Las incógnitas de Afganistán

En este texto, Cassio Luiselli Fernández, miembro del grupo México en el Mundo, analiza las interrogantes suscitadas a partir del retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán y las implicaciones en la región.

Texto de 30/09/21

En este texto, Cassio Luiselli Fernández, miembro del grupo México en el Mundo, analiza las interrogantes suscitadas a partir del retiro de las tropas estadounidenses de Afganistán y las implicaciones en la región.

Si algo resulta sorprendente en Afganistán con el reciente arribo al poder de los temidos talibanes, ha sido la forma aparentemente suave de su proceso de ocupación, básicamente incruento, rápido y sin mayores tropiezos. Pareciera que desde hacía tiempo los estaban esperando; también ellos, hay que decirlo, moderaron sus actitudes y discursos al entrar triunfantes en Kabul el pasado agosto. Ante estos hechos, la controvertida decisión del presidente Joe Biden de retirar sus tropas del suelo afgano, de una vez por todas, pareciera muy atinada y por demás oportuna. Sin embargo, es cierto que abre muchas interrogantes.

Es conveniente recordar que tras 20 años de ocupación americana, estamos ante nada menos que el escenario de guerra más prolongado de su historia, si bien no el más importante, violento o visible. También hay que reparar en que esta retirada se vincula forzosamente con el cierre de las bases militares norteamericanas en Asia Central (Kirguistán, Uzbekistán). Esta retirada norteamericana del escenario centro euroasiático tiene como contrapartida, necesariamente, el reforzamiento de la presencia de China —y de Rusia hasta cierto punto— en una región de legendarios encuentros y desencuentros geopolíticos. Estados Unidos ha justificado su retiro de ese “teatro secundario de acción” para poder concentrarse y poner énfasis en el cada vez más delicado manejo de su áspera relación con China; así como en nuevas iniciativas convergentes con la estrategia hacia la propia China, en su alianza con Australia y el Reino Unido (AUKUS), que confiere más protagonismo y capacidades bélicas a Australia en la región, también en el “Diálogo de Seguridad Cuadrilateral, o el “QUAD” foro estratégico conformado por EUA, Japón, India y Australia. En este “Siglo de Asia”, como le llaman muchos, justamente no hay que olvidar que Kabul, desde siempre, fue un nervio vital, un nodo indispensable en el tránsito, en el incesante trasiego de caravanas por la Ruta de la Seda.

“Esta retirada norteamericana del escenario centro euroasiático tiene como contrapartida, necesariamente, el reforzamiento de la presencia de China —y de Rusia hasta cierto punto— en una región de legendarios encuentros y desencuentros geopolíticos”.

El Talibán surge en 1994 para purificar al país e imponer un estricto orden islámico. Previo a su golpe, la situación humanitaria en Afganistán era ya de por sí muy crítica: más de 17 millones de personas sufrían severa inseguridad alimentaria o, de plano, hambre. Más de medio millón de desplazados y encima el impacto devastador de la pandemia de Covid-19. Se calcula que alrededor de 30 mil afganos siguen huyendo semanalmente de sus pueblos y buscan angustiosamente salir de su país. Ahora con los talibanes en el poder, se espera que crezca mucho más el número de refugiados que huirán por las porosas fronteras de ese país.     

La caída de Kabul abre entonces importantes dudas e interrogantes, sobre todo en materia de respeto a los derechos humanos. Pero también está el fundado temor de que ahora se refugien ahí y operen grupos como Al Qaeda e inclusive el llamado Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés). Al Qaeda incluso afirma que extendería sus operaciones a Cachemira, exacerbando la situación incierta y de riesgo que deja el retiro de las tropas americanas de esa zona crítica. Es en este contexto que el Consejo de Seguridad de la ONU reclama puntualmente que Afganistán se adhiera a sus compromisos de proteger los derechos humanos, en particular los de niñas, mujeres y minorías; la libre movilidad y permisos de evacuación de personas dentro y fuera del país; amnistía para personas que trabajaron en el gobierno anterior al golpe talibán; acuerdo político con otras facciones étnicas y políticas dentro de Afganistán. Por último, y muy importante, la prohibición de acoger a cualquier grupo terrorista dentro de su territorio. En este punto convergen las condiciones de Estados Unidos, China y Rusia.

