Misoginia, grilla y otros feminismos

La periodista Paola Aguilar reflexiona sobre la politización de la misoginia y las masculinidades caducas de varios funcionaros públicos mientras las feministas hacen el trabajo sucio.

Texto de 21/09/20

La periodista Paola Aguilar reflexiona sobre la politización de la misoginia y las masculinidades caducas de varios funcionaros públicos mientras las feministas hacen el trabajo sucio.

¿Qué lleva a hombres en puestos públicos a exhibir su misoginia en plataformas digitales y presenciales? ¿Cuál es la forma más estratégica de señalar, —como feministas y como ciudadanía—, los comentarios machistas de senadores, diputados, gobernadores, presidentes, y cualquier hombre que ostente un lugar de poder? ¿Prevalece más esta ideología machista en el norte del país? ¿Está exenta alguna ciudad o esfera mexicana de la violencia de género hacia las mujeres?

¿Puede el deseo de control de un hombre hacia una mujer formar parte de una estrategia política en pleno 2020? ¿Serán estos sucesos más frecuentes en el norte del país?

Migré de Monterrey escabulléndome de una misoginia que yo creía más exacerbada en el norte del país, para asentarme en la Ciudad de México, metrópoli que es percibida como una panacea feminista por muchas esferas “progres” en Nuevo León. Varias de mis compañeras norteñas y yo, que llegamos acá en busca del “sueño chilango” nos dejamos apantallar por la legalización del aborto y las marchas feministas multitudinarias de la capital, para llegar al descubrimiento de que los hombres acá también nos hacen mansplaining, también recurren al control en sus relaciones con mujeres para afianzar su poder, nos acosan en las calles y en privado, y sí, también nos violan y nos matan. Si el patriarcado abarca a todo el país sin distinciones, ¿por qué, en el imaginario colectivo, se percibe a los estados fronterizos como más misóginos, seno de los hombres más violentos, controladores y retrógradas? Me parece importante señalar las particularidades que observo en ambas regiones: el machismo regio suele ser burdo, torpe y, además, con un tono “golpeado”. Esa oralidad contundente que tanto nos caracteriza provoca que este tipo de declaraciones se reciban como un “no sólo son machistas, son fervientemente machistas”. 

En la CDMX ocurre un fenómeno un tanto distinto: está el machismo “clásico”, y está el neomachismo, que se disfraza de progresista, “descontruido” y aliado de las mujeres, al menos en la teoría. He conocido hombres que son activistas de izquierda, antiespecistas, y, en un salto lógico bastante curioso, provida. Hombres que son rotundamente conservadores, aunque saben que tienen que cuidar más su lenguaje y sencillamente buscan formas más sutiles de expresar su machismo y conservar intacta su imagen pública.

El síntoma de las masculinidades caducas esparcidas por todo el territorio son nuestros funcionarios públicos, aquellos que representan esa mayoría sin perspectiva de género. Tenemos al diputado de Nuevo León, Carlos Leal, quien no escatima en sus discursos que incitan al odio en redes sociales y en el congreso. Abogando por el Pin parental y activamente obstaculizando los derechos de las mujeres. Incluso presentó una iniciativa para prohibir la publicidad sobre el uso de medicamentos que promueven la interrupción del embarazo en casa. Otro actor es el militante del Partido Encuentro Social, Hugo Eric Flores, actualmente delegado federal de la Secretaría de Bienestar, quien se ha autodenominado provida, es decir, antiderechos reproductivos de las mujeres, e incluso se jactó de orquestar una campaña en contra del derecho a decidir. 

“Debemos recordar que necesitamos paridad en el congreso y el senado, y una paridad material que incluya a mujeres disidentes y con perspectiva de género, no una fachada.”

Quizás uno de los sucesos más mediáticos ocurrió el pasado 10 de agosto, cuando el senador de Nuevo León, Samuel García, exhibió su misoginia en un live de Instagram, regañando a Mariana Rodríguez, su esposa, y reprochándole que “estaba enseñando mucha pierna frente a la cámara”. La expresión de ella fue de vergüenza, disculpándose mientras bajaba la pierna, “¿Ya? ¿Ya?”. “Pues me casé contigo pa’ mí, no pa’ que andes enseñando”, remató el funcionario público. 

