
Yaneth Itzel Díaz escribe sobre la manera en que los feminicidios han incidido en la esperanza de vida de las mujeres, una problemática sumamente preocupante que requiere acciones inmediatas.
Yaneth Itzel Díaz escribe sobre la manera en que los feminicidios han incidido en la esperanza de vida de las mujeres, una problemática sumamente preocupante que requiere acciones inmediatas.
Texto de Yaneth Itzel Díaz 11/11/25

Yaneth Itzel Díaz escribe sobre la manera en que los feminicidios han incidido en la esperanza de vida de las mujeres, una problemática sumamente preocupante que requiere acciones inmediatas.
“Niñas que dibujan estrellitas en sus cuadernos,
muchachitas que postean sus selfies en Facebook,
con sus uniformes de secundaria. (…)
Adolescentes que no deberían tener nada que ver
con muestras genéticas y cotejos de ADN,
fosas comunes, Ministerios Públicos, morgues,
exhumaciones y autopsias (…)”. 1
En México, ser mujer implica cargar con el riesgo constante de morir de manera violenta. Cada feminicidio no sólo significa la pérdida irreparable de una vida, sino también la ruptura de proyectos de vida, familias y tejido social. Lo que puede parecer un problema individual ha comenzado a reflejarse a nivel demográfico: los feminicidios ya afectan incluso la esperanza de vida de las mujeres mexicanas. 2
Antes del año 2000, la esperanza de vida de las mujeres mexicanas crecía de manera constante gracias a avances en salud y mejores condiciones de vida, con ganancias de más de 7 años entre los años 1980 y 2000. Sin embargo, a inicios del siglo XXI el progreso se frenó, ganando sólo alrededor de 1.4 años en las primeras dos décadas del siglo. 3 Hoy sabemos que una parte importante de este estancamiento está ligado a la manifestación más grave de violencia de género: el feminicidio. Y es que las mujeres en México no mueren de la misma forma que los hombres. Los feminicidios revelan un entrelazamiento de violencias y dinámicas de odio, con patrones de violencia extrema marcados por estereotipos de género y desigualdad. 4
Aunque a nivel internacional es bien conocido el problema de violencia letal que enfrentan las mujeres por razones de género, el gran reto es medir esta violencia. México enfrenta una crisis de desapariciones —que impide saber si las mujeres están vivas o muertas—, deficiencias en el sistema de justicia, falta de armonización del término como categoría jurídica 5 y un subregistro de muertes agravado por la carga política del término “feminicidio”. Para abordar estos desafíos, propongo una definición operativa 6 que permite aproximarnos al fenómeno. Esta definición incluye no sólo homicidios, sino también muertes violentas ocurridas en el hogar, donde la intencionalidad puede inferirse en un contexto cultural marcado por el machismo.
Con esta aproximación, encontramos que entre los años 2000 y 2019 ocurrieron 49,274 feminicidios en el país, de los cuales, el 82 % correspondió a mujeres de entre 15 y 64 años. Específicamente, hay una alta concentración de casos entre los 20 y 39 años. Es decir, mujeres en la etapa reproductiva y productiva de la vida. En la mayoría de las entidades, la mayor cantidad de feminicidios se registró en 2019, aunque en algunos estados del norte, como Chihuahua, Coahuila y Sinaloa, el pico ocurrió en 2010; en otros, como Colima o Guerrero, la violencia ha permanecido alta y persistente.
Aquí se destaca el caso de Ciudad Juárez a inicios del siglo XXI, convertido en un fenómeno mediático y de gran gravedad, que visibilizó de manera inédita la violencia contra las mujeres. Los feminicidios en esta frontera no sólo reflejaron un contexto de precarización laboral, migración y crimen organizado, sino que también marcaron el inicio de una discusión pública y académica que puso el término feminicidio en la agenda nacional e internacional. 7 A medida que las mujeres se convierten en blancos directos en el conflicto impulsado por la llamada guerra contra las drogas, este incremento podría influir profundamente en las decisiones cruciales que toman a lo largo de su vida.
La siguiente gráfica muestra un escenario contrafactual: el inicio de cada una de las flechas horizontales muestra la esperanza de vida “real” para cada año de estudio (2000, 2010 y 2019), mientras que el final de la flecha muestra la esperanza de vida que se tendría en cada estado sin feminicidios. Así, si se eliminara el feminicidio como causa de muerte, la esperanza de vida de las mujeres en México podría haber sido de entre 4.9 y 5.5 años más. Sin embargo, hay una gran heterogeneidad territorial. En 2019, Chihuahua y Colima registrarían los mayores incrementos, con 5.53 y 5.48 años, respectivamente. A lo largo del tiempo, la tendencia es clara: en la mayoría de los estados, los años de vida que podrían ganarse al eliminar el feminicidio han crecido ligeramente, lo que demuestra que la magnitud de esta violencia es relevante y su impacto continúa creciendo.

Estos resultados son contundentes: el feminicidio no sólo arrebata vidas, sino que continúa comprometiendo el futuro demográfico del país. Las muertes por feminicidio son prematuras y evitables. Su persistencia refleja la impunidad, el fracaso de las instituciones y la normalización de la violencia de género. Y mientras el Estado no asuma con seriedad esta crisis, las mujeres seguirán muriendo a causa de la violencia sistémica, y México seguirá perdiendo no sólo vidas, sino también años de vida. EP
Este artículo se basa en mi tesis de Maestría en Demografía en El Colegio de México. El trabajo completo puede consultarse en: https://repositorio.colmex.mx/concern/theses/08612r98k?locale=es. La versión académica ampliada fue publicada en la revista Demographic Research [https://www.demographic-research.org/articles/volume/53/24].
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