Receta para hacer campañas antidrogas a la Nancy Reagan

Rebeca Calzada hace una comparación entre la campaña antidrogas que encabezó Nancy Reagan en los años ochenta en Estados Unidos con la campaña de la actual administración de México, las cuales estigmatizan al usuario en lugar de ofrecer información.

Texto de 25/08/21

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Rebeca Calzada hace una comparación entre la campaña antidrogas que encabezó Nancy Reagan en los años ochenta en Estados Unidos con la campaña de la actual administración de México, las cuales estigmatizan al usuario en lugar de ofrecer información.

La década de los años ochenta en Estados Unidos se caracterizó por distintos sucesos como el resurgimiento de Madonna o el estreno de “Aliens”, de la serie fílmica de ciencia ficción Alien. Asimismo, esta década estuvo marcada por el renacer de la Nueva Derecha, la cual buscaba poner en marcha los valores familiares y tradicionales que, según sus adeptos, habían sido mermados por el hedonismo promovido en la década de los sesenta (como el sexo premarital y el uso de drogas). La Nueva Derecha sostenía que los problemas sociales, como la pobreza o el uso1 de drogas, eran resultado de la debilidad y desviación moral de las personas, y asumía que estas personas con problemas eran personas que hacían problemas. 

Una década antes, en 1971, el entonces presidente Richard Nixon inició la guerra contra las drogas, fijando en la mente de la sociedad estadounidense que el enemigo número uno eran las drogas —ilegales— y, por tanto, la lucha también sería contra las personas involucradas en su producción, tráfico, suministro y consumo. Sin embargo, fue hasta la administración de Reagan (simpatizante de la Nueva Derecha) que se llevaron a cabo políticas de drogas más punitivas y severas, dejando como legado un importante incremento en las tasas de encarcelamiento —principalmente de negros y latinos en los Estados Unidos.  

El elemento central de la campaña era un mantra compuesto por tres palabras: JUST-SAY-NO.

Esta década también vio nacer una de las campañas antidrogas más populares y fallidas en su misión. Así es, hablo nada más y nada menos de la famosísima campaña “Just Say No” (Sólo di que no) de la primera dama Nancy Reagan. El elemento central de la campaña era un mantra compuesto por tres palabras: JUST-SAY-NO. El nombre de la campaña tuvo su origen cuando la primera dama se encontraba en una presentación en una escuela en Oakland y una niña le preguntó “¿Qué es lo que haces si alguien te ofrece drogas?”, a lo que Nancy le respondió “Just Say No”

El inicio formal de esta campaña fue el 14 de septiembre de 1986 cuando, en un mensaje televisivo de aproximadamente cinco minutos, la primera dama pedía a la nación decirle no a las drogas. En este primer mensaje, Nancy Reagan también mencionó que era momento de que cada estadounidense recordara sus principios y que fueran inflexibles con el uso de drogas, incluso les pedía que fueran intolerantes hasta el punto en el que las personas usuarias se sintieran incómodas al consumir. Nancy aprovechó este mensaje para caracterizar a los distribuidores de drogas como aquellos que roban las vidas de los niños —llevándolos inevitablemente a la muerte— y para recordarles a los jóvenes que su país los necesita, pero los necesita lúcidos. Por último, llamó a las personas usuarias de drogas a que abrieran los ojos; a que dijeran SÍ a la vida, NO a las drogas.  

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Mr. T aparece en la campaña antidrogas “Say No to Drugs” (Di no a las drogas).

La campaña antidrogas “Just Say No” fue simplista e imprecisa, evidenciando que se trataba de una campaña sin ningún tipo de sustento en la evidencia —o empatía—. Por el contrario, era una campaña punitiva que criminalizaba y estigmatizaba a toda aquella persona que se relacionara con las drogas de una u otra manera. Lo anterior no era de extrañarse, pues estas campañas se desarrollaron en medio de un pánico de drogas por la supuesta  epidemia de crack en los Estados Unidos. Este pánico tuvo como resultado la Ley Anti-Abuso de Drogas de 1986 y de 1988, las cuales establecían sentencias mínimas obligatorias de prisión por posesión simple de crack. Esto tuvo como efecto una intensa criminalización de personas usuarias y distribuidoras de drogas, y la obstaculización del desarrollo de programas de reducción de daños para el intercambio de jeringas (programas que previenen a las personas usuarias de drogas inyectables de contraer VIH y Hepatitis C).

