¡Ay amor, ya no me quieras tanto! El movimiento animalista

¿Cuáles son las diferencias entre el discurso animalista y el ecologista? Este texto de Luis Zambrano, Nataly Castelblanco-Martínez y Cristina Ayala-Azcárraga reflexiona sobre la protección ambiental que se debe priorizar.

Texto de , & 01/03/22

¿Cuáles son las diferencias entre el discurso animalista y el ecologista? Este texto de Luis Zambrano, Nataly Castelblanco-Martínez y Cristina Ayala-Azcárraga reflexiona sobre la protección ambiental que se debe priorizar.

Tiempo de lectura: 8 minutos

El 29 de mayo habrá elecciones presidenciales y legislativas en Colombia, y dentro de las discusiones entre candidatos locales están los hipopótamos. ¿Por qué estos animales africanos están en la discusión política? Cuatro hipopótamos llegaron a Colombia en 1981 a un zoológico privado del narcotraficante Pablo Escobar. A la muerte de Escobar, los hipopótamos quedaron abandonados en la cuenca del río Magdalena, el río más importante de Colombia. Las condiciones de este ecosistema les cayeron bastante bien, pues según el censo actualizado de 2021, se calculan más de 130 animales en sus aguas, en los departamentos de Antioquía, Bolívar, Boyacá y Santander. Los hipopótamos son animales muy grandes y agresivos, y se presume que los efectos en el ecosistema a futuro serán devastadores: representan un peligro para los pescadores y, a futuro, modificará profundamente las características de la cuenca. Muchos ambientalistas y personas que se dedican a la ecología —preocupadas por el  socioecosistema acuático— han propuesto medidas de control que van desde esterilizarlos hasta reducir sus poblaciones y sacrificarlos. Ante ello, la respuesta de algunos colombianos ha sido en contra de cualquier manejo que implique la muerte o sufrimiento de los mamíferos gigantes. Esta reacción ha sido recogida por algunos candidatos que, con tal de conseguir votos a cualquier costo, han optado por incluir el cuidado de los hipopótamos en sus agendas.      

La voluntad de proteger a una especie dañina al ecosistema, ya sea exótica o invasora (que no evolucionó en ese lugar y fue introducido por el ser humano), o bien feral (un animal domesticado que ahora vive en zonas silvestres), no es exclusiva de Colombia. En México, por ejemplo, los perros y gatos ferales que están en la Reserva Ecológica del Pedregal de San Ángel de la UNAM —producto del abandono—, representan un problema para la biodiversidad del lugar. Ahí mismo, en ocasiones, cuando aparecen zorrillos muertos la autopsia revela incisiones de colmillos de gato en el cráneo. Familias enteras de zorra gris desaparecieron cuando aumentaron las jaurías (Coronel et al, 2020). Sólo hasta ahora, que hay menos perros ferales, una zorra gris se ha vuelto a asomar tímidamente en esta reserva. No obstante, las personas encargadas de controlar el problema se han enfrentado a ciertas amenazas. 

¿Quiénes son los que se oponen a estrategias de control poblacional de una especie que no evolucionó en un ecosistema determinado y ocasiona problemas serios en la dinámica del lugar? Por lo general, personas preocupadas por el bienestar animal, conocidas comúnmente como “animalistas”. Ellas se oponen a la explotación de las especies y han sido muy activos para promover tanto el bienestar animal en granjas, como la prohibición total de la producción animal, buscando que la humanidad reconozca la crueldad a la que los hemos expuesto. La revelación de malas prácticas en criaderos y rastros ha generado una oleada de conmoción que ha derivado en una lucha contra las industrias que aplican estas medidas. El movimiento ha optado por boicotear a las compañías por medio de elecciones individuales diarias (como no consumir algún producto en particular). Estos grupos también buscan el bienestar de los animales domésticos como los perros y los gatos preocupándose de que no sufran crueldad en sus hogares o fuera de ella. 

“Mientras que unos intentan defender el valor de la vida de cada organismo, los otros intentan priorizar el hábitat como el medio de subsistencia de estos y otros organismos”.

Lo cierto es que todos tenemos un poco de animalista, pues es parte de la condición humana ser empático con los organismos con los que compartimos nuestra vida. Esta empatía no es igual para todos los grupos, existe una gradación en las personas en cómo ven y tratan a los animales. Así, pareciera que en el punto más extremo están las personas que han elegido modificar toda su vida alrededor de la idea de que las vidas de los animales valen tanto, que no es justificable hacerles sufrir para satisfacer nuestras necesidades. Esto deja fuera a otro grupo igualmente preocupado por los animales, que incluso dedica su vida a su conservación y bienestar: los científicos. En particular, las personas que nos dedicamos a la Ecología nos preocupamos por entender y conservar el hábitat que permite la vida en el planeta y es justamente aquí donde las vías entre ambos grupos se separan. Mientras que unos intentan defender el valor de la vida de cada organismo, los otros intentan priorizar el hábitat como el medio de subsistencia de estos y otros organismos. A continuación analizamos algunos de los puntos más importantes en cuanto a esta diferencia de visiones. 

