¿Quiúbole con las políticas públicas?

En este texto, Gabriel Ramos mira a través de un prisma a la juventud: quiénes son considerados jóvenes, qué representan para la publicidad, cuáles son sus principales preocupaciones, qué estigmas enfrentan y cómo les benefician las políticas públicas.

Texto de 05/04/21

En este texto, Gabriel Ramos mira a través de un prisma a la juventud: quiénes son considerados jóvenes, qué representan para la publicidad, cuáles son sus principales preocupaciones, qué estigmas enfrentan y cómo les benefician las políticas públicas.

“La juventud de hoy ama el lujo. Es mal educada, desprecia la autoridad, no respeta a sus mayores, y chismea mientras debería trabajar. Los jóvenes ya no se ponen de pie cuando los mayores entran al cuarto. Contradicen a sus padres, fanfarronean en la sociedad, devoran en la mesa los postres, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.

— Sócrates

De acuerdo con los resultados del Censo de Población y Vivienda 2020 del INEGI, la población de 10 a 29 años constituye el 33.6% del total de los habitantes del país; el 16.9% son mujeres y el 16.7%, hombres. La Ley del Instituto Mexicano de la Juventud considera población joven a las personas entre los 12 y los 29 años de edad; por lo que un porcentaje más aproximado se encontraría alrededor del 31%, es decir, casi un tercio de los mexicanos son, por definición, personas jóvenes.

Durante el webinar “La oportunidad del entorno demográfico”, celebrado el 31 de agosto de 2020 con motivo del Mes de la Juventud, la Mtra. Gabriela Rodríguez Ramírez, secretaria general del Consejo Nacional de Población, compartió que este porcentaje de jóvenes en México equivale a alrededor 39.2 millones. “Una cifra que viene en decremento, ya que en el año 2000 los jóvenes entre 12 y 29 años de edad eran el 35%, hoy son el 31%. Esto se llama “transición demográfica”:puntualizó. Esto significa que los jóvenes del año 2000 forman parte del porcentaje de la población adulta actual, con lo cual la población joven de 2021 constituirá en 30 años la población de adultos y adultos mayores.

Otros datos relativos a este sector de la población compartidos durante la transmisión indican que el 63% de los jóvenes son solteros, el 15% vive en unión libre y el 13.5% están casados. Además, el 6% habla una lengua indígena; el 21% se identifica como indígena, aunque no hable ninguna lengua originaria, esto podría indicar que a pesar de que varias lenguas indígenas se han perdido, prevalece en los pueblos un serio compromiso con su identidad.

Jóvenes y sexis

La trascendencia de la juventud está en el hecho de que es cuando una persona se define: descubre qué le gusta, qué no le gusta; explora su cuerpo y su sexualidad; despierta sus aficiones e intereses, y define su identidad como individuo independiente. Es, además, en esta fase de la vida cuando mujeres y hombres forman un criterio propio y desarrollan la capacidad de planear y tomar decisiones para elegir el curso de su vida adulta y su futuro.

“La trascendencia de la juventud está en el hecho de que es cuando una persona se define: descubre qué le gusta, qué no le gusta; explora su cuerpo y su sexualidad; despierta sus aficiones e intereses, y define su identidad como individuo independiente.”

La juventud también ha sido históricamente motivo de estudios académicos e incluso de expresiones artísticas; no son pocas, por ejemplo, las páginas dedicadas a ella en la literatura, basta recordar la literatura de la Onda en México. Gazapo (Gustavo Sainz) y De perfil (José Agustín) fueron historias escritas por jóvenes para ser leídas por jóvenes: en su mismo tono y bajo sus propios códigos. Finalmente, es a partir de los sesenta que la juventud comenzó a tener relevancia no sólo cultural y mediática, sino también política.

Por otro lado, para la mercadotecnia, la juventud también supone una audiencia deseable. Los hábitos y consumos de los jóvenes son escrutados milimétricamente para diseñar productos o mensajes vinculados a sus intereses e inquietudes y con ello mantener una oferta irresistibles para ellos. La publicidad categoriza a los jóvenes mediante el método propuesto por el filósofo español José Ortega y Gasset, que divide cada generación en ciclos de 15 años; con lo cual, la juventud mexicana, bajo la óptica de la mercadotecnia, está conformada por una combinación de Millennials y Gen Z. Se habla comúnmente de que son generaciones hiperconectadas o se les asocia a términos como “nativos digitales” debido a que el uso de Internet consume una gran parte de sus actividades, o se familiarizaron con las interfaces o interacciones digitales desde muy temprana edad.

