Naturaleza posible: Cooperación para el desarrollo. Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán

La autora da testimonio de su experiencia en el desarrollo de proyectos sustentables que representen verdaderos beneficios económicos y sociales para los habitantes de reservas naturales.

Texto de 23/04/16

La autora da testimonio de su experiencia en el desarrollo de proyectos sustentables que representen verdaderos beneficios económicos y sociales para los habitantes de reservas naturales.

Naturaleza posible: Cooperación para el desarrollo   

Es el verano de 2010 y el autobús maniobra lentamente hasta dejar atrás el bullicio de la terminal de la tapo, en el D.F. A través de la ventana veo pasar el cielo gris plomizo y las casas que, cada vez más dispersas, me indican que vamos dejando atrás la gran ciudad. Los olores del camión se han vuelto ya parte de una rutina semanal a la que me he ido acostumbrando, y el sueño me va ganando. Cuatro horas después me despierto en otro mundo. Estoy en el corazón de un paisaje semidesértico en el que no hay ni rastro de concreto y las laderas escarpadas que bordean la carretera están tapizadas de cactáceas de mil tonos de verde que me recuerdan las pinceladas de Van Gogh. Así, medio dormida todavía, me adentro lentamente en la que será mi “oficina” durante los próximos meses: la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, en los estados de Puebla y Oaxaca.

Hace ya seis años que llegué a México para trabajar con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID), un órgano de gestión del Gobierno de España cuyo objetivo es contribuir a la erradicación de la pobreza en el mundo. Mis primeros meses en la oficina fueron un necesario periodo de adaptación a una cultura diferente que implicó mucho trabajo administrativo. Pero pasada esta primera etapa, el proyecto en Tehuacán-Cuicatlán me dio por fin la oportunidad de trabajar en campo, más cerca de la realidad de las comunidades y de la naturaleza, uno de los motivos principales por los que me dediqué a este trabajo.

El objetivo general del proyecto era apoyar el trabajo de gestión de la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp) para contribuir al desarrollo sostenible de las comunidades que habitan en el interior de la reserva. La presencia de poblaciones humanas dentro de un área natural protegida es una situación muy frecuente en México, ya que el 70% de la superficie protegida está en tierras de propiedad social (ejidos) o privada. No sorprende, por lo tanto, que la Reserva de la Biosfera sea la figura de protección más extendida en el país: esta categoría no solo promueve la conservación de la biodiversidad, la investigación científica y la educación ambiental, sino también el desarrollo económico y humano de estas zonas. Como cabe esperar, la gestión en estos espacios representa un verdadero reto profesional, por lo que inicié en el proyecto con entusiasmo, pero también con algo de inquietud.

Jaime Rojo, Pareja de guacamayas verdes (Ara militares), Cañón del Sabino, Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, Santa María Tecomavaca, Oaxaca.

Jaime Rojo, Pareja de guacamayas verdes (Ara militares), Cañón del Sabino, Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, Santa María Tecomavaca, Oaxaca.

El proyecto tenía un plazo de ejecución muy concreto y unos objetivos claros, así que solo había que poner manos a la obra. Sin embargo, con las comunidades dispersas en una gigantesca extensión cercana al medio millón de hectáreas (más o menos la superficie de todo el estado de Morelos) y con terrenos escarpados cuyos caminos de terracería pasaban de 500 a 3 mil metros de altitud en cuestión de minutos, resultaba obvio que no íbamos a poder abarcarlo todo. Por eso nos enfocamos en cuatro componentes temáticos: ecoturismo, artesanías en palma y barro, control de la erosión y cultivo de la pitahaya, y seleccionamos aquellas comunidades con mayor potencial para dar resultados.

Ecoturismo

Las ciudades están creciendo muy rápido y para 2030 se espera que el 60% de la población viva en zonas urbanas. Estamos cada día mas desconectados del mundo natural al que pertenecemos, pero no por ello hemos perdido la necesidad de mirar a lo lejos, respirar aire limpio, sentir el sosiego o ejercitar el cuerpo en una buena caminata, rodeados de vegetación. El ecoturismo nace para suplir estas carencias. Se trata de una actividad que, si está bien enfocada y respeta la capacidad de carga de los espacios naturales, puede dar grandes satisfacciones y además convertirse en una nueva fuente de ingresos para las comunidades de las áreas naturales protegidas.

