El machismo: causa del abuso sexual masculino

La agresión sexual a los hombres es una forma más del machismo, del que poco se habla, pero que sucede más de lo que se cree. #VisibleEnEstePaís🌈

Texto de 26/03/21

La agresión sexual a los hombres es una forma más del machismo, del que poco se habla, pero que sucede más de lo que se cree. #VisibleEnEstePaís🌈

Durante años, el machismo y su violencia han sido parte de la vida diaria; luchar contra estos no ha sido, ni es, una tarea fácil. Hoy en día, movimientos como el feminista, contra el racismo o por la diversidad sexual, por nombrar algunos, han alzado la voz sobre las agresiones y violencias que se ejercen sobre estos grupos. Somos la famosa “generación de cristal”, la misma que ha decidido señalar aquello que está mal y que nos pone en riesgo a nosotros y a las siguientes generaciones. Sabemos que en este mundo las posibilidades de cambio para mejorar son inmensas.

Hace unos meses, la youtuber Nath Campos habló en redes sociales sobre el abuso sexual del que fue víctima por parte de su ex, otro youtuber. En medio de todo esto, las redes sociales se volvieron un campo de sororidad y al mismo tiempo un espacio donde la invalidaban y juzgaban el porqué tardó tanto en denunciar; además, los comentarios machistas no se hicieron esperar; por ejemplo, que ella provocó el abuso por haber ingerido alcohol.

Nath no sólo fue un indicativo del poder de las redes sociales, sino que fue inspiración para muchos más que nos atrevimos a señalar actos de los cuales hemos sido víctimas y que no hemos denunciado a causa del machismo que nos rodea, porque muchas veces ni nuestras familias ni amistades ni defensores ni las instituciones nos creen y la justicia tampoco no llega. Hablo en plural y me incluyo al hacerlo porque una noche después de que Nath compartiera su experiencia y fuera víctima del odio en las redes sociales y de algunos presentadores de televisión, me atreví a compartir algo que jamás había hecho público, porque recordarlo me hacía revivir aquello que me ha costado sanar.

Hace cinco años viví en Oaxaca; ahí encontré mi primer trabajo de hotelería como auditor nocturno en un lugar del centro. Tenía 19 años. Mi turno iniciaba a las 11 p.m. y el transporte de casa de mis papás dejaba de pasar a las 10 p.m. El autobús me dejaba en el “Parque del Amor” que está en la periferia de la zona centro, un lugar oscuro, sin vigilancia y peligroso y que cruza con la avenida periférico de la ciudad. Todas las noches, aproximadamente a las 10:30 p.m., debía caminar hacia mi trabajo entre calles vacías y con mala reputación.

Cruzando el periférico está, o estaba, un bar llamado Boca Negra, donde todas las noches había fiesta y frente al cual había grandes camionetas apostadas sobre la calle con los chóferes esperando y los patrones “precopeando” o ya alcoholizados “echando coto”. Una noche, mientras caminaba por esa calle, vi una Suburban negra con cinco o seis hombres, todos alcoholizados, gritando, festejando, alardeando. Me dieron mucho miedo e intenté caminar rápido, pero disimulando mis nervios. De pronto, uno me cerró el paso enfrente y luego dos atrás de mí me agarraron y me metieron a la camioneta a la fuerza. Intenté gritar, moverme, puse resistencia, pero fue imposible. Era todo el grupo contra mí y uno de ellos me puso un trapo en la nariz y la boca al tiempo que las cosas giraban a mi alrededor. Aun recuerdo sus voces y sus gritos como si se tratara de una celebración; también recuerdo ver siluetas de autos pasando en la avenida, algunos taxis, pero nadie se dio cuenta de lo que sucedía y nadie pudo ayudarme.

Todos subieron y el chofer arrancó; no supe a dónde me llevaron, pero parecía que era en las afueras de la ciudad porque se dejaron de ver las luces de las lámparas del centro. Mientras la camioneta iba en movimiento, me desvestían y metían mano. Lo hacían a la vez que me gritaban cosas como “ahora sí putito, nos vamos a divertir contigo”.

Yo no quería.

La camioneta paró, el chofer se quedó en su asiento y me pasaron desnudo a la cajuela abierta. Todos, sin excepción, me penetraron sin mi consentimiento, me golpearon, me jalaron, se reían y me gritaban frases como “para que aprendas puto”. Eyacularon. Hicieron conmigo lo que el odio les motivó a hacer. Me dejaron en la cajuela y me arrojaron mi ropa. Como pude me vestí, ahí, en la cajuela. Arrancaron y, en una de las calles del centro, me aventaron. Pasé la noche con un amigo. Salí de su casa al día siguiente después del mediodía. Tenía llamadas perdidas de casa y de mi mamá porque no llegué después de mi turno a casa. Estaba en shock.

