Flotábamos nocturnos en la gracia

Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, José Gordon presenta un fragmento de su novela Los sueños de Patanjali, de próxima aparición en Penguin Random House-Grijalbo.

Texto de 01/09/25

Pentagrama reúne cinco plumas en un espacio de reflexión sobre temas fundamentales. En esta entrega, José Gordon presenta un fragmento de su novela Los sueños de Patanjali, de próxima aparición en Penguin Random House-Grijalbo.

¿Qué le pasa a Ari? ¿Por qué no contesta ningún mensaje desde hace varios meses? Mónica tampoco ha podido comunicarse con él. Nadie sabe dónde está. Ambos sienten una punzada en el pecho. Saben y no saben o no quieren saber. ¿En un universo paralelo existe tal vez una historia diferente de la que están viviendo? 

¿Podrá Fernando responder algún día lo que hoy no alcanza a entender? Cuando tenía ocho años aprendió que había preguntas que nadie podía contestar. Ocurrió en las clases de catecismo. Su padre era comunista y su madre católica. A pesar de las diferencias acordaron que haría la primera comunión. En un salón de la iglesia del pueblo, adaptado para dar clases, la maestra les habló a los niños de los Reyes Magos y la estrella con un brillo especial que los guió hacia su destino. En esos días, en la primaria donde estudiaba Fernando, estaban viendo el tema de la muerte de las estrellas y cómo algunas de ellas, las supernovas, se comportan como si fuera mejor incendiarse que desvanecerse. Ponen fin a su evolución en una explosión cósmica masiva llena de luz apreciable a simple vista. Fernando conecta los puntos y comenta en la clase de catecismo: ¡la estrella de los Reyes Magos era una supernova!

La catequista se contrarió. Fernando estaba desvirtuando lo que ella enseñaba. Los chicos preguntaban qué era eso de las supernovas. Sin que Fernando se enterara, la maestra mandó a llamar a sus padres. Sorprendido, Fernando vio llegar a su papá a las aulas situadas a un costado del templo. Después de un rato de platicar con la catequista, se acercó a su hijo y le pidió que tomara su cuaderno. Lo habían expulsado de esas clases.

 Fernando no entendía. Días después, su padre intentó darle una explicación. Parece que estaba confundiendo a sus compañeros. Fernando tenía desde entonces sus hipótesis: ¿la catequista dijo que era muy pequeño y debía venir después? ¿Lo habían discriminado? La verdad era que sus amigos ya no querían estar con él. Sin embargo, lo que más le intrigaba era el problema de la estrella: ¿era o no una supernova lo que vieron los Reyes Magos? ¿Quién podía contestar? 

Su mamá se iba a poner del lado del catecismo, su papá por ser ateo, del lado de la ciencia. Así, en vez de resolver la duda, negociaron una pausa. Como no había una respuesta que le pudieran dar ni sus padres ni sus maestros, Fernando encontró una salida inesperada: subrepticiamente tomó un cuaderno recién adquirido por su papá para anotar su pregunta. Así nació el cuaderno de las preguntas. Ahora no las podía contestar, pero tal vez en el futuro encontraría las respuestas. No podía confiar más que en sí mismo.

Con el paso de los días y los años apuntó más y más preguntas que nadie contestaba y las reservaba para el Fernando del porvenir. Algunas ya tienen indicios de respuestas. En el libro Los viajes de Marco Polo, leyó menciones de fenómenos celestes parecidos a las supernovas, probablemente recogidos por las tradiciones orales. Antes de que naciera Marco Polo, la supernova SN 1054 fue ampliamente observada por astrónomos chinos y árabes. Se vio a plena luz durante veintitrés días y a lo largo de 653 noches. 

Otras preguntas no han tenido respuesta. En el libro sobre Marco Polo, Fernando se enteró de las batallas y conflictos en las campañas militares del Imperio Mongol; supo de las guerras asiáticas y los enfrentamientos en el sur de China. No entendía. Fernando veía de niño en la televisión imágenes de violentos combates y le preguntaba a su mamá por qué un pueblo peleaba con otro. ¿Por qué se mataban? ¿Qué se puede hacer? Después de un tiempo, dejó de anotar sus preguntas en el cuaderno, pero las mantiene marcadas dentro de su piel: ¿por qué perdió a su madre cuando tenía quince años? ¿Qué es lo que su madre ya no pudo ver? ¿Qué será lo que Fernando ya no podrá ver? ¿A dónde vamos? ¿Qué es lo que se va a descubrir dentro de mil años? 

Cuando Fernando ve su cuaderno infantil, se le dibuja una sonrisa. El cuaderno de las preguntas es una máquina del tiempo. Sus hojas ahora ya están amarillentas. Cuando lo abre, puede verse de pequeño y dialogar con quien imaginó ser. Tal vez de ahí surgió su interés por la física que anula las nociones convencionales del tiempo. Es por eso que le fascina una idea que proviene de Einstein: excepto en los carretes de nuestra percepción, la realidad no transcurre, simplemente es. La ordenamos egocéntricamente en términos de pasado, presente y futuro, pero la realidad majestuosamente es. Ahí está desde siempre una baraja de imágenes que se abre vertiginosamente con varias versiones de sí mismo. El Fernando de hoy conversa nostálgicamente con el Fernando de ayer, y ese niño observa lo que serán sus ojos dentro de unos años. Lo que se mantiene es el brillo de la mirada, el brillo de las preguntas y de los deseos de conocimiento. 

