Producción de alimentos y COVID-19, las contradicciones que enfrentamos

La crisis mundial provocada por el virus COVID-19 ha dejado al descubierto muchos problemas, como el aumento de las enfermedades crónico-degenerativas en la población, que tienen una relación directa con la producción y consumo de alimentos ultraprocesados y con las contradicciones del modelo de producción, cuyo objetivo primordial es la obtención de ganancias a costa de la salud de los habitantes de áreas rurales y urbanas.

Texto de 26/05/20

La crisis mundial provocada por el virus COVID-19 ha dejado al descubierto muchos problemas, como el aumento de las enfermedades crónico-degenerativas en la población, que tienen una relación directa con la producción y consumo de alimentos ultraprocesados y con las contradicciones del modelo de producción, cuyo objetivo primordial es la obtención de ganancias a costa de la salud de los habitantes de áreas rurales y urbanas.

Cuando por primera vez tuve un contacto profundo con la agricultura tradicional, en Becanchén, Yucatán —gracias a la oportunidad de colaborar como parte del equipo de trabajo del maestro Efraím Hernández Xolocotzi— pude empezar a entender varios de los paradigmas de investigación de ese brillante científico. Las largas caminatas por los territorios de agricultura, cacería y otras actividades fueron muy ilustrativos; describir tipos de vegetación y comprender el funcionamiento de los sistemas productivos (agroecosistemas) con la compañía de guías mayas expertos y “milperos” me permitió apreciar la sabiduría campesina y el respeto por la naturaleza que se refleja en muchas de las decisiones que toman respecto al manejo de los suelos, la vegetación y los procesos de innovación.

Pude maravillarme, por ejemplo, con la curiosidad científica de don Eduardo Moguel, campesino maya yucateco de Becanchen. Un día en su tienda, al entrar y saludarlo como todas las mañanas, me sorprendió con un conjunto de bolsas de papel que iba numerando. Le pregunté para qué las quería y me mostró un libro de genética —¡que por cierto yo había leído en la universidad! —, diciéndome: “Mira, aquí vi que puedo usar esta técnica para mejorar mis maíces”. ¡Vaya! Sin necesidad de acudir con los ingenieros estaba aprendiendo una técnica de mejoramiento genético llamada emasculación. 

Otro día lo acompañé a su milpa, lista para sembrar, en diferentes tipos de suelos: tzekeles (rocosos), destinados a la milpa —maíz, frijol y calabaza—; ek’lu’um (negros profundos) para cultivar papaya, naranja, mango, limón y achiote. Cuando estos suelos se encontraban en descanso se podían cosechar bajareques (arbolitos delgados para la construcción de la casa maya tradicional). Años después, en la sierra de Santa Marta en Veracruz, estudiando cafetales y milpas, he constatado que los pueblos originarios y campesinos de México fundamentan la agricultura en el contacto ancestral con la naturaleza, lo que incentiva el respeto y la observación cuidadosa de los cambios en el tiempo, de los nichos ecológicos y del comportamiento de animales y plantas. Esta relación inextricable con la diversidad biológica es parte de la ciencia tradicional, lo que ha originado la diversidad biocultural y las sesenta y ocho lenguas nacionales del país. La agricultura es un fenómeno co-evolutivo entre seres humanos, plantas y animales; la curiosidad y la necesidad de mejorar los alimentos han estimulado, como en el caso de Don Eduardo Moguel, la selección de caracteres deseables, que provocan cambios morfológicos y genéticos; de esa forma inició la domesticación. 

En México, gracias a este proceso indígena y campesino, tenemos sesenta y uno razas de maíz (más sus combinaciones), también frijoles, así como otras 90 especies alimenticias diferentes, incluyendo árboles, hierbas, medicinales, hortalizas, raíces, condimentos, textiles, estimulantes y narcóticos, papel, tintóreos, resinas, cercos vivos, plantas de ornato —para hospedar insectos útiles e incluso los insectos son usados para la alimentación (Hernández X., 1985)—. Este conjunto de recursos genéticos conforma lo que se conoce como agrobiodiversidad. Por ello, las agriculturas campesina e indígena representan una alternativa de producción agropecuaria y forestal distinta para hacer frente a las profundas contradicciones de la agroindustria y la producción de alimentos ultraprocesados.

Esta relación inextricable con la diversidad biológica es parte de la ciencia tradicional, lo que ha originado la diversidad biocultural y las sesenta y ocho lenguas nacionales del país.

