
México redujo la pobreza por ingresos, pero la consolidación de las clases medias sigue pendiente. Un análisis sobre vulnerabilidad, empleo e ingresos.
México redujo la pobreza por ingresos, pero la consolidación de las clases medias sigue pendiente. Un análisis sobre vulnerabilidad, empleo e ingresos.
Texto de David Villarreal Adalid & Carlos Villarreal Cabriales 17/02/26

México redujo la pobreza por ingresos, pero la consolidación de las clases medias sigue pendiente. Un análisis sobre vulnerabilidad, empleo e ingresos.
La noticia se reprodujo con rapidez: por primera vez en México habría más personas de clase media que en situación de pobreza. La Presidencia presentó cifras del Banco Mundial para confirmarlo: entre 2018 y 2024, la proporción de la población clasificada como clase media habría aumentado de 27.2 % a 39.6 %, mientras que la pobreza por ingresos habría disminuido de 35.5 % a 21.7 %. En términos absolutos, ello implicaría que alrededor de 12 millones de personas se incorporaron a la categoría de clase media y un número similar superó la línea de pobreza.
La afirmación es poderosa, pero exige una pregunta incómoda: ¿salir de la pobreza implica, de manera automática, pertenecer a la clase media? La respuesta corta es no necesariamente. Para abordarla, es indispensable recurrir a la metodología. Definir la clase media únicamente a partir del ingreso es una aproximación parcial: revela una dimensión del fenómeno, pero deja fuera otras, como la protección social, la vulnerabilidad o la desigualdad territorial.
Para ordenar el debate, conviene aclarar un punto: no existe una única definición de clase media, ni en la sociología ni en la economía. El concepto es complejo y ha sido abordado desde distintos enfoques, entre ellos el nivel de ingreso, la probabilidad de recaer en la pobreza, el acceso a bienes y servicios, la estabilidad laboral o la capacidad de ahorro. La mayoría de estos enfoques coinciden, sin embargo, en que la pertenencia a la clase media implica algo más que rebasar una línea monetaria.
A la luz de la ENIGH, el panorama reciente parece alentador. Si se observa por deciles de ingreso, en 2018 solo cuatro deciles —40 % de los hogares— podían cubrir con su ingreso trimestral el equivalente a la canasta básica. Para 2024, el número aumenta a seis deciles. Se trata de un avance real y fundamentado, lo que implica reconocer que la población no pobre aumentó de manera significativa en el último sexenio.
No obstante, cubrir la canasta básica no equivale a “ser clase media”. En el mejor de los casos, indica el tránsito de la pobreza hacia una condición de no pobreza. López-Calva y Ortiz-Juárez, por ejemplo, definen a la clase media como un grupo con baja probabilidad de regresar a la pobreza, precisamente porque está sostenido por amortiguadores como el empleo estable, la capacidad de ahorro y la protección social.
El Banco Mundial utiliza una clasificación basada en ingresos diarios ajustados por paridad de poder adquisitivo (PPA 2021). De acuerdo con este criterio, se considera pobres a quienes viven con menos de 8.30 dólares diarios; vulnerables, a quienes se ubican entre 8.30 y 17 dólares; y “clase media”, a quienes superan los 17 dólares por día. Bajo esta metodología, la proporción de clase media en México pasó de 33.2 % en 2022 a 39.6 % en 2024. La cifra es relevante, pero describe sobre todo a hogares que ya no son pobres; no necesariamente a familias con estabilidad plena, acceso a seguros, capacidad de ahorro y servicios de calidad.
Las diferencias territoriales confirman esta distinción. Para efectos ilustrativos, pueden compararse dos entidades con contrastes profundos: Nuevo León y Chiapas. De acuerdo con los datos, un hogar promedio en Nuevo León registra ingresos cercanos a los 117 mil pesos trimestrales, mientras que en Chiapas se ubican alrededor de los 41 mil. Si se considera el costo de la canasta básica por hogar en 2024, estimado en 46,635 pesos, un hogar promedio en Nuevo León la supera en aproximadamente 150 %, mientras que en Chiapas ni siquiera logra cubrirla.
Ahora bien, también es justo reconocer el papel de la política salarial. Entre 2018 y 2024, el salario mínimo pasó de 88 a 249 pesos diarios, lo que representa un incremento cercano al 182 %. Este aumento fue considerablemente mayor que la inflación acumulada en el mismo periodo, que ascendió a 33.9 %. El ajuste generó un efecto cascada que empujó al alza diversos segmentos del ingreso laboral y tuvo un impacto positivo en la demanda agregada.
En paralelo, la información del IMSS sugiere un crecimiento sostenido del salario promedio de cotización, que pasó de 348 a 573 pesos diarios entre 2018 y 2024. Esta dinámica ayuda a explicar, al menos dentro del sector formal, parte de la disminución de la pobreza por ingresos, que descendió de 41.9 % a 29.6 % en ese mismo periodo. Ello equivale a 13.4 millones de personas menos en esta condición, de acuerdo con el INEGI.