Fernando decidió, también de pequeño, hacer un cuaderno de sus sueños. Notó que algunos le gustaban mucho, pero luego se le olvidaban. Hasta la fecha, cuando tiene un mal día, consulta ese cuaderno, lámpara de la memoria de las imágenes que lo habitaron en las noches oscuras. Él había nacido en un paisaje desértico del norte de México y, sin embargo, soñó con el mar y su olor salado y fresco, con un toque mineral, que nunca había conocido. También soñó con bosques, con hermosos y gigantescos árboles que jamás había visto. En una ocasión se soñó a solas frente a varias casas. Se acercó a una para ver si estaba habitada. Nadie abrió la puerta. La empujó y se dio cuenta de que todas las casas estaban vacías. No había nada. Todo era una maqueta. Un día después, por más que quiso, no volvió a recordar ningún sueño.

Lo más cercano a un sueño se daba con los ojos abiertos, cuando comía y platicaba con Los aerolitos, sus entrañables amigos Mónica y Ari, pero ahora sentía una oquedad en el estómago. Ari había desaparecido. Una pregunta más en el cuaderno de las preguntas dentro de la piel. Ari era como una supernova: se estaba incendiando con su gran brillantez antes de desvanecerse. 

Quien sí soñó con Ari fue Mónica. Llegaron a su mente unos versos milenarios releídos al despertar: «En tu presencia me deleito noche y día, en el calor de tu amistad, volamos juntos como pájaros, más allá del sol de tu deslumbrante luz». Se sentó a escribir: 

«Me di cuenta que te quería una vez que nos quedamos platicando en el carro. Era de noche. En medio de la oscuridad, la luz de un poste apenas creaba un destello minimalista en la manija metálica de la puerta de tu lado. Afuera llovía. En el asfalto negro brillaban pequeñas lagunas de plata. La luz fulguraba azarosamente en el parabrisas y en las ventanas. Una caligrafía secreta conectaba los puntos luminosos, creaba constelaciones en movimiento. Intempestivamente se encendía tu mirada, una lata de refresco tirada en la calle, el extensible metálico de tu reloj. 

»Me di cuenta y no me di cuenta. Hoy puedo ver que eso era una especie de cuadro de Paul Klee: un hilo secreto de luz trama lo que vemos, incluso la oscuridad. Flotábamos nocturnos. Entonces la vi: una espiral diminuta de tintes verdes y dorados irradiaba en medio de los dos. ¿Dónde estaba esa luz? Para mi sorpresa, al cerrar los ojos, la galaxia en miniatura seguía presente. Abrí los ojos, seguía ahí. Volví a cerrar los ojos. Estaba ahí. Era una luz que no dependía de la mirada. Tú y yo estábamos sobreimpuestos en ese cuadro. Me di cuenta de que te quería. Ese fuego chisporroteaba como luz de bengala. Traté de adivinar alguna forma en esa incandescencia, tal vez la llegada inminente de algún dios enanito. 

»Hoy puedo ver que ese punto de luz en rotación nos permitía vernos desde adentro después de tanto tiempo. Cuando veo la luz de las estrellas, observo lo que pasó hace millones de años. Cuando miro ese cuadro en el que estábamos tú y yo, siento que tu imagen, apenas delineada en la oscuridad, me llegaba ligeramente retrasada, hasta que apareció la espiral diminuta. ¿Estábamos viendo los dos lo mismo? ¿Nos alcanzaba el fulgor primordial de nuestro origen?

»Al día siguiente reapareció el albor de la mañana, una luz que oculta esa otra luz. La claridad encubre la luz. Qué paradoja. A veces aparecen destellos inesperados que nos recuerdan que por debajo de lo que vemos hay una geometría secreta de puntos luminosos que se encienden fugazmente en una taza, en una cuchara, en los reflejos de un vaso de agua, de unos lentes, de una piedra preciosa o de un hueso llamado luz. En algún lado leí que los sabios de la cultura hebrea hablaban de un hueso que tiene ese nombre. En las palabras de una lengua semita aparece un vocablo español: luz. Se supone que está en un hueso diminuto del cuerpo que se encuentra en la base de la espina dorsal. Es un hueso inquebrantable. El fuego no lo puede quemar. El tiempo no lo puede destruir. Ese hueso es la única parte que permanece intacta después de la muerte. Con ese hueso se reconstruirá todo el cuerpo en el tiempo de la resurrección. 

»Después de esa noche, tu imagen, tu cuerpo y tu luz llegan a mí con un ligero retraso. Te busco como un pájaro que busca al sol. No lo crees, ¿verdad? Es como una transmisión diferida. Tal vez por eso estamos tan cerca y tan lejos. Somos algo que, incluso por segundos, ya pasó. Solo queda un trozo de tu espina dorsal, la promesa de una galaxia en miniatura que a veces reaparece independientemente de que abra o cierre los ojos. Me doy cuenta y no me doy cuenta. Hemos vivido la resurrección. Está escrita en la caligrafía más íntima de nuestros huesos».

Mónica se levanta del escritorio. Despunta por la ventana la caligrafía de la luz del amanecer, encendida lentamente entre los volcanes del Valle de México. Prende su teléfono celular. Casi al mismo tiempo irrumpe el sonido de una llamada. Es la voz de Fernando: la mamá de Ari acaba de hablar desde Madrid. «Estela trató de buscarnos. Quiere hablar con nosotros. Dice que hay una pista que podría llevarnos a saber lo que pasó con Ari». Mónica casi se desvanece. En medio de un dulce mareo brilla una espiral diminuta de tintes verdes y dorados. EP

El análisis independiente necesita apoyo independiente.

Desde hace más de 30 años, en Este País ofrecemos contenido libre y riguroso.

Ayúdanos a sostenerlo.

DOPSA, S.A. DE C.V