Según la Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (2019), en México el 70.1% de la población mayor de 6 años es usuaria de Internet, es decir, 80.6 millones de personas. Si bien es cierto que apenas el 50.4% de los hogares mexicanos cuentan con conexión a Internet y que la brecha porcentual entre la población con acceso a Internet en zonas urbanas y rurales es profunda (76.6% contra 47.7%, respectivamente), la interacción a través de dispositivos electrónicos está íntimamente relacionada con las actividades sociales, culturales, académicas y laborales de los jóvenes mexicanos.

Para el Interactive Advertising Bureau (IAB), un organismo global que representa a la industria de la publicidad digital e interactiva, en México la diferencia generacional entre Millennials y Gen Z se manifiesta a través de los hábitos de consumo en línea y uso de dispositivos. Por ejemplo, los primeros usan su teléfono inteligente, generalmente, con fines de entretenimiento, de información y utilitarios; los segundos buscan un estado de conexión 24/7, combinando su uso con otras actividades recreativas, como ver la televisión. Esto implica que para las personas más jóvenes la línea entre la realidad material y la digital es cada vez más difusa; o bien, en el último de los casos, no existe ninguna diferencia y por defecto su realidad incluye la ocupación y el uso de espacios digitales más allá de las tres dimensiones.

Sin embargo, pese a todo el escrutinio para conocer y desmenuzar sus hábitos y comportamientos, así como la fragmentación en datos de cada aspecto de su vida, las marcas capitalizan, con fines comerciales, sólo un pequeño aspecto para buscar formas de conexión con los jóvenes. Al respecto, Pamela Soria, especialista en marketing digital basado en datos y audiencias jóvenes comenta:

“Para las marcas, los jóvenes representan una oportunidad en términos monetarios. Sin embargo, ninguna de ellas está lo suficientemente preocupada por comprenderlos y entender sus diferencias y tesituras. Siempre buscan voltear a verlos porque saben que hay un enorme poder de consumo y una influencia importante, pero no hay una profundidad de análisis para entender quiénes son o qué necesitan.”

“Para las marcas, los jóvenes representan una oportunidad en términos monetarios. Sin embargo, ninguna de ellas está lo suficientemente preocupada por comprenderlos y entender sus diferencias y tesituras.”

Además de la extraordinaria labor estadística que se realiza en México, los estudios de mercado centrados en la juventud normalmente arrojan resultados que ayudan a vislumbrar un panorama más extenso de las realidades a las que se enfrentan los jóvenes.

El hecho de que los jóvenes mexicanos se perciban como parte de una generación específica, aunado a un estado constante de hiperconexión, contribuye a que surjan diversas transversalidades y similitudes con otras juventudes de otros países a pesar de las inherencias inevitables, supeditadas al aspecto geográfico, económico, político y social de cada país y de cada zona dentro del mismo.

Al respecto, Pamela Soria reflexiona: “Los jóvenes mexicanos y latinoamericanos tienen muchas cosas en común, sin embargo, en México la diferencia sigue siendo la cercanía —y la idolatría— hacia Estados Unidos, lo que en términos de deseos de consumo termina por afectarnos. Por ejemplo, globalmente, las principales preocupaciones de los jóvenes, sobre todo en la Generación Z, son tres: la primera se traduce en términos de género, la segunda es medio ambiente y la tercera es salud mental. Y aquí es cuando podemos entender que el contexto cultural no pasa a segundo plano: si hablamos de medio ambiente, no existe un involucramiento más grande como lo vemos en otras regiones y sobre todo en Europa. Si nos comparamos con Suecia, donde los jóvenes protestan para frenar el cambio climático, observamos que en México no es una prioridad aunque el tema no sea ajeno, pero por el contexto social se tienen otras preocupaciones; a los jóvenes mexicanos les interesa el cambio climático, pero no pueden involucrarse de lleno con eso como otros jóvenes, como Greta Thunberg, porque tienen necesidades más tangibles y más inmediatas.”

