Revive el río, revive la esperanza

En esta crónica, Tamara Blazquez Haik nos lleva de paseo por el delta del río Colorado, que ha comenzado a renacer gracias a la Alianza Revive el Río Colorado y el esfuerzo de diversas personas locales.

Texto de 26/04/22

En esta crónica, Tamara Blazquez Haik nos lleva de paseo por el delta del río Colorado, que ha comenzado a renacer gracias a la Alianza Revive el Río Colorado y el esfuerzo de diversas personas locales.

Nuestro planeta atraviesa una de las peores crisis hídricas en su historia. De acuerdo con la ONU, 2 mil millones de personas sufren ya la escasez de agua; además, según la UNESCO: “El 80% de las aguas residuales retornan al ecosistema sin ser tratadas o reutilizadas”. Esto es sumamente preocupante, ya que el uso excesivo de agua, así como la falta de esta y la contaminación hídrica provocan también una alarmante reducción de la biodiversidad.

En México, de acuerdo con el Servicio Meteorológico Nacional (SMN), 83,9% del territorio nacional sufre sequías que se intensifican año con año. Sus consecuencias afectan no solo a la biodiversidad, sino también a todas las familias mexicanas y en especial a aquellas dedicadas a la agricultura y actividades similares.

Esta es también la realidad de la zona del delta del río Colorado, área que abarca parte de Baja California y Sonora, que desde hace varias décadas se ha secado poco a poco. El río Colorado es uno de los más importantes de Norteamérica: abastece con agua a más de 36 millones de personas tanto en EUA como en México. Asimismo, el delta —conocido también como el “Nilo Americano”— llegó a extenderse a lo largo de 2 millones de hectáreas, creando así humedales, ciénagas y vastos ecosistemas llenos de vida que se propagaron desde la punta suroeste de EUA hasta el Mar de Cortés en el Golfo de California.

Sin embargo, entre 1998 y 2001 el flujo de agua dejó de alcanzar el océano, debido a distintos factores como la construcción de presas en EUA a lo largo del cauce del río, así como el uso excesivo de agua por los asentamientos en los siete estados que el río recorre en el país del norte. Esto ocasionó un deterioro en los ecosistemas y la biodiversidad dependientes del delta para su supervivencia, así como para las comunidades y pueblos originarios que durante miles de años desarrollaron sus vidas y culturas en torno al río.

Por ello, desde hace 15 años, existe un esfuerzo binacional entre México y Estados Unidos para “Revivir El Río” y regresar el flujo del agua al delta. Este esfuerzo es conocido como la “Alianza Revive el Río Colorado”; está conformada por cinco organizaciones de la sociedad civil: The Redford Center, The Nature Conservancy, Pronatura Noroeste, Restauremos el Colorado, Sonoran Institute, Audubon Society. En 2014, gracias al enorme trabajo de restauración de la Alianza Revive El Río, el delta del río Colorado renació y su cauce lleno de agua fluyó hasta alcanzar el Mar de Cortés una vez más. Este flujo de agua fue algo temporal, pero ha servido para revivir algo más que el delta, algo que hace tiempo ya se había perdido en este territorio: la esperanza. 

La esperanza que ha revivido no es solo que el agua puede y podrá volver a fluir por todo el delta de forma permanente en un futuro no muy lejano, sino que también pueden ser restaurados y renacer los ecosistemas como humedales, bosques riparios, ciénegas y otros, tan deteriorados por las sequía y la falta de agua en el delta. Y, de hecho, durante más de diez años, estas ONG han trabajado incansablemente para traer el agua de vuelta al río y restaurar estas áreas naturales tan importantes. Todo para lograr un verdadero renacer del delta del río Colorado: al traer de vuelta la vegetación y toda la biodiversidad de estos ecosistemas, el ciclo del agua podría normalizarse, y el agua y toda la vida en el delta volver a ser lo que una vez fue.

Esto también es de suma importancia para todas las comunidades que dependen del río y su biodiversidad para sobrevivir. Por ello, los esfuerzos de restauración del delta no solo han caído en manos de los expertos, ONG y autoridades, sino también de la gente local que ha estado involucrada en estos esfuerzos, ya que sin su apoyo, la restauración y conservación de la naturaleza no serían exitosas.

