Una serie con pañuelos verdes // Del otro lado hay una manada

Yolanda Segura se acerca a La jauría, una incisiva serie que no quita el dedo del renglón acerca de las devastadoras consecuencias del patriarcado. La primera temporada se encuentra disponible en Amazon Prime.

Texto de 06/08/20

Yolanda Segura se acerca a La jauría, una incisiva serie que no quita el dedo del renglón acerca de las devastadoras consecuencias del patriarcado. La primera temporada se encuentra disponible en Amazon Prime.

Nota: contiene spoilers.

 ¿Qué maneras tiene la ficción para moldear nuestro presente que, más allá de analizarlo, nos proponerne nuevas formas de enfrentar los discursos que ya conocemos? La Jauría es la primera serie producida por Prime Video en Chile, el país en que se originó el colectivo lastesis y “un violador en tu camino”. El rodaje empezó unos meses antes de esta irrupción en la vía pública. Pero no hay casualidad. En la producción se abrió una rendija para vislumbrar lo que iba a seguir sucediendo. Justo en estos días, Chile se agita por mujeres que buscan justicia para Antonia Barra, quien se suicidó meses después de haber sido violada. Un juez recientemente determinó arresto domiciliario para su agresor. Ese castigo mínimo volvió a sacar la rabia de las mujeres.

Conforme la marea verde va creciendo se inundan también nuestras pantallas con temáticas feministas. Sin embargo, ahí está el peligro del capitalismo como una boca abierta dispuesta a comérselo todo, de a pedacitos o sin masticar: ¿cómo hacer que la consigna no se convierta en mercancía? Pienso en habitar incómodamente la contradicción para poder movernos y hablar de lo que hay que hablar. ¿Cuáles son los contenidos que queremos ver? ¿Qué buscamos cuando abrimos nuestros servicios de streaming para consumir algo? Abrir esos espacios, sin embargo, no basta para profundizar en nuestros problemas y, si se escribe como una consigna, corremos el riesgo de entregar un retrato caricaturizado de lo que nos preocupa socialmente. Ejemplos hay muchos, pero este no es uno de ellos, al contrario, se nota la factura de un producto hecho sobre todo por mujeres, con una perspectiva feminista clara y anclada en temas y obsesiones recurrentes. Si ya desde XXY y El niño pez, la directora Lucía Puenzo nos había mostrado su talento para explorar las complejas relaciones adolescentes y las violencias sobre sus cuerpos, acá el tiempo de la serie permite entregar otros matices y situar a sus personajes en un contexto mucho más amplio, como parte de un engranaje conectado con discursos feministas y manifestaciones públicas en el que eso individual, íntimo, tiene resonancia en el mundo exterior. 

La serie inicia con un profesor grabando a una alumna en su “clase de actuación”, llevándola a hacer gemidos y gestos que la colocan en una situación clara de abuso. De ahí, saltamos a la desaparición de otra chica de la misma escuela. ¿Dónde está Blanca Ibarra? Ella que es una líder feminista, (¿no es, sin embargo, un poco patriarcal pensar en esa idea de una líder, que recuerda tanto a las izquierdas más tradicionales y machistas latinoamericanas? Me quedo pensando en que los colectivos feministas también buscan nuevas estructuras organizativas, menos jerárquicas y más horizontales) tiene muchos enemigos. Los tiene, sobre todo, porque está harta. Junto con sus compañeras, lleva días atrincherada en las puertas de su colegio para que Ossandón, el maestro abusador, sea despedido.

“En esta temporada, parece no haber castigo para las que se saltan las reglas, y qué bueno, la ficción está también para remediar cosas que en la vida real podrían ser todavía más atroces y desoladoras. La dosis de tragedia es exacta: ante un panorama desolador, hay algo de esperanza.”

Casi como un disclaimer, una de las primeras cosas que se enuncia es el perfil social de las protagonistas: adolescentes de un colegio privado y católico en Santiago. Se habla desde un universo ampliamente abordado por la cultura serial y cinematográfica, desde un lenguaje que nos instala más o menos en las narrativas a las que los espacios mainstream nos tienen acostumbradxs. Lo que pasó en España con La Manada y referentes como el juego de la Ballena Azul, que instaba principalmente a adolescentes a autoinfligirse heridas, trasladados a la ficción en Santiago de Chile se transforma en la jauría. Es, en ese sentido, una relación de tipos, de fuerzas y figuras que condensan posiciones y nos resultan familiares. Hay protesta y ocultamiento. Mientras a las mujeres se les exige descubrirse el rostro en las manifestaciones, los hombres pueden permanecer ocultos y protegidos bajo el juego. Así, la identidad es también una trinchera para la batalla. La máscara de una hacker, el pasamontañas, las marcas del lobo como dibujos sobre la piel que marcan al ganado, entregan una iconografía contemporánea de cultura hacker, feminismos y libertad de expresión que toma algo de series como Black Mirror  o Mr. Robot para colocarlo en un contexto latinoamericano y en clave feminista. 

