¿Por qué en México sólo aceptamos a los indígenas como piezas de museo?

Este ensayo aborda, desde las salas del segundo piso del Museo Nacional de Antropología, el racismo imperante en nuestro país. Forma parte de un libro con el mismo nombre editado por la autora.

Texto de 03/06/20

Este ensayo aborda, desde las salas del segundo piso del Museo Nacional de Antropología, el racismo imperante en nuestro país. Forma parte de un libro con el mismo nombre editado por la autora.

A mi profesor Gustavo Luna López, quien me enseñó que la historia se hace a contrapelo y que la única constante que vale la pena conservar es la de cuestionar. Hay que pensar, pensar otra vez, pensar más y seguir pensando.

En las salas de etnografía del Museo Nacional de Antropología (MNA); es decir, las encargadas de representar la diversidad étnica y las prácticas actuales de las culturas indígenas, se construye una visión incierta de las distintas etnias y de lo que significa ser indígena en México. Aun con las previas investigaciones en torno al problema en la museografía etnográfica y los discursos nacionales, el MNA nos enseña a admirar las culturas indígenas a partir de un pasado lejano nostálgico y no a entenderlas desde el presente de una sociedad racista que las mantiene marginadas por completo de la vida contemporánea. ¿Por qué a los mexicanos nos resulta más cómodo ir a los museos que aceptar su verdadera equidad e inclusión dentro de la vida común?                                                                                                                                                                                                                                                                   Por otro lado, resulta útil evidenciar la falta de atención gubernamental a las salas etnográficas  —desde la apertura del recinto en 1964 hasta hoy en día—, pues luego de inaugurado por el entonces presidente Adolfo López Mateos, el segundo piso no ha recibido la visita de ningún otro presidente en el recorrido presidencial, lo que es un claro reflejo del ausente interés por atender cómo es que se representa la actualidad de las culturas indígenas en el que es el museo más visitado de México; un reciento cultural que, en gran medida, construye y refuerza la identidad mexicana.

La museografía etnográfica muestra a los indígenas como objetos y no como personas que habitan el mismo espacio que el resto de la población mexicana, ni con las mismas necesidades y complicaciones de la vida contemporánea.

Abordar el racismo desde las salas de etnografía del MNA nos acerca a un problema social, político y económico que tiene una historia intrincada en nuestro país. Traer al presente estos acontecimientos nos puede llevar a entender por qué la sociedad mexicana del siglo XXI ve a los indígenas únicamente como piezas de museo.

El problema que atañe a este texto inicia en la museografía de las salas de etnografía, ya que dentro de las diferencias que se pueden encontrar en cada montaje, los visitantes se enfrentan con una estética visual común; es decir, en el segundo piso existe una misma forma de representar las prácticas culturales de los indígenas, la cual centra su atención en la representación extravagante, colorida y visualmente atractiva de la indumentaria, la gastronomía, los espacios de vivienda, los elementos de uso ritual y los utensilios de uso cotidiano de las etnias. Esto muestra una imagen atractiva pero poco real, no porque no existan culturas que cuenten con los elementos mostrados detrás de las vitrinas, sino porque, en términos generales —pensando en lo que significa ser indígena en México hoy—, las etnias no viven bajo la armonía mostrada. Por el contrario, se caracterizan por habitar espacios con agudos problemas socio culturales y, de hecho, la armonía está muy lejos de su realidad actual.

La museografía etnográfica muestra a los indígenas como objetos y no como personas que habitan el mismo espacio que el resto de la población mexicana, ni con las mismas necesidades y complicaciones de la vida contemporánea. Nuestra sociedad los ve como “otros” desde una posición distante y racista que los desfavorece en cada ámbito de su vida. Respecto a la labor etnográfica: “[…] el etnógrafo intenta comprender lo que Malinowski llamaba la ‘visión de los nativos’. Considerando que […] la interpretación de significados locales no es un momento final, sino un proceso continuo e ineludible”1. En este sentido, se reconoce que las investigaciones etnográficas no son únicas y mucho menos estáticas. Esta forma de investigación parte de considerar que las culturas están en constante cambio, cuestión que no es tomada en cuenta en el segundo piso del MNA, donde los indígenas son colocados en un tiempo del pasado que no ha sido actualizado. ¿Será porque el presente para las etnias no representa otra cosa más que violencia?

