
En este segundo texto de la serie, Joseph Wager invita a reflexionar sobre las maneras en que el arte y la escritura dialogan con la memoria y el duelo en torno a la desaparición.
En este segundo texto de la serie, Joseph Wager invita a reflexionar sobre las maneras en que el arte y la escritura dialogan con la memoria y el duelo en torno a la desaparición.
Texto de Joseph Wager 27/08/25

En este segundo texto de la serie, Joseph Wager invita a reflexionar sobre las maneras en que el arte y la escritura dialogan con la memoria y el duelo en torno a la desaparición.
“Ahora Zurita —me largó— ya que de puro verso y desgarro pudiste entrar aquí, en nuestras pesadillas; ¿tú puedes decirme dónde está mi hijo?”. Empieza el poemario Canto a su amor desaparecido (1985) del chileno Raúl Zurita, cuyo país vivió una dictadura brutal bajo Augusto Pinochet y su programa de detención-desaparición (uno de los vocablos que luego se vio unificado bajo el término desaparición forzada). El contexto carga de sentido el texto de modo que entramos in medias res y una buscadora interpela al poeta: ¿Dónde está mi hijo? Algo bien curioso aquí es el hecho de tener que haber entrado en “nuestras pesadillas”, a fuerza del verso y desgarro, para poder ser interpelado por esta voz.
El libro Nightmare Remains: The Politics of Mourning & Epistemologies of Disappearance (Northwestern University Press, 2024) hereda la exploración zuritiana de las pesadillas, estudia el verso y el desgarro de las pesadillas como lenguajes políticos. Su autora es la académica especializada en filosofía Ege Selin Islekel. Ella, parte de las Madres del Sábado en Turquía, analiza el trabajo de Fabiola Lalinde en Colombia y el activismo de las Madres de Plaza de Mayo en Argentina, entre otros. Esta coyuntura representa una propuesta de pensar desde y con epistemologías del Sur Global.

Para entrar en el lenguaje de las pesadillas como cuestión epistemológica, Islekel elabora el concepto de la necrosoberanía: neologismo que le permite explorar las operaciones del poder en contextos de desaparición (forzada) y lo que llama “entierros inapropiados” (improper burials). Técnicas como las desapariciones forzadas, las fosas comunes y las prohibiciones de entierro definen la práctica necrosoberana y su regulación de las prácticas de duelo.
A diferencia de operaciones políticas cuyo fin es optimizar la vida (la biopolítica en la jerga académica), la necrosoberanía maximiza la muerte, genera “mundos de muerte” y subordina la vida al poder de la muerte (en relación con la necropolítica, para usar la jerga académica). Así, la necrosoberanía es una cuestión de las “vidas de ultratumba” (afterlives) políticas y epistémicas. Bajo el poder necrosoberano, surge la sistemática eliminación o alteración de registros para desaparecer no solo a la persona, sino la prueba de su existencia y su interacción con las autoridades. Además, el poder necrosoberano desacredita a los “conocedores” (testigos, familiares de la desaparición) a través de la “injusticia testimonial” (prejuicios, inconsistencias temporales) y la “injusticia hermenéutica” (dificultad para darle sentido a la propia experiencia, como el tropo de la “histerización” aplicado a las madres buscadoras).
Islekel retoma una lección del pensador francés Michel Foucault —no existe un modo de poder que opere de manera unilateral como mera dominación—. El ejercicio del poder está inseparablemente ligado a la resistencia. Nightmare Remains pone esta lección en práctica con las experiencias de las personas que buscan a sus seres queridos desaparecidos. Frente a la necrosoberanía, entonces, Islekel introduce el concepto de “los saberes de pesadilla” (nightmare knowledges) como una forma de resistencia epistémica. Estos saberes son modos locales y no oficiales que emergen de la perplejidad y la incoherencia impuestas por la necrosoberanía, movilizando sueños, pesadillas y experiencias “ilógicas” para desafiar los discursos oficiales y la supuesta neutralidad de la racionalidad. Por ende, aspira a desdibujar los límites entre sueño y realidad para revelar la inverosimilitud de las narrativas oficiales.
El último capítulo de Nightmare Remains sintetiza este ethos. “Fábulas que agitan la mente” (Fables That Stir the Mind), como se titula el capítulo, explora la “brecha de pesadilla” entre lo dicho y lo no dicho (algo que también ha sido clave en otros contextos, como la experiencia guatemalteca de desaparición forzada). En diálogo con pensadores como Sylvia Wynter y Saidiya Hartman, no recurre a la fábula para restituir la ausencia de los desaparecidos, sino para trazar los contornos de lo que ha sido borrado. “En la medida en que las fábulas necrosoberanas consisten en el borrado y la anulación, la exigencia de los vestigios radica en esto: que lo que sea que haya sucedido merece ser contado, que hay una urgencia en la historia misma que requiere tal relato”.
