Naturaleza posible: El primer paso es imaginar. El caso de Isla Rasa

Además de ser uno de los ecosistemas más ricos del planeta y un excelente ejemplo de conservación, esta isla del golfo de California recibe cada año a cientos de miles de aves marinas que llegan ahí para anidar.

Texto de 09/03/22

Además de ser uno de los ecosistemas más ricos del planeta y un excelente ejemplo de conservación, esta isla del golfo de California recibe cada año a cientos de miles de aves marinas que llegan ahí para anidar.

No hace mucho tiempo, el océano seguía siendo un ambiente del planeta poco alterado por la actividad humana. En México, el golfo de California, caracterizado por una gran productividad marina, fue hasta épocas recientes un ejemplo de abundancia en fauna marina y pesca. Los pescadores hablaban de los famosos “bochinches”, espectaculares agregaciones de alimentación en donde participan cientos de delfines, lobos marinos y ballenas, así como cientos de miles de aves marinas de diferentes especies: pelícanos, gaviotas, charranes, bobos, rabijuncos, fragatas, etcétera. La pesca era muy abundante y se extraían muchas especies de peces de gran tamaño. Toda esta enorme cantidad —o biomasa— de organismos existe debido a la alta productividad marina basada en el fitoplancton, que alimenta al zooplancton, como se le llama a la multitud de especies de minúsculos organismos marinos que sostienen este riquísimo ecosistema, del cual dependen todas las demás especies.

¿Cómo es que el ecosistema marino pelágico es sostenido por cantidades enormes de microorganismos llamados, en su conjunto, fitoplancton y zooplancton? Hay que entender primero que los ecosistemas marinos pelágicos están formados por tres sectores principales y organizados a manera de “reloj de arena” o, como lo describen algunos especialistas, en “forma de avispa”, con una “cintura de avispa” en la parte central. El funcionamiento de estos ecosistemas se basa en la existencia de unas cuantas especies de peces pelágicos menores, como las sardinas y anchovetas, que forman esa cintura que se alimenta de muchas especies de pequeños organismos (fitoplancton y zooplancton) que conforman la base del ecosistema (la base del reloj de arena). Los peces pelágicos menores, a su vez, alimentan a una multitud de especies que constituye la parte alta de este hipotético “reloj de arena”: un gran número de aves marinas, mamíferos marinos y grandes peces como jureles, cabrillas, picudos, etcétera. Esta concepción esquemática del ecosistema es importante porque destaca el hecho de que unas pocas (menos de 10) especies de pequeños peces (pero en enormes cantidades, de millones de toneladas) transfieren materia y energía desde la base de la red trófica hacia sus partes altas. Estos ecosistemas son extremadamente frágiles en la cintura, de la que depende el flujo de materia y energía entre la base y la sección superior del reloj de arena. Cuando este flujo se interrumpe, la estructura entera puede derrumbarse, causando un colapso generalizado del ecosistema. En casos así —como se ha visto en otras partes del mundo— los peces pelágicos menores y otras especies son sustituidos por organismos como las medusas, las cuales se vuelven las especies dominantes en el ecosistema; la delicada red formada por la abundancia de otras especies desaparece. Como resultado de este proceso, de acuerdo con el conocido ecólogo marino Daniel Pauly, en poco tiempo estaremos comiendo “hamburguesas de medusa”, y no solo eso, sino que también dejaremos de ver las espectaculares agrupaciones de aves marinas alimentándose en el mar junto con enormes grupos de peces de gran tamaño, delfines y ballenas: los famosos bochinches.

“La mayoría de las comunidades humanas alrededor del golfo de California, así como las pesquerías a nivel regional y nacional, dependen de la buena salud de los ecosistemas marinos de esta cuenca”.

¿Por qué nos debe importar esto, y cómo nos afecta cuando muchos de nosotros ni siquiera hemos visto alguna vez un bochinche? La mayoría de las comunidades humanas alrededor del golfo de California, así como las pesquerías a nivel regional y nacional, dependen de la buena salud de los ecosistemas marinos de esta cuenca. Estas comunidades tienen como principal fuente de ingreso a las pesquerías artesanales y deportivas, el buceo deportivo y un creciente turismo de naturaleza, además de actividades anexas y conexas que significan una importante derrama económica local y regional.