La museografía etnográfica ha recibido críticas desde hace por lo menos una década y, en términos generales, ha sido señalada por hacer —en la mayoría de los casos— una mera recolección de objetos simplificando muchos de los aspectos sociales, políticos y económicos de cada localidad étnica. Así, la crítica que se hace de los museos etnográficos permite comprobar que el segundo piso del MNA sí cuenta con un mismo patrón de representación, ya que, según los últimos estudios, las museografías etnográficas: 

“[…] parten de hecho de la premisa errónea de la existencia de un ayer impreciso y atemporal en el que existía una cultural rural homogénea, acrítica, igual a sí misma e incapaz de evolucionar. […] parten de un etnocentrismo historicista que tiende a pensar que sólo nuestra sociedad actual es compleja, tan rica y variada que es imposible pensar siquiera en su musealización; mientras que las pasadas, que se conciben como tremendamente simples, son fácilmente reductibles a exposiciones temporales o permanentesor2.”

En este mismo sentido, y dentro del montaje acrítico del segundo piso del MNA, el museógrafo Iker Larrauri y el escritor Salvador Novo, encargados de los guiones museográficos en 1964, señalaron que el segundo piso —el cual se concibió de forma tardía y por ende apresurada— tenía el propósito de crear una historieta y no en de hacer una representación verdaderamente documental3. Al respecto, el académico Mario Rufer —que analizó el problema de temporalidad de la antropología y la etnografía en las formas de exhibición del MNA— señaló que cuando hacía trabajo de campo para museos comunitarios, un hombre de Jalapa, Veracruz, llamado don Juan, le dijo: “Hace poco nos llevaron al Museo de Antropología allá en el DF. N’hombre… ¡Qué barbaro! Todo tan bonito ahí en los pasillos de arriba… los petates y los tejidos y los bordados… pero eso debe haber sido en otro tiempo, o como en las películas que nadie es pobre ni está mugroso. Ya para qué regresaba a mi casa… mejor me metía al corralito ese…”4. Esto que vio don Juan en los pasillos del segundo piso del MNA —tan distinto a su realidad— fue el arquetipo indígena que se creó a mediados del siglo XX bajo los valores posrevolucionarios.

El arquetipo indígena es sólo uno de los innumerables temas que se pueden analizar para entender por qué los mexicanos guardan una distancia indiferente e incomprensiva hacia las etnias. Este arquetipo predomina en la estética visual del MNA, el cual recibió a un millón 245 mil personas en el primer cuatrimestre del 20195, y que, además, es un recinto cultural obligatorio para las escuelas de educación básica del país e imprescindible para los visitantes extranjeros. El moderno inmueble —que muestra en la planta baja los monumentos de las culturas arqueológicas mesoamericanas— ha sido un punto de encuentro de reflexión para diversos investigadores, entre ellos la antropóloga social Eréndira Muñoz Aréyzaga. Ella, en 2012, hizo una tesis en la que retomó las críticas de la década de los años setenta respecto a los recintos culturales nacionalistas, que tenían como objetivo ejercer el poder a partir de la cultura —como es el caso del MNA—: “[…] los museos fueron revelados como espacios de reproducción del poder y, siguiendo la línea de Pierre Bourdieu, también de las desigualdades sociales; y se les empezó a mirar como lugares de distinción, exclusión y consagraciónor6.” 

