Gardi Emmelhainz reflexiona sobre las tensiones políticas, afectivas y académicas que atraviesan el debate público en torno a Israel y Palestina, y sobre el costo de sostener una postura crítica en un contexto cada vez más polarizado.
Gardi Emmelhainz reflexiona sobre las tensiones políticas, afectivas y académicas que atraviesan el debate público en torno a Israel y Palestina, y sobre el costo de sostener una postura crítica en un contexto cada vez más polarizado.
Texto de Gardi Emmelhainz 11/07/25
En junio de 2025, Gardi Emmelhainz fue despedida de una universidad privada tras ser acusada de antisemitismo por expresar posturas críticas hacia Israel. La institución niega que su despido tenga que ver con su postura pro-palestina y alega que siempre apoyó incondicionalmente los contenidos de sus clases. Sin embargo, la decisión coincidió con acusaciones de antisemitismo por parte de alumnxs judíxs y con un patrón de silenciamiento de expresiones de solidaridad con Palestina en el campus, experimentado también por otrxs docentes y estudiantes. El despido ocurrió además en un contexto en el que se realizaban actividades institucionales que promovían una visión sionista del judaísmo y del antisemitismo. En este texto, Emmelhainz defiende su derecho a hablar sobre Palestina y denuncia la creciente censura en el ámbito académico.
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Es difícil defenderse de una acusación falsa. Y no es la primera vez que se me acusa de antisemitismo. De hecho, cuando defendí el doctorado sobre cine sobre el conflicto en Medio Oriente, no estuve segura sino hasta el último minuto si me iban a aprobar. A lo largo de un proceso de alienación académica durísima que incluyó que mi asesor —con firmes convicciones sionistas— me botara y generara problemas en mi estatus académico y de estudiante con visa en Canadá, me sostuvieron dos asesores clave: el teórico cuir John Ricco y la filósofa Rebecca Comay. En la facultad, me alienaron por mi proyecto —“Jean-Luc Godard y Jean Genet son ‘intratables’” me dijo mi primer asesor— y por haberme ido a Ramallah —ciudad palestina— (siguiendo a Godard y a Genet) a hacer “investigación empírica” para mi proyecto de tesis.
Rebecca me visitó durante mi estancia en los Territorios Ocupados e hicimos un recorrido. A su regreso a Canadá, se convirtió en vocera del movimiento académico de Boicot Desinversión y Sanciones (BDS), aunque el costo para ella a lo largo de estos años ha sido recibir decenas de miles de correos de odio y amenazas y alienación familiar.
Además, en mi facultad me dejaron de considerar como parte de la comunidad académica, me bloquearon acceso a becas y a otros apoyos y me negaron empleo como profesora para complementar mi magra beca. En algún momento, también recibí un correo electrónico de mi primer asesor, dirigido a la decana de la facultad, en el que él sugería que por la naturaleza de mi proyecto —sobre cine y literatura en una facultad de arte— lo mejor sería que yo terminara mi investigación en otra universidad. Eso fue en Canadá hace casi 20 años.
Desde entonces, esta forma de macartismo que amalgama la postura crítica a Israel con el antisemitismo y su persecución institucional y académica se ha exacerbado, sobre todo desde el 7 de octubre de 2023, fecha que marcó el inicio de la guerra de Gaza. El mensaje que están diseminando muchas instituciones es que cualquier forma de expresión pro-Palestina será aplastada o completamente ignorada. Estas instituciones, que incluyen muchas universidades, son directamente cómplices ya sea por financiar las políticas genocidas de Israel o por la cobardía y racismo colonialista que está permitiendo que continúe el genocidio. Y ya que la maquinaria de propaganda israelí ha tenido que luchar para mantener opaca la realidad del genocidio en Palestina con mentiras, acusaciones, gaslighting, propaganda y chantaje, su única estrategia está siendo detener y deportar activistas (en Estados Unidos, Alemania, Canadá) o silenciar (como a mí y a Rupa Marya, Nathalie Khankhan, Jodi Dean, Pip Day, Masha Gessen, Candice Breitz y un larguísimo etcetera).
En el post de Facebook donde explico cómo fue que deduje que me corrieron después de 11 años de dar clases en una institución privada por haber sido acusada repetidamente de “antisemitismo” por hablar de Palestina en mi aula, una exalumna a quien quiero y respeto resume la postura de los alumnxs judíos inconformes:
“Me quedé con la incógnita de cómo es que apoyas tanto una causa que nunca validaría tu identidad. Eres una excelente maestra y tienes mucho que aportar, pero sin duda tus alumnos judíos estábamos en un lugar muy doloroso y angustiante en tu clase y creo que nunca quisiste entender porque tu narrativa nos lastimaba y activamente nos hacía daño. Cuando pasó el 7 de octubre nuestro mundo se cayó, fue revivir los traumas más profundos de un judío y de tu parte solo compartiste un ensayo de un escritor Israelí de ultra izquierda en el que el mensaje era en pocas palabras “Israel se autoinflingió este daño y se lo merece” como tu alumna se quebró mi relación contigo a partir de ese momento y ya no pude juzgar tu activismo con ojos favorables, ya era solamente parte de un ruido violento contra nosotros los judíos, porque no hay sionistas y judíos, somos lo mismo”.
