México y la nueva inversión extranjera

Antonio Ortiz-Mena presenta un breve recuento de cómo ha sido la inversión extranjera en México y plantea cómo debe ser la nueva inversión extranjera.

Texto de 28/07/21

Antonio Ortiz-Mena presenta un breve recuento de cómo ha sido la inversión extranjera en México y plantea cómo debe ser la nueva inversión extranjera.

Este texto es la opinión del autor y no necesariamente la de alguna de las organizaciones con las que está afiliado.

Del Porfiriato y la sustitución de importaciones

Desde el último cuarto del siglo XIX, México ha buscado atraer inversión extranjera, pasando por varias facetas. Durante el Porfiriato, era bienvenida como medio para explotar la riqueza minera y agrícola, desarrollar infraestructura física e impulsar la industrialización, pero se buscaba diversificar el origen nacional del capital para evitar una concentración de capital estadounidense que pudiera repercutir en presiones políticas de nuestro vecino del norte.

En el periodo posrevolucionario, con una economía crecientemente cerrada, se seguía permitiendo la inversión extranjera, pero con mayores regulaciones y restricciones encaminadas a fomentar la sustitución de importaciones y permitir el desarrollo de una industria nacional. El enfoque fue preponderantemente pragmático.

En 1973, cuando entró en vigor la Ley para Promover la Inversión Mexicana y Regular la Inversión Extranjera, la política hacia la inversión extranjera se tornó marcadamente restrictiva. Gradualmente aumentó la participación del estado en la economía y se deterioraron las relaciones del gobierno federal con líderes empresariales de Monterrey y agricultores del noroeste. Esto afectó el desempeño no sólo de la inversión extranjera, sino también de la inversión privada nacional.

TLCAN y anexas

En los ochenta inició una apertura gradual al capital privado, nacional y extranjero, pero todavía con reticencias. Un cambio significativo hacia la inversión extranjera se dio con el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) de 1994, que representó tanto una mayor apertura a la inversión como un mecanismo de solución de controversias especializado para garantizar los derechos de los inversionistas estadounidenses y canadienses en México. Cabe destacar que poco antes del TLCAN México tuvo un acercamiento con la hoy Unión Europea para atraer inversión de esa región y así evitar una concentración de comercio e inversión con Estados Unidos que podría derivar en presiones políticas de nuestro vecino, en lo que resulta un paralelo interesante con lo que se buscaba un siglo atrás. Al no conseguirse este objetivo, se inclinó la balanza hacia EUA.

“Un cambio significativo hacia la inversión extranjera se dio con el TLCAN de 1994, que representó tanto una mayor apertura a la inversión como un mecanismo de solución de controversias especializado”.

Posterior al TLCAN, se negoció un acuerdo con la Unión Europea, así como otros acuerdos comerciales regionales y bilaterales que abrían la economía a la inversión extranjera, y múltiples Acuerdos para la Promoción y Protección Recíproca de las Inversiones (APPRIs). A la fecha, México cuenta con 14 tratados de libre comercio con 50 países y APPRIs con 31 países o regiones. El objetivo de estos acuerdos es atraer inversión extranjera de empresas de diversos países, como complemento a la inversión nacional pública y privada, para promover la transferencia tecnológica, el crecimiento económico y el empleo.

En cuanto al origen del capital, tres de los acuerdos más importantes (más los correspondientes APPRIs) son el Tratado Integral y de Asociación Transpacífico (TIPAT), el acuerdo renovado con la Unión Europea y el Tratado México-Estados Unidos- Canadá (T-MEC), que reemplazó al TLCAN en 2020.

Para enero de 2019, el TIPAT estaba en vigor para México y sus socios Australia, Canadá, Japón, Nueva Zelandia, Singapur y Vietnam. Todavía está pendiente la entrada en vigor para Brunei, Chile, Malasia y Perú. Este tratado mantiene importantes protecciones para los inversionistas extranjeros, pero tiene medidas de protección en temas laborales y ambientales más ambiciosas que las del TLCAN. Es un buen marco regulatorio que brinda certidumbre para atraer inversión extranjera sin menoscabo de derechos ambientales y laborales en los países que reciben la inversión. El nuevo acuerdo con la Unión Europea tiene un enfoque similar, pero, a pesar de haber concluido las negociaciones en abril de 2020, aún no se vislumbra fecha para su entrada en vigor.

