El empresariado inconsciente

¿En qué medida el sector empresarial mexicano es consciente de los efectos de la pobreza y la manera en que esta puede afectar su propia actividad y al conjunto de la sociedad? En esta tercera entrega sobre cómo los empresarios mexicanos perciben la desigualdad y la pobreza, el autor analiza al empresariado mexicano y qué tan lejos se encuentra de una conciencia social similar a la que, en su momento, inspiró la creación de estados de bienestar en Europa y Estados Unidos.

Texto de 01/10/20

¿En qué medida el sector empresarial mexicano es consciente de los efectos de la pobreza y la manera en que esta puede afectar su propia actividad y al conjunto de la sociedad? En esta tercera entrega sobre cómo los empresarios mexicanos perciben la desigualdad y la pobreza, el autor analiza al empresariado mexicano y qué tan lejos se encuentra de una conciencia social similar a la que, en su momento, inspiró la creación de estados de bienestar en Europa y Estados Unidos.

A finales de los años ochenta, el sociólogo y ensayista holandés Abram de Swaan publicó un ensayo seminal que ofrecía una explicación poderosa sobre por qué se formaron estados de bienestar en Europa y Estados Unidos. In Care of the State, el nombre de aquella obra, planteaba que uno de los elementos críticos en la creación de regímenes de protección social fue el desarrollo de una conciencia social entre las élites, misma que las llevó a darse cuenta de que era necesario, y posible, aminorar las consecuencias negativas de la pobreza a partir de una mejoría en las condiciones de vida de los pobres. Los grupos más influyentes en la toma de decisiones, según la interpretación del holandés, internalizaron la idea de que luchar contra la pobreza formaba parte de sus propios intereses, en la medida en que las consecuencias podían afectarles directa o indirectamente. 

La consciencia social, según el enfoque sugerido por de Swaan, está asociada a tres elementos. En primer lugar, a una percepción de interdependencia; es decir, que las élites sean capaces de percatarse de los efectos que la pobreza tiene o puede tener sobre sus propias vidas. Tales efectos pueden ser percibidos como amenazas —contagio de enfermedades, criminalidad, sublevaciones, procesos migratorios, etcétera— o como, en términos más positivos, oportunidades —en tanto ampliar el número de potenciales consumidores, incrementar la calidad de la fuerza laboral, asimilar el poder de los votantes pobres, etcétera—. 

“Pocos empresarios expresan que la pobreza pueda afectar directamente el ambiente en que se desenvuelven sus negocios.”

En segundo lugar, esa consciencia social está asociada a una percepción de responsabilidad que existe cuando los sectores privilegiados asumen la necesidad de ocuparse por mejorar la situación de los pobres y alcanzan a comprender que su falta de acción puede tener efectos nocivos para el conjunto de la sociedad. En tercer lugar, tiene que ver con una percepción de viabilidad: cuando las élites se convenzan de que existen medios eficaces y asequibles para acabar con la pobreza, o, cuando menos reducirla, a través de políticas gubernamentales u otras capaces de cambiar la situación existente. 

¿En qué medida y de qué manera estos tres factores están presentes en el empresariado mexicano? Ese es el tema de este ensayo basado en una serie de entrevistas a 101 empresarios mexicanos, pequeños, medianos y grandes.  

Interdependencia

Esta investigación permitió observar que el empresariado está más preocupado por una serie de factores negativos que le perjudican de manera directa, en tanto clase empresarial y de manera individual —como la violencia y la inseguridad—, que frente a los factores que le afectan indirectamente, sean estos de carácter social o político. En la siguiente gráfica se observa que la consecuencia más grave de la pobreza para los empresarios mexicanos es, por mucho, la violencia y la criminalidad, siendo los pequeños y medianos empresarios un poco más sensibles al tema. Lejos aparecen cuestiones que resultaron claves en la emergencia de estados de bienestar en Europa y Estados Unidos, como los problemas de salud (en aquel contexto se trataba principalmente de la prevención de epidemias) o los conflictos entre clases sociales. Resulta por demás sintomático que la falta de un mercado de consumo doméstico —que podría ser la principal oportunidad de encausar una lucha contra la pobreza— aparezca en el último lugar. 

