La muerte migrante: la otra tradición en el norte

En este reportaje, Mario Alberto Medrano González nos acerca a los rituales fúnebres en el norte de un país como México donde la muerte “es color festivo y sombra fúnebre”.

Texto de 24/11/21

En este reportaje, Mario Alberto Medrano González nos acerca a los rituales fúnebres en el norte de un país como México donde la muerte “es color festivo y sombra fúnebre”.

Quiero la muerte, pero no morir

Jaime Sáenz

Pocos países en el mundo tienen una relación tan ambivalente con la muerte (o con el hecho de morir) como sí la tiene México. Se ama y se odia, se celebra y se lamenta: es color festivo y sombra fúnebre. Esto podría parecer un lugar común como el eslogan de una marca de cerveza, pero en la genética mexicana hay una doble tradición de la que abrevamos, que nos permite festejar y lamentar, ser elegía y epopeya de La Muerte. Este par de años han puesto en la cátedra a La Dientona: diariamente se dan conferencias para hablar de defunciones. Han sido, 2020 y 2021, años de tragedia colectiva y global, hecho que no había ocurrido en siglos de historia compartida entre naciones: nunca un virus, al inicio endémico, pasó a lo pandémico en cuestión de meses, de norte a sur y en ambas laderas que divide el ecuador.  

Aquí unos datos: a decir de la Universidad John Hopkins (que se ha encargado de contabilizar muertes e infecciones diarias por Covid-19), al día de hoy en el mundo han muerto 5.139.081 personas, siendo Estados Unidos el líder de la tabla. En tanto, México, con cifras de la Secretaría de Salud al momento que escribo esto, reporta 305,518 personas fallecidas. ¿Por qué podrían ser importantes las estadísticas cuando se habla de tradiciones? En este caso, mucho, pues la pandemia impuso una desgastada relación con el acto de morir (o la imagen de La Muerte) con la ciudad, pues se ha vuelto diaria, numérica y, además, pública. 

El culto a la vida es también el culto a la muerte

Pero volvamos a la tradición y el agasajo. La muy citada frase de Octavio Paz en el Laberinto de la soledad, “El culto a la vida es también culto a la muerte”, en referencia a la sociedad mexicana, hoy podría tener vigencia en el tiempo, mas no en el espacio. Cuando Paz escribió esto, miraba a un país centralizado, a un país de postal de viaje. Sin duda, en el tiempo en que fue escrito este largo ensayo, poco se miraba hacia arriba, hacia la frontera norte, como si careciera de tradiciones, como si en ese espacio de tierra sólo conviviera el polvo y el olvido, como si palomas y tigres anduvieran enamorándose, parafraseando al chihuahuense Jesús Gardea.

En entrevista con Este País, Gabriela Riveros, escritora y catedrática, y Jorge Lázaro, doctor en Comunicación Lingüística y Mediación Multilingüe y, actualmente, profesor de la Universidad Autónoma de Baja California, nos hablan de su visión respecto a la tradición del Día de Muertos en la zona norte, la cual tiene, al igual que otras regiones del país, dos vertientes. Mientras que el centro y el sur recobran los ritos y rituales mesoamericanos, del culto a la muerte y si sacrificios y ofrendas, el norte fue asumiendo su posición geográfica al alimón con Estados Unidos y el resto de México, sobre todo en los últimos tiempos. 

Para Riveros, autora de la novela Destierros, “aquí en Monterrey, por ejemplo, el Día de Muertos no es una tradición y carece de ‘esencia’. Se trata, más bien, de una moda importada, en ella hay más de forma que de fondo. Voy a decir un cliché: ‘México es muchos Méxicos’; somos un país habitado por una extraordinaria diversidad de pueblos, culturas, tradiciones, lenguas, usos y costumbres. Todo esto es fruto de nuestro legado prehispánico milenario aunado a la herencia europea y del resto del mundo que hemos recibido durante los últimos 500 años, a la vertiginosa globalización del último siglo, a la inmediatez de la era digital presente y al sincretismo de todo lo anterior.”

