El ruido que silencia la Ciudad de México

El ruido constituye el segundo contaminante ambiental en México; afecta gravemente la salud de las personas y animales. La contaminación acústica generada por el transporte, la construcción y el tráfico aéreo en la capital se propaga sin control haciendo de esta megaurbe un lugar cada día menos habitable para sus ciudadanos.

Texto de 13/12/22

El ruido constituye el segundo contaminante ambiental en México; afecta gravemente la salud de las personas y animales. La contaminación acústica generada por el transporte, la construcción y el tráfico aéreo en la capital se propaga sin control haciendo de esta megaurbe un lugar cada día menos habitable para sus ciudadanos.

Regresar de noche a la gran Tenochtitlan y divisar desde la ventanilla de un avión siempre resulta un encuentro con el infinito. Desde las alturas del cielo oscuro pareciera que la Ciudad de México no tiene límites, una urbe desbordando la inmensidad, resistiendo a la colonización de las más de 9 millones de personas que la habitan, de los carteles inmobiliarios y los nudos de carreteras, construcciones, segundos pisos y asentamientos humanos.

“Una ciudad caótica, confusa, en la que los componentes sonoros nunca se extinguen por completo”, destaca Jimena de Gortari. Especializada en la regeneración urbana de espacios públicos esta arquitecta lleva más de una década estudiando las dinámicas sonoras del exterior, esos ruidos que han convertido a la capital mexicana en una de las ciudades con mayor contaminación sonora del mundo. “El aumento de los entornos acústicos saturados se ha vuelto un mal silencioso”, asegura la profesora e investigadora del Departamento de Arquitectura, Urbanismo e Ingeniería Civil de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México (Ibero).

Según describe la Organización Mundial de la Salud (OMS), el ruido es la primera molestia ambiental en los países industrializados. El crecimiento permanente del trazo urbano está provocando una propagación cada vez mayor de la contaminación acústica. “En la Ciudad de México el ruido sobrepasa todos los límites. Nos hemos acostumbrado a vivir en niveles que son dañinos para la salud”, señala de Gortari.

“El crecimiento permanente del trazo urbano está provocando una propagación cada vez mayor de la contaminación acústica”.

La orografía en la que se enmarca la urbe mexicana, sobre los cuatro valles que perfilan el relieve de la capital, no ayuda a paliar el alboroto. “Vivimos en una cuenca y los sonidos rebotan”, matiza la arquitecta que en el 2018 arrancó el proyecto Diario Sonoro, una iniciativa que invita a escuchar con atención lo que sucede a nuestro alrededor para recuperar los sonidos que estaban olvidados o de los cuales no nos habíamos percatado. 

“Lo inicié en una clase con mis estudiantes y cuando llegó la pandemia lo hice público. Cuando nos confinaron la gente quedó impresionada con el silencio, aquel que permitía escuchar otros sonidos, el de una ciudad en calma”, cuenta la investigadora. Mientras el coronavirus amenazaba la salud de la población en todo el mundo, la gente encerrada en sus casas se dio cuenta de que en las ciudades había aves. “Pájaros muy distintos que emitían sonidos muy diversos. La gente empezó a escuchar a sus vecinos cantar y en otras actividades, descubrieron al que vive a su lado”, asegura la autora de Diario Sonoro, una herramienta que “trata de exhibir los ritmos que posee la actividad diaria, aquellos que dejamos de escuchar cuando regresamos a la normalidad”. Aquellos silenciados por el tráfico aéreo y el tránsito vehicular, las obras interminables, el ruido de una ciudad en constante construcción.

Los cantos de las aves se apagan, oídos que ensordecen

Cuando el confinamiento llegó a su fin el alboroto metropolitano y sus rumores insoportables regresaron, despojaron a las ciudades de insectos y aves, ahogaron los cantos que durante unos meses habían vuelto a escucharse en las calles. Expertos llevan años advirtiendo cómo la contaminación lumínica y acústica altera el comportamiento de estos animales: el estrés que sufren impacta en su ciclo vital y, en consecuencia, en su reproducción.  Debido al daño que están sufriendo sus sistemas auditivos, aquellos pájaros urbanitas acostumbrados a cantarle al alba empiezan a modificar sus horarios. Los machos, que cada vez deben cantar más alto para ser los candidatos seleccionados por las hembras, acaban agotados de invertir toda su energía en tratar de impresionarlas al tiempo que estas desarrollan problemas para incubar en paz. 

No sólo la fauna se ve afectada por el ruido citadino, en la salud humana también tiene consecuencias directas. “La exposición prolongada a niveles de ruido muy altos puede provocar enfermedades crónicas, como la hipertensión o enfermedades cardíacas”, apunta de Gortari, mencionando algunos de los fatales perjuicios de la contaminación acústica.