De su comentario, podemos desgranar no solo la esencia de la postura actual de una parte significativa de la comunidad judía que se siente amenazada por el apoyo a Palestina y las denuncias del genocidio, sino también la de los nuevos etnonacionalismos. Y en el caso del apoyo a Israel, la línea de la hasbará es la siguiente: se capitaliza la historia del trauma de la Shoah para justificar el exterminio en curso de los palestinos. Más allá de eso, la acusación de mi alumna de encarnar una postura basada en la disyunción entre “causa política” e “identidad” que supuestamente lastima a mis alumnxs judíos, es sumamente sintomática (y alarmante) de nuestros tiempos. Esta necesidad percibida de homologar identidad religiosa, cultural y étnica con causa política, es la base de los nuevos etnonacionalismos, desde Netanyahu, pasando por Modi en la India y Trump en Estados Unidos con los cristianos evangelistas. La derecha del siglo XXI ya no es católica ni nacionalista, sino étnica.
La afirmación de mi exalumna que el mundo de los judíos se cayó después del 7/10/23 porque el ataque de Hamas en el sur de Israel revivió los traumas de la Shoah o el genocidio de los judíos europeos, ha sido deconstruida incansable y certeramente. Por ejemplo, Naomi Klein argumenta que Israel ha instrumentalizado el trauma como herramienta de guerra, diseminando una “simple fábula del bien y el mal, en la cual Israel es impoluto e inocente, merecedor de apoyo incondicional, mientras que sus enemigos son monstruos que merecen violencia desatada sin leyes ni fronteras, ya sea Gaza, Jenin, Beirut, Damasco o Teherán”. Klein argumenta que, a raíz de esta escalada del conflicto, la identidad de Israel como nación se fusionó con el terror sufrido el 7 de octubre.
En vez de entenderse como el acto de un pueblo en legítima defensa ante la ocupación y opresión, el ataque de Hamas se homologa a un pogromo impecablemente asimilado al Holocausto Nazi. Es así que se borra la línea entre la conmemoración del trauma y su explotación cínica, entre la remembranza de la catástrofe de los judíos europeos y su instrumentalización. Israel está exacerbando y manipulando el trauma del pueblo judío, a través de performances de duelo colectivo.
Sin embargo, no se trata de un colectivo universal que denuncie las historias de genocidio; se trata de un colectivo profundamente ligado a la etnia: “Nunca jamás” está aplicando solo a los judíos, y su victimización está sirviendo para encubrir la historia de violencia contra el pueblo palestino. En este contexto, Naomi Klein describe los viajes a Israel para hacer turismo sobre el sitio del ataque del 7 de octubre y experiencias virtuales a las comunidades atacadas que generan lo que ella llama, un “trauma prostético”. Este consumo de experiencia de trauma conduce, según ella, al maniqueísmo que estrecha la visión que culmina con la fusión del 7 de octubre con el Holocausto.
Esto quiere decir que bajo la luz del genocidio que continúa en Gaza y que es el primero que está siendo transmitido en vivo en redes sociales, la memoria de la Shoah —invocada a lo largo del siglo XX como herramienta en contra de la exclusión, opresión y genocidio y el paradigma de la defensa de los derechos humanos— se está desmoronando. Es decir, la oficialización, la industrialización, la instrumentalización de la memoria de la Shoah están justificando la anexión de facto en Cisjordania y la destrucción de Gaza. Como argumenta Pankaj Mishra, el “Nunca más” hoy ha sido apropiado solo para Israel y los israelíes, separando a la Shoah radicalmente de sus valores universales, puesta al servicio de una política de un apartheid que justifica el genocidio.
En este contexto, mi exalumna reduce mi enseñanza a “ruido violento contra los judíos”, de la misma manera que Ariana Harwicz, en un texto reciente, denuncia la apropiación de la intelectualidad europea de palabras como “genocidio y racismo, colonización, apartheid, fascismo, supremacía, patriarcado”, y al clima “hostil chic” contra Israel. Según Harwicz —escritora de quien confieso, soy fan—, todos los que han aceptado el BDS han abandonado el campo de la moral y de la ética. Sin nombrar a Palestina en su texto, Harwicz denuncia una “peste emotiva colectiva” que hace la equivalencia entre los judíos y los nazis; por eso, llama a desconfiar de los intelectuales y de la prensa críticos de las políticas genocidas de Israel.
Ya la intención genocida de Israel ha sido demostrada con las declaraciones de los líderes israelíes de extrema derecha y con su materialización en la realidad de la Franja de Gaza: los bombardeos la han vuelto inhabitable, obligando a los gazatíes a huir del enclave y si no tienen refugio, se les está impidiendo restaurar las condiciones de su existencia como grupo bombardeándolos, sometiéndolos a hambruna, privándolos de ayuda médica. Podría tratarse de un caso de limpieza étnica, pero como lo explica el historiador experto en genocidio Omer Bartov, ya que la población que se busca desplazar está siendo privada de alimentos y agua, bombardeada, obligada a desplazarse constantemente de una zona “segura” a otra, la limpieza étnica se convierte en genocidio. Bartov declaró que acciones de Israel corresponden a las del genocidio del pueblo Herero en Namibia, de los armenios, a la Shoah.
