El cuento de la criada y la evaporación de la naturaleza

¿Cómo ha cambiado la naturaleza desde que tenemos memoria? ¿Por qué solemos intuir la extinción masiva en ciernes, como si estuviera sucediendo en otro lugar? Andrés Cota Hiriart reflexiona sobre la evaporación de la naturaleza y establece un puente con dos obras literarias que abordan el tema.

Texto de 18/10/22

¿Cómo ha cambiado la naturaleza desde que tenemos memoria? ¿Por qué solemos intuir la extinción masiva en ciernes, como si estuviera sucediendo en otro lugar? Andrés Cota Hiriart reflexiona sobre la evaporación de la naturaleza y establece un puente con dos obras literarias que abordan el tema.

Hace unas semanas visité las montañas del norte de Chiapas como parte de una expedición herpetológica. Fuimos en busca de una de las serpientes venenosas más raras del mundo, la enigmática Bothriechis rowleyi, una nauyaca arborícola de impactantes ojos dorados y escamas verde eléctrico, casi tan hermosa como elusiva –desde su descripción en 1968 se ha registrado, si acaso, medio centenar de ejemplares de esta especie endémica de los bosques mesófilos de la frontera entre Chiapas y Oaxaca–. Para la preparación del viaje estuve leyendo Así era Chiapas, probablemente la obra más literaria de ese naturalista de naturalistas mexicano que fue Miguel Álvarez del Toro. En este libro publicado en 1990 –que en formato impreso resulta casi tan difícil de encontrar como la nauyaca mencionada–, el gran zoólogo y conservacionista relata sus memorias de 42 años de deambular por montañas, selvas y caminos en el segundo estado más biodiverso de México. 

Además de las crónicas de sus infatigables exploraciones y encuentros envidiables con fauna de todo tipo –incluyendo jaguares negros, tapires, pumas y el pantone completo de guacamayas–, me llamó la atención lo mucho que Álvarez del Toro lamenta respecto al avance del deterioro ambiental: buena parte de esos apuntes provienen de parajes que hoy en día tomaríamos como prístinos, las fronteras mismas de lo explorado por la ciencia en ese momento. Habría que imaginar cómo eran, medio siglo atrás, lugares como el Cañón del Sumidero o las Cascadas de Agua Azul: territorios exuberantes e indómitos, imperturbados y rebosantes de fieras. Sin embargo, a los ojos del naturalista de antaño se perfilaban ya desde entonces como entornos profanados.

Por supuesto que en la actualidad resulta imposible ignorar el tremendo impacto sobre tales regiones –o para ser francos sobre el grueso de la geografía–. En términos prácticos, más que deterioro, de lo que estamos hablando es de un cambio de estado de agregación de la materia: la naturaleza pasando de su estado sólido al gaseoso. Quizás eso era lo que perturbaba al naturalista mexicano, adivinar los primeros guiños de la evaporación, los primeros instantes del declive. En nuestros tiempos, los contados cuadrantes de selva que perduran se encuentran salpicados en una serie de reservas de la biosfera y parques forestales cada vez más aislados entre sí. Al observar la constelación que conforman sobre un mapa, se torna evidente que en el siglo que corre lo que comienza a estar en extinción, más allá de los organismos y las especies, son los propios ecosistemas. 

Una calamidad cuya magnitud es difícil de comprender a cabalidad a menos que se tenga la oportunidad de asomar la cabeza en uno de esos escasos manchones de bosque mesófilo que se aferran a la existencia sobre laderas escarpadas. Es como adentrarse en Parque Jurásico. Helechos arborescentes elevándose por arriba de los cuatro metros, bromelias y orquídeas recubriendo cada centímetro de los árboles, musgo, líquenes, hongos bermellón entre el tapete de hojarasca y densos bancos de niebla inundándolo todo. 

En una de las localidades que visitamos tras la pista de la nauyaca, por mencionar un ejemplo, todavía vuelan quetzales entre el dosel forestal. Es cierto que cada día son menos –unas cuantas parejas a lo sumo–, pero los destellos de sus plumas verde metálico en las alturas y su canto penetrante hacen olvidarte de todo, incluso fantasear con que aún queda esperanza de revertir el naufragio. No obstante, unos kilómetros más adelante en cualquier dirección el artificio se esfuma de golpe, pues te das de bruces con el alambre de puas que delimita los límites de la reserva y el comienzo del pastizal y los cultivos. Es entonces cuando uno piensa en lo que debió de haber visto Álvarez del Toro y no alcanza a comprender, ni siquiera a imaginar, cómo podría haber sido aquel paisaje que él añoraba y que lo llevaba a lamentarse.

