¿Adiós a MORENA?

¿Hay posibilidades de que el Movimiento Regeneración Nacional tenga una longevidad similar a otros partidos? El politólogo César Morales Oyarvide reflexiona sobre esta coalición popular, el obradorismo y el desempeño, hasta el momento, de la 4T.

Texto de 01/10/20

¿Hay posibilidades de que el Movimiento Regeneración Nacional tenga una longevidad similar a otros partidos? El politólogo César Morales Oyarvide reflexiona sobre esta coalición popular, el obradorismo y el desempeño, hasta el momento, de la 4T.

Sería muy extraño que el Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) fuera eterno. En medio de un tortuoso proceso de renovación de su dirigencia, la crisis del partido gobernante me recuerda la célebre frase con la que Gabriel Zaid comenzaba su ensayo sobre el fin del PRI. La emulo aquí como algo más que una provocación. ¿Avanzamos hoy también hacia el final de un partido hegemónico?, ¿podría evitarse? Y en caso de que ocurra, ¿qué cabe esperar después? 

A continuación, presento una serie de reflexiones en torno a la crisis que atraviesa MORENA, sus causas y consecuencias, así como una propuesta para revertir su situación.

La crisis de MORENA

No me cabe duda de que en las próximas elecciones de 2021 MORENA saldrá triunfante. Estoy seguro también de que, lejos de resolver sus problemas, esa victoria puede ser utilizada como un velo para ocultarlos. Hoy el partido del gobierno se encuentra en una profunda crisis —en su vida orgánica, en su relación con la sociedad, en su relación con el gobierno— cuya gravedad puede ilustrarse con dos imágenes, separadas tan sólo por dos años de distancia. 

En 2018, con menos de un lustro de vida formal, MORENA se convirtió en el partido ganador no sólo de la presidencia sino de la mayoría en la Cámara de Diputados y el ¿Senado, de varias gubernaturas y de la mayoría de los congresos locales. Tras de sí dejaba un sistema de partidos —el pluralismo cartelizado del régimen de la transición— hecho literalmente pedazos y en su horizonte tenía la posibilidad de construir una nueva hegemonía. Fuera con esperanza o con espanto, MORENA era contemplado entonces como un partido cuyo poder lo hacía capaz de transformar el futuro.

En 2020, tan sólo dos años después, el mismo partido cuenta con un porcentaje de aprobación con menos de un tercio del respaldo del que goza el presidente (18% frente a 60% en marzo, de acuerdo con una encuesta de Alejandro Moreno para El Financiero). En medio de una serie de pugnas internas, el partido se ha mostrado incapaz de renovar de forma medianamente decorosa su dirigencia hasta hoy, no sabe bien a bien cuántos militantes tiene y parece cada vez más alejado del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO), aunque sin haber construido una identidad propia que vaya más allá de su liderazgo. 

¿Cómo es hoy la relación de MORENA con el movimiento social del que surge? Entendido como la coalición popular construida en torno al liderazgo de López Obrador, el obradorismo no sólo es un movimiento que precede a MORENA en el tiempo (podríamos ubicar su nacimiento en 2006 o, un poco antes, durante el desafuero), sino que lo trasciende en magnitud: mientras que hay miles, quizá millones de personas que apoyan al presidente pero no se sienten fuertemente identificados con MORENA como partido, no es común encontrar a un morenista que no se identifique con AMLO. 

Ha habido momentos (como las elecciones de 2018) en que el respaldo de AMLO y MORENA aparecen como un fenómeno único e indisociable, pero en situaciones de crisis como la que vive hoy el partido diferencias importantes han salido a relucir: no sólo porque se hace evidente que hay obradoristas que apoyan a MORENA sólo de forma circunstancial (como en su momento hicieron con el PT y el PRD) sino porque hay sectores del movimiento que nunca se han sentido cómodos con los partidos como institución. Es en estos círculos donde una duda es cada vez más frecuente: ¿MORENA sigue siendo un instrumento útil para la Cuarta Transformación (4T) o se ha convertido en un lastre? Así se llega a las elecciones de 2021, las primeras sin López Obrador en la boleta.

