La caja de Pandora Safo

La capitalización de #LoveWins nos distrae del sistema fundado en múltiples opresiones que sufrimos las mujeres no heterosexuales: la discriminación persiste. Dan Hernández habla desde una trinchera donde ser una mujer que ama a otra es sinónimo de resistencia y valentía. #VisibleEnEstePaís🌈

Texto de 29/01/21

La capitalización de #LoveWins nos distrae del sistema fundado en múltiples opresiones que sufrimos las mujeres no heterosexuales: la discriminación persiste. Dan Hernández habla desde una trinchera donde ser una mujer que ama a otra es sinónimo de resistencia y valentía. #VisibleEnEstePaís🌈

Estaba corriendo sobre un sendero compartido con mamás de niñas y niños en bici. También había melómanos con los audífonos al máximo volumen y pugs sujetos por sus correas. A la tercer vuelta, descubrí a dos chicas que se tomaban tímidamente las manos para después soltarse y mirar de reojo, pálidas e inquietas, cada que alguien les pasaba cerca. Vi a otras tres parejas sentadas en las bancas salpicadas a lo largo del parque: todas heterosexuales. Ninguna de esas se escondió. Pensé en aquello que confirmé el año pasado: el amor no siempre gana. 

Regresé al espacio que, a principios de la temporada pandémica, me sirvió como medicina. Antídoto del encierro forzoso, sí; pero, sobre todo, tratamiento para un corazón roto que se coordinó con el cuarto mes de la contingencia. Despedidas previas me enseñaron que, por más terco que resultara el dolor, el tiempo pasaría y no moriría trágicamente. Aún así, el ardor de la ruptura bulló con insistencia. El amor no se terminó. Ni se volvió primero costumbre, y luego tedio. La historia fue sentenciada por un gigante estructural que impidió la relación: la lesbofobia de la sociedad mexicana que, en pleno siglo XXI, continúa amenazando las existencias y los procesos de visibilización y aceptación de las mujeres que nos salimos de la heteronorma. Una discriminación estructural que mantiene a muchas de nosotras dentro del clóset, y que limita nuestras posibilidades de desarrollarnos y de relacionarnos sexo-afectivamente con otras. 

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Este no es un manifiesto en contra del amor disidente. Mucho menos, una insinuación a renunciar a su búsqueda y su defensa. Es, de hecho, una invitación a homenajearlo. Propongo honrar a los amores valientes y se me ocurre una manera más adecuada de hacerlo si vamos más allá del #LoveWins, una frase regurgitada por el amor romántico y el capitalismo rosa. 

Para hablar con franqueza sobre el amor, hay que contextualizar. Celebremos los cambios de legislación conquistados. Admiremos los casos victoriosos, pero también echemos un vistazo atento a la realidad. Los ajustes societales son insuficientes. Limitarnos a habitar la utopía —valiosa para marcar caminos, sí, pero quimera al fin de cuentas— de que el amor siempre gana, imposibilita que abramos la caja de Pandora (o mejor dicho, de Safo) que está rebosante de prejuicios, violencias y de la discriminación estructural que las mujeres no heterosexuales y, como extensión nuestras relaciones sexo-afectivas, sufrimos a diario.

Necesitamos hablar de esto. Para exigir a la sociedad y al Estado que dejen de tratarnos como ciudadanía de segunda; y para habilitar entre nosotras relaciones más sinceras. El amor romántico debe estar murmurando que “qué escritora tan pesimista, tan absurda, tan anti-romántica”. Nada de eso. Propongo vincularnos a través de diálogos honestos que comuniquen cómo se encuentran los procesos de auto-aceptación y los de visibilización en los que estamos inmersas e identificar si los tiempos y las posibilidades realmente se corresponden.