T-MEC

El T-MEC también tiene ambiciosos compromisos ambientales y laborales, pero la protección que otorga a la inversión extranjera es menor a la del TLCAN y el TIPAT. Para las controversias entre Canadá y Estados Unidos no habrá un mecanismo de solución de controversias inversionista-Estado; para controversias entre México y Canadá se pueden usar los instrumentos del TIPAT, y para disputas entre México y EUA se mantiene un mecanismo de solución de controversias inversionista-Estado con amplia protección sólo para contratos con gobierno en materia de petróleo y gas natural, generación de energía al público, servicios de telecomunicación y de transporte al público.

En la negociación del TLCAN, fue EUA quien insistió en incluir un mecanismo de solución de controversias inversionista-Estado, al desconfiar de posibles acciones de futuros gobiernos de México. Sin embargo, paradójicamente, al iniciar las negociaciones del T-MEC fue EUA quien buscó eliminar la protección a los inversionistas de su país en México, pues la veían como un incentivo para invertir en México y no en EUA.

De conformidad con la clasificación de Dunning y Lundan, la inversión extranjera busca recursos (como petróleo y minerales), mercados (por su naturaleza resulta más conveniente producir algunos bienes o brindar algunos servicios cerca de los consumidores), eficiencia (como la producción a gran escala en un sitio para pasar a ensamble en otro sitio) o alianzas estratégicas (adquisición de ciertos activos, marcas o tecnologías). Desde esta perspectiva, la solución de compromiso puede entenderse como cobertura del T-MEC hacia actividades que requieren acceso a recursos específicos que están en México, o brindar bienes o servicios donde está el consumidor (energía, telecomunicaciones, transporte). La manufactura queda con menos protección que bajo el TLCAN.

“…hay cada vez más multinacionales que asumen compromisos de sostenibilidad social, económica y ambiental, impulsados por presiones de accionistas y de mercados”.

La nueva inversión extranjera

En décadas anteriores, los límites a la inversión extranjera en México eran aquellos que imponían las leyes y los tratados, en los cuales había escasos compromisos en materia ambiental y social —o en todo caso no siempre se hacían cumplir—; en los acuerdos de última generación, hay mayores compromisos ambientales y laborales, en contra de la corrupción y en favor de la sostenibilidad; una vigilancia de su cumplimiento mucho más estrecha, y mecanismos vinculantes para hacerlos valer. Esto es algo positivo.

También, a diferencia de décadas anteriores, hay cada vez más multinacionales que asumen compromisos de sostenibilidad social, económica y ambiental, impulsados por presiones de accionistas y de mercados, ya no sólo derivados de obligaciones legales. Como ejemplo, podemos mencionar a tres empresas de distintas industrias que tienen presencia en México: General Motors se comprometió a tener una huella neutral de carbono en todos su procesos productivos y vehículos para 2040; Microsoft tendrá una huella negativa de carbono para 2030; BlackRock, que maneja activos por más de siete billones de dólares y es inversionista en un 90% de las empresas que conforman el índice S&P 500, buscará que la empresas en las que invierte cumplan con objetivos ambientales y sociales ambiciosos y concretos.

México puede beneficiarse de recientes cambios en los acuerdos y los mercados para atraer inversión extranjera que tenga un impacto preponderantemente positivo. La amplia red de acuerdos comerciales, de APPRIs y la proximidad con EUA durante una etapa de competencia geopolítica entre China y EUA ayudarán a ello, pero no es suficiente.

Para ello se requiere atraer inversión extranjera de nueva generación; además, que mejore la situación de seguridad en México, que se respete y refuerce la autonomía de los órganos reguladores, que se reduzca sensiblemente la corrupción y que las empresas establecidas en México cuenten con energía limpia suministrada de manera confiable a precios competitivos, para que puedan cumplir con sus compromisos ambientales. En su reciente reporte sobre el ambiente de inversión en México, el Departamento de Estado de EUA concluye que la evolución de estas variables no es positiva y ha aumentado el costo para hacer negocios en México.

“Estamos a tiempo para hacer los ajustes requeridos para aprovechar esta oportunidad de atraer inversión extranjera social y ambientalmente sostenible”.


Estamos a tiempo para hacer los ajustes requeridos para aprovechar esta oportunidad de atraer inversión extranjera social y ambientalmente sostenible, que ayudaría a generar buenos empleos y aumentar la tasa de crecimiento de nuestra economía, que ha sido inaceptablemente baja durante décadas. Si no realizamos estos ajustes y esperamos que la inversión llegue simplemente por haber suscrito el T-MEC y otros acuerdos similares, y por el ingente conflicto entre China y EUA, habremos dejado pasar una gran oportunidad. EP

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