Aplicándome el cuento, una de las primeras vacaciones que tuve en este proyecto la pasé en uno de los rincones de la reserva: el Cañón del Sabino, en las inmediaciones de Santa María Tecomavaca, donde anida una población de guacamayas verdes (Ara militaris). Estas aves son enormes, escandalosas, coloridas y alegres, no dejan indiferente a nadie, por lo que durante años sufrieron el azote del tráfico ilegal para ser vendidas como animales de compañía, y hoy se consideran una especie amenazada. Durante la temporada de cría se han llegado a registrar más de 140 parejas en este cañón que ofrece a los visitantes una experiencia inolvidable. Pero como todo lo bueno, hay que ganárselo. Para llegar al mirador desde donde se pueden ver las guacamayas, hace falta caminar casi una hora cuesta arriba y con un calor abrasador, que aprieta incluso antes de amanecer. Una vez arriba, apoyada en la mochila y con los binoculares en la mano, me siento muy a gusto. Desconectada de la cantidad de estímulos de nuestra sociedad moderna, sin celular, sin el ruido de fondo del tráfico, sin luces que impidan ver las estrellas, mi mente descansa y poco a poco me voy dejando envolver por los ritmos de la naturaleza. Al amanecer, empiezo a escuchar los gritos de las guacamayas que resuenan en las paredes del cañón; se están preparando para salir a buscar comida y no regresarán hasta el anochecer, así que esta es la mejor oportunidad que tengo para verlas. Observando con atención descubro por fin una pareja posada en las ramas de un arbolillo que crece en la pared de enfrente desafiando la gravedad. De pronto, alzan el vuelo y se suman a una bandada que abandona el cañón. Y así, una tras otra, las parejas van perdiéndose en el paisaje, dejándome nada más con el eco de sus voces. No son ni las diez de la mañana, pero el calor ya está fuertísimo, así que bajo hacia las cabañas a descansar un rato. Como parte del proyecto, en la parte baja del cañón construimos unos baños compartidos y unas cabañas de adobe, rústicas pero muy agradables. Tras un día de calor intenso y una segunda subida al cañón al atardecer, la ducha me sabe a gloria, y después de cenar algo, rendida de sueño, me voy a la cama a leer con mi linterna, con la paz que solo da dormir en el campo. Con suerte, en una visita nocturna al baño, me toparé con una asidua visitante de la zona, una pequeña zorrita gris que ha hecho del campamento su territorio.

El gran reto de cualquier estrategia de ecoturismo es encontrar el adecuado equilibrio entre actividades que sean respetuosas con el medio ambiente, que aporten ingresos a las comunidades locales y que mantengan la calidad de la experiencia para los visitantes. A menudo vemos cómo se desvirtúan ideas que originalmente eran buenas pero que con el afán de generar más beneficio económico exceden la capacidad de carga de la zona y se acaba dañando el terreno. Por eso desde el inicio del proyecto tuvimos muy claro que había que diseñar una estrategia que regulara estas actividades. Además de construir infraestructuras de bajo impacto, se entrenó a gente de las comunidades como guías de ecoturismo, se hicieron carteles interpretativos y se asistió a ferias para dar a conocer el producto, entre muchas otras cosas.

Jaime Rojo, Atardecer en el Cañón del Sabino, Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, Santa María Tecomavaca, Oaxaca.

Jaime Rojo, Atardecer en el Cañón del Sabino, Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, Santa María Tecomavaca, Oaxaca.

Reconozco que ir a ver las guacamayas es un turismo muy especializado, para amantes de las aves, y los últimos datos de visitación lo corroboran: aunque el turismo en otras actividades de la reserva ha ido creciendo gradualmente, las visitas a las guacamayas se han mantenido estables, lo que no necesariamente es malo, ya que el impacto en la población de las aves podría ser muy grave. Afortunadamente, la reserva ofrece multitud de opciones de turismo que no tienen tanto impacto y que van desde el jardín botánico “Helia Bravo Hollis”, una joya para los amantes de los ecosistemas desérticos, a los fósiles de turritelas o las huellas de dinosaurios de San Juan Raya, entre muchas otras.

Artesanías

Además de disfrutar del paisaje y de sus animales y plantas, los visitantes de Tehuacán-Cuicatlán encuentran en esta región una gran diversidad de artesanías hechas con productos locales, símbolo de la identidad cultural de las poblaciones indígenas de la zona y que hoy en día se ha convertido en una alternativa para mejorar el nivel económico de sus habitantes. Por este motivo, otro de los componentes del proyecto se centró en la promoción de las artesanías, concretamente la alfarería de barro bruñido y los artículos elaborados con hoja de palma (los “belenes” o nacimientos hechos con esta técnica han obtenido varios premios nacionales).

Me duele ver cómo en España se están perdiendo muchos oficios tradicionales por dejar de ser “rentables” y por no poder competir con el destructivo ciclo de comprar–tirar–comprar del capitalismo moderno, que se basa en consumir cada vez más, más barato y sin importar la calidad y los impactos que generan los productos que compramos. No me sorprende que la mayoría de los españoles que conozco se vuelvan locos con la calidad y la diversidad de formas, materiales y texturas de las artesanías de México. Aprovechando una visita de mis padres, fuimos a conocer la comunidad de origen popoloca de Los Reyes Metzontla, en el corazón de la reserva. Aquí, el barro bruñido es la principal fuente de ingresos para el 90% de la población: una técnica desarrollada hace milenios por las primeras tribus sedentarias que ocuparon estas tierras poblanas. Tanto tiempo después, la tradición no solo sobrevive, sino que además, gracias al proyecto, ha incorporado tecnologías más eficientes —como hornos de ahorro energético— y ha desarrollado una estrategia de promoción que incluye la difusión de la marca Tuanda y la construcción de un centro de artesanías para los visitantes donde se pueden comprar productos y aprender más sobre esta técnica ancestral.