Las contradicciones que enfrentamos

Una de las hipótesis de algunos científicos es que el COVID-19 seguramente evolucionó como huésped de murciélagos en el sureste de China, mutó con rapidez y, tal vez tomando un segmento de otro coronavirus, se volvió más resistente y tuvo un mayor poder de dispersión hasta que encontró al humano como nuevo huésped. Si la hipótesis es cierta, las grandes granjas industrializadas en las que se producen algunas de las especies que hemos domesticado —vacas, cabras, ovejas y cerdos— pudieron ser posibles transmisores intermediarios de COVID-19 hacia el ser humano (Kormann, 2020; Ye Qiu et al, 2020). La producción agroindustrial ha provocado cambios en el ambiente que nos han acercado a diferentes especies con las que antes no teníamos contacto. 

Por otra parte, la crisis mundial provocada por SARS-CoV-2 (COVID-19) ha dejado al descubierto muchos problemas, como el aumento de las enfermedades crónico-degenerativas en la población, que tienen una relación directa con la producción y consumo de alimentos ultraprocesados y con las contradicciones del modelo de producción de la Revolución Verde, cuyo objetivo primordial es la obtención de ganancias a costa de la salud de los habitantes de áreas rurales y urbanas. En México, el consumo de comida con alto contenido en azúcares, sales refinadas, grasas saturadas y conservadores está asociado con el aumento de enfermedades crónico-degenerativas. Ello se debe, en buena medida, al cambio en los hábitos alimenticios que provocan variaciones en la flora microbiana del estómago, misma que tiene un papel esencial en el mantenimiento de la homeostasis y la salud (Hertzen von et al, 2011). Una de cada tres personas en México es obesa o presenta hipertensión; el país ocupa el primer lugar dentro de los países de la OCDE en casos de diabetes (OCDE, 2019).

Como antecedentes de este problema, desde el siglo XIX el uso de fertilizantes ha deteriorado el suelo (Bellamy Foster, 2009), los fertilizantes nitrogenados han incorporado más nitrógeno al ambiente del que producen todos los fenómenos naturales del planeta. Cuando en México se impuso la Revolución Verde en la agricultura (década de los cuarenta y cincuenta del siglo pasado), a través de la transferencia de paquetes tecnológicos que incluían el uso de semillas híbridas (eufemísticamente llamadas mejoradas) en monocultivos, de insecticidas, herbicidas y fertilizantes sintéticos, se dijo que el objetivo principal era aumentar la producción de maíz, arroz y trigo para eliminar el hambre en el mundo. 

En México, el consumo de comida con alto contenido en azúcares, sales refinadas, grasas saturadas y conservadores está asociado con el aumento de enfermedades crónico-degenerativas.

La introducción de monocultivos ha provocado deforestación y la subsecuente pérdida de biodiversidad, tal y como ocurre en las selvas de Borneo —para establecer plantaciones de palma de aceite— y en las del Amazonas —para cultivar soya transgénica—. Existe una asociación inversa entre la enfermedad diagnosticada por el médico a pacientes y la proporción de espacios verdes en el entorno (Maas et al, 2009; Hertzen von et al, 2011): el papel de bosques y selvas es fundamental en la salud física y mental humana. 

En la zona de Soteapan, Veracruz, el uso de herbicidas ha hecho desaparecer muchas especies nativas de quelites en las milpas popolucas; además, están plenamente documentados los efectos negativos del glifosato, herbicida conocido como Roundup®, en la estructura del ADN, no sólo de plantas sino también de mamíferos. El agente activo y las formulaciones comerciales de este herbicida causan muerte celular, cáncer y malformaciones durante el embarazo (Monroy et al, 2005; Martínez et al, 2007). 

Del mismo modo, desde 1960 se ha duplicado la cantidad de agua extraída de ríos y lagos, la mayor parte de ella destinada a la agricultura y la ganadería industriales. La ganadería es la actividad económica que más gases de efecto invernadero genera; en Australia se encontró, por ejemplo, que por cada kilogramo de forraje se producen 5.9 de CO2, mientras que por cada kilogramo de carne se producen 7.2 de ese mismo gas (Tomich et al., 2011). En cuanto al metano, a nivel mundial entre el 15 a 20% de ese gas es producido por esta actividad (Carmona et al, 2005).

Sin embargo, el hambre en el mundo persiste, ya que no es un problema de producción, sino de distribución de la riqueza. Datos presentados por OXFAM (2020) acerca del aumento del hambre, la pobreza y la concentración de la riqueza, corroboran que 2,153 multimillonarios del mundo poseen más riqueza que 4,600 millones de personas en situación de pobreza. México sigue siendo uno de los países más desiguales en América Latina: el 52% de la población en 2018 estaba conformada por pobres o pobres extremos (CEPAL, 2020), y 25.5 millones de mexicanos carecían de acceso a los alimentos (CONEVAL, 2020). 

