¿Por qué nadie dice nada?

A partir de la inmolación de Wynn Bruce en Estados Unidos, Alejandra Vergara ensaya sobre cómo la cultura del internet nos obliga a pensar en formas de hablar de actos políticos.

Texto de 21/06/22

A partir de la inmolación de Wynn Bruce en Estados Unidos, Alejandra Vergara ensaya sobre cómo la cultura del internet nos obliga a pensar en formas de hablar de actos políticos.

La tarde del 22 de abril, Día de la Tierra, un hombre se prendió fuego frente a la Suprema Corte en Washington. Su nombre era Wynn Bruce, tenía 50 años, era fotógrafo y estaba preocupado por el cambio climático. 

Con la velocidad aplastante de internet, la noticia comenzó a crecer, sin embargo, como ocurre a menudo con la reproducción en redes sociales, había un discurso que también se replicó con la noticia: “¿Por qué nadie está hablando del activista que se quemó como protesta por el cambio climático frente a la Suprema Corte?”, fue el tuit que leí en varias cuentas esa semana. Como si hacer la pregunta no fuera ya estar hablando de eso y elegir, además, decir algo que solo perpetúa la idea de que “no se está diciendo nada”. Basta con hacer una búsqueda rápida en Twitter para constatar cómo, con su vertiginoso y paradójicamente vacuo miedo al vacío, las redes exigían opiniones, posicionamientos sin atreverse a soltar alguno. Aunque imprecisa, la sensación de que “no se estaba diciendo nada” no surgió espontáneamente, sino que responde a los elementos en torno a la inmolación y sus repercusiones en los medios. La pregunta que habría que hacernos, quizá, es ¿por qué parece que después de la muerte de Wynn Bruce no pasó nada? 

Se me ocurren algunas respuestas:

A internet le gustan las historias

En su libro Sobre la televisión, publicado a mitad de los noventa, Pierre Bordieu dedica un fragmento a hablar de las manifestaciones y de la necesidad de comenzar a producirlas para la televisión:

Quienes todavía creen que basta con manifestarse, sin ocuparse de la televisión, corren el serio peligro de errar el tiro: hay que producir, cada vez más, manifestaciones para la televisión, es decir, manifestaciones que por su naturaleza despierten el interés de la gente de la televisión, haciendo hincapié en sus categorías de percepción, y que, retransmitidas y amplificadas por esa gente, alcancen su plena eficacia. (Bordieu, 29)

Al igual que en muchos otros pasajes de ese libro, se podría cambiar “televisión” por “internet” y parecería que se escribió el mes pasado. Es natural: Bordieu no habla tanto de la televisión como de las criaturas que, sorprendidas, se arremolinan frente a su fulgor. Y quizá el fulgor haya cambiado pero los espectadores seguimos siendo los mismos.

“…aunque sin duda la inmolación es un acto rotundo e impresionante, no parece, por lo menos como lo realizó Bruce, un acto producido para la viralización de un mensaje en línea”.

En este sentido, aunque sin duda la inmolación es un acto rotundo e impresionante, no parece, por lo menos como lo realizó Bruce, un acto producido para la viralización de un mensaje en línea. Si bien la noticia circuló, un hombre se había prendido fuego frente a la Suprema Corte, el mensaje o el motivo de la acción no era del todo claro. Quizá es por eso que la noticia no se volvió el tema de conversación del momento. El hecho de que Bruce no haya acompañado su acto de un discurso nos puede hacer pensar que quizá él tampoco tenía dentro de sus planes que eso pasara: nada en sus actos liga su acción de modo inequívoco con la protesta en contra del calentamiento global. No hubo una carta, un comunicado, no transmitió nada en sus redes sociales. Lo único que ha llevado a sus amigos cercanos y a la prensa a crear esa conexión, además de la preocupación que tenía por el tema, es un emoji de fuego en una publicación. 