Miedo a la democracia

Como las victorias, las crisis suelen tener muchos padres. En el caso de MORENA, uno de sus responsables directos ha sido la dirigencia interina actual, afectada por lo que parece un agudo miedo ante la perspectiva de abrir el partido a la participación popular.

Si hay una tragedia en la crisis actual de MORENA, es la de la democracia. En México y en el mundo, durante los últimos ganó peso la idea de que la única democracia posible en un mundo globalizado y complejo era, paradójicamente, una democracia sin pueblo, sin demos. Tanto en la academia como en las instituciones internacionales se fue abriendo paso la idea de que la política moderna debía reducirse a un asunto de administración y que la gestión de los problemas públicos era un asunto demasiado importante para dejarse en manos de políticos (o sus los votantes). El politólogo Peter Mair describe magistralmente este proceso en su libro póstumo, “Gobernando el vacío”. En un contexto así, en que cada vez más decisiones se encuentran reservadas a tecnócratas no electos y donde las instituciones no mayoritarias (a la manera del Banco de México) regulan importantes ámbitos de la vida pública, so pretexto de una supuesta independencia, el espacio para la soberanía popular es prácticamente nulo.

MORENA y el obradorismo fueron una respuesta a ese estado de cosas. Una respuesta democratizadora y anti-elitista que se notaba en todo: en el habla del presidente, en los nuevos perfiles de los representantes populares, en el énfasis que se ha hecho en los 30 millones de votos de 2018 y hasta en el regreso de procedimientos tan radicalmente democráticos como el sorteo (los famosos “diputados tómbola”).

Es por ello que hoy resulta tan grave ver al partido que tuvo como bandera un impulso democratizador tenerle tanto miedo a ese pueblo al que continuamente interpela. El triste papel que ha jugado el presidente interino de MORENA, Alfonso Ramírez Cuéllar, es la mejor prueba de ese temor, patente en la manera en que ha buscado extender su mandato y cerrar lo más posible el proceso de renovación de la dirigencia, aún a costa de desoír al presidente y desacatar resoluciones judiciales. 

Las acciones de la actual dirigencia no son resultado, sin embargo, de la natural profesionalización de la burocracia del partido sobre la que advirtió el sociólogo Robert Michels, sino una muestra de patrimonialismo puro. Si algo han mostrado los últimos meses en MORENA, además de la secular tendencia de la izquierda a dividirse, es la resistencia de ciertas cúpulas a abandonar sus posiciones institucionales, aún a costa de alienar a las personas que las hicieron posibles: en primer lugar, a los millones de simpatizantes del obradorismo sin credencial del partido; en segundo, a los militantes de base.

Con una excepción, los aspirantes a la dirigencia del partido poco han dicho sobre esta oligarquización. No me sorprendería que varios de ellos la vieran incluso con buenos ojos. No obstante, continuar esta deriva es la receta perfecta para profundizar la descomposición de MORENA y alimentar la desconfianza que ya existe dentro del obradorismo hacia los partidos: la segunda causa de la situación actual.

“Mi impresión es que, buscando normalizar la vida orgánica de un instituto político que no se entiende sin su figura, el distanciamiento que ha puesto López Obrador entre sí mismo y MORENA ha dotado de mayor legitimidad la desconfianza hacia el partido dentro del obradorismo. Y es que el obradorismo podría existir sin MORENA, pero MORENA no podría existir sin el obradorismo.”

Desconfianza a las instituciones

Si el patrimonialismo de sus cúpulas fue lo que inició el proceso de descomposición de MORENA, lo que puede acabar por completarlo es un sentimiento que está en el código genético del obradorismo: el escepticismo hacia las instituciones y las burocracias, incluidas las de los partidos.