Para las décadas de los años ochenta y noventa, la crítica hacia la modernidad y el nacionalismo mexicano ya había progresado bastante, evidenciando los fracasos de sus planes en materia política, económica y cultural. Entre los pensadores que dedicaron sus letras al mencionado tema está Néstor García Canclini con su publicación Culturas Híbridas (1989). Para Canclini la museografía que se empleó en México —y en algunos museos de América Latina a partir de los años sesenta— se distinguía por utilizar estrategias museográficas como la teatralización y la veneración estética. Las salas etnográficas de MNA habrían sido diseñadas sin atender las formas híbridas que existen entre lo étnico y el desarrollo moderno capitalista, y atendiendo, en cambio, una glorificación de las culturas antiguas sin considerar a los indígenas contemporáneos. 

Ignacio Bernal, quien fuera director del MNA de 1970 a 1977, aseguró, respecto a los pisos del inmueble, que “lo antiguo abajo y lo moderno arriba”, un comentario criticado por Roger Bartra en su escrito “Sonata etnográfica en no bemol” (2004), en el cual descalificó el uso que se le daba al término “moderno”, pues el segundo piso de moderno no tenía nada. En palabras de la antropóloga Ana Rosa Mantecón, lo que se hizo en el segundo piso fue construir un mundo eterno, esencial, guardián de la tradición, no contaminado y descontextualizado.   

Por otro lado, Mario Arriagada Cuadriello señaló que el problema de las salas de etnografía era de orden narrativo: una representación caduca, deshumanizada e injusta. Menciona que el indio preferido de los encargados del museo es el “indio maniquí” y que el mayor problema es que la pretendida “celebración” de los pueblos indígenas no busca comprenderlos, más bien los congela, los caricaturiza y neutraliza su realidad. Por lo que este recinto muestra una visión discordante de la realidad, que, sobre todo, crea una imagen de algo completamente inexistente: el museo va hacia el pasado para mostrar lo que son las culturas indígenas sin problematizar lo que sucede ahora, hecho que anula la capacidad crítica de los visitantes. El problema no termina ahí: este distanciamiento y falta de comprensión de la gente hacia las etnias se termina materializando en violentas actitudes racistas.  

El historiador Federico Navarrete señaló que mientras nos sintamos mestizos no podremos dejar de ser racistas, porque la idea en sí prefiere lo occidental, tanto en el tono blanco de la piel como en comportamiento.

El segundo piso es útil para entender por qué es pertinente hablar de racismo en relación al MNA. Según Mary Nooter Roberts la visualidad en sí es una manera de consumir cultura. Entonces, ¿qué tipo de cultura es la que se consume dentro de este museo? Si bien ya revisamos el problema de los discursos en los museos nacionales, vale agregar que en estas construcciones se crea una organización del saber: Para Benedict Anderson “[…] las modalidades de la organización del saber y de la exposición de los hechos y la narrativa histórica en los museos o monumentos, nos permiten ver algunas de las contradicciones de las modernidades nacionales7.” En este sentido, una de la contradicciones modernas que nos deja el segundo piso del museo es la permanencia del racismo mexicano: un racismo que no es reciente, puesto que lo arrastramos desde la conquista cuando los mexicanos aprendimos a identificarnos más “[…] con Occidente y con otros países del mundo, que a escuchar y dialogar con las voces de dentro, las que provienen de los pueblos que dan raíz, identidad e historia propia”8.  

Bajo la misma línea de cómo nos relacionamos —o no— con nuestras raíces, resulta indispensable mencionar que después de la revolución mexicana, crear el mito del mestizo fue la solución para mezclar el pasado colonial y el presente indígena del país, una estrategia que hizo más daño y que dio más fuerza al racismo y a la discriminación del que ya nos había heredado la colonización. La leyenda del mestizaje está cargada de prejuicios racistas que siguen dividiendo a la población mexicana. El historiador Federico Navarrete señaló que mientras nos sintamos mestizos no podremos dejar de ser racistas, porque la idea en sí prefiere lo occidental, tanto en el tono blanco de la piel como en comportamiento. Cuando el poder gubernamental de aquel entonces decidió engrandecer al mestizo, hizo a un lado lo que era totalmente indígena. Eso nos llevó a adoptar actitudes que rechazaban —y aún rechazan— todo aquello que no estuviera en camino hacia el blanqueamiento9.