Las manifestaciones, en tanto acciones que ocupan el espacio público con la finalidad de transmitir un mensaje, podrían entenderse como un tipo de performance. Y como tales hay algunas que son más o menos crípticas. En materia de cambio climático, las manifestaciones suelen ser bastante claras; por ejemplo, en 2019 un grupo de activistas en Alemania montó una horca. Con la cuerda atada alrededor de su cuello, tres chicos se pararon sobre bloques de hielo. Los participantes tomaron medidas para que su performance no pasara de lo simbólico: usaron zapatos que aseguraban que no fueran a resbalar y utilizaron sogas de utilería que se romperían antes de ahorcarlos. A pesar de que, a diferencia de la inmolación de Bruce, en esta manifestación ninguna vida se perdió y todo se quedó en el plano de la representación, la imagen se viralizó. Era una protesta pensada para ello. El mensaje era claro y fácil de interpretar: el derretimiento de los polos es algo con lo que cualquiera que haya escuchado sobre el calentamiento global está familiarizado. Los bloques de hielo disminuyendo su tamaño transmiten bien la sensación de premura que intentan comunicar muchos activistas ambientales. Y, más importante todavía, fue una manifestación novedosa. Esto no es el caso de la inmolación.

Quemarse a lo bonzo es un tipo de protesta que, por lo menos desde los sesenta, ha ocurrido con relativa frecuencia. En lo que va de este año quince personas alrededor del mundo se han inmolado para llamar la atención a diferentes causas. Anoto esto no para hacer el comentario cínico de que eso ya se ha visto antes, sino para apuntar cómo la repetición del acto en protestas de diferente índole lo ha dotado de varios significados y hace necesario que lo acompañe un discurso para poder crear una narrativa que nos permita ligarlo a una causa en particular. El hecho de que Wynn Bruce no haya dejado más que un emoji dificulta la creación de esta narrativa y genera la sensación de que el mensaje no terminó de transmitirse e incluso deja lugar a esos comentarios mezquinos, quizá la materia prima de Twitter, de quien sin poder construir la narrativa de la protesta apuntaba que, para estar preocupado por el cambio climático, este hombre no había pensado en el CO2 que se liberó al quemarse. 

Entonces, ¿si Wynn Bruce hubiera sido claro en su mensaje, no habría quedado esa sensación de que la noticia pasó sin pena ni gloria? Quizá no.

El monstruo invisible y omnipresente

Otro día de abril, este en 2018, el abogado y activista ambiental David Buckel fue a un parque en Brooklyn, hizo un círculo de tierra, se paró en medio de él, se roció gasolina y se prendió en llamas. A diferencia de Bruce, Buckel sí tenía un discurso preparado: había enviado un mail a la prensa en donde hablaba de su acto como una respuesta al cambio climático. No solo eso, sino que simplificaba el proceso de interpretación de su acto en una línea que fue reproducida por la prensa: “Que mi muerte prematura causada por un combustible fósil sirva como un espejo de lo que estamos haciéndonos a nosotros mismos”, de esta manera, el acto de Buckel representaba, claramente, una sinécdoque del calentamiento global, en la cual él era al mismo tiempo toda la humanidad. 

Sin embargo, como apunta Victoria Scrimer en su texto “The Self-Immolation of David Buckel: Towards a Postdramatic Activism”: “(…) como no tardaron en señalar varios periodistas, este acto de protesta extremo pasó casi desapercibido por el público”1. En este texto, Scrimer analiza el acto de Buckel y, entre otras cosas, se pregunta por qué en este caso tampoco hubo una resonancia que pusiera el tema en boca de todos. Una de sus teorías es que, a diferencia de otras inmolaciones, como la del tunecino Mohamed Bouazizi que iniciaría la Primavera Árabe o la del propio Thích Quảng Đức, el monje budista que se prendió fuego en Saigón en 1963, la manifestación de Buckel (y la de Bruce) no tenía un enemigo claro.

El calentamiento global es un ente intangible. Y, como malamente lo aprendimos en los últimos años, seguimos siendo animales que no temen a algo hasta que le ven las fauces. Como el monstruo invisible y omnipresente que es, es difícil encontrar a un solo responsable del cambio climático. Sí, son las grandes industrias, pero también lo es el sistema económico y los gobiernos que no toman las medidas necesarias. La industria cárnica, los transportes, los textiles, en realidad, como bien lo entendió Buckel en su representación sinecdóquica, la culpa es de la humanidad. Es decir, el monstruo tiene infinidad de cabezas. 

“El cambio climático está en todos lados y, al mismo tiempo, quizá con la excepción de los polos, prácticamente inhabitados, no se puede identificar en ninguno”.

