Nuevas lógicas de vinculación afectiva

La socióloga Natalia Tenorio Tovar expone las nuevas configuraciones sexo-afectivas no monógamas y cómo están cambiando nuestra manera de relacionarnos.

Texto de 22/06/21

La socióloga Natalia Tenorio Tovar expone las nuevas configuraciones sexo-afectivas no monógamas y cómo están cambiando nuestra manera de relacionarnos.

Bajo la categoría de nuevas configuraciones sexo-afectivas no monógamas se entienden un diverso universo de formas de vinculación, cuyas formas de nombrarse y configurarse han recorrido sus propias transformaciones, como parte de un álgido debate dentro y fuera de los circuitos en los que se practican. Dentro de este conjunto las parejas pueden definirse como swingers, relaciones poliamorosas (jerárquicas o igualitarias), relaciones abiertas, polígamas, relaciones grupales o relaciones secundarias esporádicas. 

Todas estas relaciones se ubican en un espectro afectivo que tiene en un polo la pareja monógama concebida como una institución fundamental para la sociedad y en el otro, el amor como un cúmulo de sensaciones efímeras; engloba tanto relaciones sexuales esporádicas como relaciones amorosas a largo plazo, cuyas características principales es la posibilidad de mantener relaciones románticas y/o sexuales con varias parejas simultáneamente en la que todos los miembros deben estar enterados del carácter no monógamo de la relación. 

Tipos de relaciones de pareja suponen un sentimiento, generalmente reconocido como amor, indicativo de una experiencia emocional corporal particular, y también como un fenómeno multidimensional que incluye construcciones discursivas, aspectos ideológicos, socioculturales y económicos. Las formas específicas de relación que gestionan la vida afectiva y sexual de esta manera han sido generalmente censuradas, identificadas con lo disfuncional, lo malo o lo insatisfactorio.

Algunas de estas configuraciones afectivas, como el poliamor o las relaciones grupales, pueden definirse como el tipo de relación sexo-afectiva en la que las personas acuerdan consensuadamente amar a varias personas en simultáneo. Otras, como la relación abierta, se definen como la posibilidad que tienen ambos miembros de la pareja de mantener relaciones sexuales con otras personas que no pertenecen al binomio afectivo principal, siempre tratando de tener una actitud ética, responsable, honesta y no posesiva1.

Las relaciones múltiples operan en tres niveles distintos, como un tipo de vinculación afectiva entre las personas que se realiza por medio de prácticas cotidianas; como filosofía de vida que puede ser considerada una forma de comprensión de las relaciones de pareja, se convierte a veces en parte importante de la identidad; y como ética de lo sexual. 

Si bien uno de sus principales propósitos es la trasgresión de la hegemonía sexual patriarcal y de la heterosexualidad convencional, las relaciones no monógamas aparecen excesivamente vinculadas a la búsqueda de placer sexual. Es importante reconocer que no se tratan sólo de sexo, sino de una reconfiguración del vínculo emocional. Las relaciones múltiples son una crítica a una forma tóxica de relacionarse y no al establecimiento de relaciones de pareja estables y satisfactoria. 

Esta transformación profunda de las relaciones sexo-afectivas fue posible gracias a una serie de cambios sociales y jurídicos que han contribuido a una mayor visibilidad de las relaciones,  influidos y propiciados por el movimiento feminista, la creciente independencia económica de las mujeres, la crítica a ciertos aspectos de la masculinidad, el cuestionamiento de las reglas externas impuestas como premisas necesarias de las relaciones de pareja, la aparición y creciente mejora en los métodos anticonceptivos, el control de la fertilidad y la exigencia del derecho al placer sexual, entre otros. Además, por supuesto, del empuje recibido por diferentes movimientos homosexuales, lésbicos, bisexuales y BDSM, que rechazan la monogamia como valor heteronormativo. 

Históricamente, podemos señalar su surgimiento en relación con dos elementos clave: la crítica y posterior deconstrucción de los roles de género establecidos por el amor romántico y la ruptura entre amor y sexo. 

El amor romántico es un amor altamente feminizado, ya que gracias a la división de esferas masculina y femenina el fomento del amor se convierte en una tarea de las mujeres, fuertemente ligado a una división sexual del trabajo y de los roles, la subordinación de las mujeres al hogar, con una relativa separación del mundo exterior. La mujer se encarga tanto de las actividades de cuidado, como de soportar la parte emocional o afectiva de la relación. 

Los hombres por su parte, pueden ejercer un doble patrón sexual, manteniendo relaciones con otras mujeres fuera del hogar, sin el conocimiento y consentimiento de su pareja, como una práctica institucionalizada de la infidelidad. Las mujeres por su parte, en el ámbito privado y en la amistad con otras mujeres, encontrarían, supuestamente un refugio y un terreno en el que podían expresarse y tener cierto poder. La sexualidad femenina queda identificada con el rol de esposa fiel y madre, en la idea de que el amor, si es verdadero, es para siempre. Mientras que el varón se identifica con el rol activo, fuerte y conquistador, con derechos sobre el cuerpo y la emocionalidad de las mujeres. 