Nightmare Remains, entonces, explora las formas de contar como una manera de registrar el “proceso de transformación en buscadora”. De manera crucial, este proceso marca un momento umbral en la medida en que altera la propia naturaleza de lo que es el evento de la desaparición. Asimismo, los colectivos de buscadoras cuentan historias que el archivo oficial niega; esta “fabulación” consiste en historias (cuentos, hikâye) que desplazan el foco de la violencia hacia la cotidianidad y la agencia de las buscadoras. Dicho de otro modo, este libro de filosofía política documenta el proceso de devenir buscadora y complementa otros trabajos poderosos, como el de la antropóloga Janice K. Gallagher sobre este mismo proceso de devenir buscadora.
En este abordaje, llama la atención el hecho de que Islekel utilice el tropo de la figura de Antígona. Situar la labor de la comunidad buscadora dentro de este marco es una práctica reconocida en México. Para dar dos ejemplos, en otra entrega de esta serie, cité a Sara Uribe, y un estudio de las buscadoras en México hecho por la filósofa Rosaura Martínez Ruiz. Por su parte, Islekel pone el foco en la figura de las madres como “Antígonas de los bordes de Occidente”; aquí, Antígona no es el personaje de Sófocles ni el producto de una genealogía eurodeterminada. Se vincula esta figura a la fábula como práctica de los saberes de pesadilla para señalar lo que yo llamaría “las afinidades forzadas” entre las figuras de Antígona en contextos variados del Sur global. Estas afinidades forzadas denuncian la violencia del Estado(-nación), la violencia de la modernidad occidental. Pero también interpelan el peso del Estado como condición de posibilidad de narrar la desaparición. Esto es vigente no solo en clave de la desaparición forzada y la necesaria participación de actores estatales (como menciono en la introducción a esta serie), sino también en relación con la desaparición social (explorada en el siguiente texto).
Esta interpelación se torna una provocación al pensar en lo que no vemos en el libro de Islekel. El hecho de que una filósofa política no recurra a la evidencia forense, sino a las fábulas y a los saberes de pesadilla, es una decisión importante: habla tanto de la dificultad de sacudirse el marco del Estado(-nación) al hablar de la desaparición, como de la posibilidad de abrir nuevos caminos para narrarla.
En un momento en el que se experimenta un auge de la estética forense, abogar por los saberes de pesadilla, por las Antígonas de la periferia, da pausa. La estética forense surgió a partir del “giro forense” después de la Segunda Guerra Mundial, con particular relevancia en contextos de desaparición como los de Argentina y Guatemala. Este campo contribuye de manera importante en contextos de desaparecidos y cuerpos no identificados a través de métodos como las pruebas genéticas y las recreaciones científicas de las escenas del crimen, como se ve en el trabajo de Forensic Architecture. Como estética, puede ser entendida como un conjunto de prácticas que parten de la mirada de personas expertas en técnicas científicas para conformar una sensibilidad forense, una sensibilidad cuya importancia se deriva de lo forense como reflejo de lo real. Al mismo tiempo, se nutre del valor de lo forense como prueba en los foros jurídicos para generar una “empatía” por parte del público.
Sin embargo, a fin de cuentas, la estética forense es una forma inmanente a la lógica del Estado-nación. En la penúltima hoja del poemario de Raúl Zurita con el que abrí este texto, vemos un ejemplo de cómo hablar de la desaparición con atención a las leyes de gravedad de “nuestras pesadillas”. En vez de emplear lenguajes que se ciñen a las lógicas del Estado(-nación), tenemos:
sí
dice sí sí dice sí sí sí siiiiiiiiiiiiiiiiii ooooooooh o hoo hooo ho
ho hoo hoooo eeeeeeee e iiiiiii
iiiiiiiiiiiiiiiiooooooooeeeeeeiiiiiiiiiiaaaaaaaaaaaaaaalaaaalaaaaaaa
la la
la
Con una coda inspirada de manera implícita por Zurita, Nightmare Remains no concluye, sino que se desplaza con las palabras de una buscadora que se llama Sevda: “está incompleto, espera, déjame contarlo de nuevo”. Así, la coda del libro de Islekel parece preguntarnos, ¿cuáles son las pautas a seguir para generar un proyecto político común que se basa en los conocimientos de la comunidad buscadora? El libro de Islekel nos dice, en forma y en contenido, que el problema no es la falta del lenguaje sino el no haberle prestado suficiente atención a las formas de conocimiento de la comunidad buscadora. Parece gritar, como Zurita, sí sí siiiiiiiiiiiiiiiiii ooooooooh o hoo hooo ho, y exigir una respuesta. EP