A pesar del énfasis en la violencia y la criminalidad mostrado en la encuesta, las conversaciones con empresarios permitieron observar que el empresariado mexicano no necesariamente cree que la violencia y la criminalidad sean resultantes de la pobreza. En todo caso, suelen encontrar una relación inversa, donde la inseguridad tiende a verse como causante de una serie de factores que a su vez impiden reducir la pobreza, al actuar como inhibidores del crecimiento y la inversión. Más allá de eso, predomina una suerte de negación ante el hecho de que la pobreza es un importante determinante de la violencia y la criminalidad. 

Para muestra va una anécdota: uno de los empresarios entrevistados para esta investigación contaba con seguridad privada al momento de la entrevista, luego de haber recibido un impacto de bala en un intento de secuestro transcurrido semanas antes. Me llamó la atención que, al identificar las tres consecuencias más importantes de la pobreza, el empresario nunca se inclinó por la inseguridad y la criminalidad. En cambio, citó, en sus propias palabras, “la ausencia de gobierno”, “el deficiente marco jurídico” y “la impunidad”. Dijo: “Yo sabía quién me intentó secuestrar y la policía no actuaba”. Al cuestionarle porqué la pobreza o la desigualdad no le parecían una causa de la inseguridad, respondió: “Si la pobreza fuera la causa tendríamos 60 millones de potenciales ladrones en el país”.

A diferencia de la experiencia europea, donde el temor a una sublevación por parte de los sectores populares fue otro de los grandes incentivos para generar políticas a favor de los pobres a finales del siglo XIX —según la interpretación de Abram de Swaan—, nuestro sector empresarial no considera mayoritariamente que la pobreza pueda derivar en una insurrección armada. Antes que temer a una sublevación, expresan un temor a que los pobres sean utilizados por ciertos grupos políticos, como muestra el hecho de que 43% de los entrevistados colocó la opción “clientelismo y el populismo” como la primera consecuencia de la pobreza: la segunda opción más elegida por el total de los encuestados. Durante las entrevistas, además, ese temor apareció de forma recurrente. El directivo de una de las cadenas de tiendas departamentales más grandes del país señaló, por ejemplo, que la pobreza es un fenómeno que “siempre trae como consecuencia el querer repartir dinero a quienes no trabajan”. Un empresario de Oaxaca, por otro lado, apuntó que “el populismo tiende a capturar a la extrema pobreza”. 

Otras posibles amenazas que se derivan de la pobreza tienen que ver con el conflicto entre las clases sociales. Un gran empresario de Baja California señaló que “quien no tiene para comer por fuerza debe quitarle al que tiene”, y luego agregó: “como el pobre no tiene oportunidades, debe robar por hambre”. Algunos entrevistados, sin embargo, reconocieron que la pobreza es causa de conflicto social, aunque relativizaron el fenómeno al señalar que la responsabilidad de que los conflictos existan (y se expresen) es de cierto tipo de políticos. Un empresario que comanda a cerca de 350 trabajadores de la industria lechera en Chihuahua llegó a afirmar que los conflictos son resultado del “populismo”. Y aseguró: “eso es lo que hace López Obrador. Es él quien está dividiendo a la sociedad y recrudeciendo el conflicto”.

Entre los beneficios que potencialmente podrían derivarse de la lucha contra la pobreza —el crecimiento económico y la ampliación del mercado interno—, el empresariado se inclina fundamentalmente por el primero. Sin embargo, los argumentos suelen mostrar poca claridad acerca del potencial del crecimiento que pueda emanar de una política que combata a la pobreza. En todo caso, lo que tiende a creerse es que estas políticas representan un gasto oneroso que impide orientar inversiones hacia otros rubros. Un joven empresario de la Ciudad de México que se inclinó por la opción “falta de crecimiento económico”, señaló, por ejemplo, que “los pobres no generan riqueza, sino gasto” y apuntó que, “mientras a un rico no le das nada, al pobre hay que darle muchas cosas”. En un sentido análogo se pronunció un mega empresario, al apuntar que tener a muchos pobres obliga a incurrir en una gran cantidad de subsidios que desvían recursos que debieran destinarse a que “el país crezca”. En esa línea, el entrevistado consideró que la pobreza es un lastre porque “si no hubiera pobres avanzaríamos más”. 

