Los pájaros no saben de fronteras

Nepote pone en el tintero la fascinación del ser humano por las aves e invita a conocer la mirada de Otilia Portillo hacia estos seres a través de su documental Pajareros.

Texto de 14/09/20

Nepote pone en el tintero la fascinación del ser humano por las aves e invita a conocer la mirada de Otilia Portillo hacia estos seres a través de su documental Pajareros.

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Desde que recuerdo, las aves me despiertan una sensación de inutilidad. Me sitúan de una manera muy frontal con lo que puedo llamar “mis incapacidades”. Al contrario de la reacción que me provoca el palpar la tersura de un pelaje, el contacto con las plumas documenta mi torpeza, mi inexperiencia. Lo he intentado varias veces; incluso hasta puedo decir que lo he logrado: he llegado a conseguir ciertos rasgos sutiles en mi torpeza, si es que esto es posible, como alguna vez hace años cuando un colibrí entró al patio techado en la casa de mi madre; confundido por los cristales, como suele sucederle a los pájaros más jóvenes, el colibrí intentaba salir por ese techo transparente que le hacía creer que había un cielo abierto, sin conseguirlo. En algún punto, ya cansado del esfuerzo, se detuvo en la ventila. Ese era el único momento para actuar o vendría una segunda parte de aquella lucha inútil y dolorosa. No había mucho tiempo para pensar en el cómo; tenía que convertirme en su colaboradora para lograr el escape. Lo hice torpemente, primero pellizcando su cuerpo con la ventila, lo que le hizo emitir un sonido que interpreté como una queja. Mi nerviosismo aumentó pero también se manifestó una especie de agobio que me obligó a ser más precisa en mis acciones; venciendo la ansiedad logré tocar su cuerpo, asirlo y llevarlo al patio al aire libre. Contrario a mi pensar, el pajarito no voló en cuanto sintió que la presión de la mano que sujetaba su cuerpo disminuía; descansó unos segundos en la palma y de repente recuperó velocidad y voló. Adiós, nunca más. 

Creo compartir con otros la idea de que los pájaros nos recuerdan la vulnerabilidad, y quizá en efecto son vulnerables como toda entidad viva en este mundo, sí, pero lo que los pájaros me arrojan es precisamente los límites de mi lenguaje: son lo suficientemente corpóreos y cercanos para ser tocados pero no sé nunca cómo hacerlo, y quizá este no saber común a varias personas sea lo mejor para su supervivencia. Es un hecho que los pájaros nos gustan en el cielo, en las ramas y en nuestros oídos. 

“Las aves se mueven mucho más fácilmente que la gente y van donde las cosas les hacen bien. Un pájaro puede volar 480 kilómetros en un día”, este dato al vuelo se lo dice el fotógrafo Richard Moore a la documentalista Otilia Portillo Padua, directora de Pajareros, un trabajo que logra, en sus casi 40 minutos de duración, narrarse como una road movie alada en la que se entrelazan vidas de humanos y pájaros, relatos de frontera, flujos migratorios de aves, el contraste entre el paisaje natural y las implicaciones de las políticas de control  que amenazan la vida silvestre. Pajareros es una multiplicidad de historias de migraciones, la implícita —de aves— y otra sostenida como delicada metáfora. “Una de las maravillas de vivir aquí es que la migración es muy fuerte”, dice uno de los expertos observadores de aves y en ese juego de traslación de significados radica la potencia de imaginar la frontera como un espacio natural de intercambios y pasajes. 