Dentro de los personajes, identificamos al papá incrédulo (“¿por qué hacen un escándalo?, ¿por qué acusan a un profesor sin pruebas?, ¿le quieren destrozar la vida?”); a una madre trabajadora encarnada en la comisaria (y no comisario, como insisten en llamarle a lo largo de toda la serie) que, además de resolver un crimen, tiene que atender sola a su hijo; a los compañeros “aliados”; al sacerdote corrupto que ofrece o vende bebés con la intención de un supuesto nuevo orden moral, etcétera. 

Trust no man: la idea de que tu aliado es el violentador de alguien más aquí aparece constante. El papel de la comisaria me hace recordar al poema “Autorretrato” de Rosario Castellanos que dice “Soy madre de Gabriel: ya usted sabe, ese niño / que un día se erigirá en juez inapelable / y que acaso, además, ejerza de verdugo./ Mientras tanto lo amo.” ¿Qué se hace cuando es el hijo quien se involucra en un juego atroz y cómo se resuelve sin volverlo en el enemigo?, ¿cómo, también, reconocemos las complicidades tejidas entre hombres, ese pacto patriarcal tan difícil de desmontar porque está asentado y validado por todas las instituciones: la iglesia, la escuela, la familia, los grupos de amigos? Hay pocas posibilidades de traicionar a la jauría, que fortalece a sus sujetos más débiles y se nutre precisamente de esas debilidades: las necesidades de aceptación y pertenencia, la competencia y la disputa por el sitio del más fuerte son dinámicas masculinas que alimentan a un monstruo inasible del que apenas logra verse un cuerno, una garra, un ojo. 

El juego del lobo es un juego misógino que empieza por seleccionar una presa, una mujer a la que los jugadores tienen acceso, y culmina en secuestros y violaciones: la estructura está conformada por jaurías que obedecen a una autoridad superior, desconocida hasta el final de la serie. La interfaz es una plataforma específica que en la vida real toma sitio en las redes sociales, foros y blogs, pero es ese dispositivo el que permite la condensación para mostrar una metáfora del pacto patriarcal y sus consecuencias. Una organización criminal aparece así para develar. El refinamiento de la estructura, sin embargo, no cambia su origen ni sus límites: hombres que se sienten dueños de los cuerpos de las mujeres y ejercen poder porque pueden. 

Echo de menos, eso sí, un estruendo mucho más real en las manifestaciones, más voces, más cuerpos, más consignas que golpean. El feminismo hace manada, una manada de leonas que se atrincheran, pero el feminismo también se trata de asumir que no podemos solas, de protegernos entre todas. En ese punto, hay una línea argumental problemática en la que Celeste, hermana de Blanca, se dedica a buscar sola. No dice dónde está, no sigue los protocolos de autocuidado y comunidad que los feminismos han generado como estrategia de supervivencia. Celeste desconfía de sus propias redes acaso también por ese ímpetu adolescente de independencia y desconocimiento de los límites. 

“¿Qué se hace cuando es el hijo quien se involucra en un juego atroz y cómo se resuelve sin volverlo en el enemigo?, ¿cómo, también, reconocemos las complicidades tejidas entre hombres, ese pacto patriarcal tan difícil de desmontar porque está asentado y validado por todas las instituciones: la iglesia, la escuela, la familia, los grupos de amigos? “

“Tocan a una, tocan a todas, no estamos solas. Grita su nombre ahora”, dice la canción de entrada compuesta por Anita Tijoux. Presupuesto, elenco, dirección y música bien apuntalados: esta es una serie para pensarnos: ¿qué hacemos con las instituciones rancias, cómplices de la violencia hacia las mujeres desde el estado, la milicia, la iglesia, la educación y todos los demás flancos? Si el sistema es así, ¿qué alternativas tenemos del otro lado?  El papel de Elisa (Daniela Vega) pone en evidencia los huecos y los errores del sistema judicial y se coloca más del lado de la justiciera temeraria. Si las respuestas que se les ofrecen son patriarcales, entonces hay que ir por caminos poco ortodoxos. Saltarse a las instituciones, empuñar armas, salir a buscar a Blanca sin refuerzos. En esta temporada, parece no haber castigo para las que se saltan las reglas, y qué bueno, la ficción está también para remediar cosas que en la vida real podrían ser todavía más atroces y desoladoras. La dosis de tragedia es exacta: ante un panorama desolador, hay algo de esperanza. Y también hay una segunda temporada oficialmente anunciada. EP

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