Las actividades industriales dependientes de este ecosistema, como las pesquerías de peces pelágicos menores, implican derramas económicas no solo a nivel local sino también regional y nacional, ya que generan una importante producción de alimentos enlatados de excelentísima calidad y bajo costo que, hasta hace poco, formaban parte de la canasta básica, como las sardinas enlatadas. La producción de harina de pescado —que también depende de esta pesquería—, aunque económicamente redituable para la industria, no genera tantos empleos y es ejemplo de un uso extremadamente ineficiente del recurso. Porque, si bien la sardina constituye un alimento excelente para el consumo humano directo, al ser quemada para que se transforme en harina de pescado —la cual se agrega en pequeñas cantidades al alimento balanceado del ganado doméstico para incrementar su producción o disminuir su tiempo de engorda—, ocurre una pérdida neta del recurso, ya que pasa por varias etapas de transformación (sardina–harina–alimento balanceado–ganado–producto [huevo o leche]–consumo humano), cada una de las cuales implica una gran pérdida de materia y energía. Este uso ineficiente e irresponsable de un recurso tan valioso, tanto para el consumo humano directo como para el ecosistema, es uno de los dilemas y problemas que tendremos que resolver tarde o temprano si queremos llegar a hacer un uso sustentable del ecosistema.

Para que algo sea posible, primero debemos concebirlo en nuestra mente: imaginarlo. Esta es la idea que guía a los grandes líderes y a quienes tienen importantes logros, como los atletas que visualizan que ganan antes de competir. También es lo que guía a la gente común que ha querido conseguir o construir algo que concibió en su mente.

Cuando hace 36 años llegué a Isla Rasa y experimenté el vórtice de energía que tiene ese lugar —por los cientos de miles de aves que ahí llegan a engendrar y luchar por ver florecer a sus crías en osados volantones—, entendí que también era un centro de información del planeta. ¡Cuántas cosas podría contarnos este nodo de energía en el centro de uno de los ecosistemas más productivos del mundo!

“Al vivir los ritmos de las aves y sus reacciones ante todos los cambios ambientales, sus vecinos, su pareja, sus polluelos, los depredadores de sus crías, el alimento, etcétera, comencé a descifrar, de manera intuitiva, la influencia de cada uno de estos cambios en su vida. Pronto pude predecir lo que pasaría cuando algo sucedía”.

Poco a poco empecé a entender lo que indicaba cada sonido, cada cambio en la textura del mar, en los colores del horizonte y en la dirección y rapidez con que soplaba el viento. Al vivir los ritmos de las aves y sus reacciones ante todos los cambios ambientales, sus vecinos, su pareja, sus polluelos, los depredadores de sus crías, el alimento, etcétera, comencé a descifrar, de manera intuitiva, la influencia de cada uno de estos cambios en su vida. Pronto pude predecir lo que pasaría cuando algo sucedía. Si al final de la temporada de anidación, cuando ya todas las aves pasaban las noches alejadas de la isla, de pronto, a las dos de la madrugada, las 300 mil aves decidían regresar, significaba que vendría un viento fuerte del sureste o tal vez un huracanado “torito”.

Pasaba 90 días al año viviendo con las aves. Me aficioné a dormir a la intemperie, despertando cada tanto para ver los cambios en la posición de los astros y en la velocidad y dirección del viento, y para sentir la energía de la colonia de anidación de gaviotas que tenía a poca distancia. También entendí que lo que para mí era claro y evidente, no lo era para todo el mundo, y que solo unas cuantas personas habían realmente logrado penetrar la esencia de Isla Rasa.

Con el pasar de las décadas y la publicación de las observaciones de naturalistas y biólogos que han visitado Isla Rasa, anotando sus observaciones, este pequeño punto de nuestra geografía se ha ido reafirmando como símbolo de que la simple observación de la naturaleza puede darle al hombre una enorme cantidad de información sobre el ambiente que lo rodea. Este principio fue bien conocido y puesto en práctica por nuestros antepasados, registrado por cientos de culturas indígenas en el planeta.

Actualmente, y gracias al profundo conocimiento de los comcaac (grupo indígena de la costa central de la actual Sonora), sabemos que la isla fue un importante sitio de anidación del pelícano café (Pelecanus occidentalis), al que ellos dieron el nombre de tosni iti ihiiquet (literalmente, “donde los pelícanos tienen sus crías”). Hoy en día no hay pelícanos anidando ahí, debido a la desmedida perturbación que sufrió la isla por la extracción de guano a finales del siglo xix y principios del xx. Para poder sacar ese material, se apilaron en montículos los trozos de basalto que originalmente estaban esparcidos por todo el suelo, lo que alteró gravemente el sustrato. Otra alteración que sufrió la isla en ese periodo fue la introducción de la rata negra (Rattus rattus) y el ratón casero (Mus musculus), dos de las especies comensales del hombre que frecuentemente lo acompañan a los sitios más recónditos del planeta. Estas dos perturbaciones tuvieron como resultado la extirpación de dos especies de aves marinas que anidaban en la isla: el mérgulo de Craveri (Synthliboramphus craveri) y la pardela mexicana (Puffinus opisthomelas), que anidan en oquedades del terreno y cuya capacidad de anidación fue drásticamente alterada por esos roedores, que depredaban sus huevos y pequeños polluelos.