Aquí aparece una distinción clave: reducir la pobreza y consolidar clases medias son procesos distintos. El primero puede lograrse relativamente rápido mediante transferencias, incrementos salariales y mejoras en el empleo. El segundo exige algo más complejo y sostenido, según la óptica desde la que se observe: instituciones de seguridad social, pensiones dignas, oportunidades reales de movilidad social, educación de calidad y aumentos persistentes de la productividad. Los hogares que apenas rebasan el umbral de la canasta básica permanecen en una situación de vulnerabilidad, pues ante una enfermedad, el desempleo o un desastre natural pueden retroceder —incluso por varios meses— a condiciones de precariedad.
Esta diferencia se vuelve más evidente cuando se analiza la pobreza desde un enfoque multidimensional. En 2024, el 29.6 % de la población —alrededor de 38.5 millones de personas— enfrentaba simultáneamente insuficiencia de ingresos y carencias sociales. De ese total, cerca de siete millones permanecían en pobreza extrema. No se trata de hogares sin ingresos, sino de hogares que, además de enfrentar limitaciones monetarias, presentan rezagos en vivienda, acceso a servicios de salud, infraestructura básica o seguridad social.
Determinar la evolución anual de la clase media en una sociedad marcada por profundas desigualdades regionales resulta metodológicamente complejo. No obstante, es posible identificar algunos indicios sobre lo que ocurre en este segmento. Mantener un nivel de ingresos y un estilo de vida asociados a la clase media depende, fundamentalmente, del crecimiento económico, la generación de empleo y el dinamismo del mercado interno. En ausencia de crecimiento, amplios sectores ubicados en la franja baja de los ingresos medios —que apenas superan la línea de pobreza— corren el riesgo de descender hacia la categoría de población no pobre vulnerable.
De acuerdo con la ENOE, entre noviembre de 2024 y noviembre de 2025 la población de 15 años y más aumentó en 1.6 millones de personas. A pesar de ello, la Población Económicamente Activa (PEA) se redujo en 151 mil personas y la población ocupada cayó en 162 mil, principalmente en las actividades primarias y secundarias. Este comportamiento es consistente con un contexto de estancamiento del PIB.
La ENOE de noviembre de 2025 indica que, doce meses antes, la población ocupada ascendía a 60 millones de personas. De estas, 2.8 millones no percibían ingresos y 9.8 millones se ubicaban en el rubro de ingresos “no especificados”. Para noviembre de 2025, este último grupo se redujo a 7.5 millones. De ellos, 1.2 millones se incorporaron al grupo que percibe hasta un salario mínimo y el resto pasó al rango de entre uno y dos salarios mínimos.
Aunque no es posible identificar con exactitud la composición familiar de estos trabajadores, puede afirmarse que quienes perciben entre uno y dos salarios mínimos —tanto en el sector formal como en el informal— se ubican, bajo la definición del Banco Mundial, en el umbral inferior de la clase media, es decir, con ingresos superiores a 17 dólares diarios.
En 2024, el salario mínimo fue de 248.93 pesos diarios (aproximadamente 14 dólares), mientras que en 2025 ascendió a 278.80 pesos diarios (alrededor de 15 dólares). A partir de estos valores, se toma como referencia al grupo de personas que perciben entre uno y dos salarios mínimos —y superiores— para analizar la evolución reciente de la clase media.
Así, al comparar noviembre de 2025 con el mismo mes de 2024, la ENOE sugiere que la población ocupada con ingresos inferiores a un salario mínimo —es decir, pobres por ingresos— ascendió a 22.8 millones de personas, un aumento de 1.2 millones. Los no pobres crecieron en 816 mil, mientras que el grupo clasificado como clase media se contrajo en 43 mil.
Más relevante aún es el comportamiento de la estructura de los rangos de ingresos. Los estratos superiores mostraron retrocesos: el grupo que percibe entre dos y tres salarios mínimos se redujo en 371 mil personas, mientras que quienes ganan más de cinco salarios mínimos disminuyeron en 300 mil en un solo año.
Otra perspectiva para analizar la evolución de las clases sociales, en particular de la clase media, es el comportamiento del empleo formal y de los salarios de cotización reportados por el IMSS. En promedio, el número de personas aseguradas se mantuvo prácticamente estancado: 22.4 millones en 2024 frente a 22.5 millones en 2025. Los salarios promedio crecieron por encima de la inflación, pero de manera desigual. En la micro y pequeña empresa —de uno a 50 trabajadores— el salario promedio fue de 404 pesos diarios en 2025, un aumento de 10 % respecto a 2024; en las medianas empresas ascendió a 647 pesos diarios (7 % más), y en las grandes empresas alcanzó 745 pesos diarios, con un incremento de apenas 6 %.
Nota aclaratoria: alrededor de 7.5 millones de personas ocupadas no especifican su nivel de ingresos, lo que introduce un componente significativo de incertidumbre en la estimación.
En conclusión, México ha logrado avances relevantes en la reducción de la pobreza por ingresos y en el crecimiento de la población no pobre. Sin embargo, estos avances no se traducen de manera automática en la consolidación de las clases medias. Una proporción significativa de los hogares que se clasifican estadísticamente como clase media se mantiene en condiciones de vulnerabilidad, con ingresos frágiles, escasa capacidad de ahorro y una protección social limitada. EP