Cómo se entrelazan el cambio climático y la violencia de pandillas en Honduras

A medida que los impactos climáticos empeoran en este país centroamericano en crisis, la migración aumenta y eso pone a muchos en peligro debido a la violencia de pandillas.

Texto de 28/04/22

A medida que los impactos climáticos empeoran en este país centroamericano en crisis, la migración aumenta y eso pone a muchos en peligro debido a la violencia de pandillas.

Tiempo de lectura: 6 minutos

Esta historia apareció originalmente en The Nation es parte de una serie de reportajes de Covering Climate Now sobre la migración climática llamada “Vuelo por sus vidas”. CCNow es una colaboración mundial de periodismo que fortalece la cobertura de la historia climática.

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San Pedro Sula, Honduras— En noviembre de 2020, Sara1 observó los restos de su casa dañados por la tormenta, cerca de San Pedro Sula, Honduras, y consideró dejar su trabajo e irse a Estados Unidos. Su jefe la quería de regreso en el trabajo y no le importaba que su casa estuviera en ruinas, ni que los negocios que se suponía debía liquidar estuvieran cerrados. En dos semanas, dos huracanes de categoría 4 habían devastado su país. La pandilla estaba perdiendo dinero y su jefe comenzó a culpar a soldados como Sara. Esta no era la primera vez que pensaba en dejar la Mara Salvatrucha (MS-13), pero después de los huracanes hizo un plan con su esposo.

La pandilla dependía del dinero de la extorsión, un “impuesto de guerra”. Sin embargo, muchas empresas en todo el país cerraron debido a la pandemia, y luego los huracanes se encargaron del resto. Después de las tormentas, su jefe dejó de pagarles. Durante los siguientes meses, a medida que la economía del país se recuperaba, enviaban a Sara a hacer mandados en tiendas donde solo tenía que dar el nombre de su jefe para conseguir un puñado de dinero en efectivo y una comida caliente, aunque nada de eso era para ella. En casa, su hijo pequeño tenía hambre; siguió trabajando siete meses más: si dejaba de hacerlo, la matarían. “Mi esposo decidió irse para mantener a nuestro hijo, porque no había de dónde sacar dinero”, dijo Sara. “La pandilla no te deja salir a buscar trabajo en las maquilas ni en los restaurantes, nada. Y te matan si te unes a otra pandilla”.

La temporada de huracanes del Atlántico de 2020 tuvo la mayor cantidad de tormentas con nombre registradas y, a medida que el mundo continúa calentándose, las tormentas como las que azotaron a Honduras ese año serán más comunes. En Honduras, en menos de dos semanas, los huracanes Eta e Iota arrojaron lluvia equivalente a varios meses: esto provocó daños por más de 10 mil millones de dólares. Al menos 98 personas murieron y 175 mil más fueron desplazadas.

Honduras se está volviendo más caliente y más seco. La temperatura promedio ha aumentado en más de 4°C desde 1960, y el país está atrapado en un ciclo severo de sequía. Los agricultores en algunas áreas han perdido hasta el 80% de sus cultivos. El Banco Mundial estima que Centroamérica y México podrían producir hasta 2 millones de migrantes climáticos para mediados de siglo.

“El Banco Mundial estima que Centroamérica y México podrían producir hasta 2 millones de migrantes climáticos para mediados de siglo”.

La sequía ha empujado a muchas personas a abandonar el campo para buscar trabajo en las ciudades o tomar la peligrosa ruta migratoria al norte de EUA, lo que los expone tanto al crimen organizado como a la violencia local. Un estudio de la Universidad Duke descubrió que las tasas de migración eran más altas después de períodos de poca lluvia, y que eran incluso más altas cuando la poca lluvia coincidía con tasas altas de homicidios.

“La mayoría de las personas en los países con migración climática, generalmente, se muda internamente a las ciudades”, afirmó Sarah Bermeo, una de las autoras del estudio. “Mucha gente suele preguntar: “¿Por qué los hondureños no migran internamente?” Si yo viviera en una zona rural, perdiera mis cultivos y todas las ciudades a mi alrededor fueran tan  violentas, no me gustaría emigrar a esos lugares”.

Sara se unió a la MS-13 cuando era adolescente. Eso fue hace décadas, pero su situación no ha mejorado mucho desde entonces, cuando la tasa de homicidios del país comenzó ser una de las más altas del mundo. La pobreza crónica y la corrupción del gobierno permitieron que continuara la violencia de las pandillas y empujaron a muchas personas a huir. El número de hondureños que migra a EUA se ha disparado en los últimos 10 años. Y a medida que el mundo se calienta, se espera más migración y, potencialmente, más violencia.

Los científicos generalmente están de acuerdo en que el cambio climático no causará conflictos, pero puede exacerbar los existentes. Los países ya sumidos en la violencia serán los menos capaces de soportar los impactos climáticos, como las sequías y los huracanes. Honduras es altamente vulnerable al cambio climático y uno de los menos preparados para adaptarse, según la Iniciativa de Adaptación Global de Notre Dame, que clasifica a los países según su riesgo climático y resiliencia. Este país se encuentra entre los más pobres de Centroamérica. La pandemia y la sequía empeoraron mucho la situación; no obstante, fueron los huracanes Eta e Iota los que empujaron a 3 millones de personas al borde de una crisis alimentaria y hambruna.