Antonio Ramírez, curador del hepretario del Zoomat –zoológico fundado por Álvarez del Toro en Tuxtla Gutiérrez en 1942–, nos cuenta que, de hecho, durante sus últimas décadas de vida el gran naturalista se resistía a salir al campo. Le parecía una experiencia demasiado dolorosa. Comprobar que otro de los sitios majestuosos que él recordaba ya no existía, que se había evaporado para dejar en su lugar un potrero o un triste monocultivo. Ante lo cual no le quedaba más que sumirse en la amargura y hallar refugio en los libros de ciencia ficción –quizás no debería ser sorpresivo que sus preferidos eran aquellos de carácter apocalíptico o distópicos, en los que la humanidad tropezaba inevitablemente con sus propios pasos de destrucción–.

«Nada cambia instantáneamente: en una bañera en la que el agua se caliente poco a poco, uno podría morir hervido antes de darse cuenta –declara Margaret Atwood en El cuento de la criada (o bueno, más bien lo hace Defred, la protagonista de la novela) y sigue–: Había historias en los periódicos, por supuesto, de cadáveres en zanjas o en el bosque, apaleados hasta la muerte o mutilados, interferidos, como solían decir, pero se trataba de otras mujeres, y los hombres que hacían tales cosas eran otros hombres. Ninguno de ellos eran los hombres que conocíamos». 

Tales son las reflexiones de la narradora de esa magistral ficción especulativa, saga distópica en la que la sociedad estadounidense da un vuelco hacia el extremismo religioso y se torna cada vez más oscura y opresiva; en especial hacia las mujeres, a las que reduce a un aspecto meramente utilitario de fertilidad o servicio –una realidad alternativa cruda y desquiciante que en lugares como Texas día a día pareciera encontrarse más a la vuelta de la esquina–. Tales son sus reflexiones, digo, con respecto a la manera en la que se instaura un estado de excepción. La forma en la que, bajo un régimen autoritario y a los ojos de todos, se van perdiendo poco a poco las garantías individuales –derechos políticos y económicos, libertad de tránsito e información, derechos sobre el propio cuerpo, etc.–, normalizándose actos cada vez más terribles conforme el poder se radicaliza, hasta convertirse en un estado totalitario. Vale la pena acotar que una de las condiciones que guió la escritura de dicha obra es que no importa qué tan violentos, crueles o descarnados parezcan los actos incluidos en la trama –ejecuciones sumarias, legalización de la violación, mutilación, esclavitud y tortura institucionalizada, hurto de bebés por parte del régimen, quema de libros y una larga lista de atrocidades– cada uno se encuentra sustentado en hechos verídicos y con precedentes históricos bien documentados. Lo cual le confiere esa esencia tan cercana, como si el escenario especulativo se tratase de una especie de advertencia.

Lo hemos visto una y otra vez a lo largo de la historia: la humanidad se adapta a lo que sea. Siempre y cuando la imposición ocurra de manera gradual y se obtenga algún tipo de compensación por el sufrimiento propio o de preferencia ajeno, tendemos a aceptar las circunstancias más desaforadas. Y ya no digamos lo que ocurre al paso de las décadas. Con el recambio generacional se borra toda noción de que existió siquiera un antes, de que el mundo no siempre ha sido como ese que corresponde a nuestra experiencia. Pensemos en qué tan rápido podríamos convertirnos en una sociedad analfabeta. Dos, tres generaciones a lo sumo tras la prohibición y podríamos perder por completo la habilidad de la lectoescritura. Quizás suene como una conjetura un tanto banal –aunque no por ello menos cierta–, el punto es que sin un poco de perspectiva resulta difícil imaginarse que la vida podría ser diferente. 

¿Por qué traigo todo esto a colación ahora? No sólo debido a que considero que El cuento de la criada es una obra imprescindible y tan vigente hoy en día como en los años ochenta cuando fue publicada, sino porque en cierto grado me parece que ayuda a dibujar lo que acontece en la actualidad en relación con el medio silvestre. Ese estado de excepción que la humanidad ha impostado a la naturaleza. Bajo la justificación de concebirnos como el pináculo mismo de la evolución o los hijos de dioses inventados –ambos motores clásicos de los regímenes totalitarios– y con el fin único de incrementar nuestra supuesta «calidad de vida» y aumentar la riqueza, seguimos considerando el ambiente como si se tratara de una serie de recursos desperdigados por el paisaje: mercancías que deben ser explotadas o aprovechadas para satisfacer las insaciables demandas de energía.