Hasta cierto punto, que el obradorismo tenga un marcado espíritu antiburocrático es lógico. El ímpetu desinstitucionalizador es un rasgo propio de prácticamente todos los movimientos populistas. Y hay una razón poderosa para que así sea: parte del trabajo de las instituciones es despolitizar el ejercicio del gobierno, dar permanencia y estabilidad a ciertos arreglos y consensos. Cuando su diseño es opaco y elitista —y no abierto ni popular— las instituciones pueden alejar de la deliberación pública la gestión de ciertos temas. Es precisamente contra eso contra lo que surge y se rebela el obradorismo

Aunado a este escepticismo institucional, existe también en el obradorismo una permanente sospecha hacia cualquier labor de intermediación. Ya sea en las compras gubernamentales, en la política social o en la comunicación política, la mediación se entiende como un espacio propicio para la corrupción que debe eliminarse. Este escepticismo explica que, para el obradorismo, tanto las organizaciones de la sociedad civil como la administración pública ocupen un lugar secundario en el proyecto transformador y sean objeto de un continuo recelo. Sospecho que lo mismo ocurre con MORENA. 

Después de todo, los partidos políticos son a la vez burocracias e intermediarios: su principal función es ser una correa de transmisión entre la sociedad y el aparato estatal. Ésa es su naturaleza. No resulta extraño, entonces, que este escepticismo hacia los partidos sea compartido incluso por el presidente, que ha señalado que, en caso de que MORENA se “eche a perder”, renunciaría al partido y pediría que le cambien el nombre

La tensa relación entre el partido y el presidente ha sido notoria durante los meses de confinamiento, tanto en los momentos en que el proceso de relevo en MORENA llegaba a un punto muerto como cuando desde su dirigencia se hacían algunos señalamientos críticos. Mi impresión es que, buscando normalizar la vida orgánica de un instituto político que no se entiende sin su figura, el distanciamiento que ha puesto López Obrador entre sí mismo y MORENA ha dotado de mayor legitimidad la desconfianza hacia el partido dentro del obradorismo. Y es que el obradorismo podría existir sin MORENA, pero MORENA no podría existir sin el obradorismo.

La ruptura y el final de MORENA

De continuar profundizándose, la combinación entre el miedo a la democracia de la dirigencia de MORENA y la desconfianza hacia las burocracias institucionales en el obradorismo tendrá como resultado inevitable la ruptura entre el movimiento y el partido. Ese es el escenario más realista sobre el final de MORENA.

La mera existencia de la posibilidad de separarse del partido —que sea una alternativa sobre la mesa— habla de la excepcionalidad de la crisis. Impensable hace dos años, el proceder de la actual dirigencia (y la perspectiva de que la nueva provenga de las mismas cúpulas) no hace más que volver más probable este escenario.

De concretarse esta separación, el éxodo hacia fuera de MORENA —de militantes, simpatizantes y del presidente mismo— dejaría al partido como un cascarón vacío, como ocurrió con el PRD. ¿Qué es lo que vendría después? Mi pronóstico es que nada bueno, al menos no para la 4T.

El dilema al que se enfrenta hoy MORENA es, mutatis mutandis, el de todos los partidos populistas. La historia muestra que los liderazgos carismáticos —especialmente cuando se presentan como outsiders y son capaces de crear una relación directa entre ellos y la gente— pueden tener éxito con plataformas muy personalistas y prácticamente prescindiendo de partidos, salvo como vehículos electorales. 

El gran inconveniente de esta estrategia es que no suele generar un éxito sostenido. Por el contrario, la apuesta más segura para la continuidad sigue siendo la construcción de un partido. No es algo fuera de lo común. Hoy en día, como explican los politólogos Cas Mudde y Cristóbal Rovira, los partidos políticos son la forma más común que toman los populismos. De buena gana o no y más tarde o más temprano, los líderes de movimientos populistas —sean de izquierda o de derecha— construyen un partido o transforman uno existente como una forma de consolidar su proyecto.

En un principio, MORENA y el obradorismo parecían seguir esta lógica, pero ya no parece tan claro. Institucionalizar el proyecto de transformación a través de un partido que sea algo más que un membrete electoral no ocupa un lugar central en la agenda de la actual dirigencia de MORENA ni en la de la mayoría de quienes aspiran a relevarla. En el obradorismo, por su parte, la apuesta por la institucionalización ha perdido peso frente a una tentación que se abre paso ante la crisis: la de dar un paso atrás y reconvertir a MORENA en un “partido-movimiento”. El problema es que para la 4T la figura del partido-movimiento es como las sirenas: un animal mitológico cuyo canto es tan seductor como peligroso. A continuación, explico por qué.

