Las repúblicas de lo salvaje: Desde el adentro mirando hacia afuera

Mónica Nepote le da un giro a la discusión de nuestro concepto de lo salvaje para hablar de una restauración colectiva donde, por fin, entendamos que estamos interrelacionados con distintas especies.

Texto de 19/05/20

Mónica Nepote le da un giro a la discusión de nuestro concepto de lo salvaje para hablar de una restauración colectiva donde, por fin, entendamos que estamos interrelacionados con distintas especies.

Volverá a crecer, pero, durante un tiempo, la tierra estará llena de cicatrices, y las cosas vivas habrán huido. 

Nan Shepherd

Abrimos los ojos al fuego. No estoy hablando metafóricamente, advierto. El 1 de enero de este telúrico 2020 puso frente a nuestros ojos imágenes desconcertantes de un incendio sin precedentes en Australia, por la simultaneidad que caracteriza ese otro territorio que habitamos llamado internet, la infoesfera nos trajo imágenes de sufrimiento de los animales afectados que nos estrujaron el espinazo, el corazón, todo nuestro ser. Como nunca, atestiguamos un intenso entrecruce de lenguajes corporales tensado entre los animales heridos y los humanos rescatistas. Nos dejamos arrobar también por las imágenes de los ciudadanos rodeados por un humo denso, mirando desde el mar en una mezcla de azoro y desconcierto, inmersos con el agua a las rodillas parecía ser el único lugar aparentemente seguro para nos sucumbir a eso que arrasaba y destruía. Tal panorama, nos causaba un estremecimiento, provocando que esa aparente distancia geográfica se volviera una especie de continuidad corporal. Sentíamos en nuestra propia angustia su angustia, de alguna manera, algunxs experimentamos un cuerpo expandido y colectivo de una manera distinta a como nos hubiera gustado vivir la colectividad.  Aunque sabemos que el fuego de Australia no era el primero en esa cadena de incendios que nos advierten que las cosas se complican cada vez más en el planeta, lejos estábamos de imaginar el futuro inmediato, ese que había empezado unos meses atrás en el contexto de una ciudad china llamada Wuhan. 

Debo confesar que este texto no tenía que haber existido, y fue quizá ese giro en el curso de su escritura lo que ralentizó su escritura. En mi paisaje previsto, quería acercarme a discutir lo que entendemos por salvaje pero ahora cambio lo inesperado por lo salvaje y presiento, que hay mucha más unión en ambos términos de los que yo misma puedo explicar. Toda aquella persona que en algún momento de su vida se haya situado en el lugar del observador lo sabe: paciencia y un ojo agudo, memoria y capacidad de registro. Nan Shepherd de quien he tomado unas palabras alterándolas levemente para que este texto exista, lo supo hacer muy bien y lo registró en su libro La montaña viva, una documentación casi zen de sus propias caminatas y exploraciones a los Cairngorms la zona ártica de las montañas de Escocia. Pero hay algo muy particular en todo esto, al revisar la biografía de Nan encuentro rasgos que me seducen: en sus inicios como escritora fue una joven promesa de la literatura de su país, a los 30 años había publicado tres libros que habían atraído la mirada de lectores y críticos pero esto la llevó en una especie de secreta rebelión que significó vivir más bien en el silencio sin publicar, y a caminar. Decidió quizá, que su tiempo era otro. Se concentró en dar clases y andar por sus territorios montañosos, a finales de la segunda Guerra Mundial cuando el mundo estaba “lleno de cicatrices” y muy probablemente como un ritual de consuelo, se dedicó a escribir La montaña viva.

Cuenta Robert MacFarlane en el ensayo introductorio a la obra de Shepherd en una edición contemporánea, que Nan tenía un gran amigo con quien se escribía carta y a quien dio a leer el manuscrito, ambxs contemplaron el momento como complicado para publicarlo y luego de un rechazo de alguna editorial, Shepherd decidió guardar el manuscrito. La montaña viva se conservó cuarenta y tres años guardado literalmente en un cajón, hasta que en los años setenta cuando su autora ya era anciana, se reencontró con él  decidió enviarlo a otra casa editorial donde tuvo mejor suerte. Al poco tiempo el libro se convirtió en un referente que ha ido más allá del territorio que describe. Se trata de un libro dedicado a observar toda esa complejidad geológica que nos rodea. 