También el peligro parece difuso. No es necesario ser un negacionista del cambio climático para ignorarlo. Somos la proverbial rana en agua caliente y una lluvia torrencial por aquí, una sequía por allá y un invierno medio raro no nos dicen nada más que “qué loco está el clima”. Aunque lo sepamos, elegimos no pensar en ello porque es un cambio paulatino y que no se nota de manera uniforme en todo el mundo. El cambio climático está en todos lados y, al mismo tiempo, quizá con la excepción de los polos, prácticamente inhabitados, no se puede identificar en ninguno. 

De esta manera, al no tener un culpable con nombre y apellido, a una empresa malvada que culpar, a nadie que responda al llamado, pareciera que la inmolación no tiene ningún efecto, sobre todo si pensamos las manifestaciones como acciones utilitarias en donde es necesario tener un antes y un después que fue detonado por la acción. En el caso de Bruce, su elección geográfica, afuera de la Suprema Corte, podría apuntar a un posible villano, pero la falta de discurso hace que el señalamiento se disipe y regrese al terreno de lo difuso.

En el filo del tabú

Otro elemento que sin duda abona a esa sensación de que la noticia no tuvo el eco que merecía, tiene que ver con la naturaleza del acto. La inmolación es una acción polémica dentro del propio budismo, en donde se discute si atenta o no contra los principios de la religión. Por un lado, se le condena por no cuidar la vida. Por el otro, las ramas que lo defienden no defienden el suicidio del inmolado, sino el acto de prenderse en llamas: poder afirmar algo mientras se sufre ese dolor, es poder afirmarlo de la forma más convencida y honesta posible. La muerte para ellos es, digamos, un efecto secundario. 

“En medio de la cultura de internet, del tuit rápido y categórico, del take rotundo, algo como decidir cómo cubrir y hablar de un acto como este implica elegir entre dos filos”.

En medio de la cultura de internet, del tuit rápido y categórico, del take rotundo, algo como decidir cómo cubrir y hablar de un acto como este implica elegir entre dos filos. ¿Qué fue este acto: una acción política valiente y arrojada o un suicidio de un hombre deprimido? Si se cubre de la primera manera, ¿no será irresponsable dado que está comprobado que los suicidios tienden a aumentar después de que hay amplia cobertura de alguno de ellos? Y, si se cubre de la segunda, ¿no es despojar de agenda y despolitizar a alguien que decidió realizar un acto público para dar un mensaje? La línea es muy delgada y aunada a lo difuso del enemigo y del mensaje, hace que nos quedemos con más preguntas que respuestas. 

Si bien los amigos de Bruce decidieron hacer hincapié en que se trata de una protesta y no de un suicidio, es inevitable pensar en un par de términos que cada vez se vuelven más frecuentes: el duelo climático y la ansiedad ecológica. Es innegable que el cambio climático y el desalentador futuro del antropoceno tienen efectos directos en nuestra psique, la propia APA publicó una guía en 2017 para hablar de ello y de cómo hacerle frente. Estos efectos pueden ser agudos y de primera mano, como en el caso de los desplazados ambientales que deben, contra su voluntad, dejar sus hogares porque las condiciones climáticas ya no les permiten vivir ahí o crónicos, como la depresión y la ansiedad que podría sentir alguien que, como Bruce, dedica una parte importante de su vida a estar en contacto con información sobre la situación ambiental, al mismo tiempo que atestigua la perezosa indiferencia que muchos sienten respecto el tema. Negarle al calentamiento global la capacidad de influir sobre nuestra psique es, también, seguir pretendiendo que no pasa nada. Considerando esto y que Bruce terminó con su vida, no parece tan descabellado pensar que, en efecto, podría haber estado deprimido. 

Pero rara vez las situaciones tienen un solo e inequívoco lado: quizá el acto de Wynn Bruce fue ambas cosas: fue un acto político con significado y fue también un suicidio de alguien deprimido. Quizá ambas cosas estén tan unidas que no hay un posicionamiento definitivo que tomar al respecto. Quizá, ese silencio que percibieron quienes dijeron que “nadie estaba diciendo nada”, no era más que el silencio que a veces necesitamos para entender, para pensar. EP


1 Traducción de la autora.

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