El partido-movimiento como animal mitológico

Mientras la dirigencia de MORENA se ocupa en mantener sus privilegios, en la base del obradorismo toma fuerza la idea de que la única forma de regenerar al propio Movimiento de Regeneración Nacional es la des-institucionalización.

En la historia reciente, el tránsito del movimiento social al partido es bastante conocido. Es común que los movimientos populistas pierdan su ímpetu cuando de ellos emerge un liderazgo que es capaz de construir una organización más estable y moviliza hacia él no sólo a los principales activistas sino la atención mediática y la iniciativa política. Es lo que pasó en España, por ejemplo, con los Indignados, Podemos y el grupo alrededor de Pablo Iglesias. Por el contrario, el viaje en sentido inverso —la propuesta que podría triunfar tras una eventual ruptura entre MORENA y el obradorismo— es de pronóstico reservado. El peligro de ese viaje es que, en nombre de un regreso a la pureza de origen, lo que puede ocurrir es una acentuación de los rasgos más personalistas de la 4T, la profundización de la dependencia política, programática, e identitaria —ya se por sí acentuada— del proyecto hacia la figura de AMLO. 

Pese al llamado a la horizontalidad que probablemente acompañe esta apuesta y las buenas intenciones de sus adherentes, será la lógica más vertical la que seguramente prevalezca en ella, sobre todo si se construye —a diferencia de lo que ocurrió con MORENA— desde el gobierno. En el nuevo animal político que surja después de MORENA, el liderazgo del presidente López Obrador no sólo será ya sólo el centro del movimiento sino su identidad absoluta. 

Pese a su atractivo romántico, la idea de la vuelta al partido-movimiento es una salida en falso, una huida hacia adelante. Su mayor riesgo, y aquí reside el centro de mi advertencia, es que se trata de una fórmula infalible para que la 4T no tenga un horizonte temporal más allá del gobierno de López Obrador. Si ese escenario se materializa, la 4T apostaría todo al carisma de un político con muchas virtudes, pero que es también falible y, sobre todo, finito. El obradorismo puede sobrevivir a MORENA pero, sin una institución que le dé vocación de futuro, esa supervivencia puede ser también muy breve.

La salida: institucionalización y apertura

El lúgubre retrato que pinto líneas arriba tiene un trasfondo optimista: mostrar, como decía Maquiavelo, el camino al infierno para poder evitarlo. 

Así como la crisis de MORENA es causada por dos males, el miedo a la democracia y la desconfianza a las instituciones, su remedio es también doble: la apertura y la institucionalización. Mejor dicho: la apertura con institucionalización, pues en realidad no puede haber una sin la otra. La mejor forma de enraizar un partido en la sociedad para que cumpla sus propósitos es abrirlo al pueblo sin temor, y la mejor manera de garantizarle al pueblo su lugar en él es institucionalizarlo por medio de reglas y procedimientos claros, para que no dependan de cúpulas o tribus.

¿Cómo sería un partido al mismo tiempo institucionalizado y abierto? En primer lugar, uno que esté conectado con la sociedad: que se vincule a las organizaciones y movimientos sociales respetando su autonomía y que sirva de correa de transmisión entre lo que de verdad le importa a la gente y el Estado. Un partido que dirima los debates que existen en el obradorismo y genere ideas a través del diálogo abierto y plural, y que transmita esas ideas a sus gobiernos. Un partido que funcione como un espacio de reclutamiento de nuevos liderazgos y no como un centro de reciclaje para los de siempre. Y, sobre todo, un partido que se tome en serio su misión: consolidar el proyecto de la 4T, darle un acompañamiento al presidente, pero también pensar en un horizonte más allá.

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La consolidación de MORENA y el obradorismo requiere de asumir tres principios: que no hay democracia funcional sin partidos, que no hay partido sin pueblo y que no importa que hoy la 4T parezca políticamente indestructible, sin la creación de instituciones que la afiancen lo que construya serán castillos de arena. 

El final de MORENA puede prevenirse, pero no queda mucho tiempo para hacerlo. En la encuesta para elegir a su dirigencia, sus militantes y simpatizantes deben pensar bien qué candidato lo entiende. EP

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