Durante los últimos treinta y ocho años se han acumulado evidencias que demuestran científicamente que el actual modelo económico no es adecuado para todas las formas de vida en el planeta y el cambio climático es, tal vez, el ejemplo más dramático, además de la pérdida de diversidad biológica y cultural. Los cambios ambientales, económicos y sociales provocados por ese modelo de producción nos enfrentan ahora a lo que muchas y muchos científicos califican como el Antropoceno, la sexta extinción masiva en la historia del planeta; hoy las condiciones, comparables con el periodo Cretácico de hace 65 millones de años, podrían provocar la desaparición de la humanidad. Resulta imperativo encontrar caminos y paradigmas diferentes de producción de alimentos, no sólo para mejorar la salud humana, también la de la naturaleza.

Sin embargo, el hambre en el mundo persiste, ya que no es un problema de producción, sino de distribución de la riqueza.

Alternativas para producir alimentos

Teniendo en cuenta las formas actuales de la producción alimenticia —que afectan al ambiente y la salud humana y apuestan por la ambición por lo material y el consumismo— el cambio de paradigmas respecto a la producción de alimentos y la idea del bienestar debe afirmar la vida como el objetivo ético supremo y dar un giro civilizatorio. La agricultura practicada por los pueblos originarios y campesinos tiene características muy contrastantes con la agricultura industrializada: conserva alta biodiversidad y agrobiodiversidad, lo que representa una excelente alternativa de producción en el ámbito agropecuario y forestal; y es la mejor opción para salvaguardar la salud humana, la naturaleza y los recursos fitogenéticos, comparado con modelos de producción basados en la uniformidad genética y el uso indiscriminado de biocidas y fertilizantes sintéticos. 

Asegurar la alimentación y la conservación integral de la naturaleza de un país debe ser el primer objetivo sensato para lograr la equidad y la independencia. Sin embargo, el debilitamiento del Estado, asociado al neoliberalismo y al proceso de globalización de la economía, en muchas de las funciones sustantivas que debe cumplir —como la procuración de salud y justicia, la investigación científica, la educación y la producción y distribución de alimentos— ha permitido que poderes fácticos controlen a la sociedad e impidan cualquier tipo de resistencia, imponiendo, a través de legisladores o legisladoras a su servicio, leyes que favorecen, por ejemplo, la apropiación de la agrobiodiversidad y las semillas, o promueven incluso programas sociales para distribuir y usar semillas transgénicas (Morales S. y Ramírez D., 2015). Lo anterior ha provocado que el Estado pierda la capacidad de orientar la producción agropecuaria y forestal hacia la autosuficiencia y soberanía alimentaria, así como la decisión política para disponer de los recursos necesarios para llevar a cabo esa tarea. 

El proceso de producción de alimentos debe tener como meta primordial la seguridad alimentaria a nivel local, regional y nacional, potenciando el valor de la diversidad biológica y cultural de los pueblos originarios. El país tiene la capacidad para producir prácticamente todo lo que necesitamos. Aunado a ello, es importante que, por ser un aspecto de la seguridad alimentaria y un derecho de la población, los procesos de distribución de semillas y alimentos sean controlados por un Estado soberano que tenga una visión clara de servicio hacia el país, no hacia las transnacionales. Si es el caso, en las zonas que tengan características adecuadas, se puede buscar competir en mercados globales, sin perder de vista que las cadenas largas de mercado generan más contaminación. El caso del aguacate es muy ilustrativo de este proceso: enriquece a pocos, se destruyen ecosistemas naturales y se extrae agua suficiente como para dejar a pueblos enteros sin ella. Es necesario un giro civilizatorio hacia paradigmas diferentes de producción, sustentabilidad y agroecología, que nos permitan comprender que la naturaleza es un entramado complejo de relaciones, conseguir equilibrio entre los componentes ambientales, sociales, económicos, políticos y culturales, y lograr un funcionamiento armónico entre los humanos y la misma naturaleza. 

