La pintora y artista gráfica Karima Muyaes es uno de esos seres que surgen en la historia con discreción, pero que dejan una huella imperecedera. La obra que ha creado y aportado al patrimonio artístico de México y del mundo tiene la solidez de una gema: está dotada de la hermosura que le dan sus compuestos fusionados por el fuego telúrico, y de la dureza inquebrantable de su profundidad mineral.
Estas cualidades en un artista se consiguen cuando la práctica del arte es abordada con un profundo arraigo, que se manifiesta en serenidad. En el caso de Karima Muyaes, es el arraigo que le viene de haber nacido y vivido armoniosamente en una familia de artistas, de mujeres y hombres llenos de vida y dispensadores de vida. Su padre fue un creador ingenioso, que pasó su vida inventando, haciendo arte, promoviendo las artes y artesanías, dotado de un talento natural y tranquilo; y su madre fue una “madre universal”, cuya generosidad le valió convertirse en la madre sustituta de docenas de niños y niñas amigos. El resto de la familia, las hermanas, las hijas, los hijos y sobrinos, son igualmente creadores, como un rebaño que abreva del mismo manantial.

Este universo es el que descubrimos en la reciente exposición de Karima Muyaes, “Una biografía objetual”. La idea de una exposición que abarque no sólo un conjunto de obras, sino todo el proceso de gestación de las mismas, es un concepto museográfico conocido, pero pocas veces aplicado en una exposición no museística y menos aún de la manera en que se presentó en la Casa Vlady en esta ocasión. En efecto, la curaduría y museografía, a cargo de Fernando Gálvez, es un hermoso ejemplo de lo que se puede expresar cuando existe un entendimiento armonioso entre el curador y la artista. Gálvez se empapó de la historia y del catálogo razonado de Karima Muyaes y, junto con ella, procedió a conferirle una identidad particular a cada rincón de las galerías, a cada diálogo entre cuadros, a cada objeto elocuente que acompaña los cuadros. El público puede ver así, iluminando la obra, las herramientas de trabajo de la artista, sus muebles, las creaciones de los miembros de su familia y algunos de sus cuadros de autores como Max Ernst, Picasso, Toledo, o Santos Balmori, expuestos junto a los suyos y proyectando una luz reveladora sobre ellos.

El entorno en el que Karima se formó y ha vivido siempre es, en efecto, crucial para su creación y, en particular, para su forma de abordar el arte: en ella el arte es espontáneo, natural, inseparable de su vida cotidiana y personal. Los Muyaes fueron, además de una familia de artistas llena de vitalidad, los creadores e iniciadores del “Bazar del Sábado”, que en sus inicios cobijó no sólo a magníficos artesanos, sino a muchos artistas plásticos que gracias a la posibilidad de contar con un espacio de contacto con el público y de venta de su trabajo, pudieron sostener su actividad creativa. Y, más importante tal vez, el concepto del Bazar diluyó las fronteras entre “arte serio”, “artesanía” y otras formas alternativas de arte, como las esculturas realizadas con exvotos de Khaleb Muyaes, y otros “ready made” y reinterpretaciones artesanas, probable herencia de la disidencia surrealista. Sin resultar de una planeación o estrategia, esto contribuyó a transformar la percepción pública del arte y a abrir nuevos canales de expresión (ejemplo de ello son las máscaras intervenidas de Karima Muyaes, que se exhiben en la muestra.).

Toda esta historia está reflejada en la museografía que Gálvez construyó con dedicación sensible y su enorme experiencia como museógrafo. Incorporó, por ejemplo, una muy particular dimensión visual de la instalación, donde los colores de las paredes, los juegos cromáticos entre las obras, la disposición de los objetos, construyen un espacio plástico complementario, en el que todo encuentra su perfecto lugar y su más elocuente expresión. El resultado es que la muestra y la obra se respaldan la una a la otra y constituyen un evento artístico en sí mismo. Para el público, esto se traduce en un placer visual sereno y lleno de sentido, que enriquece enormemente la experiencia. Y que además tiene una profunda resonancia con la vena artística de los Muyaes y, centralmente, de nuestra artista.
Además de situar la obra de Karima Muyaes en este contexto, es necesario hablar de su arte y de su trayectoria de forma más particular. La naturalidad y familiaridad de su arte podrían hacernos pensar que éste no se manifiesta con la “garra” que puede haber en pintores que se han creado a pulso. Nada de eso. Karima está habitada por la fuerza creadora y la necesidad imperiosa de ejercerla. A partir de este impulso inicial, y gracias al contacto con las herramientas y los mentores adecuados, ha mantenido incesantemente una producción de alta calidad, peleada con el conformismo e imbuida de una inquieta curiosidad por su propia manifestación.