“…las principales preocupaciones de los jóvenes, sobre todo en la Generación Z, son tres: la primera se traduce en términos de género, la segunda es medio ambiente y la tercera es salud mental.”

Y añade: “En temas de género y equidad ocurre algo muy interesante, si bien es transversal a la generación, debido a que es una que ha vivido más de cerca ciertos discursos, cuando nos asomamos a lo que ocurre en Estados Unidos la conversación tiene que ver con el no binarismo, los pronombres o el género fluido, mientras que en México, el tema primordial y urgente es la violencia en contra de las mujeres”.

Esto confirmaría que a pesar de que las juventudes alrededor del mundo manifiesten interés por un mismo tema desde un aspecto general, las particularidades de cada contexto afectan dónde inciden mayoritariamente sus preocupaciones. Con respecto a la salud mental, Soria detalló que entre Millennials y Gen Z hay una brecha en la forma y las razones de acceder a ella. Mientras que en los primeros implicó todo un cambio de paradigma desestigmatizar la terapia hasta verla como un motivo de orgullo, para los segundos hay una conciencia plena, incluso desde edades tempranas, de que la salud mental es algo que deben atender, ya que principalmente son afectados por la misma hiperconectividad en la que interactúan: el saber qué pasa en tiempo real, someterse al escrutinio de las redes sociales y, naturalmente, vivir una pandemia, son fuentes constantes de estrés y ansiedad. Si bien las dos generaciones que conforman a la juventud mexicana tienen la inquietud de cuidar su salud mental, los orígenes no son necesariamente los mismos.

Según datos de la encuesta global COVIDiSTRESS, los niveles de estrés en la juventud mexicana se dispararon durante la pandemia de Covid-19. En los rangos de edad de menos de 20 hasta 30 años, algunas de las principales fuentes de estrés, en un parámetro de “alto” a “bajo”, son la situación económica nacional, el miedo al contagio, la prolongación de la cuarentena, el riesgo de hospitalización, la situación laboral, el aislamiento, la vida social digital, el trabajo a distancia, la imposibilidad para viajar y la crianza y educación de los hijos. 

Por otro lado, la última Encuesta Nacional de los Hogares del INEGI (2017) arroja que hubo casi dos millones de personas de entre 7 y 29 años que todos los días experimentaron condiciones de preocupación o nerviosismo. Además, las estadísticas de mortalidad reportan que durante 2019 hubo 3,164 personas de entre 10 y 29 años que cometieron suicidio, entre las cuales se reportaron 2,447 hombres, 715 mujeres y 2 personas cuyo sexo no fue especificado en los registros; esto representa un incremento con respecto a 2018, cuando se asentaron 2,954 muertes por suicidio entre jóvenes del mismo rango de edad.

La generación de cristal

Ante un escenario en el que la salud mental puede ser más frágil que antes, pero al mismo tiempo ya no representa un tema tabú, la juventud mexicana ha desarrollado una inconmensurable capacidad de resiliencia para conseguir normalizar narrativas alusivas al fracaso, o incluso a coquetear con pensamientos suicidas como parte de la cotidianidad que comparten día tras día. Basta con echar un breve vistazo a las redes sociales para comprobar que el combo depresión+ansiedad es uno de los leitmotivs favoritos entre los jóvenes usuarios como forma de resistencia ante sí mismos.

Por su parte, la Dra. Rossana Reguillo Cruz, antropóloga, investigadora y activista mexicana especializada en estudios de la juventud, opina: “Es muy difícil trazar un mapa homogéneo de lo que es ser joven. Hay enormes inferencias, pero es indudable lo que vemos actualmente. Por un lado, una juventud más consciente del entorno y de su propio cuerpo, algo que no se veía en los 90 o al principio del siglo XXI; por otro, estamos ante una generación que sale de la adolescencia para entrar a la juventud con mucho desencanto.”