“…seguimos considerando el ambiente como si se tratara de una serie de recursos desperdigados por el paisaje: mercancías que deben ser explotadas o aprovechadas para satisfacer las insaciables demandas de energía”.

No hace falta demasiada audacia para dotar la frase antes citada con una interpretación ecológica: en una bañera en la que el agua se caliente poco a poco, uno podría morir hervido antes de darse cuenta. Digamos que la bañera es el planeta, ¿no adquiere entonces una advertencia sobre la atmósfera y el desastre climatológico? No olvidemos que, además de autora virtuosa y sumamente prolífica, Atwood siempre se ha inclinado por el activismo ambiental –no en vano su trilogía MaddAddam elabora especulativamente hacia el postapocalipsis ecológico–. Estirando un poco más la idea, qué sucede al sustituir tan solo un término del resto del párrafo referido y así extrapolar sus implicaciones de una cuestión interna a nuestra especie a un nivel más global: Había historias en los periódicos, por supuesto, de cadáveres en zanjas o en el bosque, apaleados hasta la muerte o mutilados, interferidos, como solían decir, pero se trataba de otros animales, y los hombres que hacían tales cosas eran otros hombres. Ninguno de ellos eran los hombres que conocíamos. 

De alguna manera así es como solemos intuir la extinción masiva en ciernes, como si le estuviese pasando a alguien más, en otro lado. Como si no tuviésemos también responsabilidad en el asunto. En cualquier caso, el tema que me parece central es plantearse, así como lo hace Defred a lo largo de la novela, qué sucederá una vez que ese estado de las cosas se establezca como el punto de partida. ¿Qué esperanza de escapatoria pueden albergar las generaciones venideras a las que ya no les toque vivir el periodo de transición y que por consiguiente asuman las condiciones de dicho contexto como la norma? O si se prefiere: que ya no cuenten con los elementos necesarios para poder ampliar la perspectiva y evaluar lo mucho que se ha perdido. 

El problema es que, tratándose del ambiente, ese punto de partida, esa línea de base contra la que comparamos el deterioro y determinamos su progreso, se desplaza continuamente y genera en consecuencia un sesgo perceptivo: el «síndrome del cambio de la línea de referencia». El científico pesquero Daniel Pauly acuñó tal término para referirse al fenómeno transgeneracional que se presenta tanto en familias de pescadores como en pesquerías industriales, donde suele tomarse una cantidad determinada de ciertas especies a manera de indicador sin tener en cuenta que la cifra empleada por sus ancestros era mucho más elevada. Puede ser que en ciertas áreas pululara alguna una especie en particular hace cientos de años y que esta haya experimentado un declive a largo plazo; sin embargo, ya que suele emplearse el rango de décadas como criterio apropiado de comparación este declive no se detecta. De modo que van agotándose las poblaciones sin que los pescadores se percaten de lleno y los grandes descensos de los ecosistemas quedan enmascarados. 

Hay una pérdida de percepción de la reducción constante de biomasa cuando cada generación redefine lo que es «natural». O como suele decirse: cambiamos el mundo, pero no lo recordamos. De esta manera va diluyéndose el criterio necesario para evaluar qué constituye una biosfera rica con poblaciones diversas y abundantes. 

Desde luego que si dejamos por un momento las redes sociales y prestamos atención al entorno, es posible percatarnos de cómo este ha variado a lo largo de nuestra vida. Basta con remitirse al parabrisas del carro. Cualquier mayor de 30 podrá dar fe de que durante los viajes en carretera de su infancia el medallón del parabrisas iba llenándose de insectos estampados. Eran tantos, sobre todo si la carretera era secundaria o una brecha, que al cabo de unas horas resultaba necesario detenerse a limpiar el parabrisas en las gasolineras o se corría el riesgo de perder toda la visibilidad. Hoy en día, en cambio, son más bien pocos, y esta trepidante disminución se registra a nivel mundial –de hecho, el llamado fenómeno del parabrisas se ha estudiado en todos los continentes y figura como una de las evidencias que apuntan hacia el apocalipsis de los insectos–.

“…si dejamos por un momento las redes sociales y prestamos atención al entorno, es posible percatarnos de cómo este ha variado a lo largo de nuestra vida”.

Estamos hablando de miles, quizás decenas de miles de especies de invertebrados que han disminuido de forma crítica en tan solo un par de décadas. No hace falta contar con mucha imaginación para formular lo que sucede al perder el primer eslabón de una cadena. Esos insectos polinizan buena parte de las plantas con flor, son la base de la cadena alimenticia terrestre y desempeñan un papel fundamental en la descomposición de cadáveres y desechos fecales. Vamos que, sin ellos, la ecología como la conocemos se derrumba.  

