Exclusivo en línea: Cómo domar a un ser humano

Texto leído en la presentación del libro Una ballena es un país de Isabel Zapata el 18 de julio de 2019 en Casa Refugio Citlaltépetl. El autor e Isabel Zapata son consejeros ambientales de Este País.

Texto de 14/08/19

Texto leído en la presentación del libro Una ballena es un país de Isabel Zapata el 18 de julio de 2019 en Casa Refugio Citlaltépetl. El autor e Isabel Zapata son consejeros ambientales de Este País.

Me dispongo a revelar un secreto totalmente inverosímil: casi todos los días voy al gimnasio. Les juro que, después del viejito que nada más va a escuchar música en los vestidores con una bocina enorme, soy la persona con peor condición física de ese lugar. Ese gimnasio también es frecuentado por la escritora Isabel Zapata, autora del libro Una ballena es un país. Hace poco, en el gimnasio donde sufrimos la autora y yo, vi a un sujeto que, como método de entrenamiento, apaleaba una inmensa llanta de camión con una barra de metal. Le daba con odio, como si llanta acabara de insultar a su madre. Al ver en acción a este furioso ejemplar de la especie humana, pensé en un verso del poema “Para Laika”, que escribió Isabel Zapata, sobre la perra soviética que viajó al espacio. Digo que pensé, al ver a esa hombre aporreando una llanta con música pop de fondo, adentro de un galerón horrible, como si fuera un cavernícola matando a un gliptodonte: “El éxito ha sido enorme y absurdo”. Tanta espada, galeón y microscopio, tanta cruz, imprenta y penicilina para acabar furiosos contra un pedazo de hule reciclado.

            Me dio tanta pena ese tipo (al menos yo no hago tanto ruido en el gimnasio), me dio tanta pena su rabia que quise acercarme con el libro de Isabel Zapata en las manos y preguntarle si tenía cinco minutos para hablar de una ballena, o para hablar del solitario Jorge —una tortuga que Isabel y yo miramos, disecada, hace algunos años en un museo—. “Mira”, le quise decir al necio del gimnasio, “éste es el Diccionario que Isabel le escribió a esa tortuga que también soy yo”.

            Isabel y yo nos conocimos por culpa de un manatí lleno de cicatrices. Fue gracias a un texto y a una llaga —los huérfanos sabemos reconocernos—. Tiempo después nos reencontramos dentro de una obra de arte de Gabriel Orozco. No era el esqueleto de ballena intervenido, ni el Oroxxo ni el pequeño y mutilado Citroën. Era el cuarto de una galería que Orozco había legalizado como obra de arte ante un notario neoyorkino —ahí estaba Orozco: traía pantalones de cuero y decía las cosas más necias que he escuchado sobre el arte de la traducción poética; ahora que lo recuerdo, oigo mugir a las vacas cuya piel rozaba contra la piel de Orozco, siento sudar las piernas de Orozco contra esas pobres vacas que murieron para volverse pantalones, hamburguesas y T-bones—. Desde aquel encuentro, Isabel Zapata ha progresado mucho más que yo en el camino de lo que llamaré ética de la consideración: la capacidad de tomar en cuenta la experiencia del otro y actuar conforme a ella. Algunas personas hemos escrito sobre esa consideración: David Foster Wallace escribió “Consideren a la langosta”, yo escribí en otro lado “Considera al manatí” e Isabel Zapata ha escrito todo un libro de estupendas consideraciones animales. Al comienzo de la obra escribe, sobre los huevos del tiburón: “Considera su violenta geometría”, y en ese verso resuena el tigre que William Blake también consideró hace tiempo. En Una ballena es un país Zapata considera cetáceos, felinos, rinocerontes, mascotas y bestias extintas,  como el tigre que “era un lobo marsupial, un lobo cebra, un dingo al que le queda grande la cabeza, un demonio, una hiena con garras de león”. Un día de 1996, una habitante de Tasmania reportó haber visto algo que no debía. Alguien le preguntó si se trataba de una asesinato y ella respondió que no: era un tigre.

            En el libro de Zapata reconozco la semilla de un nuevo humanismo heterodoxo, un humanismo que, en el reconocimiento de nuestra condición animal, nos hermana con las bestias y vegetales que nuestra voracidad está arrasando. En este libro reconozco el deseo, más humano que ninguno, de no quedarnos solos en el mundo, aislados, furiosos y reprimidos, golpeando sin cesar una llanta de camión en el gimnasio. En este libro he visto a una perra que quiero mucho, negra y cariñosa, tímida y sonriente. He visto a un caracol, a un pulpo y  a una madre. Y me he puesto a llorar por lo menos tres veces pensando que casi nadie tiene hoy en día cinco minutos para hablar de una ballena muerta sobre la playa con el estómago lleno de poetas (aquí debo confesar que quise escribir “popotes”, pero un lapsus linguae me traicionó y no quise a mi vez traicionar a mi inconsciente corrigiéndolo).

            Cierto poema del libro se llama “Cómo romper un caballo” y trata sobre el arte de domar a esos animales tan potentes como nerviosos. Isabel Zapata ha escrito que “La doma no termina nunca”. Me pregunto: ¿Cómo domarnos a nosotros mismos? ¿Cómo apaciguar, domesticar, alivianar al animal humano? Si uno quiere domarse recomiendo escribir un poema, leer un poema, recitar un poema, aprenderse de memoria un memoria. No hay caricia más honda que la palabra vestida de música, cargada de fe. “Fe” es una palabra incómoda, pequeña e indestructible como los tardígrados de los que habla Isabel Zapata en “Elogio de lo minúsculo”: “Lo minúsculo siempre se resiste”. No hablo de la fe en un dios que prohíbe tener sexo premarital y comer carne de cerdo —hay un estupendo poema dedicado al cerdo aquí. Se llama “Se aprovecha todo”—. Hablo de la fe en que los humanos también somos animales dignos de consideración. Hablo de la fe en que podemos ser amigos transparentes, más allá del networking y del coworking, amigos entre nosotros y de los otros. Hablo de la fe en que podemos reunirnos sin mezquindad, como esta noche, para leer y escuchar poesía.

            Ahora más que nunca hace falta recordar que la doma no termina nunca. Aquí, con Una ballena es un país, la doma de nuestro imperio arrollador sobre este mundo empieza de nuevo, se intenta otra vez. EP

DOPSA, S.A. DE C.V
T.  56 58 23 26 / 55 54 66 08 /
56 59 83 60

Dulce Olivia 71,
Villa Coyoacán,
Coyoacán,
04000,
Ciudad de México