Es necesario agregar que los jóvenes viven bajo el asedio constante de personas adultas. Éstas, ante la idea de verse reemplazadas por individuos con diferentes valores, ideas y consumos culturales, recurren a técnicas irónicamente infantiles para, a través del rechazo a las nuevas generaciones, manifestar su miedo a vivir en un mundo que ya no reconocen.

Reguillo Cruz puntualiza: “Las condiciones estructurales son diferentes en cada momento histórico, lo que es constante y que vemos claramente es cómo hay un duende que coloca a las generaciones de modos diferentes frente a problemáticas similares. Sin embargo, cuando se habla de la generación de cristal resulta sumamente estigmatizador, represor y punitivo para una juventud que ya se la está pasando mal. Y aunque existe cierta resistencia, en términos generales, si cotidianamente te dicen que no sabes, que no puedes, que no sirves, a la larga repercute en la psique y, desde luego, en la cultura política en la que se forman las nuevas generaciones. Es importante combatir la contranarrativa, pero transformar el estigma en emblema no es fácil, sobre todo ante el bombardeo social, político, mediático o religioso en el que los jóvenes mexicanos se desenvuelven.”

“…cuando se habla de la generación de cristal resulta sumamente estigmatizador, represor y punitivo para una juventud que ya se la está pasando mal.”

Está bien ser joven

Esta permanente declaración de guerra ha contribuido en gran medida a alimentar opiniones negativas y nuevos estigmas alrededor de los jóvenes, que se agregan a los que ya venían arrastrando de generaciones anteriores: los jóvenes son frágiles, son débiles, no pueden controlar sus hormonas, son irresponsables, son apáticos, son drogadictos, son perezosos, etc. Al final, estos discursos son empleados para criminalizarlos o, en el último de los casos, representarlos de forma exagerada y grotesca en fenómenos mediáticos como La Rosa de Guadalupe, u otros productos que contribuyen a que estos estigmas se sigan impregnado virulentamente en la sociedad y fomenten una visión reduccionista y caricaturizada de la juventud mexicana. La realidad es que tales creencias, además de las circunstancias desfavorables en las que vive la mayoría y otros factores demográficos o económicos, ubican a los jóvenes en una profunda condición de vulnerabilidad que el Estado tiene la obligación ineludible de atender mediante la implementación de políticas públicas que les garanticen un verdadero estado de bienestar.

Añade la Dra. Reguillo: “Para poder hablar de qué significa ser joven en México tendríamos que hablar primero del mapa diferenciado del país, es decir que no estaríamos hablando de una sola juventud, sino de varias juventudes. Pero en términos generales, si asumimos que desde aproximadamente 2005 se dio una ruptura socioeconómica entre los jóvenes con privilegios y los jóvenes excluidos del sistema, para estos últimos, abandonados a su propia suerte, la situación es sumamente compleja. Ser joven también significa entonces enfrentar enormes dificultades de acceso a la educación y a la salud. Representa, además, una gran dificultad ser escuchados, salvo como botín electorero, los partidos recurren a un discurso tutelador de la juventud que es muy molesto y muy perverso. Para los jóvenes incorporados al sistema, es decir, con acceso a la educación y condiciones favorables de vida, la situación es menos difícil, pero igualmente compleja; ser joven en México también es vivir en una condición en la que es muy difícil ser visto y escuchado”.

“…ser joven en México también es vivir en una condición en la que es muy difícil ser visto y escuchado”

Cabe señalar que, a pesar de la tendencia de replicar las conductas, ideas y causas de los jóvenes, principalmente, en Estados Unidos, existe un gran sector de la población joven en México que vive en condiciones de exclusión, marginalidad y pobreza; los cuales, probablemente, abrazan causas más afines a sus necesidades y contexto, como la de sobrevivir día a día. En su reporte de medición de la pobreza en México durante el periodo 2008-2018, el CONEVAL registró que el 42.4% de los jóvenes entre 12 y 29 años viven en situación de pobreza; sin embargo, en 2008 el índice era del 43%, es decir, se redujo la cifra un 0.6%.

