El siguiente discurso fue presentado por Miguel Limón Rojas para conmemorar el 40 aniversario luctuoso de Jesús Reyes Heroles, pensador y estadista de suma relevancia en la construcción de la democracia mexicana.
El siguiente discurso fue presentado por Miguel Limón Rojas para conmemorar el 40 aniversario luctuoso de Jesús Reyes Heroles, pensador y estadista de suma relevancia en la construcción de la democracia mexicana.
Texto de Miguel Limón Rojas 27/11/25
El siguiente discurso fue presentado por Miguel Limón Rojas para conmemorar el 40 aniversario luctuoso de Jesús Reyes Heroles, pensador y estadista de suma relevancia en la construcción de la democracia mexicana.
Saludo la celebración de este acto y agradezco haber sido considerado para participar en la valoración del legado de Jesús Reyes Heroles, a 40 años de su fallecimiento.
Recordemos los motivos por los cuales los mexicanos de generaciones jóvenes merecen conocer el ejemplo intelectual, ético y político que hizo posible la democracia en México. Estamos ante la memoria de un pensador y un político comprometido con el desarrollo humano, social y cultural de nuestro país. Su herencia contribuye a nuestro patrimonio intelectual, al sentido y dignidad de la función pública y a la valoración del Estado regido por las leyes como la única representación válida de la organización política. Entregó su notable capacidad profesional al servicio de la República.
Para mi generación, cuando éramos jóvenes, su presencia como la de otros profesionistas ejemplares constituía una imagen a seguir en la búsqueda del mejor destino posible: el de la construcción del futuro. Supo hacer compatible su fascinación por las ideas y su vocación por el saber con la necesidad de explicarse la realidad y ejercer la pasión política que lo llevó a impulsar los cambios que dicha realidad exigía.
Como estudioso de nuestra historia, contribuyó al conocimiento de nosotros mismos al aportar su propia interpretación de lo que ha sido la construcción histórica de la nación y del Estado. Y como político, se sirvió de ese conocimiento para fortalecer los principios sobre los que se instituye el Estado de derecho, único que asegura el ejercicio de las libertades al tiempo que nos impulsa hacia la realización de la justicia social. Su profunda vocación de liberal lo hizo intransigente en la observancia del laicismo.
A las aportaciones que formaron parte de su célebre obra sobre el liberalismo del siglo XIX, es indispensable agregar muchas otras de riqueza conceptual que nutrieron su discurso y que dan cuenta de su comprensión del contexto histórico en el que actuaba. Ese discurso permanentemente renovado le permitía darse a entender, convocar a los actores políticos a la acción y persuadir a quienes debían aportar su cuota de convencimiento en los procesos de transformación que a todos nos conciernen.
Aprendía del estudio de los antiguos y de los modernos a iluminar el camino que en política debe recorrerse. Un ejemplo elocuente y memorable de su capacidad para condensar, en la contundencia de un aforismo, la sabiduría abstracta del pensamiento clásico fue aquella frase de la cual se sirvió en múltiples ocasiones para explicar el porqué de su proceder: “la forma es fondo”, decía, sirviéndose de la metafísica de Aristóteles a fin de ilustrar la concordancia que debía existir entre los propósitos enunciados y la manera de dirigirse hacia ellos.
Conocimiento e imaginación brillaban en la claridad de su palabra. Experto riguroso en la teoría política, dedicó el más logrado de sus esfuerzos a modificar la arquitectura del Estado mexicano cuando la organización política se vio necesitada de dar respuesta a las exigencias que la sociedad expresaba: hacer realidad el ejercicio de las libertades previstas por La Constitución, pero desconocidas en las prácticas del gobierno, el cual negaba la viabilidad de su ejercicio y veía en la carta magna sólo un programa sin fecha precisa para asumirlo.
Su paso por el PRI no había alcanzado un resultado satisfactorio, pero se sirvió de la experiencia obtenida para concebir y llevar a cabo la reforma política que había emprendido al ejercer la responsabilidad de Secretario de Gobernación. Supo y pudo materializar su vocación y visión de hombre de Estado en lo que era una verdadera reforma política y no una mera reforma electoral. Con ella se abrió el proceso de transformación que haría posible el ejercicio de las libertades y, en consecuencia, el advenimiento de la democracia.