“La caída de Kabul abre entonces importantes dudas e interrogantes, sobre todo en materia de respeto a los derechos humanos. Pero también está el fundado temor de que ahora se refugien ahí y operen grupos como Al Qaeda e inclusive el llamado Estado Islámico”.

Es notable el impacto de todo esto en India, que en un principio rechazó la “Nueva Ruta de la Seda” impulsada por China, y que ahora debe aceptar desde una posición distante y más débil en ese escenario territorial que, por otra parte, le es vital por varias razones. Aunque es cierto que sus nexos con Rusia y su pertenencia a la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO) le permiten estar presente y jugar de alguna manera en las dinámicas de Asia Central. 

China ve con preocupación el riesgo de que Afganistán pueda servir otra vez de base o refugio a los secesionistas uigures y otros grupos militantes islámicos. No obstante, en las circunstancias actuales, China y los propios talibanes tienen mucho que ganar con su mutua cooperación. Ahí están los vastos recursos minerales de Afganistán, sobre todo de cobre y de litio; éste cada día más estratégico y de gran interés para China; así como la enorme necesidad de inversiones chinas para reconstruir la infraestructura y dar un gran impulso al renacimiento de la economía afgana. En este contexto, es necesario tener presente el nexo de larga data entre China y Pakistán y que, dentro de la Nueva Ruta de la Seda, China impulsa el mayor proyecto de infraestructura, el llamado “Corredor Económico China-Pakistán” (CPEC, por sus siglas en inglés).

Para India en particular, con esto surgen también dificultades, pues su apuesta previa y apoyo tangible a los rivales de los talibanes, como los gobiernos de Karzai y Ghani, le abren un gran vacío y la hostilidad del actual gobierno. Tanto es así que India no ha sido invitada a participar en las conversaciones y tareas multilaterales sobre la reconstrucción de Afganistán. Le queda, pues, a Nueva Delhi una ardua ruta para la recuperación del diálogo y la normalización de sus relaciones con Kabul.  

Rusia misma, en un principio de actuar titubeante e incómoda con la Nueva Ruta de la Seda por ser impulsada por Xi Jinping, ha tenido que aceptar el nuevo escenario, justo al sur de sus fronteras; un estado de cosas que, por un lado, le da mayor margen de acción, pero, por el otro, la enfrentan a la presencia de fuertes arreglos políticos multilaterales, de alguna u otra manera impulsados por China, como la Organización de Cooperación de Shanghái (SCO, por sus siglas en inglés), la Unión Económica Euroasiática (EAEU, por sus siglas en inglés) y el Tratado de Seguridad Colectiva (CSTO, por sus siglas en inglés). Todo esto, por cierto, resultado de la reconversión en estados independientes de lo que fuera la Unión Soviética.

“En el trasfondo, no hay que olvidarlo, se trata del gran tema de la reconfiguración de Eurasia, que preocupa y concierne a todos, pero muy en particular a Moscú y a Beijing y que inevitablemente les involucra en miríadas de hechos concretos, cotidianos”.

En el trasfondo, no hay que olvidarlo, se trata del gran tema de la reconfiguración de Eurasia, que preocupa y concierne a todos, pero muy en particular a Moscú y a Beijing y que inevitablemente les involucra en miríadas de hechos concretos, cotidianos. Ahí están Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán —los llamados “Cinco de Asia Central— y, desde luego, Afganistán. Aquí China se empeña en desempeñar un rol de mayor importancia al conectar esos países con Europa, que es el extremo occidental de la propia península euroasiática y que tiene en la Comunidad Económica Europea el más próspero mercado del mundo. Éste es el propósito esencial de la Nueva Ruta de la Seda. Junto a la dinámica del Indo-Pacífico, el cambio en el macizo euroasiático es el tema estratégico de mayor interés de la geopolítica contemporánea. EP

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