El organismo sobre el hábitat 

El discurso principal de los grupos animalistas incluye la idea de que cada animal es un ser sintiente con derecho a la vida, sin importar si éste se encuentra fuera de su ecosistema. Este discurso, sin embargo, entra en contradicciones cuando trasladamos los conceptos “bienestar animal”, “sufrimiento” y “compasión” a las especies nativas y se deshace cuando se manejan individuos que forman parte  —ya sea de manera natural o introducida—  de un espacio silvestre. 

Los ecólogos llamamos ecosistema a un lugar donde se relacionan el hábitat y las especies que lo ocupan pues han evolucionado, hasta ahora que viven y se reproducen ahí. A su vez, modifican el entorno con su presencia. Por ejemplo, los abetos pueden sobrevivir en un bosque donde la temperatura, la humedad, el tipo de suelo y la cantidad de luz son características para que una semilla germine y el árbol  crezca saludable. El conjunto de abetos que forman el bosque establece las condiciones de humedad, luz, temperatura y suelo para que otros puedan germinar. También hay organismos que viven en condiciones que los humanos consideraríamos muy difíciles. Aquellos que viven en zonas desérticas donde el agua de lluvia es muy escasa en una época del año. Como ejemplo, los tlacuaches que viven en el Pedregal de San Ángel, sortean las épocas de secas sin tener acceso al agua. 

El hecho de que las especies hayan evolucionado en un entorno y  puedan modificarlo es fundamental para comprender la importancia del ecosistema. Si éste es un entramado de relaciones entre los organismos que ahí viven y las condiciones como la temperatura, el suelo y la humedad, entenderemos que la intrusión de una especie capaz de cambiar ese entramado en poco tiempo pone en peligro la sobrevivencia de muchas otras especies que han evolucionado ahí. Esta capacidad de afectación es independiente a lo carismática que pueda ser una especie. 

Como ejemplo de lo anterior, unos animales fundamentales para la dinámica de un bosque son los lobos —poco queridos—, que a su vez se alimentan de venados —animales que despiertan ternura—. Cuando los lobos desaparecieron en Yellowstone por la caza humana, la sobrepoblación de venados fue capaz de acabar con los retoños de los abetos y los pinos. El bosque pasó a ser pastizal con menos diversidad y muchos venados. Cuando los lobos volvieron, en pocas décadas se restableció la dinámica del bosque.  

“Todos estos procesos, por crueles que nos parezcan, son necesarios para que el ecosistema funcione, manteniendo una regulación de todas sus poblaciones”.

Los procesos que ocurren dentro de la red de intrincadas relaciones tróficas del ecosistema incluyen depredación, competencia, parasitismo,  entre otros, de tal manera que los animales irremediablemente sufren de estrés, miedo, dolor, hambre, frío hasta finalmente morir. Todos estos procesos, por crueles que nos parezcan, son necesarios para que el ecosistema funcione, manteniendo una regulación de todas sus poblaciones. Pretender que esto no ocurra es no comprender cómo funciona la naturaleza.  

Las especies invasoras se convierten en problemas muy serios de conservación, pues al parecer repentinamente en un ecosistema ya organizado, reciben muy poca presión por depredadores o cualquier otro controlador natural. Por esta razón, se reproducen muy rápido y tienen una mortalidad muy baja (Castelblanco-Martínez, et al. 2021). El manejo de estas especies  —como los hipopótamos— a cargo de las autoridades ambientales  se concentra  en intentar disminuir la reproducción, por ejemplo, mediante esterilizaciones. Pero además de ello, se deben implementar estrategias  que permitan mantener a raya el crecimiento poblacional, por ejemplo una tasa de extracción de individuos, que generalmente consiste en el sacrificio. En Xochimilco, la única forma de evitar que las carpas y las tilapias destruyan el hogar del axolote es mediante la pesca intensiva que disminuya sus poblaciones (que llegan a más del 95% de la biomasa de todos los organismos acuáticos).

Cuando se trata de mamíferos como los hipopótamos o los gatos ferales, los colectivos animalistas pretenden evitar su muerte a toda costa esgrimiendo el discurso de defender la vida. No obstante, lo que estos colectivos ignoran es que la muerte es fundamental para garantizar que un ecosistema funcione y permita la vida de los organismos que lo habitan. Por eso, para los ecólogos es mucho más importante mantener el funcionamiento del ecosistema que los organismos individuales: sólo hay especies si hay ecosistemas. Buscamos reducir los efectos negativos generados por el ser humano —como la extinción o la introducción de un organismo en el ecosistema— y eso en ocasiones implica que, por muy carismática que sea una especie, se debe controlar o erradicar. Por lo tanto, la idea de que una especie invasora merece vivir bajo una bandera animalista, termina siendo discriminatoria al otorgar de manera arbitraria y antropocentrista —esta defensa vehemente se aplica sólo a especies carismáticas, al criterio de ciertas personas— mayor valor a un animal que a los demás seres vivos. 