Tuve la oportunidad de visitar el delta del río Colorado a principios de noviembre de 2021 de la mano de la Alianza Revive el Río para documentar la fauna habitante, así como algunas de las zonas de restauración. Pude experimentar en carne propia cómo estos esfuerzos de años, sin duda alguna, han revivido el delta y la esperanza de todos los seres que habitan aquí.

Llegué a Mexicali desde la enorme Ciudad de México el domingo 31 de octubre; fui recibida por Jesús Salazar, fotógrafo oficial de la Alianza y quien me acompañaría a lo largo de la semana de trabajo. Ese mismo día nos trasladamos a la ciudad fronteriza de San Luis Río Colorado, que alguna vez sirvió como puerto para las embarcaciones que navegaban por el río desde el Golfo de California. Descansamos y nos preparamos para el día siguiente que comenzaría esta aventura en los distintos sitios de restauración del delta.

El lunes 1° de noviembre iniciamos a las 4:45 am, acompañados de nuestras anfitrionas Yuliana Dimas y Alejandra Calvo de Pronatura Noroeste, con quienes compartiríamos esta experiencia durante los siguientes tres días. Nos dirigimos a la Ciénaga de Santa Clara en el ejido de Luis Encinos Johnson, el humedal más grande en el delta del río Colorado, parte de la Reserva de la Biosfera Alto Golfo de California y Delta del Río Colorado y hogar de unas 240 especies de aves. 

Llegamos a la Ciénaga justo al amanecer: fue todo un espectáculo inolvidable de la naturaleza. Ahí nos recibió Juan Butrón —colaborador de Pronatura desde hace más de 20 años y habitante del ejido— y el Sr. Miguel —nuestro capitán durante el paseo en lancha por la ciénega—. Estaban acompañados por Piraña, un simpático perrito que también fungió como capitán.

Durante el recorrido, pudimos observar distintas especies de aves mientras escuchábamos los relatos del Sr. Juan Butrón, quien ha vivido en el ejido y el delta toda su vida y, además, es un gran experto en aves junto con Yuliana y Alejandra. Nos contó de las especies que antes se veían en la zona y que desaparecieron junto con el agua, pero que han vuelto poco a poco conforme los esfuerzos exitosos de restauración, en los cuales él y varios miembros de su familia participan.

Sin duda, la Ciénega de Santa Clara es un lugar lleno de vida: se pueden observar cientos de especies de aves y, con algo de suerte, otras especies de fauna, como los curiosos mapaches que a veces cruzan las partes estrechas de la ciénega nadando aún cuando el lugar esté cubierto de niebla como en aquella fría mañana.

Después de la ciénega, seguimos el recorrido por el ejido hacia el estuario del delta. A medio día la niebla se había disipado y pudimos observar paisajes fantásticos que a mi parecer eran surreales y realmente bellos, como nada que hubiese visto antes. Logramos avistar algunas aves playeras —como monjitas americanas y patos de distintas especies más hacia el cauce del río Colorado—, así como algunas aves rapaces. Además, vimos las huellas de coyotes y mapaches: nos indicaban que esos hermosos e importantes animales habían estado en el sitio tan solo unas horas antes que nosotros.

Siempre me ha parecido maravillosa esa sensación de saber que en el sitio donde estás parado, caminó también un importante individuo de una especie tope, como el coyote. Aunque como fotógrafa, es algo frustrante no poderlos ver en vivo y a todo color.

Al terminar el breve recorrido por el estuario, nos dirigimos a distintos sitios a lo largo del delta, como al cauce del río que pasa por debajo del puente del ferrocarril. Observamos algunos patos, cormoranes, gaviotas y otras aves acuáticas. De ahí nos dirigimos al sitio de restauración conocido como El Chausse.

El Chausse es uno de los sitios de restauración en los que han trabajado las ONG en conjunto con las comunidades locales para restaurar humedales, bosque ripario y de mezquite y otros ecosistemas. Al involucrar a las comunidades han generado decenas de empleos, empoderando a las personas con estos esfuerzos de conservación y logrando resultados maravillosos.

Ahí pudimos admirar un atardecer hermoso, acompañado de aullidos de coyotes y de paisajes contrastantes entre el desierto y los bosques de álamo y sauce. Al caer la noche, volvimos a San Luis para descansar.

