Chile. América del Sur en cuatro escalas

Chile es un país de contrastes: territorio literario, enclave democrático y sociedad en tensión. Este texto recorre su geografía, historia y desafíos actuales para entender cómo conviven sus luces culturales con una fractura social que aún busca reconciliación.

Texto de 15/12/25

Chile es un país de contrastes: territorio literario, enclave democrático y sociedad en tensión. Este texto recorre su geografía, historia y desafíos actuales para entender cómo conviven sus luces culturales con una fractura social que aún busca reconciliación.

Sobrevolando Acapulco, uno se despide del territorio mexicano para emprender, en vuelo nocturno, la ruta hacia Santiago de Chile. En unas horas más, la aeronave cruzará las islas de Darwin, las Galápagos, que actúan como vigía y escala terrestre en la inmensidad del Pacífico. El vuelo continúa hasta la aproximación final a la capital chilena, saludando antes a otro puerto histórico fundado por los españoles durante la Colonia: Valparaíso, gemelo de Callao, en Perú; de Guayaquil, en Ecuador; y del propio Acapulco, en México. Desde el aire, la vista distingue el vértice de la aventura al bordear la cordillera de los Andes, una de las fronteras naturales más extensas del mundo. Las casi nueve horas de vuelo sintetizan la lejanía geográfica entre México y esta parte del Cono Sur. De frontera a frontera, del Valle de Anáhuac a la Patagonia compartida por Chile y Argentina, se recorre América Latina, alquimia de patrias diversas y ecos que resuenan entre lo milenario y la modernidad.

Santiago de Chile, capital del país del cobre y territorio del indio araucano, es quizá la capital política más amurallada del continente. La cordillera de los Andes la protege, escolta y admira. Como guardia perpetua, parece recordarle a los santiaguinos la mínima distancia que separa sus nieves del océano Pacífico; en el sur, sus aguas casi gélidas dibujaron las estelas acuáticas de Magallanes y de otros marinos de aventura, en la parte más angosta de la entonces Capitanía General de Chile. Los Andes representan una de las fronteras más largas del mundo: más de 6,600 kilómetros entre Chile y Argentina.

Santiago no es la “gris” capital que uno escucha en voz de ciertos viajeros. Sus épocas doradas son una constante: desde la antigua estación, cuya cúpula realizó el ingeniero Gustavo Eiffel, hasta los modernos rascacielos que dominan Las Condes. Lo mismo ocurre con su Museo de Bellas Artes, que resguarda la obra de chilenos universales como el surrealista Roberto Matta o Claudio Bravo, cuyo hiperrealismo sorprende a quien lo descubre. Santiago es un laberinto, y el cruce del río Mapocho se vuelve, en algunos tramos, un paseo urbano que, por su infraestructura, da la sensación de que uno camina por la ciudad más occidental de América Latina.

Muchos se cuestionan: ¿qué es un país de letras? Son aquellos lugares, poquísimos en el globo, donde la frontera entre lo sagrado y lo terrenal encuentra refugio. Y no me refiero al territorio que albergó el paso del profeta, sino a la atmósfera donde el viento forma un templo abierto a la imaginación, en el que el rayo de luz no desaparece ni en la más negra de las noches. Chile es uno de esos territorios.

No solo por sus escritores —como Gabriela Mistral y Pablo Neruda, que obtuvieron el Premio Nobel de Literatura en 1945 y 1973—, sino por la vocación literaria del pueblo chileno, capaz de alcanzar una mayor densidad creadora en las letras y en el tiempo. Al final, los laureles, vengan de donde vengan, son las hojas de la constancia que acompañan al escritor y a sus ambientes, personajes e historias. El verdadero homenaje guarda correlación con el suelo patrio del autor y con su sinnúmero de mundos. Chile, en ello, es una residencia formidable de creación. Lo advertía con magistral pluma el querido escritor chileno Luis Sepúlveda, víctima de la pandemia, cuando señaló que aprendió que la patria es mucho más que una simple bandera.

En el aire que roza las minas de cobre hay una magia que condensa el destino, lo vuelve trazo mágico y, como escribiera el gran Vicente Huidobro, una atmósfera que permite “no cantarle solo a la rosa, sino hacerla florecer en el poema”.

Las calles chilenas parecen depositar una soledad en ciernes que no termina de nacer, pero que llega a vibrar en el alma de los olvidados. Su armazón es una ventisca marina y, en la vibra de su alma, se desvive una asamblea de letras, aventura y versos. Carlos Fuentes lo anotaba y sentía esa vibra cuando, siendo escolar y en la pubertad, cursaba estudios básicos mientras su padre era diplomático mexicano en Santiago. Del otro lado, el chileno Roberto Bolaño encontró en México un escenario que dejó su impronta en su obra clave como uno de los más celebrados hombres de las letras iberoamericanas. Huelga decir que el exilio chileno en tierras mexicanas, como el republicano español, contribuyó a engrandecer a México en diversas áreas.

