceso de sostenibilidad y reducirá la vulnerabilidad urbana frente a eventos extremos. EP

Literatura citada:

Bezanson, K. 1992. The greening of techonology: public policy and the public mind. Page 10 in International Development Research Center (ed),.

Candiani, V. S. 2014. Dreaming of Dry Land Environmental Tranformation in Colonial Mexico City. Stanford: Stanford University Press.

Cupertino, M., M. Resende, N. Mayer, L. Carvalho, and R. Siqueira-Batista. 2020. Emerging and re-emerging human infectious diseases: A systematic review of the role of wild animals with a focus on public health impactAsian Pacific Journal of Tropical Medicine.

Hing, S., E. J. Narayan, R. C. A. Thompson, and S. S. Godfrey. 2016. The relationship between physiological stress and wildlife disease: Consequences for health and conservationWildlife Research.

London, J. 1985. La peste escarlata y otros relatos de ciencia ficción. Barcelona: Fontamara.

Morse, S. S., J. A. K. Mazet, M. Woolhouse, C. R. Parrish, D. Carroll, W. B. Karesh, C. Zambrana-Torrelio, W. I. Lipkin, and P. Daszak. 2012. Prediction and prevention of the next pandemic zoonosisThe Lancet.

Schilthuizen, M. 2018. Darwin comes to town. Page (Picador, editor). New York: Picador.

Straškraba, M. 1993. Ecotechnology as a new means for environmental management. Ecological Engineering DOI 10.1016/0925-8574(93)90001-V.

Vitz, M. 2018. A City on a Lake. Page Duke University Press. Durham and London.

Zambrano, L., R. Pacheco-Muñoz, and T. Fernández. 2017. A spatial model for evaluating the vulnerability of water management in Mexico City, Sao Paulo and Buenos Aires considering climate change. Anthropocene DOI 10.1016/j.ancene.2016.12.001.


[1] https://rsis.ramsar.org/ris/1363

[2] https://whc.unesco.org/en/list/412

[3] https://www.sciencedirect.com/science/article/abs/pii/092585749390001V

[4] https://idl-bnc-idrc.dspacedirect.org/bitstream/handle/10625/12453/95804.pdf?sequence=1

[5] https://cdhcm.org.mx/2012/12/cdhdf-emite-recomendacion-192012-por-asentamientos-humanos-irregulares-en-un-area-natural-protegida-de-xochimilco/

[6] https://ecosistemasurbanos.blogspot.com/2012/08/la-ciudad-de-mexico-restaurada-por-la.html?q=quincea%C3%B1eras

[7] https://mvsnoticias.com/noticias/capital/inaugura-mancera-vegetacion-en-columnas-del-periferico-en-la-cdmx-712/

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