El martes comenzamos el día a las 5:45 am. Yuliana y Alejandra fueron nuevamente nuestras compañeras y guías en Miguel Alemán, sitio de bosque restaurado en conjunto con las comunidades locales con más de 140 mil árboles. El equipo de monitoreo de aves de Pronatura Noroeste llevó a cabo la actividad de monitoreo y bandeo de aves que llegan al sitio, y Jesús y yo pudimos unirnos, o más bien, acompañar al equipo de Pronatura mientras realizaban esta actividad fundamental.

A las 6 am se colocaron las 16 redes de niebla por todo el sitio y, conforme fue avanzando el día, varias aves cayeron en las redes. Fueron llevadas al centro de monitoreo para la toma de sus datos biométricos y posteriormente fueron liberadas. 

Las aves son importantes indicadores de la salud de un ecosistema, así que el hecho de que en este sitio se puedan capturar distintas especies, tanto residentes como migratorias, nos dice que la restauración ha sido exitosa. Esto debido a que la fauna y demás biodiversidad está volviendo a los distintos sitios que han sido recuperados a lo largo del delta. Ningún ave fue lastimada en este proceso de monitoreo y realmente quedé sorprendida de la destreza y expertise del equipo de monitoreo de Pronatura, así como la delicadeza y respeto con las que las aves eran tratadas.

Al finalizar la actividad, hicimos una breve visita a la presa Morelos, la cual es una de las tantas presas que controla el flujo del río Colorado. Al finalizar el día, nos dirigimos al humedal artificial Cucapá, a unos minutos de San Luis Río Colorado para presenciar el atardecer.

Este humedal artificial de 20 hectáreas recibe el agua de la planta de tratamiento de la ciudad y es hogar de aves como patos y otras especies. Además, es un sitio maravilloso para admirar el atardecer con todos los hermosos colores que pintan el cielo antes de que el sol se esconda para darle paso a la noche. Con eso cerramos el segundo día en el delta.

El tercer día lo iniciamos nuevamente de madrugada. Yuliana, Alejandra, Jesús y yo visitamos el humedal El Doctor, un humedal prioritario y paso de aves migratorias, donde pudimos fotografiar bastantes especies y gozar de un hermoso paisaje y amanecer.

En ese lugar caminé por las marismas en compañía de especies como garzas blancas y de dedos dorados, chorlitos y playeritos diminutos. Al finalizar esta visita, nos dirigimos al Golfo de Santa Clara para fotografiar aves, como el zarapito mayor, pihuihuí alas blancas, pelícanos y otros.

La vida de las aves en el Golfo parece ser muy tranquila a pesar de las urbanizaciones aledañas. Sin embargo, se ven forzadas a vivir en conjunto con la basura que llega a las playas arrastradas por el Mar de Cortés —que en su mayoría son desechos plásticos como botellas de PET y redes de pesca—. La fauna feral, como perros sin hogar, también es una amenaza para ellas: ese día pudimos observar un grupo de perros persiguiendo una parvada grande de aves playeras. Intentamos disuadirlos sin éxito. Cabe recordar la importancia de seguir educando a la población para esterilizar a perros y gatos, adoptarlos y, por supuesto, jamás abandonarlos.

Este día lo terminamos mucho antes del atardecer, porque Jesús y yo debíamos regresar a Mexicali para la segunda parte del viaje. Después de una deliciosa comida, nos despedimos de nuestras extraordinarias y expertas anfitriones, Yuli y Ale, y nos encaminamos a Mexicali.

En Mexicali nos encontramos unos minutos con Gabriela Olmos del Sonoran Institute y con Erin O’Connor, reportero de The Washington Post que nos estaría acompañando los días jueves y viernes para conocer más acerca de la situación del delta y trabajar en un reportaje. 

El jueves nuestro anfitrión y guía experto fue Tomás Rivas del Sonoran Institute. Junto con Erin O’Connor y Jesús visitamos nuevamente el estuario del delta y pudimos gozar de un amanecer maravilloso con las aves a nuestro alrededor y los surreales y únicos paisajes de esta área.

Al bajar la marea y por ahí del mediodía, pudimos ver de cerca los millones de cangrejos que habitan el estuario y, como toda buena fotógrafa de vida silvestre y conservación, no pude quedarme sin mi foto. Así que bajé al lodo, donde era casi imposible caminar: todo mi cuerpo parecía hundirse. Entonces, mejor me tiré al suelo para estar a nivel de los cangrejos y lograr uno que otro retrato íntimo de estos pequeñísimos crustáceos.

