La tragedia del México vulnerable

A partir de un encuentro con un representante de una comunidad indígena en Ciudad de México, Andrea Ruiz González expone algunas de las desigualdades y condiciones de desventaja que sobrellevan los grupos vulnerables.

Texto de 07/04/21

A partir de un encuentro con un representante de una comunidad indígena en Ciudad de México, Andrea Ruiz González expone algunas de las desigualdades y condiciones de desventaja que sobrellevan los grupos vulnerables.

El presente texto hace referencia a mi ensayo “¿Por qué en México sólo aceptamos a los indígenas como piezas de museo?”, el cual aborda, desde las salas del segundo piso del Museo Nacional de Antropología, la discordancia entre el indio y la india detrás de las vitrinas de exhibición, en contraposición de la realidad actual del indígena contemporáneo. Un análisis que, inevitablemente, abordé desde el racismo imperante en nuestro país. ¿Por qué a los mexicanos nos resulta más cómodo ir a los museos que aceptar su verdadera inclusión dentro de la vida común?. 

En esta ocasión, narraré desde un evento específico una realidad compartida entre los indígenas que actualmente viven en la Ciudad de México. A su vez, este acontecimiento me llevó a pensar en la obviedad de que las instituciones mexicanas no protegen a la sociedad en condiciones precarias hasta el grado de que institución/pueblo se enfrentan como hostiles rivales. Es menos evidente, en cambio, darnos cuenta de que entre los grupos vulnerables también existe una enemistad que los lleva a amenazarse entre ellos mismos. Como señaló Roger Bartra: hoy las esperanzas parecen estatuas de sal y los adversarios se han desvanecido, o son tantos y tan ubicuos que no los sentimos. Para mí, fue claro que no sólo no distinguimos la raíz de la violencia, sino que la complejidad del sombrío tiempo actual ha ocasionado que los diversos grupos vulnerables reconozcan como enemigos a sus semejantes. A este fenómeno lo identifiqué desde aquel día como La tragedia del México vulnerable y es la historia de la que hablaré a continuación. 

***

—Hola, soy Mikaela.

—Hola, Mikaela, ¿en dónde están? ¿Todos bien?

—No queríamos ponernos en riesgo, nos pasamos a retirar. 

Este fue el mensaje que recibí de una compañera de Félix, uno de los cinco representantes de la comunidad indígena de la Ciudad de México, quien al inicio de nuestra conversación me aclaró que su grupo es inclusivo, pues reciben y apoyan a cualquiera que luche por una vida digna. Félix me recordó —en medio de la urbe individualista— el valor de reconocer que toda lucha es legítima. Esto es lo contrario al privilegio de quienes creen que si una situación no les afecta de forma directa, no es suficientemente importante. 

Aquel día, Félix y sus compañerxs hicieron un paro en la avenida Paseo de la Reforma, la calle más importante de la ciudad, el escenario de nuestras marchas que en el día a día no muestra la vulnerabilidad del México actual.

“Los mexicas se inundaban con el agua de la lluvia; nosotros, con el estrépito ruido de una metrópoli atrofiada.”

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Av. Paseo de la Reforma, Fuente de la Diana Cazadora. Tomada el 3 de marzo de 2021 por la autora.

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El 3 de marzo de 2021 la calle Río Pánuco amaneció con mucho tráfico.

—Señor, por favor, termine el viaje; me iré caminando. A las 9:30 am la zona ya estaba paralizada. 

Continúo mi camino al ritmo acelerado de una ciudad cualquiera, volteo al frente y me encuentro con que la fuente de la Diana Cazadora en Paseo de la Reforma está bloqueada por un pequeño grupo de personas con pancartas que dicen: “Los indígenas queremos poder trabajar”. Me detengo, pero no puedo demorar demasiado.

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Eran las 3 de la tarde cuando regresé a la fuente de la Diana que permanecía rodeada por un tráfico inmovilizado. La ciudad de las inundaciones este día se inundó una vez más: todos los autos quedaron ahogados en el sonido de sus cláxones y del caos de esta agria ciudad. Los mexicas se inundaban con el agua de la lluvia; nosotros, con el estrépito ruido de una metrópoli atrofiada. 

Al llegar, me encuentro con varias pancartas que dicen: “Crédito a la palabra, solicitamos”. Además de lo indispensables que resultan las protestas sociales en un país agudamente desigual, esta pancarta hacía referencia a una de las preguntas fundamentales de la filosofía política: ¿Quiénes tienen derecho a hablar? Seguí caminando mientras pensaba en la importancia del lugar de las palabras y en la necesidad por reacomodarlas de forma horizontal. De esto trata la democracia, me repetía mientras me acercaba. 