El bienestar de las comunidades indígenas y campesinas sería una de las mejores formas de alcanzar equidad para que el país sea tan independiente como justo. La política agropecuaria de México se debe reorientar de tal manera que se otorguen, sin paternalismos ni manipulación política, créditos que permitan a los campesinos e indígenas capitalizarse para poder incorporar —si así lo deciden— sus productos a mercados locales, regionales o nacionales con precios justos; deben establecerse redes de comercialización que permitan el flujo de diferentes productos saludables y de alta calidad entre las regiones del país. Es necesario fomentar la organización comunitaria, especialmente importante en las comunidades indígenas y campesinas, ya que esta forma de trabajo persiste en la memoria colectiva; crear escuelas campesinas en las que se incentive la curiosidad científica y la capacitación, como la de don Eduardo Moguel. A través de las universidades e instituciones públicas de investigación se puede lograr que los resultados de la ciencia contribuyan con el bienestar de nuestro país. Para ello, el acercamiento con las comunidades campesinas e indígenas debe hacerse con base en investigación participativa, estableciendo vínculos estrechos y de compromiso con los campesinos, observando y estudiando los fenómenos en las condiciones ecológicas y sociales bajo las cuales se llevan a cabo los procesos productivos, experimentando, aprovechando y fortaleciendo los recursos naturales que poseen. Se deben crear bancos de semillas locales y regionales para conservar, documentar y mejorar las características de las especies que componen los agroecosistemas y ecosistemas del país. Lo anterior debe tener como pilar fundamental la inversión de al menos 2% del PIB (actualmente se invierte 0.38%), en educación y ciencia.

Hace ya 30 años, cuando Octavio Paz recibió el Premio Nobel de Literatura, planteó dos críticas al progreso que no han perdido vigencia: “Esta en entredicho la concepción de un proceso abierto hacia el infinito y sinónimo de progreso continuo. Apenas si debo mencionar lo que todos sabemos: los recursos naturales son finitos y un día se acabarán. Además, hemos causado daños tal vez irreparables al medio natural y la especie misma esta amenazada […] los instrumentos de progreso —la ciencia y la tecnología— han mostrado con terrible claridad que pueden convertirse fácilmente en agentes de destrucción”. 

Es necesario un giro civilizatorio hacia paradigmas diferentes de producción, sustentabilidad y agroecología, que nos permitan comprender que la naturaleza es un entramado complejo de relaciones, conseguir equilibrio entre los componentes ambientales, sociales, económicos, políticos y culturales, y lograr un funcionamiento armónico entre los humanos y la misma naturaleza. 

No se trata de dominar a la naturaleza, sino de comprender su funcionamiento, sus límites y capacidades, precisamente con la ayuda de la ciencia, la tecnología y la ciencia tradicional. Los cambios en la forma de producción de alimentos seguramente no detendrán los procesos evolutivos que llevan al surgimiento de nuevos y fatales virus, como SARS-CoV-2. La tragedia humanitaria que ha provocado este virus constituye un parteaguas para que, con ética y humildad, valoremos las aportaciones que, por siglos, con amor y trabajo, los pueblos originarios y campesinos han ofrecido a la humanidad para el mantenimiento del equilibrio entre la satisfacción de las necesidades de las personas y de la naturaleza. Es necesario que la civilización abandone el camino de ambición y consumismo de los últimos 38 años para lograr mayor equidad y justicia, así como más y mejor salud para los humanos y la naturaleza. EP

Literatura citada

Bellamy Foster, J. 2009. “The ecological revolution. Making peace with the planet”. Monthly Review Press. Nueva York. USA. 328 p.

Carmona, J. C., D. M. Bolivar y L. A. Giraklo. 2005. “El gas metano en la producción ganadera y alternativas para medir sus emisiones y aminorar su impacto a nivel ambiental y productivo”. Revista Colombiana de Ciencias Pecuarias 18(1): 49-63.

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Kormann, C. 2020. “From bats to human lungs, the evolution of a coronavirus”. Consultado el 18 de abril de 2020 en: https://www.newyorker.com/science/elements/from-bats-to-human-lungs-the-evolution-of-a-coronavirus 

Maas, J., R. A. Verheij, S. de Vries, P Spreeuwenberg, F. G. Schellevis, P. P. Groenewegen. 2009. “Morbidity is related to a green living environment”. J. Epidemiol Community Health 63:967–973. doi:10.1136/jech.2008.079038 

Martínez, A., I. Reyes y N. Reyes. 2007. “Citotoxicidad del glifosato en células mononucleares de sangre periférica humana”. Biomédica. Revista del Instituto Nacional de Salud. 27(4): 594-604.

Monroy, C. M.; A. C. Cortés; D. M. Sicard y H. Groot de Restrepo. 2005. “Citotoxicidad y genotoxicidad en células humanas expuestas in vitro a glifosato”. Biomédica. 25(3): 335-345.

Morales S., T. y F. J. Ramírez D. 2015. Bioseguridad, recursos fitogenéticos y su acceso en lo que va del siglo. Universidad Autónoma Chapingo. 164 p.

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