Más allá de Seaspiracy

El documental Seaspiracy, como muchos documentales fatalistas, ha generado revuelo en las redes sociales a partir del terror sin ofrecer herramientas que cuestionen las prácticas de pesca insostenibles y sin permitirle al espectador pensar cómo mejorar estas prácticas. Andrea Sáenz-Arroyo demuestra por qué ese documental es, en realidad, periodismo pobre que contribuye poco.

Texto de 26/04/21

El documental Seaspiracy, como muchos documentales fatalistas, ha generado revuelo en las redes sociales a partir del terror sin ofrecer herramientas que cuestionen las prácticas de pesca insostenibles y sin permitirle al espectador pensar cómo mejorar estas prácticas. Andrea Sáenz-Arroyo demuestra por qué ese documental es, en realidad, periodismo pobre que contribuye poco.

Recientemente vi el documental Seaspiracy que ha causado una enorme polémica entre los profesionales dedicados a impulsar la conservación de nuestros océanos.

¿Realmente es tan mala la producción? Sí y no.  El documental habla de hechos muy pocas veces puestos en la mesa con relación al consumo de cualquier producto global, y que resultan por demás incómodos y sumamente graves: muchos sistemas de producción que involucran la pesca industrial y global suceden bajo condiciones de esclavitud y las industrias de los países desarrollados saquean, con sus grandes barcos, los recursos pesqueros de los países en vías de desarrollo. Sin embargo, al utilizar recursos periodísticos tramposos y llegar a conclusiones sin sentido, estas importantes denuncias pierden credibilidad en una bruma de mentiras.

“Con simples prácticas como mantener observadores a bordo y mejorar las maniobras de pesca, esta presión ciudadana logró reducir a un cero estadístico la mortalidad anual de cientos de miles de delfines que se capturaban en forma incidental en la pesca industrial del atún.” 

Algunas de las falsas declaraciones que menciona el documental a partir de entrevistas —que han sido denunciadas por haber sido editadas para ponerlas fuera de contexto—  es afirmar que la etiqueta “Dolphin safe” no puede asegurarles a los consumidores que el atún que consume esté libre de mortalidad de delfines. Si hay un movimiento ambientalista que logró mejorar prácticas pesqueras de manera contundente y en un tiempo muy corto, ha sido precisamente el promovido por Earth Island Institute para reducir la captura incidental de delfines en la pesca de atún de cerco de Pacífico Oriental[1]. Con simples prácticas como mantener observadores a bordo y mejorar las maniobras de pesca, esta presión ciudadana logró reducir a un cero estadístico la mortalidad anual de cientos de miles de delfines que se capturaban en forma incidental en la pesca industrial del atún. 

Otra de las afirmaciones que carecen de fundamento es que no existen pesquerías sostenibles y que los etiquetados globales, como el del Marine Stewardship Council (MSC), no tienen credibilidad y simplemente no funcionan. Por el contrario, evidencia reciente demuestra que las pesquerías, cuando son apropiadamente manejadas, y responden a planes de recuperación correctamente diseñados, representan una actividad económicamente sostenible capaz de cuidar las especies que captura, así como al ecosistema que las aloja[2]

“Sostener que lo mejor que podemos hacer para conservar los océanos es dejar de consumir pescado no sólo es una solución vana, sino que resulta un tanto agraviante.”

Sostener que lo mejor que podemos hacer para conservar los océanos es dejar de consumir pescado no sólo es una solución vana, sino que resulta un tanto agraviante. Es la clásica postura de poner en “otros” la responsabilidad que nos compete a todos. Según datos del Fondo Mundial para la Conservación de la Naturaleza (WWF), tres mil millones de personas alrededor del mundo —es decir, casi la mitad de la población mundial— dependen del pescado como su principal fuente de proteínas. Dejar de pescar no es una solución factible. Quizá para los ingleses no sea tan importante el pescado en su cultura como lo es para otras naciones, pero el mensaje del productor y protagonista de Seaspiracy y de algunos de sus entrevistados, todos de nacionalidad Británica, sugiere que con dejar de pescar podemos eliminar la peor amenaza para la biodiversidad marina, lo que está lejos de representar una solución a un problema altamente complejo.

“…el mensaje del productor y protagonista de Seaspiracy y de algunos de sus entrevistados, todos de nacionalidad Británica, sugiere que con dejar de pescar podemos eliminar la peor amenaza para la biodiversidad marina, lo que está lejos de representar una solución a un problema altamente complejo.”

No detener las emisiones de gases de efecto invernadero, seguir vertiendo todos nuestros desechos a los océanos y destruir los humedales costeros por el reclamo de espacios de desarrollo urbanos, son problemas igual de apremiantes que la sobrepesca, pero sobre todo, son problemas a los que pocos esfuerzos globales vinculantes se han puesto en marcha para solucionarlos. Esto contrasta con esfuerzos de décadas, por ejemplo, para manejar las cuotas compartidas de especies con grandes migraciones, como lo son los atunes.

El documental revive, además, un amargo pasaje que nos ha acompañado por mucho tiempo en la discusión sobre cómo promover la conservación de la biodiversidad de la Tierra: la xenofobia. Considerar que nuestras preferencias son compartidas por el mundo entero no es más que uno de nuestros rasgos más peligrosos y que nos ha llevado, a lo largo de la historia, a emprender sangrientas guerras. Pintar a las culturas que tradicionalmente cazan mamíferos marinos —como la japonesa, o algunas del norte del Atlántico— como asesinos incapaces de contribuir al cuidado ambiental es, además de una falta de sensibilidad cultural, una manera de poner de nuevo la responsabilidad en “el otro”. Este amargo recuerdo evoca la ineludible y urgente tarea que tenemos como comunidad global: trabajar por una constitución que nos permita trazar un rumbo sostenible e incluyente para restaurar los procesos ecológicos que sostienen la vida en la Tierra.

“…urgente tarea que tenemos como comunidad global: trabajar por una constitución que nos permita trazar un rumbo sostenible e incluyente para restaurar los procesos ecológicos que sostienen la vida en la Tierra.”

Algunas de las soluciones más importantes para restaurar la vida de los océanos se aplican ya en muchas partes del mundo, y todo es gracias a los esfuerzos de ciudadanos, ONGs, académicos y gobiernos que han decidido a actuar con responsabilidad y en sincronía[3]. No reconocer estos logros y abonar al desasosiego, como lo hace el documental Seaspiracy, es una manera de desestimar el trabajo de cientos de miles de personas y organizaciones. Recomiendo ver el documental precisamente para identificar un ejemplo de malas prácticas periodísticas que no hacen más que ralentizar las acciones urgentes que se requieren para frenar el deterioro ambiental del planeta. De otra manera, estos trabajos —quizá realizados de buen corazón, pero con pésima información— se convierten en sólo un poco más de material fugaz para la voraz e insaciable industria del entretenimiento. EP


[1] Hall, M.A., An ecological view of the tuna–dolphin problem: impacts and trade-offs. Reviews in Fish Biology and Fisheries, 1998. 8(1): p. 1-34.

[2] Melnychuk, M.C., H. Kurota, P.M. Mace, M. Pons, et al., Identifying management actions that promote sustainable fisheries. Nature Sustainability, 2021: p. 1-10.

[3] Duarte, C.M., S. Agusti, E. Barbier, G.L. Britten, et al., Rebuilding marine life. Nature, 2020. 580(7801): p. 39-51.

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