Podríamos seguir agregando casos similares: ballenas, arrecifes coralinos, berrendos y aves migratorias, manglares, humedales, ranas y salamandras. Ecosistemas completos en vías de desaparición al tiempo que seguimos con la mirada clavada en el celular –para tentar su inquietud aquí un gran hilo de cambios de línea de referencia–. Lo cierto es que el mundo silvestre se está quedando vacío, deforestado y defaunado. Sin ir más lejos, actualmente tan solo un 4% de la biomasa total de mamíferos a nivel mundial está representada por especímenes salvajes, el resto somos nosotros y nuestras especies domésticas y ganaderas. Se habla del antropoceno, pero quizás sería más apropiado llamarle polloceno ya que, sumando 31 mil millones de individuos, hemos convertido a los pollos en los vertebrados terrestres más numerosos del plantea. En fin, me parece que el argumento ha quedado claro; para no seguir profundizando, remito a una representación gráfica de cómo se reparte la biomasa del planeta; nótese qué tan poquito corresponde a los animales terrestres salvajes. 

Mientras tanto, nuestro concepto de naturaleza sigue mutando de una generación a la siguiente. No dimensionamos cómo era el entorno apenas unas décadas atrás, qué tan diluido está el panorama, o si es que pertenecemos a la pequeña fracción humana que presta atención a lo que acontece en la floresta y que no se le escapan los cambios, no queda más que correr la voz de alarma, intentar sacudir al de junto, transmitirle que el fuego no se avecina: ¡ya está aquí! Como narra la genial Olga Tokarczuk en Sobre los huesos de los muertos

«Boros me dijo que me imaginara que la Dirección de Bosques Estatales no tenía conciencia alguna de que el artículo 12 de la Directiva obligaba a los estados miembros a establecer un sistema de protección rigurosa del hábitat de reproducción y de prevención de la destrucción del mismo. Por el contrario, permite que las empresas saquen la madera del bosque a pesar de que es ahí donde los insectos ponen sus huevos y de donde saldrán después las larvas. Las larvas llegan más tarde a los aserraderos y a las fábricas madereras y no queda ni huella de ellas. Todas mueren y ni siquiera nos enteramos de ello. Y la vida sigue como si no hubiera culpables. 

–Aquí, en este bosque, todos los troncos están llenos de larvas de Cucujus hematodes –dijo–. Durante la tala de los árboles incluso queman parte de las ramas. Y arrojan al fuego ramas llenas de larvas.

Pensé entonces que cada muerte provocada injustamente merecía algún tipo de publicidad. Incluso la de un insecto. Una muerte de la que nadie sabe nada se convierte en un doble escándalo».

Hacia el final de nuestra expedición retornamos al Zoomat para platicar nuevamente con Antonio Ramírez y filmar a las serpientes del hepretario. En cierto momento de la conversación, nos confesó que ahora comprendía totalmente esa reticencia a salir al campo que mostraba Álvarez del Toro conforme ganaba edad; a él le está ocurriendo lo mismo. A sus sesenta y pico años de edad, comienza a sumirse en la amargura implícita al comprobar una y otra vez que lo que él recuerda ya se ha evaporado. 

Ya me extendí más de la cuenta, así que me guardo el relato sobre la nauyaca para otra ocasión. Por ahora, cerremos citando a manera de coda otro pasaje de Sobre los huesos de los muertos, en el que si bien la narradora habla de entornos urbanos –los cuales no hace falta aclarar también están en peligro de extinción en favor de edificaciones genéricas y centros comerciales–, me parece que en esencia podría estarse refiriendo perfectamente al medio ambiente: 

«Para la gente de mi edad ya no quedan sitios que hayamos amado de verdad y a los cuales hayamos pertenecido. Han dejado de existir los lugares de la infancia y la juventud, los pueblos a los que íbamos de vacaciones, los parques con bancas incómodas en las que florecieron nuestros primeros amores, las antiguas ciudades, las cafeterías, las casas. Incluso cuando han conservado su aspecto exterior, visitarlas es aún más doloroso porque constituyen una cáscara que ya no alberga nada. Yo no tengo a dónde volver. Es como estar encarcelada. Los muros de mi celda coinciden con todo lo que alcanzo a ver, hasta el horizonte. Tras ellos hay un mundo que me es ajeno y que no me pertenece. Así que para la gente como yo sólo es posible el ahora y el aquí, porque todos los después son dudosas, todos los futuros están apenas esbozados y son inciertos, nos recuerdan los espejismos, que pueden ser destruidos por el más leve de los movimientos del aire». EP

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