***

En el mundo que no es mundo sin palabras,

muchas de ellas están silenciadas, 

pensaba mientras no dejaba de observar, 

la penumbra de las voces,

que no suenan en este áspero lugar.

***

—Hola, me gustaría platicar con ustedes.

—Claro, señorita reportera. Félix, el representante, está por allá.

—Pues… no soy reportera, sólo quiero platicar. Mi nombre es Andrea, quería preguntarles: ¿qué hacen aquí?

***

Al avanzar, encuentro más mujeres que hombres en la fuente de la Diana Cazadora, la mujer más famosa de Reforma, un par con sus bebés sujetos a sus espaldas. Están sentadas en la banqueta rodeadas de niñas y niños que brincan y ríen alrededor de la comunidad. Veo una pequeña carpa a la que la glorieta le queda inmensa, me acerco y al mirar, veo una mesa con varios niños y niñas indígenas jugando ajedrez. Me enfrento con la inocencia de una infancia de quienes viven las protestas sociales como un espacio en el que —en este caso afortunado— también se puede jugar. 

***

—Yo soy indígena nacido en Oaxaca, vivo en la alcaldía de Iztapalapa y soy contador. Antes que nada, le digo que nos sentimos apenados por estar aquí, lo siento, de verdad. Estar aquí con la glorieta cerrada es nuestro último recurso. Sabemos que esto es una gran molestia para toda la gente pero, de verdad, nadie hace caso de nuestras peticiones y esperamos que alguien pueda acercarse a dialogar— me cuenta F.

Estas son las disculpas de quienes viven con pena la exigencia de sus derechos básicos y de quienes creen que las hay por haber nacido en una etnia; es decir, en el infortunio de una asfixiante precariedad. Eso sí, Félix sabe bien cómo funcionan nuestras sociedades actuales y por eso se disculpa: las personas vulnerables son una molestia para quienes no viven en la misma condición. Mientras me platica su falta de acceso a la salud, alimentación y salud, los cláxones y gritos de la gente no se dejan de escuchar. “Este es el fascismo contemporáneo”: diría Luis, un querido profesor. “De esta forma es como la sociedad oprime a la misma sociedad”.

—¿De dónde viene?— le pregunto.

—Quienes estamos en esta actividad, vivimos en diferentes alcaldías: Coyoacán, Cuauhtémoc, Gustavo A. Madero, Iztapalapa, Iztacalco, Xochimilco, Tlalpan, entre otras— señala F.

—¿Cuál es el motivo de este paro? 

—El motivo es que no hemos recibido apoyo por parte de las instituciones gubernamentales a las que se supone podemos acudir para salir adelante. Ahora nos dicen que no nos pueden dar prontas soluciones por el motivo de la pandemia, pero no es cierto, desde antes no funcionaban. Cuando nos reciben nos dan largas que al final no resultan en nada y nosotros estamos muy preocupados, pues la situación actual nos ha vuelto más vulnerables. Nosotros pedimos que se respete nuestro derecho a trabajar, que nos ayuden con espacios de venta con las medidas sanitarias suficientes. Muchas personas de mi comunidad son artesanos con venta en las calles y hoy ninguno de ellos ha podido trabajar.

—Mencionó que este es su último recurso, ¿cuáles fueron los anteriores?

—En nuestra comunidad tenemos estrategias para buscar ayuda por todos los medios pacíficos. Además de que asistimos en múltiples ocasiones a estas instituciones que le platico, también nos juntamos a conversar de nuestras experiencias con el fin de llegar a conclusiones colectivas. Nos reunirnos presencialmente para debatir y también tenemos un grupo de Facebook y de Whatsapp en el que nos damos consejos. Apoyarnos es algo que aprendemos desde niños. Por ejemplo, tenemos como prioridad dar apoyo a los jóvenes de la comunidad que, por fortuna, han podido tener acceso a la escuela. Como decía, yo soy contador y muchos de nosotros tenemos profesiones. Igual creemos que es importante formarnos en temas políticos. Lo tenemos presente en nuestros debates, pues hoy en día las personas que nos representan en el gobierno para crear los programas de apoyo no entienden del todo nuestra forma de vida, como es el caso de las instituciones en las que hacen clasificaciones de las comunidades indígenas con jerarquías; esta situación no tiene sentido, porque nosotros no tenemos divisiones, somos un mismo grupo con las mismas necesidades.

—Con su formación profesional, ¿les resulta fácil encontrar trabajo?

—No. La competencia en la Ciudad de México es muy alta y nosotros sabemos que estamos en desventaja, por temas de discriminación y ya sabe… 

—¿Creen en las instituciones?