Una de las mujeres artesanas de la comunidad nos invita a su taller para conocer el proceso. En la penumbra, entre las paredes de adobe, mis ojos empiezan a distinguir las formas parduzcas de cientos de cuencos, platos y jarras que están apilados en el suelo. Para convertir la arcilla en barro bruñido hay que frotar la pieza todavía húmeda con un objeto liso, generalmente una piedra de cuarzo, a fin de cerrar los poros antes de cocerla a una temperatura de 500-800 ºC. Solo así se puede conseguir ese brillo tan característico y la impermeabilidad que hace de estas unas piezas bonitas y funcionales y, más importante aún, sin aplicar ningún barniz, que en muchos casos posee un alto contenido en plomo, tan perjudicial para la salud. Además, como sucede a menudo con las artesanías, no hay dos iguales: cada pieza es única e irrepetible.

Pitahaya

Me encantan los tianguis mexicanos y su mezcla de olores y colores de frutas: zapote, mango, mamey, guayaba. Pero si hay una fruta que me evoca a este país es la pitahaya. Con sus formas extravagantes y su color rosa mexicano, el fruto de esta cactácea es el resultado de la adaptación a las elevadas temperaturas y las escasas precipitaciones de los desiertos mixtecos. En Tehuacán-Cuicatlán, varias comunidades —un grupo de personas de inmensa energía y entusiasmadas con su trabajo— viven de la producción de esta fruta. Durante todo el proyecto trabajamos con ellas mejorando la calidad del producto y su producción, eliminando intermediarios en la distribución y promocionando el consumo de la pitahaya en la región con la edición de un libro de recetas cuyo ingrediente principal es esta fruta, entre muchas otras cosas. También se contribuyó a la conservación de los recursos forestales autóctonos, usando árboles de mezquite como tutores vivos para las plantaciones.

Jaime Rojo, Paisaje de sierras y cactáceas, Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, Los Reyes Metzontla, Puebla.

Jaime Rojo, Paisaje de sierras y cactáceas, Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, Los Reyes Metzontla, Puebla.

Cada año se celebra la feria de la pitahaya, en la cual se lleva a cabo un concurso de la pitahaya más grande: el año pasado se superaron todos los récords con una pieza de mil 450 gramos que demuestra que existe un mejor manejo de las plantaciones. Siempre recordaré estas visitas a las comunidades productoras de pitahaya por el cariño de su gente y por su generosidad, ya que en las condiciones más duras que se pueda uno imaginar de sequía y escasez, siempre encontraban ocasión para celebrar nuestra presencia con un gran festín de barbacoas de chivo en hoja de maguey y agua de pitahaya.

Erosión

Los requerimientos de espacio y alimento para las comunidades ejercen una fuerte presión sobre el terreno, ya que la vegetación nativa es reemplazada por tierras de cultivo y ganado. Esto provoca un fuerte proceso de degradación y erosión del suelo que se agrava en época de lluvias, cuando la cantidad de agua que cae de manera torrencial en unas horas arrastra la capa superficial que ha quedado desprotegida. Varias veces tuvimos que suspender actividades en las comunidades por estar los caminos cortados a causa de los deslaves. Se inició un programa de construcción de micro-represas, gaviones, bordos en curvas de nivel y siembras de plantas nativas, todas ellas técnicas orientadas a frenar la velocidad del agua, evitar la erosión del suelo y favorecer la recarga de los acuíferos. Son obras costosas y por ello el alcance fue limitado, pero elaboramos un sencillo manual para que los habitantes de las comunidades pudieran acometerlas por su cuenta, ya que algunas no requieren material alguno. Ahora es común escuchar en algunas comunidades que el agua ya no les escasea como antes de realizar estas obras.

Recuerdo que durante mi infancia, la imagen de México se resumía con un anuncio televisivo de una marca de tomate que mostraba a un par de mexicanos con acento norteño, enfundados en sus ponchos y con su sombrero de paja y, por supuesto, un cactus detrás. Vivir en este país me ha permitido conocer que Méxicos hay muchos y muy bonitos, y que como extranjeros muchas veces nos quedamos anclados en sota, caballo y rey. Así que a las personas que no conozcan la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán, las animo a visitarla, a descubrir sus rincones más escondidos, a comprar los productos de las comunidades y, sobre todo, a cuidarla y respetarla.1

1 Para más información, visita la página de la Reserva de la Biosfera Tehuacán-Cuicatlán: http://tehuacan-cuicatlan.conanp.gob.mx/index.php.

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FÁTIMA ANDRADE (Sevilla, España) estudió Ciencias Ambientales. Lleva más de seis años en México trabajando con la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) en proyectos de medio ambiente.

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