Después de este profundo trastorno siguió un periodo de colecta masiva de huevo de las aves marinas que quedaron tras la época de extracción de guano: la gaviota ploma (Larus heermanni) y los charranes elegante y real (Thalasseus elegans y T. maximus). Sorprendentemente, las poblaciones de estas especies, que llegaban a anidar a la isla tres meses cada año, lograron soportar la pérdida de sus nidadas durante casi 50 años. Pero sus poblaciones se redujeron drásticamente pues se estima que hubo años en que se llegó a extraer cerca de 50 mil huevos de estas aves.

Varios naturalistas visitaron la isla en este periodo y, como Louis Wayne Walker, quien publicó un artículo sobre su visita en National Geographic en 1951, entendieron que era un lugar extraordinariamente importante para la naturaleza, y debía ser estudiado y protegido.

Una vez que el Gobierno mexicano se convenció de su valor, la isla fue declarada área natural protegida en 1964; era apenas la segunda isla en obtener esta categoría después de Tiburón, también en el golfo de California. En esa época se iniciaba un periodo de conciencia ecológica que culminó en la década pasada con la creación de numerosas áreas naturales protegidas, tanto marinas como terrestres, en nuestro país.

Gracias al estatus de área protegida concedido por el Gobierno federal y a la constante presencia de biólogos a partir de 1979, las poblaciones de aves marinas comenzaron a recuperarse, sobre todo después de un exitoso programa de erradicación de los roedores introducidos, coordinado por el biólogo Jesús Ramírez Ruiz en 1995. Actualmente se ha confirmado la anidación de las dos especies de aves marinas que habían sido extirpadas por las perturbaciones causadas por la minería de guano. Así pues, Isla Rasa se ha convertido en un ejemplo de conservación que fue imaginado por mucha gente y que ahora se está haciendo realidad.

¿En qué radica la extraordinaria importancia de Isla Rasa? Además de ser el sitio de anidación del 95% de la población mundial de gaviota ploma y charrán elegante, gracias a las investigaciones desarrolladas en la isla a lo largo de las últimas décadas se ha demostrado que este pequeño lugar es un verdadero indicador y reflejo de las condiciones del mar que lo rodea.

¿Cómo es que al estudiar a la población de dos especies de aves marinas en una pequeña isla de menos de un kilómetro cuadrado logramos saber no solo cómo se encuentra el golfo de California sino también cómo será la pesquería de sardina en años venideros? Esto se debe, en gran parte, a sus características biológicas. Las aves marinas son longevas y tienen pocas crías (menos de una por pareja en promedio por año), se alimentan generalmente de peces pelágicos menores (sardinas, anchovetas, etcétera) y ponen entre uno y tres huevos una vez al año. Incuban y crían a sus polluelos durante los tres meses de primavera y abandonan sus sitios de anidación el resto del año para migrar a la costa del Pacífico, en diferentes direcciones (las gaviotas principalmente hacia la costa de Norteamérica, hasta el sur de Canadá, y los charranes hacia las costas sudamericanas, hasta Chile y Perú). Las aves “saben” que no deben explotar las poblaciones de sardinas y anchovetas más allá de cierto nivel, si es que quieren disponer de ellas durante su siguiente temporada reproductiva, y migran a zonas en las que hay alimento disponible durante otras épocas del año. Como estas aves se alimentan de juveniles de sardina y anchoveta entre marzo y junio, lo que comen nos da una idea de la condición de estas especies de peces en meses posteriores, cuando ya son adultos y son pescados por muchas otras especies de animales marinos y por la flota comercial. Es por ello que las aves de Isla Rasa reflejan la condición del golfo de California.

El tamaño de las poblaciones de aves marinas que anidan en la isla también es indicador de la condición del océano. Lo que hemos observado a lo largo de todos estos años de estudios es que cuando las condiciones de alimento son desfavorables, las aves no anidan en la isla sino que cruzan la península en dirección al Pacífico, buscando anidar en algún sitio de esa región si existen las condiciones adecuadas.