Este tipo de gestión de la relación de pareja, que se masificaría como un producto cultural y orientada hacia el consumo, consiste en una vinculación sentimental recíproca entre un hombre y una mujer solteros, que sólo puede realizarse completamente en el matrimonio y de forma exclusiva, de manera que la sexualidad se encuentra fuertemente ligada a la reproducción y sancionado por los límites de la relación matrimonial. 

Las relaciones múltiples se proponen replantear esto, sobre todo en sus principios de entrega total, posesión y exclusividad. De esta manera, se desmarca de una serie de creencias en las que el amor romántico se fundamenta, como la predestinación de las personas para estar juntas, la unicidad del vínculo, que lo establece como algo poderoso y que conlleva una sensación de completud en el otro. 

Las relaciones múltiples se plantean entonces, por lo menos en el discurso, como una alternativa a las relaciones de pareja en las que los celos, la posesión, el control, las desigualdades de género estén ausentes, para romper la lógica de las expectativas y los roles de género en las parejas convencionales. 

El segundo elemento clave para la configuración de las relaciones no monógamas es que en ellas las personas pretenden reconocer y establecer relaciones y vínculos más allá del binomio sexo-amor, por medio de la posibilidad de incluir otras relaciones.  Se entiende en este contexto a la monogamia como una prescripción social prescindible y defiende prácticas eróticas y sexuales no normativas; son también fuertemente críticas de la heterosexualidad obligatoria.

Se distingue además una preocupación por la desigualdad de género, la crítica de los roles tradicionales asignados por género y guiadas por un interés político al oponerse a un sistema capitalista que favorece las relaciones heteropatriarcales por ser la forma más sostenible en lo económico. Se desmarcan de lo heterosexual y patriarcal porque una de las bases de este sistema es que las mujeres, como dependientes económicas, se encarguen de las prácticas de cuidado que no son remunerados. La transformación a la que aspiran es la reconfiguración de las relaciones de poder al oponerse a las prácticas de control, dependencia y desequilibrio de género. 

Ahora bien, las relaciones de pareja, como cualquier otro tipo de práctica normada según reglas culturales, implica no sólo elecciones personales sino una serie de expectativas y roles sociales. Las relaciones múltiples requieren de un conjunto de técnicas mediante las cuales se construye el sujeto poliamoroso, que le permitirán el establecimiento de acuerdos, límites y reglas, como la transparencia y el consenso. Este es quizás uno de los mayores retos de las parejas múltiples, entender el amor como algo que sobrepasa las relaciones sexo-afectivas, lo que implica una gran reflexividad y voluntad para cuidar cada uno de los vínculos que se establecen con otras personas de manera responsable y consciente. 

Además, se necesita una buena gestión de las emociones y un fuerte trabajo de reflexión sobre sí mismo, lo que permitiría los acuerdos consensuados, el diálogo y la comunicación. Las relaciones múltiples pueden implicar también cierta dificultad y sufrimiento así como una tensión que no siempre se resuelve entre la necesidad de cuidarse a uno mismo y el cuidado de los otros. 

Así pues, las nuevas lógicas de vincularse implican nuevas dificultades. Si en este tipo de relaciones cada miembro es responsable de sus emociones de manera que no se interfiera la libertad del otro, podría ser que en nombre de esta libertad se soporten relaciones en las que los sentimientos y deseos sean invalidados o inadmisibles o se reproduzcan las desigualdades de género cuando, por ejemplo, bajo la premisa del “si no te gusta vete” los hombres ejercen el poder y ponen su libertad como justificación de ciertos abusos; la libertad se constituye entonces como una cualidad positiva en el mercado relacional que conduce al sometimiento en las relaciones afectivas. 

El peligro es caer en una lógica individualista de la satisfacción de las propias necesidades, en la que el poliamor y sus derivaciones parecen el punto más alto de un proceso creciente de democratización de las relaciones afectivas.

Así mismo, hace falta hablar sobre las desigualdades estructurales que permean también este tipo de configuraciones sexo-afectivas, orientándonos al análisis de las relaciones sociales de poder, basadas en una diferenciación cultural y sexual, que se plantee también las experiencias diversas de otras personas para las que, por sus condiciones estructurales de clase o género, la práctica individual y la promesa de la libre elección sobre la configuración del vínculo no es enteramente posible y que encubriría la sutil normatividad respecto a la identidad, las expectativas de la relación o los roles de género.

Es importante recordar que lo heteronormativo no acaba en las relaciones heterosexuales monógamas, sino que se despliega en el imaginario y las expectativas sociales, en los significados y roles, valores y rituales eróticos. Pensar y practicar los vínculos afectivos múltiples desde una plataforma individualista se convierte en un instrumento que perpetúa los mismos principios que busca criticar. Para que logren su objetivo es necesario que se planteen desde una trinchera política, como una forma ética de vincularse, que recupere un amor colectivo o comunitario, y que, independientemente de que sea monógama o no, se cuestione la lógica tradicional que fundamenta y perpetúa las relaciones inequitativas, basadas en prejuicios o en desigualdades de género e incluso que permita y reproduzca la violencia. EP

1 Angie Lorena Aldana Laitón, “Del poliamor y otros demonios”, Maguaré, Vol. 32, n. 2, 2018.

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