Este documental es un tejido de movimientos: por un lado, se observa el trabajo de Mark Conway, maestro anillador, mientras describe los patrones de vuelo que cada año realizan las aves, y por otro, se aprecia el corredor migratorio que se forma entre Texas y Tamaulipas donde se congrega una mayor cantidad de especies de pájaros que el total de aves avistadas en el resto de Estados Unidos. Es otoño, ha empezado la migración. El muro no frena el flujo de aves; de hecho, como dice otra de las voces de esta trama, esa línea natural que nosotros leemos como frontera es “un río que corre y comparte la misma vida silvestre”. Otilia me dice en una conversación: “Al estar ahí, en ciertas zonas donde el muro ‘desaparece’, te das cuenta que esa reja es un gesto político”. Pienso entonces que la naturaleza sigue sus propios gestos ante los que estamos nosotros, lectores de metáforas de la imagen vista cuando el huracán Hanna derrumbó una parte de ese muro. Pese a la voluntad feroz de las políticas gubernamentales, las aguas se abren en el paisaje y la fuerza de la tormenta no cede ante la furia de un humano.

Hace años en la frontera de Tijuana-San Diego, justo en ese espacio geográfico conocido como “la última esquina” (como le dicen cariñosamente los de por allá), vi con una amiga cómo, ante nuestros ojos, una liebre seguía su curso de un país a otro, sin importarle las reglas humanas, por fortuna. “Ellos no saben de fronteras; los animales no saben”, dice Juanita, una monitora de aves de un proyecto comunitario, ya en el lado mexicano: en la Laguna Madre y el Delta del Río Bravo. Juanita se conmueve con lo que ella resume como la sabiduría de la naturaleza. Mirar el cielo implica otra velocidad y otro ritmo, implica un ejercicio de observación; si lo extendemos y pensamos como los pájaros, quizá concluimos que la frontera no tiene sentido, porque este documental me lleva a reflexionar, entre otras cosas, en ¿cuáles son los límites en los términos de las aves?, ¿cuál su política?, compartir, esparcir semillas, sembrar sin saber, contribuir a la reforestación de su propio territorio. “El río es un tejido de conexión”, me dice Otilia, una línea que continúa el paisaje en lugar de dividirlo.  La voz prodigiosa del imitador y también monitor de aves Esteban Berrones, trabajador de la Reserva Biosfera El Cielo, habla en un cierto momento: “Un animalito, por mínimo que sea, por algo está en nuestro planeta. Dicen: ‘no pues ese ni canta; está muy feo’, pero alguna función estará haciendo en la naturaleza para bien de él y para bien de nosotros”. Ojalá que estas fueran las ideas que permearan las políticas públicas en relación al cuidado y protección de las áreas naturales y no las ideas de desarticulación y pauperización que se imponen en recientes fechas y que ponen en riesgo la continuación y sostenimiento de proyectos que resguardan y protegen el territorio y la preservación de la vida para todos: pájaros, humanos y vegetación. Las aves unen gente de ambos lados, y muchos esperan su llegada. Hace más de un siglo otra observadora de aves, Susan Fenimore Cooper, escribió en su Diario rural en la entrada del 22 de marzo del año 1850: “Anoche cayó una tormenta eléctrica, acorde al equinoccio y, esta mañana, para contento de toda la comunidad, se ha proclamado la llegada de los zorzales robín. Se trata de uno de los grandes acontecimientos del año para nosotros: el regreso de los zorzales. Llevamos diez días a la espera de que lleguen, ya que por lo general suelen hacerlo entre el día 15 y el 21 del mes, y casi todas las personas con las que uno se cruza ahora mismo, viejas y jóvenes, grandes y pequeñas tienen algo que comentar sobre ellos. En cuanto algún miembro de una familia ve aparecer uno de los primeros ejemplares, lo anuncia por toda la casa”. Quizá añorar tener una conexión con los pájaros y sus ciclos no es del todo un hecho sin contexto actual, me digo mientras descubro a todas las personas que caminan mientras miran el cielo. Tal vez uno de los aciertos de Pajareros es que precisamente rescata esta emoción contenida de todo aquel que mira hacia arriba esperando el acontecimiento. Pero sobre todo habla de cómo intuimos nuestra significación en relación a las aves: miramos al cielo para comprobar que pese a todo —el cambio climático, la invasión de sus espacios de descanso y nutrición—,  los pájaros aún recorren largas extensiones para permanecer en el mundo. EP

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