Es por esta razón que resulta prioritario reconfigurar la relación, la temporalidad y la historia simbólica que hemos creado de los indígenas y, con ella, la manera en que consumimos la cultura de las etnias. La precariedad en que las hemos insertado no sólo depende del colonialismo o de los proyectos nacionalistas, tampoco del mito del mestizaje ni de la museografía etnográfica del MNA, sino también de un modelo económico capitalista que las marginaliza cada vez más. Los arraigados prejuicios sociales de los mexicanos en conjunto imposibilitan que los indígenas tengan una vida digna en derechos humanos y de inclusión total. Primero, necesitamos dejar de verlos inferiores e incapaces de pertenecer a la vida contemporánea: verlos de esa forma, diría Lázaro Cárdenas, no es otra cosa más que una postura colonizadora. Mario Rufer mencionó que el hecho de que los indígenas no estén dentro de la vida actual es una decisión que nosotros decidimos, todos los días. 

¿Qué hacer con el segundo piso del MNA? La museografía etnográfica, en una de sus variantes teóricas más recientes, propone que es posible un montaje siempre y cuando se actualice de forma constante. Es responsabilidad de los museos que dependen del Estado —que hasta ahora evaden las problemáticas sociales— que se actualicen bajo un compromiso social. Se les pide que sean conscientes de las consecuencias que sus contenidos tienen en el imaginario colectivo. 

Es responsabilidad de los museos que dependen del Estado —que hasta ahora evaden las problemáticas sociales— que se actualicen bajo un compromiso social. Se les pide que sean conscientes de las consecuencias que sus contenidos tienen en el imaginario colectivo. 

Una vez escuché a una curadora del MNA decir, para deslindarse de estas críticas, que no era “un museo de sociología”; sin embargo, sería sumamente beneficioso implementar herramientas museográficas que permitan un acercamiento crítico de contenido real hacia uno de los grupos más desfavorecido en México: ¿por qué las culturas indígenas están en desventaja?, ¿dónde están actualmente?, ¿preservan o no sus tradiciones?, ¿cómo viven el tiempo contemporáneo? Por medio de estrategias textuales, visuales y didácticas que inclinen a la gente hacia la reflexión de esas preguntas se lograría una considerable diferencia. Lo estéticamente agradable es aceptable, siempre y cuando no sea el objetivo final a proyectar. Ya no se diga cuando sustituye por completo cualquier tipo de acercamiento analítico.

Vale mencionar que la sala de Chiapas tiene una vitrina dedicada al movimiento zapatista —existen otras salas que brevemente señalan temas de conflicto social—; sin embargo, es un agregado con mínima importancia. Es absurdo pensar que el zapatismo no tenga más atención. Comprender la historia de su resistencia nos posibilitaría entender la importancia de las conquistas autónomas: la verdadera salida democrática. Estas son las referencias que resultan necesarias frente a un mundo que tiene una larga historia oprimiendo a las etnias y, con ello, generando discriminación y desigualdad.  

Es evidente que el Estado mexicano no va a representar sus propias fracturas y que el MNA tiene sus limitantes; sin embargo, es pertinente pensar en que los discursos modernos nacionalistas basados en universalismos no son sólo innecesarios, sino que resultan completamente caducos. Los museos nacionales, si no quieren terminar siendo obsoletos, podrían adoptar otras formas. La manera de entender la nacionalidad ya no es la misma que hace 50 años. Si algo necesitamos en la actualidad es repensar de manera crítica nuestra historia, alejarnos de discursos vacíos, fomentar una sociedad más incluyente y, por supuesto, desechar el racismo que tanto nos pesa como país. Pensemos qué tipo de cultura queremos consumir.