“Es momento de cuestionarnos: ¿por qué se habla tan poco del abuso sexual masculino? Y cuando se hace, ¿por qué culpamos al hombre asumiendo que “se lo buscó”?”

Todo el día me sentí sucio. No dejaba de pensar en lo sucedido. Estuve callado y aunque fingía estar bien para no alarmar a mamá, no pude. Fui al Ministerio Público de Oaxaca con la intención de denunciar los hechos, pero me dijeron que por falta de pruebas no podían proceder y remataron diciéndome: “Eso le pasa por puto”.

Mi mamá me presionó para saber si estaba bien, y yo, en todo momento, fingí que sí, que todo estaba bien, pero ella, con su sentido de madre, me presionó. No aguanté más y le conté, a medias, lo que pasó, así como el actuar del Ministerio Público. Esa tarde también fui al hotel y con lágrimas les expliqué por qué no me presenté a trabajar esa noche. Jamás voy a olvidar la reacción de mi jefa. Su apoyo incondicional, el del hotel y el de mi familia fue todo lo que necesité.

Todas las noches que he vuelto a pasar por esa calle y ese lugar no puedo evitar verme luchando contra ellos, no puedo evitar llorar. No sólo me veo a mí sino también pienso en todas las personas que han vivido una situación similar y que por desgracia han tenido que callar.

¿Es mi caso el único o es uno del millón? ¿Fue algo que me haya buscado por mis relaciones sexoafectivas? De acuerdo a la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), en su informe del 2016 señala que al año se cometen alrededor de 600 mil delitos sexuales, aproximadamente el 94.1 % no se denuncian, y estos mismos se dividen en dos grupos; violación agravada que es donde se realiza el delito usando la violencia y se introducen objetos como palos o dedos de forma anal o vaginal, y la segunda donde el 56.5 % de las víctimas son hombres como yo.

Dadas las cifras, es momento de cuestionarnos: ¿por qué se habla tan poco del abuso sexual masculino? Y cuando se hace, ¿por qué culpamos al hombre asumiendo que “se lo buscó”? ¿Qué hacen las autoridades competentes con ese 5.9 % de delitos denunciados?

Habiendo sido víctima de abuso sexual infantil, crecí sabiendo que estas cosas también nos pasan a los hombres y que callamos porque como niños es difícil que algún adulto nos crea; además, estaban las amenazas que hacían mis abusadores para mantener mi silencio. Jamás imaginé que pudiera volver a suceder en una edad mayor. Como homosexual y a pesar de vivir en una ciudad machista, creía que eso solo lo sufrían las personas trans de Oaxaca, quienes de forma íntima compartían en los bares o en pláticas con amistades que eran víctimas de abuso sexual de forma regular.  Nunca imaginé que a mí me pasaría.

De acuerdo con el libro Crímenes sexuales, desde el renacimiento hasta el siglo de las luces en el apartado 4 “Violación y agresión sexual” del capítulo 1 “Sexo ilegal”, las violaciones o agresiones sexuales entre hombres no eran consideradas como crímenes sexuales sino como sodomía, incluso si el acto se cometía contra infantes o jóvenes. Varios siglos después, en la sociedad actual, aún se mantiene este pensamiento. A los hombres se nos niega la oportunidad de denunciar que hemos sido víctimas de abuso sexual, se nos invalida o se asume que por nuestras relaciones sexoafectivas se nos puede atacar. La agresión sexual a los hombres se minimiza a causa del machismo o incluso entre hombres se nos invita a callar.

Comprendamos, pues, que hombres y mujeres tenemos un adversario en común: el machismo. Este se ha encargado de ponernos en desventaja. Fue el machismo el que me violó bajo los efectos del alcohol, y posiblemente de las drogas, “por putito”, el que me escupió y me aventó en medio de la nada, el que me dijo en una agencia del Ministerio Público que eso me pasaba por puto y el que años después, cuando compartí mi historia en Twitter, escribían que por eso ahora vivo con VIH. Todavía hay personas que asumen que el machismo no afecta a las personas que eligen la diversidad sexual y su género y menos si se trata de homosexuales, y que afirman que queremos imponer nuestra “ideología de género”, misma que ya dijo el Consejo Nacional para Prevenir y Eliminar la Discriminación (CONAPRED) que no existe.

“Todas las noches que he vuelto a pasar por esa calle y ese lugar no puedo evitar verme luchando contra ellos, no puedo evitar llorar. No sólo me veo a mí sino también pienso en todas las personas que han vivido una situación similar y que por desgracia han tenido que callar.”