De Atacama a Tierra de Fuego, la geografía caprichosa dibuja una larga tira de territorio. Es el país que, en tiro de piedra para Gulliver, tiene las islas de Pascua y una vocación natural al mar, y por ende a la gastronomía, que se disfruta como monumento en el Mercado Central o en cualquier pescadería. Quien no ha probado la centolla, el salmón de las aguas australes o los vinos de los valles de Aconcagua, Maipo o Colchagua, entre otros, es un extraño que se perdió la oportunidad de conocer el tesoro mejor guardado por los chilenos: la plática que trasluce el candor de una esperanza grabada en el alma, y el orgullo de hacer de una comida o cena el momento de comunión más célebre de la jornada.

En ese tramo puede surgir una discusión antes del desfile de platos fuertes: el pisco sour. En su esencia y forma de prepararlo también se descifra la personalidad de quien lo hace. Ese trago, aparentemente nacionalista, encuentra un eco de humildad entre algunos chilenos al reconocer que este elixir proviene del vecino Perú.

Chile —una nación que no alcanza la población de la Ciudad de México y su área metropolitana— es también cuna de una de las patrias donde más se afianzó el raigambre democrático latinoamericano. Esa trayectoria tuvo su dramática pausa el 11 de septiembre de 1973, en el primer 11 de septiembre. La larga noche terminó el 5 de octubre de 1988, cuando el 55.99% de hombres y mujeres chilenos arrebataron el NO a Pinochet. Los chilenos, con el anhelo de recuperar la ciudadanía, emprendieron una gesta que trascendió sus fronteras y anticipó uno de los primeros visos del proceso de democratización que, como campana a ultramar, empezaba a desterrar las notas del totalitarismo en el viejo continente.

Los años de interrupción democrática se dividen entre la dictadura y un gobierno militar, incluyendo patrocinadores del terror como Henry Kissinger, quien desde Washington obtuvo —irónicamente en 1973— el Premio Nobel de la Paz por las negociaciones en Vietnam. Más que el sobrio Palacio de La Moneda, es el Estadio Nacional el que mantiene la simbiosis de terror y esperanza, hoy trasladada al Museo de la Memoria, creación arquitectónica que estremece a cualquiera. Ahí, entre artículos incrustados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, resalta con fuerza una frase que atraviesa generaciones: “para nunca más, nunca más negarlo”.

Frente a las sombras del populismo latinoamericano, Chile —junto con Costa Rica, hoy en riesgo democrático, y Uruguay— es uno de los pocos islotes donde la democracia, en su esencial ABC, ha resistido. No obstante, el mandatario chileno, uno de los más jóvenes del orbe, Gabriel Boric, declaró: No sé si ustedes saben que en Chile hay más suicidios al año que homicidios. En Chile se suicida más gente que la que muere en condiciones o víctima de la delincuencia”. Más allá de las posiciones políticas en disputa, el principal reto chileno es crear una ruta que frene lo dicho por el mandatario. Una afirmación así reclama que algo debe cambiar de rumbo, porque una sociedad con tantos suicidios es una sociedad rota.

El pasado, como una ola oceánica que viene y va, puede ser el efluvio para saber navegar rumbo a la reconciliación. Chile sigue siendo una nación dividida, como lo testimonian las elecciones y la persistente disputa por la constitución política. A pesar de tres intentos de redactar una nueva carta magna, los plebiscitos no han dado luz verde a un nuevo cuerpo legal, manteniendo vigente la constitución que entró en vigor durante la Junta Militar en 1980-1981.

La entrada chilena, paulatina, a la suma de diversas modernidades —y su lugar en el debate como laboratorio “neoliberal”— tiene aún el pendiente de disminuir la concentración del ingreso, esa malévola sombra de la región más desigual del planeta: América Latina. Chile, con una economía profundamente abierta y una clara vocación global en su agroindustria, tiene hoy como principal socio comercial a la lejana China, tal como ocurre también con Brasil y con su vecino Perú.Al final, las luces se contagian, y el ánimo para emprender futuras gestas encuentra en territorio chileno una escala que hay que agradecer. Así es este país que resguardó por décadas la vid carmenere, considerada extinguida en Francia —su lugar de origen— tras una plaga que la arrebató de los viñedos europeos. En Chile, que reencontró el color carmenere de la esperanza, la ruta austral continúa. Y, aun con los desafíos, como toda nación, sigue siendo gratificante esa esperanza que se cuela en su delgado pero largo territorio, escoltado por los miles de kilómetros del Pacífico y por la monumental cordillera. EP

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