A pesar de esto, la tendencia de los entrevistados es a desestimar que la pobreza genere un problema de falta de consumo doméstico. Un gran empresario del Consejo Mexicano de Negocios, por ejemplo, excluyó la posibilidad de que la pobreza pueda generar un problema de falta de consumo porque “hay un mercado grande y mercados que pueden ser segmentados hacia los sectores populares”. En una línea similar, un mediano empresario en Tabasco aseguró que el consumo doméstico no se reduce en México por causa de la pobreza. “En México hay crecimiento y oportunidades de trabajo”, señaló. “El problema es que la gente no tiene habilidades o es floja. Las empresas tienen dificultades para reclutar trabajadores porque estos son desidiosos o flojos o por culpa de los sindicatos”.

Pocos empresarios expresan que la pobreza pueda afectar directamente el ambiente en que se desenvuelven sus negocios. Se observaron, sin embargo, algunas excepciones: un mega empresario mexicano apuntó, por ejemplo: “Nadie quiere que haya pobres. Tendríamos más clientes si todo el mundo fuera rico”. Otro más señaló que con menores niveles de pobreza “el mercado podría ser más grande”. Expresiones como estas, sin embargo, son poco frecuentes. También un directivo de una empresa multinacional de tecnología, quien equiparó a los pobres con “gente no educada”, señaló que la pobreza afecta al crecimiento y al consumo doméstico porque los pobres, dada su falta de capital humano, “no pueden generar actividades de mayor valor agregado”. Incluso un directivo del sector financiero apuntó que la pobreza representa una “pérdida de talento” y que “el mercado no puede operar adecuadamente con tantos pobres”.

Resulta interesante el planteamiento de un directivo mexicano vinculado a una de las empresas de Grupo Carso, quien consideró que la falta de crecimiento económico es una de las principales consecuencias de la pobreza porque “la mitad del país no aporta a la economía” y “la gente no consume en México”. El entrevistado manifestó: “Los empresarios no quieren ver el tema o están alejados de la realidad, pero la verdad es que con sólo salir a la calle te das cuenta de que la mitad del país no consume”. En la misma línea apuntó un hombre de negocios vinculado a la Coparmex, quien expresó que “la economía puede ser tres veces más grande si insertamos a la gente en la producción nacional”. Pocos son los que señalan que si los pobres elevaran su poder adquisitivo tendrían más dinero para gastar como consumidores, lo que fortalecería al conjunto de la economía. 

La percepción de interdependencia a la que me referí en un principio es débil entre el empresariado mexicano, en la medida que limita su visión acerca de los problemas del país a los problemas que enfrentan como sector. La pobreza suele ocupar un lugar secundario para el sector privado cuando se contrasta con la prioridad que otorga a temas como la inseguridad y la violencia, la corrupción, la ausencia de Estado de derecho, la falta de crecimiento económico, e incluso el problema de la educación. Esta percepción de interdependencia tiende a ser endeble entre las élites económicas del país porque no suelen considerar que las externalidades de este fenómeno puedan afectarlas de manera considerable ni directamente. Incluso cuando alcanzan a percibir las amenazas, estas tienden a ser más de carácter individual que colectivo; privilegian que deban atenderse cuestiones como la violencia y la criminalidad, en vez de otros asuntos de carácter político o social. Se observa también que, incluso cuando el empresariado trata el tema de la violencia —que repercute de manera abrumadora en él— no es claro que la asocie a la pobreza o la desigualdad más que a otro tipo de factores. Los elementos que eventualmente llevaron a crear regímenes de protección social en Europa, y que de Swaan destaca en su estudio, no están presentes en México, donde las élites económicas no perciben a la pobreza como una amenaza a la salud pública en el país. 

Viabilidad

Para identificar la percepción de viabilidad en el mundo empresarial es necesario determinar qué tan factible considera el empresariado eliminar la pobreza y cuál es su visión sobre la disponibilidad de vías para aminorarla. Se preguntó a los entrevistados qué tan factible consideran erradicar la pobreza en el país en el corto plazo y estas fueron las respuestas: 

En general, no se encontraron muestras claras de optimismo sobre la posibilidad de superar la pobreza. Entre los empresarios mexicanos, 41% considera que es muy factible o factible superar la pobreza, siendo este porcentaje algo más elevado en los empresarios pequeños y medianos que entre los grandes. En las entrevistas, sólo un entrevistado se pronunció de forma entusiasta ante esta posibilidad: fue el director de una empresa mediana, afiliada a Coparmex, quien señaló que erradicar la pobreza es muy factible porque “vivimos en un país muy rico”, por lo que un objetivo como este sería posible “si se formaliza la economía y se crean empleos de calidad”. 