De acuerdo con la Encuesta Nacional de Discriminación (ENADIS), realizada por el CONAPRED y la CNDH en 2016, seis de cada diez personas LGBT+ sufrió discriminación, más del 53 % reportó haber recibido agresiones físicas, acoso o expresiones de odio, y el 30 % sufrió tratos arbitrarios por parte de la policía debido a su orientación sexual o a su expresión de género. Si bien esto puede entenderse como “pequeños actos” y habrá quienes crean que el machismo no se reproduce y termina en otras formas, el libro Homofobia, odio, crimen y justicia de Fernando del Collado relata cómo en la década de 1995 al 2005 se registraron 387 crímenes de odio, de los cuales 372 fueron a hombres y 15 a mujeres y que además fueron denunciados, pero la homofobia, el rechazo y el desinterés institucional y familiar, por tratarse de personas, que mantenía relaciones sexoafectivas distintas a las establecidas y aceptadas socialmente, las pone en una situación de vulnerabilidad, revictimización y rechazo, aún ya estando sin vida. Del Collado señala cómo los expedientes a los que tuvo acceso son el reflejo de la homofobia institucional así como de los prejuicios de los agentes encargados de hacer las diligencias pertinentes sobre el caso.

Otro dato es el informe del Observatorio Nacional de Crímenes de Odio contra las personas LGBT+, presentado en junio de 2020. En él se expresa que desde el 2014 hasta mayo del año pasado se tienen registrados 209 asesinatos que son “visibles”. Señaló la relevancia de esta visibilidad porque de acuerdo con el mismo Observatorio, por cada caso que sale a la luz y se documenta hay tres que no cuentan con la misma oportunidad, provenientes de Baja California, Chihuahua, CDMX, Coahuila, Guerrero, Jalisco, Michoacán, Nuevo León, Puebla y Veracruz. De las víctimas, 93 eran mujeres trans, 85 hombres, 11 mujeres, 2 hombres trans y 2 personas trans y 16 de las que no se tiene información concreta al respecto.

Es alarmante que empecé hablando de abuso sexual en hombres y mujeres y llegué hasta el punto de hablar de crímenes de odio. En todo esto hay un factor muy importante que ha hecho que nos desacreditemos, separemos, rechacemos o se nos niegue la justicia y ese es el machismo. Ninguna condición debe ser causal para que una persona asuma tener la capacidad de cometer algún acto que atente contra nuestra dignidad, integridad y vida misma motivado por una conducta estructural. Al igual que en el Renacimiento, en los noventa y en la reciente década, los abusos sexuales han sido desestimados y minimizados, incluso por mí mismo, pues horas antes de haber compartido mi historia en Twitter, yo también callé a otros gays que se atrevían a compartir su experiencia, pero aprendí, gracias al acompañamiento y señalamiento de muchas personas y amistades, que una denuncia JAMÁS se tratará de protagonismo. Siendo o no sobrevivientes de abuso sexual no debemos caer en la revictimización e invalidación de las vivencias de otros. Hay una necesidad muy grande de abrir, mantener, ampliar y normalizar las pláticas entre hombres sin caer en la desestimación de los hechos, porque compartirlo sana, libera, rompe con el pacto patriarcal y el silencio, empodera a las víctimas y sobrevivientes y le muestra a alguien que está viviendo desde el anonimato todo este dolor que no es la única persona, que no está sola.

No estamos solos, no están solas, no debemos estarlo y no debemos vivir nuestros procesos de forma aislada y asumiendo que nos lo merecemos. Nunca es tarde para escuchar, aprender a desaprender nuestras conductas machistas y ser solidarios, pero sobre todo empáticos con quienes están a nuestro alrededor. Tomemos los finales desgarradores de quienes hoy en día ya no están para contar su historia y exigir justicia, las estadísticas y el actuar de los diferentes órganos institucionales para exigir que se garantice una actuación y atención de acuerdo con nuestras necesidades, que se ponga siempre en primer lugar a las víctimas, que no se desestimen los casos y, sobre todo, que seamos vistos no como casos sino como vidas humanas. Si queremos que la vida se libere del machismo que tanto nos ha oprimido a mujeres y a hombres, primero debemos estar dispuestos a cambiar nosotros, a reconocer nuestros actos y discursos machistas y trabajar en ellos.Es cierto que al contar nuestras historias nos pone y acerca en un punto de vulnerabilidad o que habrá personas que nos van a señalar; existirán quienes no nos crean (aún siendo personas de nuestros círculos cercanos) y habrá otras que nos juzguen y asuman que es algo que nos “merecemos” o “buscamos”. El atrevernos a ser visibles nos ayuda a recuperar nuestra dignidad, a acceder a la justicia, a poder decir que es nuestra verdad, a crear redes de apoyo de personas que incluso no conocemos pero que nos tienden la mano y principalmente a demostrarle al mundo que no somos esa minoría que creen y, por ende, no estamos dispuestos a seguir callando, soportando, viviendo y permitiendo que nos violenten. Nuestra voz es nuestra arma más importante: ¡usémosla! Ten miedo, pero agarra fuerza y coraje para enfrentarlo, no estás sola ni solo; hay muchas personas que estamos dispuestas a acompañarte, ayudarte y que te creemos. EP

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