Ni hábitat ni confinamiento  

Si perdemos los hábitat naturales donde estas especies puedan existir, ¿donde los ponemos? En algunos casos, la desesperación por no matar un organismo ha llegado al punto de recluirlos en zoológicos. Cosa curiosa dado que estos mismos grupos buscan cerrar estos sitios. Aquí surge otra contradicción, pues habría que analizar si quizás una eutanasia —en el marco de la bioética, es decir, siguiendo todos los protocolos que minimicen el sufrimiento animal— sea menos cruel que confinar animales por años bajo cuidado humano. 

Animalismo con moralidad humana 

La naturaleza es cruda y rara vez da concesiones. El único animal que ha creado un sistema que le permite aspirar a una muerte digna y sin dolor es el ser humano. Tan es así que ningún animal silvestre muere de forma pacífica; la mayoría de los organismos serán devorados por otros organismos, por lo que tarde o temprano sufrirán. Esto de ninguna manera justifica que realicemos acciones que promuevan el sufrimiento o la crueldad hacia los animales, pero es importante reconocer este hecho para alejarnos de una idea romántica de la naturaleza, que puede incluso resultar peligrosa.

Cometemos un gran error al considerarnos seres superiores frente al conjunto de organismos. Requerimos de humildad para vernos como un elemento más —que apareció hace muy poco—  en todo este entramado natural que comenzó hace cuatro mil millones de años aproximadamente. Bajo la visión antropocentrista terminamos hablando de lo “correcto” e “incorrecto”, sobresimplificando la complejidad de las interacciones entre especies e incluso llegando a caer en extremos absurdos como la idea de separar a los gallos de las gallinas porque estos las montan sin consentimiento, lo cual dentro de los sistemas humanos se podría considerar una violación. Lo mismo sucede con la idea de veganizar animales de compañía, carnívoros por condición natural, bajo el argumento de que su vida no vale más que la de una vaca, sin notar que esgrimimos un juicio humano que puede dañar la salud de aquellos seres a los que adoptamos. 

Reflexiones finales

Para cualquier persona empática con los animales resultaría intuitivo suscribirse al movimiento animalista si lo entendemos como aquel que agrupa a aquellos interesados en proteger a los animales. En sentido amplio, animalista bien podría ser cualquier profesional que se dedique al estudio y conservación de la fauna, como biólogos, ecólogos, veterinarios, zootecnistas y otros. Es también cualquier persona que entiende la complejidad de un ecosistema y busca que todos los animales que están en ese lugar se desarrollen como lo han hecho por millones de años: alimentándose, reproduciéndose y muriendo en el entorno donde evolucionaron, ese entorno que constantemente modifican para que siga funcionando para sus descendientes y el de las otras especies que también evolucionaron ahí. Personas que comprenden que la vida de todos los animales y plantas del lugar no se rige por los principios morales que aplican al ser humano, que trabajan para que estas especies nativas continúen en ese lugar. 

“Pensar que la naturaleza se tiene que comportar bajo nuestros estándares éticos y morales es un monumento a la egolatría humana”.

Desafortunadamente, muchas de las buenas intenciones del animalismo se han desdibujado en medio de esta pugna reduccionista entre vida y muerte, bien y mal, esquivando desde el discurso las complejidades culturales, biológicas y ambientales. Pensar que la naturaleza se tiene que comportar bajo nuestros estándares éticos y morales es un monumento a la egolatría humana. Esto, además, tiene efectos negativos pues estamos dejando de lado millones de años de evolución para satisfacer nuestras visiones antropocentristas y en muchos casos podemos afectar ecosistemas enteros. 

El amor por los animales es fundamental para contar con una buena interacción con la naturaleza, pero ese amor tiene que estar basado en el respeto del funcionamiento de la naturaleza y no en cómo pensamos los seres humanos que debe funcionar. EP


Referencias     

Coronel-Arellano, H., Rocha-Ortega, M., Gual-Sill, F., Martínez-Meyer, E., Ramos-Rendón, A. K., González-Negrete, M., Zambrano, L. (2020). Raining feral cats and dogs? Implications for the conservation of medium-sized wild mammals in an urban protected area. Urban Ecosystems. https://doi.org/10.1007/s11252-020-00991-7 

Castelblanco-Martínez, D. N., Moreno-Arias, R. A., Velasco, J. A., Moreno-Bernal, J. W., Restrepo, S., Noguera-Urbano, E. A., … Jiménez, G. (2021). A hippo in the room: Predicting the persistence and dispersion of an invasive mega-vertebrate in Colombia, South America. Biological Conservation, 253, 108923. https://doi.org/10.1016/J.BIOCON.2020.108923

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