Debo confesar que este texto no tenía que haber existido, y fue quizá ese giro en el curso de su escritura lo que ralentizó su escritura.

A su modo peculiar, anclado en un lenguaje que da cuenta de una experiencia de revelación continua, este libro es una manera de decodificar el entorno: es una lectura de los elementos, del entorno, un sistema de observación en silencio y soledad que permite expandir las posibilidades a escala, el cuerpo, frágil, expuesto, en su causalidad y su posible accidente, es un texto que escucha el paisaje. Quizá por eso esas montañas o rocas, esos árboles o pájaros de su paisaje se conectan con nuestro propio paisaje, estemos donde estemos. No fue en absoluto una casualidad que Robert MacFarlane, una de las voces más destacadas del género conocido como nature writing, eligiera este libro para convocar desde su cuenta de twitter al #CoReadingVirus, una especie de estrategia de acompañamiento y consuelo en el  incipiente encierro de la cuarentena anunciada ante el surgimiento del coronavirus. Lectores de dieciocho países se unieron a este proyecto, algunos de los lectores nacidos en la zona escocesa compartieron fotos de aquellos paisajes que Nan describió en los años cuarenta.

Los tiempos geológicos son, por su escala, difíciles de encarnar, es decir, los entendemos con la cabeza pero quizá llegan a entenderse por completo en el cuerpo como vivencia, a los pies o en medio de la montaña; de alguna manera, adentrarse en los caminos de esos cuerpos rocosos, mirando cañadas, padeciendo la altura o emprendiendo caminatas por zonas abiertas, contribuye a imaginar nuestra realidad humana enmarcada en los fenómenos geológicos. En mi nada salvaje encierro, si pensamos que estoy viviendo alejada de ese exterior y de esa forma de dimensionar mi propia vida en la escala del planeta, he tenido una serie de reflexiones sobre el tiempo. Y tiene que ver con la idea de recuperarse, con el concepto de sanación o de restauración.

¿Cuánto es el tiempo que lleva a un cuerpo adquirir inmunidad, cuánto más para saber si no es este mi tiempo final, cuánto más para pensar en salir y cuánto para entender todo lo que esto está significando? A veces siento que cuando en mis correos o mensajes al escribir esa especie de nueva despedida “cuando volvamos a vernos”, existe un temor y una súplica a que ese tiempo no se alargue a distancias geológicas. Pero también pienso en un extraño fenómeno que sucede cuando decides caminar de un lugar a otro en un espacio natural: no hay más que seguir; en ruta no puedes quedarte demasiado tiempo a reposar, el reposo está en el final y por más cansancio que experimentes debes seguir hasta terminar, en caminatas cuando escucho a alguien decir “es que mi cuerpo dice que está cansado”, en silencio y no sin ironía pienso “pues habrá que decirle al cuerpo que no le queda más que seguir”.

Esta aparente idea básica me resulta una metáfora que me recuerdo constantemente. Hay que seguir caminando, no se puede renunciar. Y quizá venga a cuento ahora, porque no nos queda más que seguir en esto con temores fundados o infundados, esa lectura colectiva de Nan Shepherd entendí que todos tenemos un río, todos tenemos un espacio en el que la naturaleza nos redimensiona simbólicamente con lo que hemos vivido, con lo que ha sido importante, lo que nos acompaña o con lo que hemos experimentado como pérdida, tal vez esto lo enmarque el hecho de justo atravesamos paisajes que no podemos mirar con indiferencia o qué, simplemente, no podemos habitar, sólo transitar. 

Ese espacio al final deshabitado nos significa una posibilidad de lejanía y silencio, de nuevo orden, nos ubicamos como parte de…  en relación con… en medio de… es cierto, nos ubicamos a escala e interrelacionadxs con otrxs y esos otrxs no son necesariamente humanos. 

¿Cuánto es el tiempo que lleva a un cuerpo adquirir inmunidad, cuánto más para saber si no es este mi tiempo final, cuánto más para pensar en salir y cuánto para entender todo lo que esto está significando?