Unas décadas posteriores y fuera de los Estados Unidos, el Plan Nacional de Paz y Seguridad 2018 – 2024, de la actual presidencia de México, rompió con la narrativa de sexenios anteriores con relación al tema de las drogas, a pesar de que formula acciones orientadas al tema de las drogas en términos de combate y lucha, y propone que las acciones para reducir su consumo deben de estar orientadas a la reinserción y desintoxicación. Al menos, este plan distingue las diferentes drogas que existen en el mercado, reconoce que la prohibición no ha sido eficaz en lograr sus objetivos tanto de salud pública como en el tema del narcotráfico y menciona que hay que reorientar los recursos que se destinan para combatir el trasiego de drogas ilegales. 

Sin embargo, en julio de 2019, el presidente Andrés Manuel López Obrador presentó la Estrategia Nacional de Prevención de Adicciones “Juntos por la Paz”. En la presentación el presidente mencionó que se harían uso de los valores culturales, morales y espirituales, se brindarían opciones de trabajo, deporte y fortalecimiento de la autoestima para evitar que los jóvenes recurran a conductas antisociales o a felicidades efímeras mediante el uso de drogas. Posteriormente, el 17 de marzo de 2020, la Comisión Nacional contra las Adicciones (CONADIC) lanzó la segunda etapa de esta estrategia con el eslogan “En el mundo de las drogas no hay final feliz”. Esta frase se ha reproducido en la radio, la televisión y en imágenes que ocupan espacios públicos. En los mensajes audiovisuales, el eslogan va acompañado del testimonio de personas que desarrollaron un uso problemático de drogas (principalmente jóvenes) y atestiguan cómo ese uso les ha perjudicado severamente. Estos mensajes cierran con la línea de la vida, una línea telefónica para la atención de adicciones. Mientras tanto, las imágenes presentes en espacios públicos proyectan a las personas usuarias de drogas como esclavas de su uso de sustancias, un queso con agujeros en alusión a un cerebro dañado por el uso de drogas, personas con un aspecto descuidado y abandonado, y manos que sostienen balas en una bolsa que también carga lo que posiblemente sea alguna una droga ilegal.  

Casi 40 años separan a las campañas del gobierno estadounidense de las del mexicano, pero aun así parece que el mantra antidrogas de Reagan tiene eco —a pesar de que se han documentado los fracasos de su campaña— en México, que ha copiado su receta para la elaboración de campañas sobre drogas. Las narrativas son poco asertivas, alarmistas y sensacionalistas: promueven imágenes que estigmatizan a la persona usuaria de drogas como alguien que tiene una desviación moral y que falla en mantener su lucidez; reafirman el estereotipo de que las personas que decidimos usar drogas somos irracionales por usar algo que “inevitablemente” nos perjudicará y se elimina por completo la idea de que el uso de drogas también tiene que ver con decisiones autónomas, responsables y que pueden llegar a ser parte nuestra inherente búsqueda de placer, de sentirnos bien; refuerzan la creencia de que todas las drogas poseen los mismos daños y, a su vez, que las drogas solo tiene efectos peligrosos; reducen el uso de drogas a una manifestación de un vacío, de conductas antisociales y de inevitable infelicidad, eliminando por completo sus potenciales beneficios si se pone como prioridad el autocuidado físico y emocional de las personas usuarias. 

En síntesis, estas campañas, lejos de informar sobre las drogas y el uso problemático, limitan la representación del —complejo— fenómeno de las drogas, pues se basan exclusivamente en la promoción del miedo mientras refuerzan estereotipos, pervirtiendo la forma en que representamos a las drogas y a las personas que las usan. Además, la campaña de CONADIC comete el error de continuar asociando al uso de drogas con la violencia del crimen organizado al perpetuar el mensaje de que la solución para restaurar la paz se basa principalmente en nuestros hábitos de consumo de drogas —desviando la atención de otros factores que en realidad sí abonan a la violencia que hoy en día sufrimos, tales como políticas punitivas y prohibicionistas de drogas, estrategias de seguridad que se han basado principalmente en el combate frontal y la militarización, o la corrupción que se entreteje en los distintos niveles de gobierno.

Asimismo, el problema de estas campañas no es únicamente que sus narrativas son limitadas y estigmatizantes, sino que dejan a las personas usuarias sin ningún tipo de estrategia o herramienta para abordar el tema de uso de drogas de una forma más responsable, en la que se ponga énfasis en el cuidado de las personas y de sus comunidades. Asimismo, abandonan a las personas que pudieran sufrir un uso problemático de sustancias, pues lejos de invitar a que se acerquen a los servicios de salud y a sus redes de apoyo, les coloca barreras al deshumanizarlas. 

