Naturaleza posible: La importancia vital de las aves

Los seres humanos somos responsables de daños gravísimos al ambiente y a muchas especies, entre ellas aves de miles de clases distintas. El papel que estas desempeñan en el funcionamiento de la naturaleza es esencial, por lo que urge tomar medidas para protegerlas.

Texto de 24/02/22

Los seres humanos somos responsables de daños gravísimos al ambiente y a muchas especies, entre ellas aves de miles de clases distintas. El papel que estas desempeñan en el funcionamiento de la naturaleza es esencial, por lo que urge tomar medidas para protegerlas.

“Yo creo que una cosa es que no las andemos mirando todo el tiempo y otra que no nos importen”, me decía hace poco don Hipólito, un afable campesino de la Sierra Juárez de Oaxaca, mientras platicábamos tranquilamente de las aves, el bosque y la percepción de las personas “no expertas” en su estudio y conservación. “La gente sabe más de las aves de lo que se da cuenta”, me dijo también, con convicción y conocimiento de causa. Y es verdad. Desde tiempos prehistóricos hasta nuestros días, las aves han estado presentes en el devenir humano y, por lo tanto, en prácticamente todas las formas de expresión cultural, como la comida, la música, la pintura, la escultura, la literatura, en rituales religiosos, en la magia, en el cine y hasta en la política.

Las aves representan la libertad, nos anuncian la llegada de las estaciones, nos alegran el día con su canto, nos dan mensajes de esperanza —a veces también de miedo—, nos han inspirado a volar, a escapar, a vivir, a amar y a luchar, y por ello las hemos convertido en símbolos de toda clase de cosas, desde poderosas deidades e imágenes de vida y fertilidad hasta insignias de justicia, honor, valor y guerra; incluso aparecen en escudos y nombres de equipos de futbol.

Garza cucharón, fotografía de Fulvio Eccardi
Garza cucharón, Fulvio Eccardi

En el mundo se conocen alrededor de 10 mil especies. Como grupo, las aves son verdaderamente cosmopolitas, ya que hay especies presentes virtualmente en todos los ambientes del planeta, desde los polos hasta los mares abiertos, desde las altas montañas hasta los desiertos más secos, e incluso en las ciudades. En México se conocen mil 107 especies, lo que nos convierte en el décimo país con más diversidad de aves en el mundo. Para valorar este dato, cabe señalar que en nuestro país hay más especies de aves que en los territorios continentales de Canadá y Estados Unidos juntos. Esta espectacular diversidad se refleja también en una alucinante variedad de adaptaciones que permiten a las aves vivir en las más distintas condiciones climáticas, o alimentarse prácticamente de cualquier cosa, con grados de especialización que rayan en lo fantástico, como es el caso de los colibríes, con sus magníficas habilidades de vuelo y sus picos largos, con lenguas extensibles para acceder al néctar de las flores; o los pericos, con sus picos “todo en uno” capaces de manipular, pelar, cortar, raspar, romper, desgarrar y comer toda clase de frutos, o hacer pedazos en segundos las más duras semillas. Recordemos aquí que la observación de los hábitos y formas de los picos de los pinzones y otras aves de las islas Galápagos aportó información clave para que Charles Darwin concibiera El Origen de las especies y la teoría de la evolución por selección natural, que luego revolucionaría a las ciencias de la vida y a todos los campos del quehacer y el entender humano.

Como regla general, hay más especies cerca del Ecuador que hacia los polos, pero las poblaciones de especies de zonas templadas son comúnmente mucho más grandes que las de zonas tropicales. La mayoría de las especies son residentes permanentes de un lugar o región, o bien realizan desplazamientos cortos, con frecuencia altitudinales. No obstante, muchas otras especies realizan espectaculares migraciones que implican viajes de miles de kilómetros, cruzando mares y costas, selvas, bosques y desiertos; enfrentando el mal tiempo, cambios en el paisaje, ciudades, torres y cables eléctricos, edificios con ventanas de espejos, gatos domésticos desatendidos por sus amos y otros depredadores, entre muchos otros obstáculos y amenazas que podrían impedirles cumplir con su ciclo biológico y llegar a su destino, como lo han hecho por millones de años.

Garzón cenizo, fotografía de Fulvio Eccardi
Garzón cenizo, Fulvio Eccardi

Por estas y otras razones, las aves son uno de los grupos biológicos mejor estudiados y más apreciados en el mundo. No es poca cosa; aparte de la belleza de sus plumajes, sus infinitos cantos, sus impresionantes jornadas migratorias o sus interesantes hábitos alimenticios y reproductivos, las aves son también un elemento clave en el funcionamiento de la naturaleza, y muchos procesos ecológicos dependen de su papel en la compleja red de interacciones de la que forman parte. Veamos algunos ejemplos.

Todo mundo sabe que las abejas polinizan las flores. En cambio, pocos saben que hoy en día existe una crisis mundial de polinizadores asociada con el uso excesivo de agroquímicos que ponen en riesgo la viabilidad de los insectos y de muchos cultivos de interés económico y alimentario, y muy pocos saben que las aves, en particular los colibríes y algunos mieleros, tangaras y calandrias, son también importantes polinizadores de cientos de especies de plantas que dependen de ellos para su reproducción sexual.

Asimismo, muchas especies de aves que se alimentan de frutos juegan un papel vital en la dispersión de semillas de plantas silvestres, contribuyendo así a la dinámica de renovación de los ecosistemas. Otras especies (por ejemplo, pericos, guacamayas y gorriones) son verdaderas depredadoras de semillas que limitan la capacidad de reproducción de muchas plantas, lo que influye, al menos en parte, en los balances de supervivencia y dominancia de las plantas y en la estructura de la vegetación en ambientes naturales.