Es primavera y es tiempo de fuegos. Esos incendios que vemos con temor cada año han regresado, justo también paralelamente al comienzo de la cuarentena y de nuestros temores, la Sierra de Guadalupe, uno de los pulmones de nuestra ciudad, ardió. Un biólogo involucrado con el cuidado y la vigilancia de la zona, me relató con gran pesar la pérdida ecológica que esto significa y lo poco que circuló la noticia porque la atención de estaba centrada en las noticias del virus. El fuego devastó kilómetros de matorral xerófilo propio de la zona del Valle de México, la pérdida si la pensamos bien, es una gran tristeza: en esa sierra crecen seis especies de encino o roble, con algunos árboles de madroño, hay especies herbáreas únicas como plantas carnívoras, orquídeas terrestres o helechos. El biólogo me dijo que los incendios son totalmente por causa antropogénica es decir provocados malamente, o un descuido o una travesura que crece y que resulta letal. 

Al llamado del incendio respondieron rápido las muchas comunidades que viven la sierra como espacio cercano, un caminante que conozco y admiro me dice: “la sierra es mi casa, no sólo en el sentido de que casa es algo que construimos para poder resguardarnos, pasar la noche, formar un grupo pequeño de personas para convivir o incluso como ahora para protegernos, sino en el sentido de la tierra, nuestro lugar, que además es algo vivo; también por eso muchxs nos referimos a los cerros y a los árboles que la habitan como abuelos, creo que cambia mucho la perspectiva respecto a un incendio cuando lo que se está quemando no es un objeto que puedes volver a adquirir sino algo con vida, que en cierta forma es parte de nosotros y nosotros de ella”.

En un ensayo que este amigo caminante llamado Luis escribió y me compartió reflexiona en relación al sentido de pertenencia y de defensa de la Sierra y cuenta la historia del origen de varios grupos de personas que la viven como territorio común; muchos de los miembros de estos grupos, veredean (es decir cuidan que los caminos no sean cubiertos por la vegetación), la reforestan, la visitan, acuden organizados a su auxilio. Estas acciones ocurrieron cuando todos en la ciudad empezábamos a preguntarnos asustados, que teníamos qué hacer. Guardarnos, esperar.

El biólogo me dijo que los incendios son totalmente por causa antropogénica es decir provocados malamente, o un descuido o una travesura que crece y que resulta letal. 

El sentido colectivo y solitario está presente en ambos escenarios: en quien desde su casa se instala frente a la pantalla y busca personas de otros países con quien compartir sus reflexiones acerca de caminar y mirar una montaña para sobrellevar el encierro y en aquellos que allá afuera, organizan una labor de defensa. Y ambas situaciones se unen a la respiración, al deseo de permanecer y en esta paradoja nos encontramos: para permanecer hay que respirar, para respirar necesitamos aire y para ese aire necesitamos crear las condiciones de necesarias para que el fuego no arrase. 

Estamos confinadxs en un encierro impuesto pero a la vez acordado, entablamos o deseamos hacerlo quizá como pocas veces acto de solidaridad, una más de las que ha fueron secuestradas por la retórica política que debemos rescatar. Más de un veredista se ha instalado a vivir su cuarentena en las zonas de vigilancia en la sierra para evitar que este pulmón vuelva a arder, porque en estos momentos no podemos arriesgar ni nuestro cuerpo ni el cuerpo que nos circunda. 

De una u otra forma el mito del logro individual queda desmentido, somos colectividad tanto en la vida como en la amenaza. 

Me gustaría pensar que seremos capaces de cuidar todos los cuerpos, el propio y el otro sea cual sea, que la idea de restauración se exprese en gestos que abarquen piedras, ríos, árboles, pulmones, madres, padres, generaciones de caminantes y lectores; me gustaría que esa herida esté presente como recordatorio, porque como apunta Nan Shepherd no sanará pronto pero en esas dimensiones opcionales del tiempo, alejadas del aceleracionismo y la idea frenética de producción, esa herida y vulnerabilidad nos recuerda la importancia de parar a respirar, y clamo lentamente porque suceda desde la posibilidad de tocar la tierra y no mirarla arder desde un afuera que tampoco nos resguarda. Quiero pensar que restaurar y sanar será posible porque lo es, imaginar otra manera de vivirnos en los cuerpos, desde el propio y desde aquel cuerpo que en su inconmensurable tiempo geológico nos aloja.    

De una u otra forma el mito del logro individual queda desmentido, somos colectividad tanto en la vida como en la amenaza. 

La importancia de no tragarnos el logro individualista, si finalmente experimentamos lo colectivo huyendo del desastre, metidos en el mar hasta la cintura, o buscando interfaces de reunión, por qué no tratar de lograrlo como lo logran los caminantes, veredeando. EP

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