Hemos visto que en distintos años de la última década las aves marinas han llegado fielmente a la isla en abril, pero la han abandonado poco después sin haber anidado. La primera vez que observamos esto fue en 1998, en coincidencia con un episodio del fenómeno de “El Niño” de gran magnitud, instrumental del colapso de la reproducción de las aves marinas a lo largo de todo el Pacífico oriental, entre Chile y Canadá. La deserción de la colonia de Isla Rasa se repitió en 2003, un año en que la interrupción de la anidación de las aves marinas no ocurrió en todo el Pacífico sino solamente en el golfo de California. A partir de entonces, el abandono de la colonia se ha hecho recurrente, con una creciente frecuencia en los años 2009, 2010, 2014 y 2015.

“¿Adónde van las aves al abandonar su sitio de anidación ancestral, y por qué desisten de anidar en esta isla, en la que han encontrado albergue y alimento por siglos, como lo demuestran los grandes depósitos de guano de la isla?”

¿A dónde van las aves al abandonar su sitio de anidación ancestral, y por qué desisten de anidar en esta isla, en la que han encontrado albergue y alimento por siglos, como lo demuestran los grandes depósitos de guano de la isla? Contacté a un grupo de investigadores de Estados Unidos y les propuse analizar qué era lo que estaba ocurriendo con el charrán elegante, ave que había demostrado ser muy sensible a la disponibilidad de alimento y que, como ya se dijo, habíamos usado como indicador de la dinámica del océano. Los resultados, publicados recientemente en la revista Science Advances de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, nos muestran que el cambio en las características oceanográficas de la zona, junto con la sobrepesca de sardina, está produciendo de manera combinada el colapso ecológico de la Región de las Grandes Islas en el golfo de California.

Con base en los conteos de nidos en México y California, nuestro estudio demostró que el charrán elegante ha expandido sus sitios de anidación desde el golfo hacia las costas del sur de California en los últimos 20 años, pero la expansión varía año con año de forma irregular. Cuando las condiciones de productividad marina en el golfo no son las adecuadas para alcanzar el éxito reproductivo, los charranes emigran en busca de sitios alternativos de anidación y van a dar al sur de California, zona que atraviesan en su ruta migratoria hacia Isla Rasa, específicamente a la bahía de San Diego, la Reserva de Bolsa Chica y la terminal de contenedores del puerto de Los Ángeles.

Encontramos que la decisión de los charranes de permanecer en el golfo o migrar hacia California está relacionada con la temperatura superficial del mar y la productividad marina del golfo. Cuando la temperatura del agua está por encima del promedio histórico, las aguas más cálidas de la superficie del océano forman una barrera que impide que las frías corrientes ascendentes, ricas en nutrientes y provenientes del fondo, alcancen la superficie. La productividad marina decae y también lo hace la disponibilidad de sardina y anchoveta, alimento de las aves marinas. Las imágenes satelitales muestran que los eventos de incremento en la temperatura superficial del agua se han hecho cada vez más frecuentes en la Región de las Grandes Islas en el golfo de California, a partir de la anomalía de 1998.

Las anomalías térmicas son solo una parte de las causas del abandono del sitio de anidación; nuestro estudio muestra que el colapso del alimento de las aves se conjuga y agrava con la reducción de la población de sardina debido a una pesca excesiva. Sin alimento, las aves salen del golfo de California y vuelan hacia el Pacífico, donde encuentran una mayor productividad marina. Esta pesca excesiva de sardina no solo constituye un problema para las aves, los mamíferos marinos y los grandes peces que se alimentan de esos pequeños pelágicos; también lo es para la economía de la región, ya que causa el colapso del recurso (como ocurrió en 1992, 1998, 2003 y 2013) y afecta las actividades productivas anexas y conexas porque tiene un impacto en la pesca artesanal y deportiva, el buceo deportivo y el turismo de naturaleza que se enfoca en la observación de especies marinas carismáticas.

Ante un problema tan delicado como este, conviene imaginar una pesca llevada a cabo de manera racional y sustentable. Ejemplos de ello los tenemos ya en algunas pesquerías del planeta y de nuestro país, como la de langosta y abulón en el Pacífico mexicano. Imaginemos un ecosistema sano, con los componentes de hace no tantos años, ofreciéndonos espectáculos de impresionante belleza. De esto también tenemos ejemplos en varias partes del mundo y de México, como Cabo Pulmo. Imaginemos y visualicemos la meta a lo que queremos llegar. El camino no es fácil ni sencillo pero es posible. EP

Este texto fue publicado originalmente en 2015.

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