Israel existe y punto. Y en este debate, su existencia no está en juego. Sin embargo, las acusaciones de que la prensa, los museos, el mundo de cine, el festival de Cannes, las universidades de Estados Unidos y Canadá sean nidos de antisemitismo, se basan en la defensa del principio de que los israelíes (y por extensión la comunidad judía internacional “no hay sionistas judíos, somos lo mismo”, escribe mi exalumna) no podrían sobrevivir sin matar de hambre a los gazatíes, sin jugar a los juegos del hambre con las personas que se acercan a buscar ayuda humanitaria. La amalgama de que cualquier crítica a Israel es supuestamente antisemitismo y una amenaza a los judíos, genera una percepción equivocada de la realidad, produce miedo. “Palestina libre” no es una consigna antisemita. El problema es que hay personas aterradas apoyando la violencia desproporcionada, que son los constituyentes perfectos de los líderes etnofascistas como Netanyahu, quien los ha convencido de que el exterminio y la hambruna manufacturada son males necesarios para mantener a los israelíes (y por extensión, a los judíos del mundo), libres y seguros de cualquier amenaza. Lo preocupante es que esta paranoia sobrevivencialista y reclamo constante de excepcionalidad, han dado lugar a expresiones crueles, cínicas y sádicas de odio diseminadas en redes sociales. Por ejemplo:
O el video que circuló en redes el 3 de mayo en el que soldados israelíes explotan un edificio en Gaza y riéndose, lo hacen pasar por un “gender reveal” habiendo colocado material azul emulando el ritual de moda. O cuando en febrero, la ministra israelí May Golan declaró durante un debate en el Knesset que se enorgullecía de las ruinas de Gaza, que “cada bebé, en ochenta años, les contará a sus hijos lo que les hicieron los judíos”. Y es que como argumenta la experta en historia y leyes del genocidio Monique Chemillier-Gendreau en su conferencia del 13 de junio en el Collège de France, el genocidio es un crimen individual: hay responsables directos, como líderes políticos o militares, pero también es un crimen colectivo. Chemillier-Gendreau explica cómo no hay genocidio sin el consenso de toda una sociedad, ya sea a través de sus acciones y palabras o por omisión. El genocidio colectivo se gesta en conversaciones en el café, cartones en los periódicos, tuits o posteos racistas que diseminan lentamente el odio que justifica el genocidio. Ante el aspecto colectivo del genocidio, se trasciende la capacidad del derecho internacional de hacer justicia porque el odio es inconmensurable.
Es así que el costo de esta lucha genocida por validar y salvaguardar la identidad de un pueblo es el abandono de la creencia de que la humanidad está conformada por todos los grupos humanos, y que la eliminación de uno de estos grupos nos amputa y nos deshumaniza. Si una mayoría de los judíos está perdiendo el compás moral (claramente no todos, guiño a ya saben quiénes y admiro su valentía por hablar en contra de su tribu), recordemos que ya que han habitado históricamente a la otredad, el exilio y la condición de ser refugiados, los judíos han sido grandes pensadores también del fascismo y de la responsabilidad ética. Los podemos invocar para que se reconozca el genocidio israelí en Gaza, aunque tengan que pasar varias generaciones.
Como en México, donde todavía no se reconoce el genocidio de los pueblos originarios sobre el cual se funda la nación mexicana, aunada a la persecución de los judíos a través de tres siglos de inquisición. Respecto a ello, corran a leer: Olvidarás el fuego (2022) de Gabriela Riveros sobre la tragedia de Luis de Carvajal, quemado en la hoguera de hereje y judaizante. Su historia es la de miles de judíos expulsados de España y Portugal perseguidos también en México durante la Colonia. Consideremos también que en la cultura audiovisual de México, igual que indígenas caricaturizados, tampoco hay judíos a excepción de las series y películas de Manolo Caro, o en la recientísima Mentiras: La serie (coescrita por una exalumna mía, por cierto).
El proyecto de derrumbe de los pilares de la democracia por la oligarquía global se hace legible ante la diseminación de la intolerancia y el giro planetario a la derecha. Ante ello, podemos también pensar junto con Jean Amèry y Primo Levi, Hannah Arendt, Simone Weil, Walter Benjamin, Naomi Klein, Theodor W. Adorno, Masha Gessen y otros tantos judíxs luminosxs. Mientras que la causa palestina se convierte en la causa política que se va arraigando en los corazones de los jóvenes de esta generación, el legado del pensamiento judío nos puede ayudar a no perder el compás moral, estar a la altura de los tiempos, a organizar luchas más allá de lo digital, tejer redes y nidos de solidaridad, a defender espacios seguros de diálogo. EP