“Aquellos países en situaciones frágiles a menudo son los más afectados por el cambio climático”, dijo Kayly Ober de Refugees International. “Es la gota que derrama el vaso. Centroamérica ha estado en sequía durante años, la gente vive en condiciones precarias y luego llegó la covid-19 y las oportunidades económicas se agotaron. Estamos viendo una serie de efectos dominó”.

“En Honduras, convertirse en desplazado y terminar en un nuevo barrio puede ser una sentencia de muerte cuando las pandillas controlan las calles”.

En Honduras, convertirse en desplazado y terminar en un nuevo barrio puede ser una sentencia de muerte cuando las pandillas controlan las calles. No se permiten caras nuevas en los vecindarios, pertenezcan o no a las pandillas. “Los matan porque no pueden ir de un barrio a otro, a menos que pertenezca a la misma pandilla donde viven actualmente”, explicó Sara. “No creo que sea justo, pero esa es la ley y la gente lo sabe. No sé por qué aún lo hacen. Muchos han sido asesinados cuando visitaban a su propia madre”.

Ingrid García vivía en San Pedro Sula con su pareja, Jessica; perdieron su casa por las inundaciones después de que un dique cercano se desbordara la noche en que Iota golpeó. La pareja y sus dos hijos se mudaron con los familiares de Jessica, 15 personas que compartían una casa de dos habitaciones. En dos meses, Jessica contrajo covid-19 y murió. Ingrid tuvo que mudarse nuevamente y terminó con su tía en Choloma, una ciudad vecina con la tercera tasa de homicidios más alta de Honduras en 2020.

Un forastero no podría notar a los pandilleros en el vecindario: los signos de afiliación son más sutiles en estos días. En lugar de tatuajes faciales que representen a su pandilla, los miembros pueden afeitarse una línea en una ceja o usar determinados zapatos que otros reconocerían como pertenecientes a una facción u otra. Siempre están mirando y  se comunican mediante aplicaciones de mensajes cuando aparecen extraños.

“Siempre preguntan: ‘¿Quién es esta persona? ¿De dónde es esta? ¿De dónde viene este?’”, dijo Ingrid. “Para mí, volver a Choloma, donde tienen diferentes pandillas, es un cambio que te hace vivir con miedo. Si sales a la calle, te puede pasar algo o no vuelves, o peor. Tiene un mayor impacto en los jóvenes; en su mayoría, hombres”.

El hijo de Ingrid acaba de cumplir 16 años y todos los días ella se preocupa por su seguridad. Se sabe que las pandillas reclutan a partir de los 8 años de edad. La pandemia interrumpió la educación de su hijo y, como muchos hondureños, está desempleado. Ella lo mantiene en la casa tanto como puede, pero no sabe cuánto tiempo eso los mantendrá a salvo. Los tiroteos ocurren a menudo donde vive, a pesar de que hay una estación de policía cruzando la calle.

En una despejada mañana de agosto de 2021, Ingrid visitó la tumba de Jessica, a pocas cuadras de donde ahora vive en Choloma. Se sentó sobre la tumba de cemento, sacudió la hojarasca y empezó a recordar los momentos compartidos con Jessica. Solo estuvo allí unos minutos, cuando uno de sus amigos la encontró y le advirtió que abandonara el cementerio. La MS-13 dirige el vecindario y no era seguro para Ingrid estar allí. Su amiga le contó que los vigías habían alertado en el chat grupal de la pandilla que había extraños en el cementerio.

Sin su casa, sin su pareja y con su nueva realidad en un vecindario peligroso, Ingrid también está considerando el camino hacia el norte. Solo tiene que juntar el dinero y el valor para ir. “Me ha pasado por la cabeza, no lo voy a negar. A lo mejor me da una oportunidad y puedo estar en otro país, en otro lado, para rehacer mi vida, para empezar —como dice la gente— de cero, para ver caras nuevas; una vida diferente a la que yo llevaba”, confesó Ingrid.

Hasta noviembre de 2021, Sara no había hablado con su esposo desde que se fue al norte en junio. Su jefe sospecha que sabe dónde está y le quitó el celular. Ahora, escondiéndose de la pandilla con su hijo, Sara teme que la maten si descubren a dónde fue. No tiene dinero para irse sola. A menos que su esposo encuentre una manera de contactarla y enviarle dinero, se verá atrapada en uno de los países más violentos del mundo con su antigua pandilla persiguiéndola. Mientras tanto, espera escondida, con la esperanza de tener noticias de su esposo para poder liberarse de la pandilla y comenzar una nueva vida.

“Voy a ir con él y con mi hijo, pero si se enteran, veremos qué pasa”, contó Sara. “Estamos hablando de pandillas, tienes que tener valor, especialmente si tienes hijos”. EP

Información adicional de Paulo Cerrata, Neil Brandvold y Monica Villamizar.


*Traducción de Gina Velázquez


  1. El nombre de Sara ha sido cambiado para proteger su identidad. []
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