Las salas de etnografía del MNA son un puente que, quizá, nos pueda liberar de prejuicios racistas a partir de que entendamos nuestro desarrollo o la falta del mismo. Es urgente reconfigurar las formas de exhibición. Esto nos puede llevar a exigir democracia, derechos humanos y la aceptación social y gubernamental para integrar a personas pertenecientes a etnias dentro de la vida común. Los indígenas no son piezas de museo, están aquí, en nuestro mismo tiempo, resistiendo y sobreviviendo. 

Finalmente, si el MNA se construye para que una nación se conozca a sí misma, empecemos a conocer las profundas fracturas de nuestro país, ¿no es esto lo único que nos podría llevar hacia un verdadero cambio? EP

1 Rockwell, Elsie, La experiencia etnográfica: historia y cultura en los procesos educativos, Ciudad de México: Paidós, 2009, 23.

2 Piñel, Carlos (Dir.), Teoría y Praxis de la museografía Etnográfica, Actas del 1er Congreso Internacional de Museografía Etnográfica, España: Junta de castilla y León, 2006, 14.

3 Larrauri Prado, Iker. Vázquez Olvera, Carlos, Entrevistador. Iker Larrauri Prado: museógrafo mexicano / Carlos Vázquez Olvera. México: INAH, 2005.

4 Rufer, Mario, “La creación de las “salas de arriba” del Museo Nacional de Antropología: continuidad y rescate en la exhibición etnográfica”, en Los museos nacionales a 50 años de la Revolución Mexicana – El año 1960, Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, en prensa, 11. 

5 https://www.eluniversal.com.mx/cartera/se-duplican-visitas-al-museo-nacional-de-antropologia

6 Muñoz, Eréndira, Fragmentos de la identidad mexicana, centro de investigaciones y estudios superiores en antropología social, Ciudad de México: tesis para optar al grado de doctora en Antropología, 2012, 140.

7 Rufer, Mario. La nación en escenas: Memoria pública y usos del pasado en contextos poscoloniales, Ciudad de México: Colegio de México, 2010, 33.

8 Hernández, Natalia, De la exclusión al diálogo intercultural con los pueblos indígenas, Ciudad de México: Magenta Ediciones, 2009, 28.

9 Navarrete, Federico, México racista una denuncia, Ciudad de México: Grijalbo, 137-155.

Bibliografía

  • Mario Arriagada Cuadriello, “Indio maniquí”, Nexos, 2014. https://www.nexos.com.mx/?p=22516.
  • Carlos Piñel Sánchez, dirección, Teoría y Praxis de la museografía Etnográfica, Actas del 1er Congreso Internacional de Museografía Etnográfica, España: Junta de castilla y León,  2006.
  • Hernández, Natalia, De la exclusión al diálogo intercultural con los pueblos indígenas, Ciudad de México: Magenta Ediciones, 2009.
  • Muñoz Aréyzaga, Eréndira, Fragmentos de la identidad mexicana, centro de investigaciones y estudios superiores en antropología social, Ciudad de México: tesis que para optar al grado de doctora en antropología, 2012. 
  • Navarrete, Federico, México racista una denuncia, Ciudad de México: Grijalbo, 2016.
  • Rockwell, Elsie, La experiencia etnográfica: historia y cultura en los procesos educativos, Ciudad de México: Paidós, 2009.
  • Rufer, Mario, “La creación de las “salas de arriba” del Museo Nacional de Antropología: continuidad y rescate en la exhibición etnográfica”, en Los museos nacionales a 50 años de la Revolución Mexicana – El año 1960, Ciudad de México: Instituto de Investigaciones Estéticas, UNAM, en prensa, 11.  
  • Rufer, Mario. La nación en escenas: Memoria pública y usos del pasado en contextos poscoloniales, Ciudad de México: Colegio de México, 2010. 
  • https://www.eluniversal.com.mx/cartera/se-duplican-visitas-al-museo-nacional-de-antropologia
  • Larrauri Prado, Iker. Vázquez Olvera, Carlos, Entrevistador. Iker Larrauri Prado: museógrafo mexicano / Carlos Vázquez Olvera. México: INAH, 2005.

 

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