“De manera que la “esencia”, las raíces, de Día de Muertos de tradición mesoamericana (altares de muertos y calaveras de azúcar) nos es ajena en el noreste. A fines de los treintas, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, la tradición de Día de Muertos fue “exportada” al norte del país, promovida por políticas públicas educativas y por esfuerzos de la Secretaría de Educación Pública para darla a conocer en el resto del país. Más tarde, a mediados de siglo, la ciudad creció descomunalmente debido a la inmigración de cientos de miles de personas de diversos estados de la República y de otros países atraídos por las oportunidades de trabajo y estudio; algunos de ellos trajeron tal vez, la tradición de Día de Muertos”, reconoció la escritora nacida en Monterrey.

Para Jorge Lázaro, quien radicó en su infancia en la Ciudad de México, “no existe una esencia como tal orientada al Día de Muertos. Es una tradición que se ha perdido tanto en lo íntimo —al interior de las familias— como en lo social. Hacer una ofrenda o altar, comprar calaveritas de azúcar o decorar de una manera especial no es parte del imaginario. De hecho, hasta hace algunos años —y me atrevería a decir esto en sintonía con mis allegados aquí en Baja California— la tradición casi había desaparecido. Fue hasta la salida de la película Coco que se reavivo el interés por esta tradición mexicana. 

Ahora bien, Mexicali también es una zona intercultural —no tanto como Tijuana, pero lo es— por lo que hay muchas personas del centro y sur del país radicando aquí, lo que hacía que por lo menos en algunos hogares se preservara el culto a la muerte desde esta perspectiva; pero a decir de los locales, lo cierto es que ya casi no se veía en ninguna casa”, reconoce el académico.

Halloween, a lo largo de la frontera

Sin duda, la globalización ha puesto un ejercicio de vencidas entre la tradición y la modernidad. Para festividades tan arraigadas como es este culto a la muerte, los efectos del exterior ponen a convivir el Día de Muertos y Halloween,  a veces de manera cordial, otras una desplazando a otra. En una charla virtual entre académicos de la Hugo Méndez y Fernando Vizcarra, titulada “Halloween y Día de Muertos: así como en la frontera norte”, reconocen que la globalización ha generado muchos discursos en torno a un hecho común como es la muerte. 

A decir de Riveros, la influencia de Estados Unidos es trascendental. “En Monterrey lo que sí se ha celebrado durante décadas es Halloween, tanto en mi generación (nacida en los setenta) como en la de mi mamá (nacida en los cuarenta). Entonces, yo me preguntaría ¿por qué la distancia entre regiones en torno a la tradición? Porque nuestra historia es distinta a la de otras zonas de México. Quienes habitaron en el centro del país en la época precolombina tenían costumbres y creencias que aunadas al mestizaje cultural con el cristianismo y a las políticas de mediados de siglo XIX de volver públicos los panteones derivaron en esa festividad de decorar tumbas con flores y velas, de poner altares de muertos.

La historia del noreste, o de Aridoamérica, es muy distinta a la de la región de los pueblos mesoamericanos en donde había civilizaciones milenarias previo a la llegada de los europeos. Los habitantes nativos de la región del noreste no ponían altares de muertos ni tampoco los colonizadores sefarditas que llegaron desde fines del siglo XVI a poblar la región. Por eso, la historia del noreste mexicano tiene más en común con estados como Texas que con el centro de México. Digamos que el Halloween era nuestra costumbre. Aprendimos, con instructivo en mano, a poner altares cuando se volvió una asignatura obligatoria en las escuelas de nuestros hijos. Es una linda tradición y ayuda a mantener la memoria de los seres queridos, pero es importada para los regiomontanos, reconoció la autora del libro de poesía En la orilla de las cosas.

En concordancia, Lázaro afirma que hay la influencia de Estados Unidos en la zona norte del país. “Halloween es la festividad que se reconoce como propia en esas fechas, sobre todo el 31 de octubre. De hecho, podría asegurar que la mitad de la población de aquí no sabe que el 1 y/o 2 de noviembre se consideran festivos por la tradición mexicana y lo asocian más bien al Halloween. Es algo muy parecido a lo que sucede con el 5 de mayo, que aunque sabemos que es un día festivo, no es tan importante en México como lo es el Día de la Independencia, mientras que la gente del otro lado —mexicoamericana— hace una gran fiesta en mayo. La adoptaron y la volvieron “la fiesta mexicana en Estados Unidos”. 