Descubrir que el amor no es omnipotente es frustrante, sobre todo, considerando que nosotras tenemos que lidiar con un sistema que orilla a nuestros amores a nadar a contracorriente. De nosotras se espera, por default, la heterosexualidad. De hecho, en una sociedad machista y patriarcal como lo es la mexicana, la construcción misma de lo que es La Mujer, está definida —entre otras cosas— por dicha característica. De ahí que mucho de lo que representamos para nuestro entorno, dependa del cumplimiento de los papeles que desde antes de nacer se nos asignan: ser novia o esposa de algún hombre, y después, madre de sus hijos. Desacatar estas expectativas, como siempre que se falta a una norma, conlleva consecuencias. El abanico de sanciones es amplio: el despido injustificado de tu trabajo, el acoso selectivo, la (muy) posible confrontación con la familia propia y el (muy) probable enfrentamiento con la familia de nuestra pareja . Además, la discriminación que vivimos en espacios cotidianos: escuelas, instituciones de salud, áreas laborales, lugares de esparcimiento y hasta la vía pública.

Así, las mujeres que amamos a otras mujeres, vamos por la vida exigiendo desde la seguridad social que merecemos, hasta el respeto más simple a nuestros vínculos. Las películas de Hollywood podrán proyectarnos en las pantallas historias simplistas, muchas veces, por cierto, producidas para la audiencia heterosexual, tal y como sucede con The Happiest Season, la última película protagonizada por Kristen Stewart. En este film, el proceso de salida del closet, más que ser abordado y cuidado con el respeto que merece, deviene en una representación distante de la realidad y narrativamente insostenible: la visibilización y la no aceptación de las familias de dos mujeres enamoradas se soluciona de la Nochebuena a la Navidad.

Los productos culturales que tenemos al alcance, no plasman los retos sistemáticos y cotidianos que atravesamos las mujeres disidentes sexuales. Necesitamos denunciar que seguimos siendo víctimas de graves violaciones de Derechos Humanos. Que, como Yuri Alejandra, muchas mujeres siguen siendo despedidas injustificadamente de su trabajo por ser lesbianas. O que constantemente somos violentadas por las autoridades, que despliegan contra nosotras una discriminación de Estado. Los casos son numerosos. Denise y Korina, ambas lesbianas y sobrevivientes de tortura sexual a manos de elementos de la Marina en el estado de Veracruz son, desafortunadamente, otros ejemplos.

Ser mujer no heterosexual en México, a veces implica denunciar que tu novia fue secuestrada por miembros de la propia familia, para ser internada en espacios que promueven “tratamientos” psicológicos y psiquiátricos que tienen por finalidad cambiar tu orientación seuxal o identidad de género. Estas “terapias” además de ser falsas, son equivalentes a maltratos físicos, privaciones de libertad e incluso violaciones grupales. Incluso implica que, por seguridad, ni siquiera podemos expresar nuestros afectos en las redes sociales; ya no se diga en las calles como Alizon y Ale que fueron víctimas de un ataque lesbofóbico en Ciudad Neza, en el Estado de México. Las golpearon por abrazarse en público enfrente del palacio municipal.

Es cierto, los amores resisten. Enfrentar en equipo estos obstáculos tiene una inspiración especial, pero es una dinámica desgastante y profundamente injusta. Los eslóganes del orgullo y del amor siempre victorioso (#LoveWins) son importantes, pero si no los tratamos con cuidado, si no los contextualizamos ni dialogamos, nos pueden hacer caer en la trampa de asumir la responsabilidad de sobrevivir a un entorno problemático que es resultado de pautas estructurales. Los amores disidentes son muy valientes, pero no deberían serlo. Lo que merecemos, es ser felices. La sociedad tendrá que entenderlo, pero de poco nos servirá si no comenzamos a hablar entre nosotras sobre todo esto. Permitámonos ser curiosas y sinceras, para entonces relacionarnos desde la paciencia, el acompañamiento y la franqueza. Entender que el amor no siempre gana, irónicamente, nos podría acercar a relaciones más satisfactorias, más sanas. Justo lo que merecemos. EP

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