El guardián de La Mancha

Adán Vez Lira fue asesinado el 8 de abril de 2020 en la carretera que va de La Mancha a Palmas de Abajo, en Veracruz. Pertenecía al colectivo “La Mancha en Movimiento”. Durante más de veinte años se dedicó a la conservación y defensa del territorio.

Texto de 07/07/20

Adán Vez Lira fue asesinado el 8 de abril de 2020 en la carretera que va de La Mancha a Palmas de Abajo, en Veracruz. Pertenecía al colectivo “La Mancha en Movimiento”. Durante más de veinte años se dedicó a la conservación y defensa del territorio.

Heredé de mi mamá el gusto por el agasajo. Ella disfrutaba mucho recibir visitas. El de anfitriona es uno de mis roles preferidos y, como además hace tiempo que me investí embajadora de mi lugar de origen, no hay persona a la que yo le agarre cariño que no acabe de algún modo arrastrada a este pedacito de selva tropical que es mi patria, Veracruz. 

En el cumplimiento de esta labor diplomática autoimpuesta, el señor Adán era un buen asociado mío. Él conocía su territorio como pocos, por eso lo protegía. Sabía lo mismo de aves que de árboles que de frutas que de mojarras asadas. 

Por desgracia, también sabía mucho de proyectos extractivistas.

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Hurgo en el álbum de mi abuela, semana seis del confinamiento, y encuentro una fotografía de 1962. En la imagen, mi mamá y mis tíos sonríen, acalorados, de pie en la laguna de La Mancha; es la misma perspectiva que yo acabo de fotografiar hace pocas semanas. A lo lejos se distingue un cerrito que hoy tiene los días contados. Las inmobiliarias le echaron el ojo a esta boca de mar y el gobierno de Miguel Ángel Yunes dobló las manos. El resultado no podrá ser sino funesto, por más que los publicistas lo califiquen de progreso.

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Cuando era niña y mi papá me llevaba a la playa, yo prefería nadar en la laguna porque el agua era más baja y calmada, y a mí me daban miedo las olas. También me daba miedo la radiactividad. Mi mamá me había advertido que las playas de La Mancha, así como las del Farallón y toda esa zona hasta llegar a Palma Sola, estaban contaminadas con materiales tóxicos desechados de la planta nucleoeléctrica de Laguna Verde. Yo pensaba obsesivamente en el pez de tres ojos de Los Simpson, pero no podía dejar de meterme al agua, nunca he podido.

Todavía en la prepa, cuando tuve aquel novio con el que me escapaba al mar cada fin de semana, la imagen del pez mutante continuó acechándome. Devorábamos las mojarras del Farallón hasta dejar las espinas como agujas, pero a mí me angustiaba despertar y encontrar muñones donde habían estado mis brazos. 

“Es temporada baja. El campamento El Mangal, aquel que Adán dirigía, está casi vacío. Tenemos la cabaña para nosotras solas y al instalarnos les pregunto qué actividad les gustaría hacer primero. En la zona hay manglar, río, laguna, pantano, dunas, playa, vereda y zona arqueológica.”

Mientras yo pensaba en malformaciones de peces y humanos, a un lado de nosotros un colectivo de pescadores y agricultores, con asesoría del Instituto de Ecología (INECOL), delineaba un nuevo proyecto productivo. El ecoturismo era algo poco visto en tierras veracruzanas en aquel entonces, pero representaba la mejor manera de asegurar la subsistencia y, al mismo tiempo, la protección del ecosistema. 

Adán, uno de los fundadores, me hablaría de aquellas reuniones alguna tarde de primavera de camino a las mojarras “Los cuates”. Para eso faltaban más de quince años.

*

2015. Mis amigas han accedido a visitar mi patria. Conozco el camino a La Mancha como la palma de mi mano, pero a mis 29 todavía me pongo nerviosa al manejar en carretera.

Es temporada baja. El campamento El Mangal, aquel que Adán dirigía, está casi vacío. Tenemos la cabaña para nosotras solas y al instalarnos les pregunto qué actividad les gustaría hacer primero. En la zona hay manglar, río, laguna, pantano, dunas, playa, vereda y zona arqueológica. 

(Al enlistar, viene a mi mente aquel novio que me decía: “En La Mancha, Dios exageró”).

Decidimos ir a las dunas y al mirador de la montaña, desde donde, se dice, los antiguos americanos vieron arribar las naves de Hernán Cortés. Adán nos acompaña, machete en mano. Son los tiempos del duartismo y, aunque La Mancha es un lugar tranquilo, en Veracruz nunca se sabe

De camino a la loma de la cruz nos topamos con un ciruelo echando fruto. Adán corta comida para todas. Isabel y yo la devoramos de inmediato, pero Sofía juega con ella en las manos, incrédula, como si no supiera exactamente qué hacer. Adán la observa, le pregunta cuál es el problema. Sofía responde que no está segura de que deba comérsela así, sin más, sin lavarla. Él contiene una carcajada y le asegura que esa fruta está más limpia que cualquier producto que pueda encontrar en el supermercado. 

“Los ecosistemas incluyen personas. Creo que es algo que Adán aprendió a lo largo de veinte años de ofrecer servicios de ecoturismo y hospedaje. Podemos coexistir todos, como individuos, dentro de ciertos límites y respetando el entorno.”

Adán tenía una sonrisa recta de dientes blancos, y hoyuelos. 

Las veces que caminé a su lado por la vereda o rumbo al mar, siempre lo vi con una bolsa de plástico amarrada al cinto. Aprovechaba los paseos para recolectar basura. Desechos que dejan los turistas: material siempre renovable. 

(Al escribir aquel adjetivo, me arrepiento de él. La Mancha no es un lugar tranquilo, porque a Adán lo asesinaron).

*

La última vez que me hospedé en El Mangal me acompañaba un muchacho. Las cabañas estaban llenas, estábamos en época de vacaciones. Era tarde y habíamos bebido, así que nos conformamos con alquilar una franjita de tierra donde instalar una casa de campaña.

A medianoche el muchacho, que no entendía español, se decidió a comprarle a Adán un repelente de mosquitos. Mis anécdotas terribles sobre el dengue y el chikungunya lo habían asustado. Se tardó horas en la transacción y, cuando por fin volvió, se estuvo carcajeando un buen rato. 

No supe de qué tanto hablaron él y Adán ni si, de hecho, hablaron.

Adán estaba acostumbrado a tratar con todo tipo de gente: xalapeñas de espíritu selvático, citadinas germófobas, entusiastas de la fruta, extranjeros hipocondriacos de risa fácil. 

Los ecosistemas incluyen personas. Creo que es algo que Adán aprendió a lo largo de veinte años de ofrecer servicios de ecoturismo y hospedaje. Podemos coexistir todos, como individuos, dentro de ciertos límites y respetando el entorno. La extracción no tiene cabida en este esquema. Es una actividad de otro orden.

Al día siguiente desmontamos la casa de campaña y desayunamos plátanos. Volvimos a Xalapa temprano. 

Aquella fue la última vez que vi a Adán. Sigo pensando en qué le habrá dicho al muchacho.

Fotografía de Sofía Téllez


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