Lo curioso con Halloween es que es en sentido inverso: nosotros adoptamos una costumbre estadounidense y la volvemos la más importante, aunque todavía hay gente que celebra el Día de Muertos. Sería algo como “la fiesta de Día de Muertos en México” (pero ese “Día de Muertos” se refiere a lo que sucede en Halloween, no en el Mictlán). Es decir, aunque en ambos ejemplos se puede ver que las tradiciones conviven, el sincretismo que se vive en la frontera norte invierte los papeles haciendo que justamente tengamos un Halloween muy mexicano y un 5 de mayo muy gringo. Creo que eso es lo que marca la distancia cultural, más allá de la geográfica, con respecto al centro-sur. La gente de aquí se siente de ambos lados y, por tanto, intenta fusionar sus tradiciones. Creo que eso les da una identidad muy propia como sociedad”, reconoce el también Máster en Lingüística Teórica y Aplicada.  

El centro, de afuera hacia adentro

Quien vive en San Andrés Mixquic, pueblo anclado en la alcaldía de Tláhuac en la CDMX, vive la tradición del Día de Muertos de manera especial. Llegar caminando al panteón , en espera de la famosa Alumbra, es decir, cuando las campanas el 31 de octubre y el 1 de noviembre anuncian la llegada de nuestros, entonces los familiares adornan las tumbas con flores de cempasúchil, gladiolas, crisantemos, claveles y mano de león. Da paso un colorido “típico” del país, con calaveras, música, la variopinta gastronomía, pero también aparecen los disfraces, los monstruos, los espantos de otras regiones. 

A decir de Patricia González, mujer de 70 años que ha vendido por 50 años flores afuera del Panteón de Mixquic y quien es vecina de la Colonia del Mar, en Tláhuac, la tradición se ha transformado, más con la pandemia. “Pues, sí, sí ha cambiado. Cuando yo era niña, pedíamos calaverita con nuestra caja de cartón como caja de muerto, nos pintábamos de calaveras, y ya. Ahora, bueno, desde hace años, ya se viene con la máscara de payaso o lobo o eso. Es bonito, pero no es lo de antes. Sí, sí hay influencia del Halloween, los niños ya conocen más eso que nuestra tradición. Pues con la pandemia no ha ido mal, no vendemos casi. Este año hubo más gente, el pasado ni abrieron, entonces no fue muy mal”, reconoce González.

Ha sido esta tradición un nuevo referente para las pantallas de Hollywood, basta pensar en la película Coco o en Spectre, de la saga del 007, donde hubo un desfile de Día de Muertos en una escena, para reconocer el roce que hay entre nuestras culturas. Pero, ¿esto qué impacto tiene para esta festividad?

A decir de Gabriela Riveros, la intromisión del cine estadounidense sólo es un cliché. “Además, un magnífico negocio, un icono turístico colorido, estético y exótico que atrae a muchos. Sin embargo, eso somos, una amalgama de creencias, narrativas visuales y discursivas que se yerguen, se derrumban, mutan entre sí, cobran vida y perecen en la inmediatez”.

Por su parte, Jorge Lázaro afirma: “más que cliché creo que la han vuelto producto. Varias industrias, sobre todo la del cine, han explotado la riqueza cultural de México en los últimos años para sus producciones; desde el desfile del Día de Muertos de James Bond hasta Coco y su deformación del imaginario mexicano sobre la muerte, el Mictlán y las tradiciones que ahí se ven y que nada tienen que ver con la época. Sin embargo hay algo que es innegable, a nivel de mercadotecnia ese producto les ha funcionado y los propios mexicanos han sucumbido al consumo de masas de eso que ofrecen ‘los de fuera’”, sentencia.Si bien es cierto que la tradición de Día de Muertos en el centro y sur del país componen una arquitectura de luces, colores y olores, con rituales para la veneración de La Parca, el norte se ha mantenido distante, ha sido un espectador, a veces activo, otras pasivo, de una tradición que parece no les pertenece. Queda claro que el Día de Muertos no es, como se puede pensar, un festejo de todos los mexicanos, sino de algunos, de quienes entienden la muerte como la celebración y el lamento. EP  

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