Los espacios para el ejercicio del poder fueron abiertos a las fuerzas políticas que no gozaban de reconocimiento legal y que sostenían una visión y propuestas antagónicas al orden jurídico vigente. El cambio en el diseño jurídico requirió de un proceso de análisis, discusión y debate donde participaron y fueron escuchadas las voces disidentes. El fondo tenía que ser también forma; el objetivo se hacía creíble mediante los medios practicados para alcanzarlo. Para ello la Secretaría de Gobernación pasaba de ser un mero guardián del orden a servir como foro de análisis y propuesta conducente a transformar la organización política del poder.
Los enfoques ideológicos que habían sido identificados como subversivos o como ideas exóticas encontraron una escucha respetuosa. Fue por todo esto que se trató de una experiencia histórica de enorme trascendencia, un proceso destinado a ampliar la base de legitimidad por un camino contrario al de la violencia, a partir de acuerdos que serían la nueva fuente de derechos y obligaciones. Sólo desde una miopía ignorante y malintencionada puede decirse que el resultado de ese proceso consistió en conceder un puñado de escaños a la disidencia para controlar su actuación. Si se revisan los documentos que dan testimonio, se podrá identificar la visión del estadista que contemplaba la transformación progresiva en la organización del poder y era consciente de que avanzábamos hacia la democracia.
Conocedor del PRI, sabía que su organización y actuación obedecía a algo mucho más complejo que el interés de un grupo adueñado del país y que en el fondo tenía que ver con una cultura del poder y una noción de la autoridad. De ahí que optara por pasos sucesivos que dieran sustento a un auténtico proceso democrático, como realmente ocurrió a partir de que otras voces alcanzaran resonancia en los espacios del congreso. Sin ese proceso no se habría alcanzado la democracia plena. Sólo la gradualidad en los avances ofrecía certeza al cambio verdadero. Creía en la construcción sucesiva de los cambios para estadios superiores. No era partidario de los saltos al vacío y menos de la ilusión óptica condenada al desengaño.
La lectura del cambio gradual también pudieron hacerla quienes se resistían a la reforma. Ahí quedó la evidencia, el “numerazo” protagonizado por la representación del PRI que, para ese momento, se encontraba en manos de uno de los más duros cacicazgos, el de Carlos Sansores Pérez: durante la comparecencia del Partido Comunista Mexicano, el individuo, hasta ese día modesto y obediente, asistido de la condición etílica, se dio valor para expresar que su partido se opondría a una reforma que hiciera posible la llegada al poder de los enemigos de las instituciones.
Jesús Reyes Heroles trabajó para la historia y no para sí mismo, ni para un grupo; menos aún para consolidar una dominación ideológica. Sabía que la historia reclamaba paciencia y por ello creía en el gradualismo y no en la acción temeraria. Conocía profundamente nuestra cultura, así como los límites que la realidad impone; era responsable de lo que hacía. Como político, su visión y vocación le permitieron alcanzar el nivel del estadista.
Me parece indispensable que, como tal, haya decidido asumir los riesgos de la democracia formal que llegaría a establecerse. En política, la responsabilidad ha de ser un principio permanentemente compartido, sobre todo al tratarse de procesos prolongados en el tiempo. Después de los fracasos del PAN y del lamentable regreso del PRI quedamos sometidos a un sexenio en que las obligaciones elementales del gobernante fueron ignoradas: Estado de derecho, salud y educación para el pueblo se consideraron estorbo para el populismo. La aniquilación del Poder Judicial no es otra cosa que involución de grandes proporciones. Como seguidor de Montesquieu, Reyes Heroles fue insistente en el principio de que sólo el poder detiene al poder. Jamás habría consentido en la subordinación del Poder Judicial al Ejecutivo y, como todos los interesados en mejorar el sistema de impartición de justicia, habría repudiado frontalmente todo método de designación de los jueces que no asegurara la capacidad y la probidad en el desempeño, cualidades que no resguarda el voto popular.
Ahora, según lo que hemos podido observar, la reforma electoral anunciada no permite pensar en que se esté obrando con el sentido de responsabilidad que se tuvo en 1977, cuando inició el proceso de transformación del Estado. No se ve que, desde el poder, se esté pensando en impulsar el avance de la democracia, en preservar las libertades, ni en ir más allá de la simulación de justicia.
No obstante, pienso que quienes disentimos debemos abonar a la búsqueda de la concordia y del entendimiento. Dejemos atrás la obsesión de perpetuidad en el ejercicio del poder y avancemos en los principios que sustentan la verdadera cultura democrática, mediante una convivencia política que respete y aliente la pluralidad de voces y vele por que las jóvenes generaciones tengan derecho al futuro. EP