Diversos estudios señalan que intensidades a partir de los 85 decibeles pueden vulnerar nuestro sistema nervioso, provocando estrés, fatiga, ira, además de afectaciones como sordera. “El daño que ocasiona el ruido en la audición suele ser generalmente un proceso lento pero muy peligroso para la salud”, advierte la investigadora.

La exposición constante a los ruidos también afecta a la comprensión, la memoria, trastornos del sueño y tiene efectos en el comportamiento social. “Tenemos que empezar a reflexionar sobre las reacciones violentas que genera en este país la exposición constante al ruido. Si no dormimos bien, se disparan los niveles de estrés y ansiedad y se generan respuestas violentas. ¡Hablamos de un problema gravísimo!”, señala la arquitecta para quien el claxon o el tráfico aéreo de la ciudad que habita “ya resultan insoportables. Aunque para mí el peor ruido es el de las obras, el de un taladro agudo, como el que se escucha en la consulta del dentista cuando te quitan una muela”.

“La exposición constante a los ruidos también afecta a la comprensión, la memoria, trastornos del sueño y tiene efectos en el comportamiento social”.

Una ciudad que rebasa los límites acústicos

Entre las diversas fuentes de ruido identificadas en los ambientes urbanos, la de los medios de transporte resulta de las más perjudiciales. A través de guías elaboradas para el ruido urbano, la OMS ha establecido restricciones para las distintas actividades y el tiempo máximo durante el que se puede estar expuesto. “En México rebasamos por mucho esos parámetros y las estrategias planteadas hasta el momento no han sido efectivas”, denuncia de Gortari, que ejerce como consejera ciudadana para la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial de la capital (PAOT), la única institución gubernamental con competencias para la regulación sonora. “Los acompaño en el patrullaje, en las revisiones que llevan a cabo en distintos establecimientos”, cuenta la especialista, para quien estamos muy lejos de lograr una debida regulación de la acústica contaminante.

“En el 2011, la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) y la Secretaría del Medio Ambiente y Recursos Naturales (SEMARNAT) iniciaron un mapa de ruido sobre los modelos de tráfico. Era una iniciativa prometedora porque íbamos a tener unos parámetros para empezar a pensar en reglamento. Pero el proyecto se abandonó”, lamenta la investigadora. 

A pesar de que la Ciudad de México cuenta con la normatividad más estricta sobre el ruido en todo el país, no es suficiente. El reglamento vigente en la capital establece límites a las fuentes fijas generadoras de ruido para las zonas residenciales, industriales, comerciales, escuelas, ceremonias, festivales y eventos de entretenimiento, determinando como parámetros máximos permitidos los 65 decibeles por día y los 62 para las horas nocturnas. Sin embargo, como aclara la experta, “si la norma no va acompañada de campañas de sensibilización se queda en letra muerta. Además, la inmensidad de esta ciudad no permite instalar sonómetros para medir correctamente”.

En los últimos diez años la contaminación por ruido ha sido una de las tres principales causas de denuncia ciudadana; existen infracciones para quienes la producen. “Pero esto implica que quienes pueden permitírselo, paguen por su derecho a hacer ruido. Lo que expone otra realidad: el silencio, el derecho a él, se vuelve una cuestión de desigualdad e injusticia”, destaca la arquitecta.

El ruido ambiental está directamente relacionado con la calidad de vida, el bienestar y la salud mental. Y poder aislarse de los entornos saturados que invaden las ciudades es ya un privilegio. “El ruido se ha vuelto una cuestión de segregación espacial. La gente que tiene dinero puede mejorar su vivienda, construir un jardín que absorba la contaminación, poner doble vidrio a sus ventanas. Tiene la posibilidad de elegir vivir en lugares más silenciosos. Pero para eso hay que tener poder adquisitivo”, aclara de Gortari.

“El ruido es el segundo contaminante ambiental en México, pero como sus efectos son invisibles, apenas se habla de él”. 

El ruido es el segundo contaminante ambiental en México, pero como sus efectos son invisibles, apenas se habla de él. “Tampoco hay campañas de sensibilización”, advierte la investigadora para quien se requieren acciones urgentes. “No solo es necesario una mejora arquitectónica urbana, sino un cambio social, de chip. No podemos seguir argumentando que somos una cultura ruidosa para justificar y seguir tolerando este gran problema”, puntualiza la especialista.

 “La contaminación acústica debería ya formar parte de la agenda política, convertirse en una cuestión transversal de cualquier política pública urbana. Pero como es un tema que no se aprecia, como no hay fotografía, a los gobernantes y a las autoridades no les interesa”, denuncia de Gortari. Mientras no se tomen medidas para frenar el ruido citadino ella sigue difundiendo su Diario Sonoro para crear conciencia sobre todo lo que nos está arrebatando ese mal invisible que se extiende cada día, abarcando de forma cada vez más agresiva la inmensidad de la Ciudad de México. EP

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