Entre quienes plantean que erradicar la pobreza es “poco factible”, las explicaciones muy a menudo son de carácter político. Un hombre de negocios señaló que existen muchos intereses que impiden luchar contra la pobreza en México, como el hecho de que políticos de distintos partidos lucren electoralmente con ella. Gran parte de los entrevistados afirma que erradicar la pobreza tomaría al menos una generación —unos 20 o 30 años— siempre que las cosas se hagan bien y exista la debida voluntad política. Otros sugieren plazos más prolongados. Algunos hablaron incluso de cinco o seis generaciones, unos hasta de 100 años. Algunos más, sin embargo, cerraron cualquier posibilidad de erradicar la pobreza en el periodo sugerido por la encuesta por considerarlo “utópico”. Un hombre de negocios dijo que resolver otros problemas, como la inseguridad, la corrupción y la falta de educación, tomaría menos tiempo que acabar con la pobreza.

Responsabilidad

La percepción de responsabilidad empresarial es débil en México. Los representantes de este sector no consideran que su actuación como empresarios esté directamente vinculada a la situación de los pobres. La idea de que existe un nexo causal entre la pobreza y la inacción por parte de las élites tiende a ser endeble. Si bien cada vez está más presente un discurso de responsabilidad, que abarca a una parte importante del sector empresarial, este se materializa en un interés por llevar a cabo acciones filantrópicas y de responsabilidad social empresarial (RSE), mismas que son redituables desde una lógica utilitaria para el sector privado, más que en una actitud proclive al pago de impuestos. En contraste con lo que sucede en el ámbito de las estrategias de RSE —que varios empresarios presentan como una respuesta al combate a la pobreza y una demostración de su compromiso para erradicarla dentro de su ámbito de actuación—, la fiscalidad no suele resaltarse como un factor fundamental para dotar al Estado de los suficientes recursos para promover políticas de combate a la pobreza, mucho menos como un instrumento redistributivo o de carácter nivelador.

Ciertamente, el empresariado mexicano muestra un creciente interés en involucrarse en temas sociales. Durante las entrevistas, varios expresaron una motivación por participar en temas de desarrollo social y coadyuvar en la resolución del problema de la pobreza, a pesar de que muy pocas veces se asumieran como causantes directos o indirectos de ella. Al cuestionar a los entrevistados si asumen una responsabilidad frente al problema, una porción importante respondió afirmativamente, aunque otros prefirieron hablar en términos de una “corresponsabilidad”, en una lógica multisectorial donde el empresariado es solo un actor dentro de una constelación más amplia. 

En general, los empresarios prefieren responsabilizar de la pobreza a los “malos gobiernos”. Una de las posturas que permiten dar cuenta de su percepción frente a la responsabilidad de forma más clara, es la famosa frase atribuida al empresario y filántropo suizo Stephan Schmidheiny, —parafraseada por varios empresarios durante nuestras conversaciones—: “no hay empresas exitosas en sociedades fracasadas, ni sociedades exitosas con empresas fracasadas”. Un mediano empresario mexicano vinculado a Coparmex señaló, por ejemplo: “Debemos entender las causas y las consecuencias de la pobreza y ser más proactivos para superarla. Debemos incluso destinar recursos propios […] Los empresarios no podemos vernos sólo el ombligo, necesitamos ver a nuestro alrededor. Quizás en el corto plazo sea más rentable chingarte a todo mundo, pero en el largo plazo es mejor hacer las cosas bien. Los empresarios deben entender que son administradores temporales de bienes. Las empresas, en cambio, son entidades con vida propia que nos sobreviven”. 

“Al preguntar al empresariado sobre su propio papel en la superación de la pobreza y la desigualdad, muy pocos mencionaron espontáneamente la responsabilidad de pagar impuestos.”

Claudio X. González, promotor de diversas iniciativas sociales financiadas por el sector empresarial y uno de los pocos entrevistados que aceptaron ser citados por su nombre para esta investigación, afirmó: “Siempre he tenido una clara conciencia de que al privilegio le corresponde la responsabilidad. Una vida de privilegio que no asume su responsabilidad es una vida injusta. Eso yo lo tengo muy claro y lo trato de decir todo el tiempo. En todas las universidades privadas y colegios de élite a los que asisto a dar conferencias no me canso de repetir ese mensaje […] Yo soy una persona que se encuentra relativamente desacomodada (sic) donde nació. Soy de los pocos que se dedica a lo que me dedico habiendo nacido donde nací. Estoy en contra de una lógica de poco mérito para mantener privilegios. Lo que le digo una y otra vez a los estudiantes que visito es esto: ‘responsabilícense de su privilegio’. Tienen que hacer más por el país, tienen que dar a otros las oportunidades que ustedes recibieron esencialmente por su buena fortuna”.