Otro rol fundamental de las aves en el funcionamiento de la naturaleza lo desempeñan aquellas que consumen grandes cantidades de insectos (incluyendo plagas potenciales para los cultivos o transmisores de enfermedades) como, por ejemplo, los papamoscas, las golondrinas y los chipes; las aves rapaces como los búhos, águilas, halcones y aguilillas que se alimentan de conejos, ratones y reptiles, y las que consumen peces, como las gaviotas, garzas y martines pescadores. Todas estas aves contribuyen a limitar el tamaño de las poblaciones de sus presas y a mantener un balance dinámico en la naturaleza. Por último, pero no menos importantes, están las aves carroñeras, como los zopilotes y los caracaras, que se encargan de remover los restos mortales de otros animales, favoreciendo así el reciclaje de nutrientes y la salud del ambiente.

Las aves son animales muy sensibles a cambios en el ambiente y por ello se las considera como especies indicadoras de cambios en la calidad del mismo; son, literalmente, “el canario en la mina” que nos advierte de peligros inminentes o amenazas en el entorno. Pero, por desgracia, en el mundo actual las aves enfrentan, como nunca antes, fuertes amenazas que ponen en riesgo la viabilidad y el futuro de numerosas especies en todo el mundo, debido principalmente a los impactos acumulativos de las actividades humanas. Tan solo en México, alrededor de un tercio de las especies están en alguna categoría de riesgo de acuerdo con la Norma Oficial 059/2010 de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). La destrucción y fragmentación de los hábitats, la contaminación por desechos y plaguicidas, la sobreexplotación legal e ilegal, y diversas fuentes de mortandad directa, como colisiones con cables, torres de comunicación, edificios, plantas eólicas, carreteras y diversas obras de infraestructura, además de la depredación por gatos domésticos y otras especies exóticas invasoras (particularmente en islas), e incluso los efectos potenciales del cambio climático, representan severas amenazas para las aves y muchas otras especies de plantas y animales.

Por encima de todo suelen estar la ignorancia, la inconciencia, la negligencia, el egoísmo, la avaricia, la pasividad y la irresponsabilidad. Conservar las especies y sus hábitats y los procesos ecológicos es una necesidad vital para la humanidad, una obligación moral, estética y filosófica en el contexto de un mundo impulsado por economías sedientas de recursos naturales, con visión de corto plazo y poca creatividad y conciencia planetaria. Cambiar el rumbo de esta realidad abrumadora es indispensable para restaurar una visión de futuro, un mundo mejor organizado, incluyente y justo.

La respuesta está en escuchar a la ciencia y en incorporar el conocimiento tradicional, pero también en la educación, la concientización y la responsabilidad compartida, porque estos son elementos esenciales para la adecuada aplicación de las leyes en el marco de políticas públicas con visión de largo plazo, incluyentes, sensibles y respetuosas de la naturaleza y de la biodiversidad. Hoy como nunca es urgente e indispensable la participación directa de la sociedad. Es inaplazable que nos apropiemos del problema de manera colectiva, de tal forma que podamos actuar a diferentes escalas, desde lo local hasta lo regional y lo mundial. No hay más tiempo que perder.

Ralón cuelligris, fotografía de Fulvio Eccardi
Ralón cuelligris, Fulvio Eccardi

Por fortuna, hoy en día hay un creciente número de personas e instituciones en todo el mundo que trabajan arduamente por la conservación de la naturaleza, en especial de las aves. Para lograrlo necesitamos conocer, evaluar y entender patrones, procesos y tendencias, tanto de hábitats como de especies, a diferentes escalas, de manera que podamos identificar prioridades y orientar planes y decisiones con bases científicas sólidas.

Generar esta información a la escala adecuada y a contrarreloj no es trivial, ni puede ser responsabilidad exclusiva de científicos, gobiernos o academias. Por ello, en las últimas dos décadas han surgido y se han fortalecido numerosos programas y proyectos de ciencia ciudadana, que consisten en crear formas y mecanismos de participación para que los ciudadanos “no profesionales” puedan aportar información útil y confiable, que sirva para la investigación científica y la gestión responsable de los recursos naturales. Las aves, por supuesto, han servido de punta de lanza. Programas como eBird (aVerAves, en México) se apoyan en el creciente número de personas que disfrutan de la observación lúdica y recreativa de las aves y que, con un poco de práctica, adquieren las habilidades necesarias para identificar especies y compartir sus observaciones y registros en bases de datos de libre acceso en internet. Estos portales contienen millones de registros y, de hecho, se han convertido en las bases de datos de biodiversidad más grandes y de más rápido crecimiento en el mundo.

En el caso de México, por ejemplo, además de apoyar y promover las actividades de un creciente número de interesados y usuarios de aVerAves, se está impulsando la creación de redes de monitoreo biológico comunitario, que utilizan a las aves como variable de respuesta o indicador para evaluar el impacto de las actividades humanas, como pueden ser los cambios en los paisajes derivados de prácticas productivas mejoradas, la creación de áreas protegidas, el manejo forestal sustentable o el ecoturismo, por mencionar algunas. Con el tiempo, los datos generados por los monitores comunitarios permitirán entender procesos y realizar ajustes para hacer compatibles sus prácticas productivas con la biodiversidad.

Ahora que tenemos la urgente obligación de conocer los cambios en la distribución, el estado y las tendencias de las poblaciones de aves silvestres para poder conservarlas, es pertinente recordar las sabias palabras de don Hipólito (“la gente sabe más de las aves de lo que se da cuenta”), porque es tiempo de involucrarnos todos en la titánica tarea de conocer y conservar lo que aún nos queda, que por fortuna no es poco.1  

1 Para conocer más, puede consultar el sitio Biodiversidad mexicana.


* Texto publicado originalmente el 1 de septiembre, 2015.

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