Karima inició su labor artística en las artes gráficas. Dice sentir la mayor afinidad por el grabado y la litografía, y esto se traduce en obras gráficas de una calidad insuperable, en las que el cuidado del medio está ahí para sustentar una imaginería de gran riqueza. La gráfica exige un cuidado extremo de los procesos y habilidades particulares para concebir la imagen final a partir de dichos procesos. En Karima, esto es ya un atributo consustancial de su trabajo.
El contacto del espectador con esas pinturas es, de entrada, un juego de atracción: colores francos, figuras definidas, motivos diversos que llenan el espacio y confortan con respecto al horror vacui. Los “personajes” en los cuadros son casi todos figuras hieráticas, totémicas, algo así como máscaras dotadas de cuerpo y de vida aparente. Nos sentimos ante una imaginería primitiva, pero la estética es claramente contemporánea. Aunque las figuras se semejan a iconos mágicos destinados a alguna práctica ritual o conjuro, Karima afirma que no hay en ellas tal intención. Se trata, en todo caso, de figuras totémicas personales, símbolos privados y, sobre todo, imágenes nacidas de una necesidad de expresión plástica. Es como si un pintor decidiera que las puertas tienen los rasgos que él necesita para plasmar sus ideas creativas, y entonces pinta puertas. Karima los encuentra en estas figuras que, recordémoslo, fueron parte de su entorno desde la infancia, ya que su padre fue un gran coleccionista de máscaras, amuletos y exvotos, siendo incluso proveedor de otros coleccionistas, como Rafael Coronel.

Es en esa paradoja entre lo primitivo y lo moderno, entre lo ritual y lo privado, entre lo familiar y lo propio, donde se afirma de manera más clara la originalidad de Karima Muyaes. Su representación no suele ser realista en el sentido de representar la realidad, sino que figura seres emblemáticos, totémicos, entrelazados con elementos del mundo real, animales, sin excluir la figura humana —pero pocas veces como elemento central, más bien como imagen evocativa o elemento naïf—. Críticos y espectadores se han preguntado si existía en esta parafernalia visual un sistema simbólico, una visión ritual o algo semejante. Y Karima Muyaes responde que sí, pero que se trata de una simbología personal, sin pertenencia a creencias o cánones. Las figuras de esta “totemología personal” se prestan para composiciones en que el trazo geométrico, los colores vivos y un cierto “primitivismo” permiten escenificar las historias de vida, las cavilaciones afectivas, los recuerdos y los sueños, en escenarios tan diversos como lo permite la imaginación. Así, por ejemplo, descubrimos que el cuadro Pájaro silvestre es un homenaje privado a la figura de Jaleb Muyaes, el padre de la artista. Y sí, en esta pieza está representado él, su universo, varios de sus objetos, pero también dos serpientes cuya presencia, ante pregunta expresa, no se explica muy claramente la pintora. Llegaron allí como por sí mismas, inspiradas por una asociación inconsciente, por un recuerdo sepultado o por una simple combinatoria plástica. Tal es la libertad que busca el arte de Karima Muyaes: agnóstico, antidogmático, conectado con las fuerzas invisibles del universo sin reverenciarlas, dueño de sí mismo.
Hay, pues, una dimensión simbólica, de orden ritualístico, que manifiesta no creencias sino intuiciones, no parábolas o sentencias, sino el misterio del acto creativo. Lo que así expresa son las figuraciones de una visión nutrida en el mundo de los creadores, de esa raza extraña que, sin dictados, ni armas, ni mandatos ideológicos, ha marcado el rumbo de la humanidad desde la noche de los tiempos. Una visión lúcida del destino del ser humano y del universo en el que se crea y se recrea.
Al inicio de este escrito hablé de la huella discreta que dejan algunos artistas. Discreta, pero no por ello menos profunda. Porque en el arte de Karima Muyaes se afirma un universo que ha sido, desde tiempos milenarios, el de la clarividencia, de la comunicación intrínseca con la creación, de la naturaleza, del espíritu del ser humano. Un arte así nunca pierde vigencia, no pertenece a ningún tiempo ni tendencia. No necesita parámetros ni referencias. Simplemente es. EP