Este tipo de expresiones, sin embargo, no implican que el empresariado asuma algún tipo de responsabilidad sobre los niveles de pobreza, donde raramente se admite algún tipo de culpa, responsabilidad directa o deuda; en todo caso, lo que encontramos fueron deslindes de diversos tipos. Al preguntar al empresariado sobre su propio papel en la superación de la pobreza y la desigualdad, muy pocos mencionaron espontáneamente la responsabilidad de pagar impuestos, mucho menos se refirieron a este asunto como un instrumento que permita al Estado promover políticas de combate a la pobreza o emprender acciones niveladoras capaces de favorecer una redistribución de la riqueza. 

Como puede verse en la gráfica III, el 61% de los empresarios mexicanos considera que no valdría la pena pagar más impuestos para hacer valer una serie de políticas públicas capaces de incidir en la erradicación de la pobreza y la desigualdad, siendo esta percepción aún mayor entre los grandes empresarios. 

En la mayor parte de los casos la idea de que no vale la pena pagar más impuestos responde a la corrupción y falta de transparencia en el manejo de los recursos públicos, argumentos especialmente presentes en el caso de México y expresados, con claridad, en voz de un representante de la cúpula de Coparmex, quien aseguró que “si fuéramos Suecia valdría la pena [pagar más impuestos], pero mientras no se instale un verdadero Sistema Nacional Anticorrupción y un nuevo sistema tributario que garantice el gasto adecuado de recursos, el dinero simplemente se va a continuar fugando”. De forma análoga se expresó el responsable de una organización filantrópica ligada al sector empresarial, quien señaló que no valdría la pena pagar más impuestos porque lo que hay que hacer es “administrarlos eficazmente”.  

Otro argumento es la deficiencia de los servicios públicos. El mismo entrevistado arriba citado argumentó que en un país como México no sirve pagar más impuestos. “Yo ya pago dos veces por salud: pago el IMSS y pago el Hospital Inglés; pago también dos veces por servicios de seguridad: el público y el privado”, expresó. Muy pocos expresaron un convencimiento frente a la necesidad de pagar impuestos a partir de una lógica de compromiso social y político. Tal fue el caso de un empresario del estado mexicano de Sinaloa, quien se quejó de que en el país nadie paga impuestos y manifestó que incrementarlos podría tener efectos sociales positivos. “El problema es que todo el mundo está conforme con el statu quo y nos vale madre pagar impuestos”, señaló.  “Creo que si nos cobraran más seríamos más exigentes”.

Conclusión

Entre los empresarios mexicanos existe una conciencia social débil. La mayoría tiende a creer que no es factible erradicar la pobreza y tanto la percepción de interdependencia, como la de viabilidad y responsabilidad, son endebles. El empresariado tiende mayoritariamente a creer que la pobreza no puede afectarle de manera directa, lo que en buena medida se debe a que las élites han adoptado un estilo de vida que les permite apartarse de los efectos más directos generados por la pobreza que los rodea, al vivir en zonas residenciales amuralladas, enviar a sus hijos a escuelas particulares y utilizar servicios médicos y de seguridad privada. Esta realidad, que se expresa en diversas formas de segregación —residencial y educativa, principalmente— explica en gran medida esta percepción, tanto como la falta de un mayor sentimiento de responsabilidad frente a este tipo de fenómenos. Por lo demás, el empresariado mexicano —al igual que el de otros países latinoamericanos— parece estar irracionalmente despreocupado frente a las amenazas que, de manera potencial, son generadas por la pobreza.

Con todo, los resultados de nuestra encuesta parecen indicar un elemento mayor de conciencia social empresarial entre empresarios pequeños y medianos, donde se considera que es más factible erradicar la pobreza y existe una mayor disposición a pagar más impuestos para hacer realidad ciertas políticas públicas que permitan reducirla. EP

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Dulce Olivia 71,
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