De lo privado a lo público

Para detectar las necesidades y problemáticas que atraviesan los jóvenes y diseñar políticas públicas a partir de ello, es necesario recurrir al trabajo estadístico y de investigación, pero también ha sido importante la función del activismo: acudir a los territorios donde los jóvenes experimentan estas condiciones de exclusión y escucharlos. De esta forma, se han trazado leyes o programas de bienestar que facilitan su integración a la sociedad o el mercado laboral, protegen su integridad o garantizan el cumplimiento de sus derechos.

La relación entre las grandes preocupaciones de los jóvenes y las políticas públicas no es coincidente; ante las cuestiones de género, por ejemplo, se han facilitado las vías para que cualquiera pueda cambiar legalmente su identidad. Hasta ahora son 13 las entidades que reconocen legalmente la identidad de género: Ciudad de México, Coahuila, Colima, Chihuahua, Hidalgo, Michoacán, Nayarit, Quintana Roo, San Luis Potosí, Sonora y Tlaxcala, así como Oaxaca y Jalisco, entidades donde no es requisito ser mayor de edad para realizar el trámite.

En contraste, en la conferencia de prensa del 24 de septiembre de 2020, durante el marco del Día Nacional para la Prevención del Embarazo Adolescente, la Mtra. Gabriela Rodríguez, secretaria general del CONAPO, expuso que, a partir de la implementación de la Estrategia Nacional para la Prevención del Embarazo en Adolescentes, se ha logrado reducir la fecundidad adolescente un 7.8%. No obstante, el índice de embarazos forzados en niñas y adolescentes entre 10 y 14 años va en aumento. Indicó que los embarazos en niñas menores de 14 años están íntimamente relacionados con casos de violencia sexual —perpetrados comúnmente por familiares— o casos de matrimonios y uniones forzadas; con lo cual sería necesario investigar cada caso de embarazo infantil, brindar atención psicológica a las víctimas y atención médica que contemple la interrupción del embarazo.

“…los embarazos en niñas menores de 14 años están íntimamente relacionados con casos de violencia sexual —perpetrados comúnmente por familiares— o casos de matrimonios y uniones forzadas; con lo cual sería necesario investigar cada caso de embarazo infantil, brindar atención psicológica a las víctimas y atención médica que contemple la interrupción del embarazo.”

Sin embargo, a pesar de la detección de casos y la urgente necesidad de atenderlos, son apenas dos los estados de la República que garantizan a las mujeres derechos de salud reproductiva y sexual: CDMX y Oaxaca. Si bien la perspectiva global de las políticas públicas para la juventud mexicana contempla inquietudes y necesidades importantes, resulta prioritario detectar rigurosamente las problemáticas locales urgentes que afectan a los jóvenes y diseñar leyes que las resuelvan.

“…las mujeres jóvenes padecen una triple exclusión en México, una triple marginación y una triple afectación a sus derechos humanos: primero por el hecho de ser mujeres, segundo por el hecho de ser jóvenes y tercero por el hecho de no ser consideradas como sujetos políticos. Los hombres jóvenes en México la pasan mal, pero las mujeres jóvenes la pasan peor.”

Es, cuando menos, cuestionable que al ser México el primer lugar mundial en embarazos adolescentes, exista una resistencia desde el Estado y una lucha casi mediática para evitar o revertir políticas públicas que garanticen la salud reproductiva y sexual de las mujeres, lo que indicaría que incluso en términos de derechos humanos las mujeres mexicanas sufren de desigualdad. A este respecto, la Dra. Rossana Reguillo señala: “Siempre he sostenido que las mujeres jóvenes padecen una triple exclusión en México, una triple marginación y una triple afectación a sus derechos humanos: primero por el hecho de ser mujeres, segundo por el hecho de ser jóvenes y tercero por el hecho de no ser consideradas como sujetos políticos. Los hombres jóvenes en México la pasan mal, pero las mujeres jóvenes la pasan peor.”

Es por ello que el activismo desde la sociedad civil también resulta fundamental para visibilizar las problemáticas que atraviesan las mujeres jóvenes relacionadas con la violencia de género y sexual y que la ley actúe en consecuencia. Para la Dra. Reguillo, las juventudes disidentes más destacables actualmente en México son dos: las feministas que salen a las calles y los defensores de los territorios; esto confirma, finalmente, que los jóvenes mexicanos comparten, desde sus propios contextos y medios, la inquietud global acerca del cuidado y la protección al medio ambiente.

