Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, Luis Vergara aborda la gratitud.
Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, Luis Vergara aborda la gratitud.
Texto de Luis Vergara Anderson 01/09/25
Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, Luis Vergara aborda la gratitud.
"Solo el amor alumbra lo que perdura
Solo el amor convierte en milagro el barro…
Solo el amor engendra la maravilla
Solo el amor consigue encender lo muerto."
Silvio Rodríguez
A mi parecer, antes de hablar de gratitud hay que hablar de amor, porque creo que la gratitud es un tipo particular de amor.
La tradición occidental nos ha vehiculado los términos eros, filia y ágape, que suelen entenderse como tres clases de amor. La verdad es que casi lo único que tienen en común es encontrarse recubiertos por la categoría del amor. Eros es deseo de posesión, centrado en uno mismo. Filia es amistad, centrada a un tiempo en uno mismo y en el otro. Ágape, siempre centrado en el otro, es entrega de sí debida a la identificación con ese otro —en el libro Los cuatro amores, publicado en 1960, C. S. Lewis identifica una cuarta clase: storge, esto es, afecto o cariño, como el de los padres por sus hijos. Aquí lo considero reducible por lo general a ágape o a filia en algunos casos—. Eros y filia son siempre sentimientos. Ágape no lo es necesariamente, pues puede ser una decisión; de otra manera no podría ser objeto de un mandato: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…”, “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, “Amen a sus enemigos”… En ágape, la identificación con el otro hace que lo que es bueno para el otro sea, por eso mismo, bueno para mí, y que lo que es malo para el otro, por eso mismo, sea malo para mí. Entre eros, filia y ágape no hay relaciones ni de exclusión, ni de implicación.
La gratitud es amor —ágape—, que surge espontáneamente en quien ha recibido gratuita y amorosamente —ágape, de nuevo— un beneficio o favor significativo, hacia quien ha hecho donación de ese beneficio o favor. No todo ágape es gratitud, pero la gratitud siempre es ágape; y aunque el ágape en general no necesariamente es un sentimiento, la gratitud si lo es invariablemente.
Cuando se hace un favor o se proporciona un beneficio, suele suceder que el beneficiado recibe estas palabras: “Me debes una”; o él mismo declara: “Te debo una”. Es decir, ha contraído con quien lo benefició lo que suele designarse una “deuda moral”, a saber, una obligación a corresponder contraída en virtud del favor o beneficio recibido. Ahora bien, una deuda moral no es gratitud —constato con desconcierto que la Real Academia Española define “gratitud” precisamente como el “sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra le ha hecho o ha querido hacer, y a corresponderle de alguna manera”. Titubeo por un instante, pero sólo para luego sostenerme con firmeza en lo antes dicho, pese a la definición de gratitud de la RAE que acabo de citar—.
En muchas ocasiones, cuando se contrae una de estas deudas morales, lo que brota de manera espontánea en quien la ha contraído, lejos de ser gratitud, es resentimiento, un sentimiento diametralmente opuesto. La novela El padrino, de Mario Puzo (1969), y su adaptación cinematográfica, dirigida por Francis Ford Coppola en 1972 —ciertamente una de las mejores películas de todos los tiempos—, se inician con una entrevista donde el personaje Amerigo Bonasera, dueño de una funeraria, suplica un favor del padrino don Corleone (magistralmente personificado por Marlon Brando en la película), uno que sólo él puede proporcionar. Se resiste, empero, a quedar en deuda con él —para ello ofrece remunerarlo económicamente, por ejemplo—. Don Corleone insiste en que Bonasera lo reconozca como su padrino, lo que, a regañadientes, termina por hacer, besándole la mano en señal de dicho reconocimiento. Al hacerlo ha contraído una deuda moral con el padrino, hecho que le es explícitamente informado: algún día no especificado le podrá solicitar un servicio, entonces tampoco especificado, y Bonasera tendrá que proporcionarlo. Justo lo que deseaba evitar.
El elemento clave —esencialmente presente en el caso de la gratitud, y ausente en el de la deuda moral, también de manera esencial— es la gratuidad del favor o servicio prestado. Es esa la gratuidad que, como antes he dicho, convoca al amor, al ágape.
En definitiva, la gratitud no obliga, mueve.
¿Qué es el perdón? Soy perdonado por un agravio, ofensa o daño que he causado cuando quien fue por mí agraviado, ofendido o dañado —hay traslapes, lo sé— me dice (de corazón) gratuitamente: “De ahora en adelante es como si no lo hubieras hecho”, y al decirlo se compromete a actuar en consecuencia. Se apreciará, sin duda, que perdonar es amar y que suscita invariablemente profunda gratitud.