—Sí y las necesitamos. Las comunidades indígenas cada vez nos estamos quedando más atrasadas. Estamos aquí con mucha pena, en espera de que se acerque alguna autoridad que nos pueda ayudar.

—¿Cuántos días llevan aquí?

—Dos.

—¿Alguna autoridad se ha acercado para dialogar?

—Ninguna. 

“Nosotros pedimos que se respete nuestro derecho a trabajar, que nos ayuden con espacios de venta con las medidas sanitarias suficientes. Muchas personas de mi comunidad son artesanos con venta en las calles y hoy ninguno de ellos ha podido trabajar.”

***

Por un lado Félix, por el otro yo con mis preguntas. De pronto, pasa una señora agotada y se detiene con varias bolsas en sus manos rojas que evidenciaron que ya no aguantaba más. Con un gesto desesperado me pide, en mi papel de reportera que —por favor— también informe sobre el sufrimiento de la gente discapacitada que como ella, no pueden caminar bien. Rápidamente voltea a ver a Félix y comienza con un enojo desbordado a reclamar:

—Ustedes no tienen ningún derecho a cerrar la calle y quitarnos a los discapacitados el acceso al transporte público. Llevo caminando 15 cuadras y ya no puedo más, no tengo trabajo, no tengo dinero, no tengo comida ni agua. Lo que hacen ustedes se llama egoísmo; son gente desgraciada que no piensa en los demás.

Me quedo atónita. 

La señora se marchó de prisa sin esperar una respuesta, enseguida Félix me dice que entiende su malestar y que le hubiese gustado pedirle una disculpa. 

El silencio toma el protagonismo de lo que era nuestra plática. Félix sigue hablando, pero no logro prestarle atención del todo; sigo desconcertada, acabo de presenciar una de las grandes tragedia de las sociedades contemporáneas: los distintos grupos vulnerables no logran reconocerse entre sí. 

La señora, con una gran molestia —desde luego, entendible—, forma parte de otro grupo vulnerable que, al igual que los indígenas, carece de apoyo y está necesitado. A su grupo también lo arropa la precariedad. Mi atención queda nublada. Siento una profunda desesperanza al ver el engranaje de las ciudades montadas en la imposibilidad de no saber mirar las necesidades ajenas aún cuando son compartidas.  

La adversidad es distinta para todos, sin embargo, estamos en un sistema que no protege los derechos humanos de una mayoría. Sería trascendente considerar que los reclamos son compartidos, en distintos niveles y contextos, pero al final de cuentas compartidos, pues habitamos un mismo lugar. 

***

Félix sigue hablando conmigo cuando de pronto sale corriendo en reacción a un chiflido y un grito: “Félix, vente para acá, ya llegaron a violentarnos”.

—Señorita Andrea, ¿puede grabar?

Las mujeres rápidamente van por sus niños para hacerse a un lado. Se me acerca Mikaela con una carreola y su bebé en brazos, y me comparte que hay quienes, en este tipo de dinámicas que organiza su comunidad, llegan a golpearlos, amenazarlos hasta desplazarlos. 

Al verlos acercarse, me impactó al darme cuenta de su edad. Son jóvenes de entre 16 y 18 años que caminan entre risas con una actitud amenazante mientras avanzan hacia los indígenas, quienes están listos para defenderse. Suena la alerta de una patrulla en camino, se frenan por un breve momento y se retiran.

Enseguida, el grupo de jóvenes esquivó a los indígenas y entre brincos y sonrisas burlonas retiró los cordones con las pancartas que cerraban la glorieta. Esto abrió paso a los coches que sintonizaron toda la escena con su desesperado claxon que, bajo el desinterés del motivo del bloqueo, logran avanzar sin esperar más. El flujo de los autos se aceleró mientras las palabras de la protesta se disolvían con la misma rapidez. Así fue como Paseo de la Reforma regresó a la normalidad, con los indígenas de la ciudad arrinconados en la banqueta, sometidos por la indiferencia y por gritos como “dejen de estorbar”, que reitera su posición en el colectivo social urbano.

***

Lxs indígenas, lxs jóvenes, la gente discapacitada y lxs policías de la Ciudad de México son cuatro grupos vulnerables que se encuentran con las mismas condiciones de desventaja en términos educativos, laborales y de salud. Una de las posibles rutas hacia una realidad más justa es comenzar a reconocernos como aliados y no como enemigos. En el tiempo actual, si algo nos une, es la adversidad de un mundo que cada vez genera más violencia y menos posibilidades de vivir una vida digna para una mayoría. 

Escucharnos, nombrarnos… Elena Garro escribió: “Al hombre se le rescata con la palabra”; este texto propone la posibilidad de rescate, una invitación a que no condenemos a quienes su voz no es escuchada. EP

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