La alternativa tampoco son campañas que promocionen un hedonismo desenfrenado, sino que, al abordar el tema de las drogas, el enfoque sean la persona y su bienestar.

No obstante, la alternativa tampoco son campañas que promocionen un hedonismo desenfrenado, sino que, al abordar el tema de las drogas, el enfoque sean la persona y  su bienestar, y no sus hábitos de consumo; de forma que exista la libertad de discutir y reflexionar sobre nuestros consumos sin estigma ni tabúes y, por el contrario, que podamos hablar de los saberes colectivos para reducir los riesgos y daños, maximizar el placer, así como el cuidado y bienestar individual y colectivo. Para verlo de forma paralela, es como si se realizarán campañas de educación sexual en las que sólo se enfatizarán los efectos negativos de tener sexo, sin ningún tipo de información o herramienta útil para tener sexo de forma más segura —evitando embarazos no deseados y situaciones que pongan en riesgo nuestra integridad.

El libro “Drug Use For Grown-Ups, Chasing Liberty in the Land of Fear”, del doctor Carl Hart, profesor e investigador de la Universidad de Columbia, menciona que, cuando hablamos del uso de drogas nuestras conversaciones suelen caer en una espiral de patologización, cuando la realidad es que el 70% de las personas usuarias de drogas no entran dentro del universo de uso problemático de sustancias. Asimismo, menciona que constantemente realizamos actividades que conllevan cierto nivel de riesgo —como tener relaciones sexuales o usar el carro— y no están prohibidas, por el contrario, las sociedades han implementado requerimientos y estrategias más seguras para minimizar los daños y aprovechar los beneficios de estas actividades. Por ello, como un acto de soberanía, el doctor Carl Hart hace lo que algunas personas también están haciendo en otras latitudes: salir del clóset psicoactivo2, e invita a las personas —que están en menor en riesgo de ser dañados por esta acción— a salir de sus closets con el propósito de visibilizar que el uso de drogas responsable está más cerca y presente de lo que creemos y de lo que, contrariamente, los sistemas de justicia, el régimen prohibicionista y la cultura popular nos han hecho creer. 

En síntesis, las campañas de “sólo di que no” o “en el mundo de las drogas no hay final feliz” lo único que hacen es abonar a la utópica idea de que un mundo libre de drogas es posible y que, además, este mundo es forzosamente mejor y feliz. En realidad, a lo que podríamos apostarle es a un mundo en el que las personas que deciden usar drogas no estén condenadas a sufrir los daños asociados a éstas y un mundo en el que las personas que sufran algún uso problemático puedan tener acceso a un tratamiento digno y respetuoso. Es momento de que los gobiernos provean mensajes que vayan más de la abstinencia, mensajes que respondan a una realidad: las personas actualmente experimentan y usan drogas —legales e ilegales— y requieren de mensajes que les puedan ayudar a tomar decisiones mucho más responsables, poniendo su bienestar y placer en primer lugar. Es así como las narrativas importan: construyen una realidad y un universo simbólico respecto a las drogas y las personas que las usan. 

Por último, si lo que usted busca es una campaña de prevención de drogas que NO funcione3, recuerde usar la receta de Nancy Reagan: 

  1. Generalice el uso de drogas de forma que cualquier tipo de consumo termine siempre en un uso problemático.
  2. Demonice el uso de sustancias, restando cualquier propiedad positiva y benéfica.
  3. Estigmatice a quienes usan drogas. Recuerde, lo que importa son los hábitos de consumo, nunca las personas. 
  4. Simplemente diga NO: no consumas, no te juntes con quien las consume, no seas aquella persona fracasada que las usa, no garantice el acceso a servicios de salud ni brinde información sobre reducción de daños y estrategias de autocuidado para aquellas personas que deciden usar drogas. Simple y llanamente, NO. Inclusive niegue a toda costa que vive en un mundo en el que se consumen drogas.EP

Notas:

1 A lo largo del texto se utiliza “uso” y “consumo” de drogas indistintamente.

2  Si te interesa salir del clóset psicoactivo puedes apoyarte en el manifiesto para salir del clóset psicoactivo.

3 Existen distintos esfuerzos en el mundo que buscan proponer nuevas narrativas al hablar de prevención de consumo de drogas y estrategias de reducción de daños desde una perspectiva sociocultural, enfocados en los vínculos sociales y en la promoción de pares. Algunos ejemplos son Bien Puestos o Raising Overdose Awareness.

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