Esta escena no nos es ajena. Esta frase o sus variantes como “así no vas a salir, ve a cambiarte” o “súbete eso, date a respetar” son los machismos con tintes paternalistas que fiscalizan nuestros cuerpos y con los que nos vemos obligadas a convivir en la cotidianidad. No se trata de “enseñar” o no. Sino de cómo aún existen hombres que toman a sus parejas como si fueran de su propiedad, y consideran al matrimonio como una herramienta para afianzar el control del que se creen merecedores. Estos comentarios no son sólo “deslices” ni “bromas inocuas de mal gusto”: forman parte de una misoginia sistémica que permite que personas que sostienen ideas que obstaculizan la autonomía de las mujeres lleguen a puestos públicos.

Fotografía de Estefanía Ponce
Fotografía de Estefanía Ponce
Fotografía de Estefanía Ponce

Una de las teorías que se proliferó entre la comunidad tuitera fue la de que este suceso fue un performance con fines de estrategia política para cooptar votos del electorado machista regiomontano. Considero que esa es una visión miope, pues, aunque está fundada en un conservadurismo tangible, ignora por completo las resistencias feministas que se han avivado en la región, y revela un claro desconocimiento de las reacciones fuera del espacio digital. Y comentarios como, “pues claro, así de salvajes son todos los norteños”, hablan más desde la condescendencia centralista que desde un acercamiento analítico. Entonces, ¿qué tanto se conocen, hacia afuera, las resistencias feministas en Nuevo León? 

Por mencionar algunas, “Acoso en la U” es un movimiento de denuncia de acoso y abuso en el contexto estudiantil que surgió a raíz del #MeToo en Nuevo León, para después expandirse a otros estados. Pese a la tempestad pandémica, emergió la iniciativa Derecho a gobernar, liderada por mujeres jóvenes que se articularon en torno a la exigencia de paridad en el congreso y una gobernanza libre de violencia. Este año, la marcha del 8M en Nuevo León fue histórica en magnitud y resistencia. Y la colectiva “Hablemos de aborto”, que ya ofrece acompañamiento para interrumpir el embarazo en casa con asesoría ginecológica, está por inaugurar una escuela comunitaria de interrupción del embarazo, de un año de duración, con el objetivo de formar mujeres en temas legales, de salud y cuidados respecto al tema. Y las madres toman la batuta en FundeNL, colectivo que se organiza para buscar a personas desaparecidas y que acuerpa búsquedas en estados contiguos del norte.

“Y comentarios como, “pues claro, así de salvajes son todos los norteños”, hablan más desde la condescendencia centralista que desde un acercamiento analítico. Entonces, ¿qué tanto se conocen, hacia afuera, las resistencias feministas en Nuevo León?”

Samuel, y los demás funcionarios que han incurrido en visibilizar su hombría caduca, difícilmente van a resurgir de las cenizas como genuinos aliados. Aunque hay que decir que la denuncia pública le sirve a la ciudadanía para reafirmar que ese tipo de comportamientos son inadmisibles, en público y en privado, y exigirles que, más allá de disculpas para limpiar su imagen, demuestren su apoyo a la causa impulsando iniciativas en pro de los derechos de las mujeres, como el derecho a decidir en Nuevo León. Así como reconsiderar a quiénes estamos apoyando con plataforma política y qué otros perfiles van más de acuerdo a nuestras necesidades legislativas e ideológicas. Debemos recordar que necesitamos paridad en el congreso y el senado, y una paridad material que incluya a mujeres disidentes y con perspectiva de género, no una fachada.

¿Qué necesitamos para erradicar la violencia sistémica de género y hacia las mujeres? En primera: elevar la discusión, y por esto no me refiero a referenciar más teoría ni agregar más palabras rimbombantes que adornen disputas entre egos, ni medirse el progresismo y los privilegios con varas digitales de likes y RTs, sino buscar transitar de la rabia y la indignación hacia una transformación pedagógica: ¿qué alternativas tenemos para educar a generaciones genuinamente más igualitarias? Aunque también: ¿cómo ocupamos esos espacios que ahora están acaparados por hombres? ¿A qué actores políticos es forzoso despojar de sus facultades pues van en contra de los derechos humanos y de las mujeres? ¿Qué estamos haciendo para impulsar y difundir proyectos de mujeres en todos los espacios? Quizás merezca menos el enojo desgastado y más el conocimiento, involucramiento y escucha hacia las mujeres que intentan incidir desde la política local. Más el trabajo de Lucía Riojas, a nivel federal, el de la senadora por Nuevo León, Indira Kempis. La diputada Claudia Tapia en Nuevo León, quien ha sido vocal respecto a legalizar la interrupción del embarazo. Más el de nosotras y menos el de ellos. EP

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