“Las juventudes disidentes más destacables actualmente en México son dos: las feministas que salen a las calles y los defensores de los territorios”

El futuro que no fue

Ante la falta de oportunidades y desempleo, la Secretaría del Bienestar implementó el programa “Jóvenes Construyendo el Futuro”, que se encarga de colocar a jóvenes como becarios en empresas y PyMEs con el fin de capacitarse y acumular recursos útiles para incorporarse al mercado laboral; las empresas los acogen como parte de sus recursos humanos y el Estado se encarga de pagarles un sueldo. Y aunque en principio resuelve ciertas necesidades a corto plazo, no parece existir una estrategia que sostenga esta dinámica a lo largo del tiempo.

“Cada nuevo sexenio hay una nueva lógica en la atención a la juventud; el último gran desacierto fue con Peña Nieto, cuando incorporó el Instituto de Atención a la Juventud a lo que era Sedesol, hoy la Secretaría de Bienestar.”

Ante ello, la Dra. Rossana Reguillo responde: “Me parece que “Jóvenes Construyendo el Futuro” no resuelve de fondo. Darle dinero a los jóvenes o meterlos como becarios con sueldos bajos en empresas no toca las condiciones de vulnerabilidad que los afecta. Pensemos en Tierra Caliente, ¿qué opciones tiene una muchacha o un muchacho sumido en un contexto de violencia? Sí, se beneficia con la beca un tiempo, pero llegará el momento en que deje de recibirla y su biografía va a ser la misma. Uno de los grandes problemas en México, principalmente, pero que se extiende a otras partes de América Latina y de Centroamérica, es la ausencia de una política de Estado en relación con los jóvenes. Cada nuevo sexenio hay una nueva lógica en la atención a la juventud; el último gran desacierto fue con Peña Nieto, cuando incorporó el Instituto de Atención a la Juventud a lo que era Sedesol, hoy la Secretaría de Bienestar. Esto refleja una ausencia de pensamiento de Estado, que no sólo afecta a los jóvenes, sino además a otros grupos en situación de vulnerabilidad.”

Esto confirma que es fundamental no diseñar las políticas públicas en términos sexenales, sino planear una estrategia pensando en que la situación de jóvenes cuyas únicas opciones son incorporarse al narco, meterse al ejército o migrar a Estados Unidos. Sin embargo, de acuerdo con el Programa Institucional del Instituto Mexicano de la Juventud 2020-2024, publicado en el Diario Oficial de la Federación el 17 de febrero de 2021, los objetivos, retos y acciones proyectados para mejorar las condiciones de vida de los jóvenes mexicanos —como lo indica el título del documento— no se contemplan más allá del final del sexenio actual. Es necesario un pensamiento de Estado basado no sólo en las problemáticas de los jóvenes, sino en sus dinámicas sociales y proyección a futuro. No es suficiente, pero, principalmente, es poco eficiente un programa de becarios en comunidades sin escuelas, sin parques, sin bibliotecas, sin casas de la cultura y sin una intervención inteligente en política urbana; los jóvenes necesitan que las ciudades también piensen en ellos.es

“Es fundamental no diseñar las políticas públicas en términos sexenales, sino planear una estrategia pensando en que la situación de jóvenes cuyas únicas opciones son incorporarse al narco, meterse al ejército o migrar a Estados Unidos.”

La Dra. Reguillo concluye: “Cuando hablo de políticas de Estado no me refiero a programas clientelares, sino a cómo el Estado se hace presente en lugares con población joven en condiciones de más vulnerabilidad. Hay lugares donde la presencia del Estado es un maestro empobrecido con un pizarrón verde ya todo desgastado. Mientras no exista una verdadera política de Estado, lo demás es populismo y no resuelve nada.”

Esto supone un enorme desafío, sobre todo, cuando existen problemáticas muy severas y enraizadas, como la narcoviolencia y el sicariato en jóvenes. Mientras no exista una política de Estado que propicie un cambio estructural que trascienda el límite de los seis años, ante la idea de una proyección optimista a futuro frente estos escenarios complejos, la respuesta es radicalmente: no. EP

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