Exclusivo en línea: Reflexiones de un ciclista en la ciudad de México

Alain Derbez nos comparte su experiencia montando bicicleta en la metrópolis más caótica a nivel vial del mundo

Texto de 10/09/19

Alain Derbez nos comparte su experiencia montando bicicleta en la metrópolis más caótica a nivel vial del mundo

Tiempo de lectura: 4 minutos

No es que te declaren la guerra. No.

No hay documento formal que te haga saber que las hostilidades han dado inicio a partir de señalada fecha. Tampoco.

Ser ciclista aquí es haber declarado tú la guerra al mundo sin tener ni la más pálida noción de ello. No de golpe, no de uno solo, no: la guerra de defensa- porque eres tú quien atenta contra el orden establecido y ellos quien buscan el imperio de la ley aunque ésta sea la de la selva- viene en agresiones de distintas tallas y modelos que habrán de dosificarse conforme vayas rodando. El enemigo tiene rostros distintos y se vale de toda artimaña para arremeter contigo. Si no sabes por qué, deberías: ¡eres ciclista en la ciudad de México! No te mereces nada, te lo mereces todo, te la mereces toda.

La palabra usada en territorio teutón fue blitzkrieg[1]  y a ello, al relámpago más devastador, te enfrentas en cuanto das los primeros pedalazos. Sábetelo: si acaso crees en Dios, Él no está de tu lado y todos tus oponentes harán lo necesario para que más temprano que tarde lo conozcas, o, en su defecto, al diablo. La consigna es: “Eres ciclista?, ¡Pues vete al averno! 

Para muestra, unos botones:

“¡Chinga tu madre!” grita el microbusero como quien asesta un bienvenido al campo de batalla. ¡Cómo se te ocurre interponerte entre la acera y la mitad del arroyo vehicular donde él deposita metro a metro (¡que nunca esquina a esquina!) como si fueran huevos de gallina clueca, a los desensardinados pasajeros que descienden sin -por supuesto- volverse a la derecha para constatar si algún vehículo de cuatro o de dos ruedas viene por ahí.  Bastante ocupados están ya con el celular que les ha crecido en la oreja como para hacerle caso a tu inoportuna cuanto desatinada existencia. Tú no vales ni siquiera la mirada, pobre imbécil. Acaso tres palabras como tenía aquel romántico bolero, tres palabras pero radicalmente distintas:“¡Chinga tu madre”… Y luego otras tres: “¡Me asustaste pendejo!” Ésa es la frase completa que te grita el ya transeúnte antes pasajero al momento de tocar pavimento. Él, ella, tienen la razón. ¿Qué haces ahí? ¿Con permiso de quién? ¡Tu madre debió haberte abortado con todo y tu bicicleta!

Negra humareda desde el escape del inverificado verde monstruo te despide aún vivo y respirando y ¡guay de ti! Si pretendes rebasarlo por la izquierda ahora que se detuvo nuevamente. Llena tus pulmones de merecido hollín y alquitrán justiciero y espera a que se vaya si pretendes durar un poco más y llegar a tu destino sano y salvo.

No es cuestión de anacronismos: un ciclista es un condenado que Dante no quiso tampoco tomar en cuenta para alguno de sus afamados círculos.

Un ciclista en la ciudad de México es un sandio sobreviviente que necio deambula por inconvenientes carriles y convenidos carriles ofensivos que alguien con perversa imaginación llamó “confinados”. ¡En el confín del mundo deberían de estar! ¡Para lo que sirven! Nadie está a salvo. Vas por la ciclopista un sábado en la mañana. El conductor de ese automóvil- supones- sabe que vas por la ciclopista un sábado por la mañana. Pero él tiene que dar vuelta a la derecha con premura y sin direccional ni modos: él es un automovilista con prisa detrás de Televisa, razón suficiente y patente de corso. Frenas ante la inminencia de la mole acelerada, te golpeas la cabeza con un poste, caes. Si el conductor te ha visto, no quiere verte: a otros les toca recoger los fiambres. Recuerda: James Bond tiene que llegar y ni tú ni la ciclopista tienen caso. ¿Y los ciclocarriles? Pensemos en Adolfo Prieto, en avenida Revolución, en Patriotismo. Aquí caminamos los peatones aunque a unos pasos esté la acera; aquí colocamos los vehículos en lo que decidimos si sacarlo o meterlo del todo de la cochera que claramente indica en nuestras puertas “No estacionarse”; aquí aparcamos la unidad que para eso transportamos valores y estamos blindados; aquí recogemos la basura los del carro de limpia y aquí la dejamos en sus botes y bolsas los que la sacamos temprano porque tenemos prisa. El ciclocarril es coto del valet parking, del desponchador de la vulcanizadora, del vendedor de tacos de suadero que tiene su puesto en la banqueta y la barriga y el trasero ocupando, un escalón abajo, el espacio que el ciclista piensa suyo, del chofer que espera a su patrón o patrona o al niño que ha de salir a alguna hora de la escuela, del policía que se pasa los reglamentos entre su placa y el arco del triunfo y ubica su patrulla donde hasta crees que deberías de estar transitando. “¡Ojalá te atropellen por pendejo, pinche ciclista mamón!” escupe el azul uniformado cuando decides reclamarle su estar ahí: ¡Repórtame, culero, ándale, repórtame!”…”Favor de indicar el nombre del gendarme, el número de placa de la patrulla, la hora en qué sucedió el ilícito, entre qué calle y qué calle, su santo y seña y el de los testigos si los hubo, todo claro por favor en cuanto suene el tono…”

Sí, estás en guerra. Una pequeña tregua podrá darse en el momento en que bajes, estaciones, encadenes, des tu bendición y te alejes del vehículo para hacer lo que tengas que hacer que te haya hecho transportarte sobre ese sillín expuesto. Cuando regreses- claro, si la bicicleta permanece ahí, si es que no te la han birlado a pesar de cadenas, exorcismos y candados- el mínimo armisticio será una simple, una mera, una vana ilusión con el nuevo meneo de ese manubrio. Sting pudo haber sido un inglés un Nueva York sí, pero tú, tenlo claro, de ida como de vuelta sólo eres y sólo sigues siendo, ¡paria miserable e hijo de la Stingada!: un ciclista en la ciudad de México.


[1] Táctica militar alemana de la Segunda Guerra Mundial: “guerra relámpago”

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