Esa fue, sin duda, la parte fácil y divertida; lo difícil fue regresar al bordo que formaba el camino y salir del lodo movedizo. Por supuesto, salí enlodada de pies a cabeza, pero son los gajes del oficio y logré las fotografías deseadas.

Después del estuario hicimos una muy breve visita al sitio de restauración de Laguna Grande, donde saludamos al equipo de Pronatura Noroeste que estaba monitoreando de nuevo a las aves, solo que ahora en este sitio. No nos quedamos mucho tiempo pues acompañamos a Erin a entrevistar a uno de los agricultores locales.

El viernes llegamos a Laguna Grande antes del amanecer con la esperanza de encontrarnos con los castores, que son una de las especies que han vuelto al delta gracias a los esfuerzos de conservación y restauración de la Alianza y la gente local. Erin y Jesús se encaminaron al centro de monitoreo de aves; yo me quedé esperando al castor cerca de uno de los brazos del Colorado, pero sin suerte alguna de ver al carismático roedor. Después de un rato de observar y fotografiar aves al amanecer, me reuní con mis compañeros y el equipo de Pronatura Noroeste, mientras Tomás alistaba los kayaks que usaríamos para navegar unas horas por el río.

Remar en un kayak fue una gran experiencia para mí: fue la primera vez que lo hacía y no pude evitar estrellarme un par de veces contra los tulares y otra vegetación de las orillas del río en lo que aprendía a remar decentemente —y cuidando siempre que mi cámara no terminara en el fondo del río—. Una vez que le agarré la onda, logré llevarle el paso a Tomás, quien nos iba guiando por el cauce del río mientras hacíamos una que otra pausa para hacer fotografías del paisaje o de la fauna. El objetivo del paseo en kayak no era solo conocer el río de una forma más íntima, sino también toparnos con los castores; nuevamente, no hubo suerte. Así es con la fauna: no siempre logramos encontrarla y mucho menos fotografiarla, pero la experiencia de navegar por kayak a lo largo del río y de regreso a Laguna Grande, sin duda, ha sido una de las mejores experiencias de toda mi vida como fotógrafa hasta ahora.

Luego de un merecido descanso a las orillas del río después del kayak, me dispuse a fotografiar a los insectos. Los había ignorado hasta ese momento y se encontraban muy ocupados recolectando néctar de las flores de los arbustos de mezquite y otras plantas en la zona de Laguna Grande. 

Me sorprendió la diversidad de insectos habitantes de este hábitat; en un solo arbusto podían observarse abejas nativas, mariposas, hormigas, libélulas y, para mi sorpresa, también uno que otro reptil pequeño que buscaba esconderse de mí.

Sin duda, Laguna Grande es un hermoso lugar para observar aves y fauna, así como para caminar tranquilamente por los senderos del bosque de álamos, sauces y mezquites. Este es otro de los sitios que se han podido restaurar y esto ha traído consigo un aumento en la biodiversidad de la zona, la cual se necesita visitar más de un día para poder fotografiar a todas las especies que ahí habitan, en especial al elusivo castor.

Al finalizar el día, volvimos a Mexicali y nos despedimos de Tomás con la promesa de repetir la salida en algún futuro cercano. Esa noche me despedí también de Erin y de Jesús: ellos volverían a sus respectivos hogares muy temprano el sábado por la mañana, y yo saldría de Mexicali y de vuelta a Ciudad de México hasta el mediodía.

Regresé a casa con esa nostalgia que me invade siempre después de cualquier viaje, pero esta vez con un grato sentimiento: observar de primera mano estos esfuerzos titánicos de restauración para revivir el delta del río Colorado, no solo fue un enorme aprendizaje, sino que revivió en mí esa llama de la esperanza que muchas veces se debilita —como seguro le sucede a cualquier conservacionista y activista que ha visto, como yo, de primera mano la destrucción de ecosistemas enteros sin poder hacer mucho al respecto—.

Sin duda, el grandioso trabajo que la Alianza Revive el Río ha llevado a cabo a lo largo de tantos años, así como las organizaciones que la conforman en conjunto con el apoyo de las comunidades locales debe enseñarnos a todos que no importa qué tan devastado se encuentre un ecosistema o qué tan irremediable parezca una situación:  siempre hay esperanza para remediarlo. Esta historia y esfuerzos de la Alianza no solo están reviviendo al río, sino que también han revivido la esperanza de que aún podemos y debemos salvar a nuestro planeta. EP

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