Las experiencias de la gratuita donación amorosa del perdón y de la amorosa gratitud que de manera espontánea e inmediata suscita en el perdonado, que pueden llegar a ser de las más significativas en la vida, tienen una gran capacidad transformadora. En efecto, de alguna manera el perdón transforma lo malo en bueno. No es insólito encontrar expresada en la literatura la idea de que la historia (personal o social) es una pesadilla de la que se quiere inútilmente despertar. Pues bien, el perdón permite despertar de la pesadilla de la culpa, suscitando la gratitud hacia quien se ofendió, como he venido insistiendo.
Gracias a la vida es quizá la más famosa de las composiciones de la cantautora chilena Violeta Parra. Ha sido interpretada por muchísimos artistas —Wikipedia dixit “68”—, y es doblemente enigmática: por una parte, su letra no corresponde al tono nostálgico, cuando no melancólico, de su música; por otra, fue compuesta menos de dos años antes del suicidio de Violeta, que ya había intentado quitarse la vida en dos ocasiones. Aquí hacemos abstracción de todo ello y nos quedamos tan solo con la letra.
Gracias a la vida… El agradecimiento no es en este caso hacia un quién, sino hacia un qué, la “vida”. Con frecuencia escuchamos expresiones de agradecimiento de este tipo por parte de quienes se han sentido beneficiados de manera muy importante por una realidad trascendente, omnicomprensiva, no necesariamente personal, que puede ser el universo, Dios (en este caso sí un quién) o la vida (como en la canción), por mencionar algunos ejemplos. Con frecuencia este tipo de gratitud surge espontánea y avasalladoramente como consecuencia de lo que un gran maestro espiritual, Alexander Paul Zatyrka, S. J., denomina “experiencias fundantes”: “vivencia concreta de la persona, que por características propias se vuelve especialmente importante, fundamental, es decir, que aporta un cimiento importante sobre el que se puede consolidar nuestra identidad, nuestra ‘verdad’”; 1 o, en términos cristianos, “experiencias fundantes en las que Dios nos ha hablado directamente, o por medio de los acontecimientos y las personas, mostrándonos quiénes somos y cuál es su voluntad para nosotros”. 2 En estos casos, la gratitud hacia esa realidad trascendente, omnicomprensiva, de la cual uno tiene la vivencia de ser parte, puede estar acompañada del sentimiento oceánico del que hablaba Romain Rolland en su carta del 5 de diciembre de 1927 a Sigmund Freud:
“Sentimiento religioso espontáneo o, más exactamente, la sensación religiosa, que es totalmente diferente de las religiones propiamente dichas y mucho más duradera. Por esto entiendo: – totalmente independiente de todo dogma, de todo credo, de todas las organizaciones de la Iglesia, de todo libro sagrado, de toda esperanza en una supervivencia personal, etc. –, el simple y directo hecho de la sensación de lo «eterno» (que muy bien podría no ser eterno, sino simplemente sin límites perceptibles, como un océano)” 3
Se trata, pues, de una gratitud oceánica, cósmica.
Por razones de espacio, sólo podemos tratar este tema aquí de manera sucinta. Lo correspondiente en el ámbito político-jurídico al perdón es la amnistía. Amnistía es —la etimología es manifiesta— olvido. Olvido de un delito cometido, de manera que en adelante será, para todo efecto, exactamente como si no se hubiera cometido. La amnistía no debe confundirse con indulto, el cual consiste en la reducción o eliminación de la pena objeto de una sentencia por un delito cometido. La amnistía, en cambio, elimina el delito. El indulto es siempre individual, en tanto que la amnistía es colectiva.
Sabemos que la amnistía puede ser un poderoso instrumento de reconciliación. Sabemos también que en las cárceles mexicanas hay decenas de miles de jóvenes que realmente no deberían encontrarse en ellas, por haber sido, en los hechos, prácticamente obligados —por otros delincuentes o por las condiciones de pobreza de sus familias— a delinquir entre las filas del crimen organizado. Sabemos, finalmente, que las cárceles son verdaderas “universidades del crimen”. ¿Sería puramente ilusorio pensar en una amnistía, aunada a un programa de empleo que los extrajera de esas “universidades del crimen”, les garantizara una vida digna y suscitara en ellos gratitud hacia la sociedad? Para esto último habría que previamente lograr un consenso social en favor del proyecto, e idealmente el apoyo al mismo de las víctimas del crimen organizado. Nada fácil. Es más, se antoja imposible. Pero, como se señalaba en una entrega anterior, los gravísimos problemas que aquejan al país requieren soluciones que se ubican en el ámbito de lo que hoy es tenido subjetivamente imposible, pero que con creatividad extraordinaria puede ser mostrado como objetivamente posible. EP