Necesitamos la tormenta, el torbellino y el terremoto

El periodista Heriberto Paredes nos brinda una serie de postales fotográficas, auditivas y (con)textuales sobre las marchas de Black Lives Matter a comienzos de junio en las calles de Nueva York: “No basta con decir que las vidas negras importan. De hecho, ese es un lema absorbido ya por los grandes consorcios económicos: es necesario poner el cuerpo y cambiar el orden colonial de opresión.”

Texto de 25/06/20

El periodista Heriberto Paredes nos brinda una serie de postales fotográficas, auditivas y (con)textuales sobre las marchas de Black Lives Matter a comienzos de junio en las calles de Nueva York: “No basta con decir que las vidas negras importan. De hecho, ese es un lema absorbido ya por los grandes consorcios económicos: es necesario poner el cuerpo y cambiar el orden colonial de opresión.”

Jóvenes poblando las calles, gritando con furia, subiendo el volumen de la música, pantalones guangos, tenis blancos, cabellos rizados. Mientras la marea sube por Quinta Avenida o Broadway, los autos se detienen sorprendidos, abren las ventanillas y hacen ruido, sonríen y levantan el puño.

“¿Quién tiro la tiza? El negro ese” sonaba en las radios caribeñas hace muchos años, con la misma furia con la que hoy, ese negro que es todas y todos los negros, quiere tumbar la plantación.

Stop killing us dice el cartel que levanta la chica frente a un anuncio de lencería. El hartazgo por la racialización de la sociedad es uno de los rostros que tienen las protestas tras el asesinato de George Floyd, Breonna Taylor, Ahmaud Arbery (la lista es interminable). Sin embargo, el otro rostro es, sin duda, el asesinato de mujeres por el hecho de ser mujeres, por el hecho de ser mujeres negras, por el hecho de ser mujeres negras en un país dominado por los supremacistas blancos.

Desde la primera noche en que miles de personas salieron a la calle, aquel 26 de mayo, nombrar a las personas asesinadas por la violencia policiaca ha sido una tarea fundamental. Di sus nombres para no olvidarlos, di sus nombres para que, aunque las fotografías desaparezcan, todo mundo sepa quiénes fueron y quienes seguirán siendo. ¿Quién iba a pensar que los aparadores de las tiendas exclusivas del Soho terminarían cubiertos por el miedo y luego serían marcados con los rostros de una juventud asesinada?

Decir sus nombres es decir nuestro nombre a gritos cuando somos detenidos, negarnos a ser un número dentro de una cárcel, negarnos a ser una cifra en la estadística de la pandemia. Decir nuestro nombre es tener un poco de justicia y decir sus nombres es no olvidarles, no olvidar que el asesinato fue cometido por las fuerzas del orden que juraron cuidar a la sociedad blanca.

Decir sus nombres es una obligación moral para que algún día conozcamos los nombres de las miles de personas que perdieron su identidad en la esclavitud en las plantaciones bananeras de la United Fruit Company (guiño a Roque Dalton).

Tras la crisis de COVID-19 las cosas no volverán a ser iguales: entre los ríos de personas que colman las calles de Nueva York (aunque estoy seguro de que esto ocurre en otros sitios de Estados Unidos) existen algunos grupos, familias o amistades que decidieron cuidar a quienes protestan. Con una infinita dotación de tapabocas, guantes, gel antibacterial, toallas desinfectantes, pañuelos desechables, medicamentos, caretas, las manifestaciones están tomando todas las precauciones para evitar la propagación del virus y al mismo tiempo continuar con la lucha.

Todo gratis y en cada esquina. A veces se trata de bolsas de papel que tienen un kit en su interior, a veces es un auto que está estacionado y sirve de puesto para repartir, a veces en las esquinas o mientras hay un mitin, pero siempre hay alguien repartiendo insumos sanitarios.

Tal vez las cosas no vuelvan a ser como eran antes de la pandemia. La solidaridad al centro ha traído, además, comida gratis repartida en cada manifestación: agua, pizza, sándwiches, barras de cereal de todos los sabores y colores, fruta, todo repartido gratuitamente y sostenido a base de donaciones o de la buena voluntad de quien pasa una marcha de seis horas repartiendo comida.

Son como muchas mamás asegurándose que llevemos las loncheras repletas. Stay safe, stay strong, dicen las personas al despedirse.

6. Diría Juan Gabriel: “lo que se ve no se pregunta.”

Una verdad que se pasa de boca en boca pero que no es tan aceptada en los libros oficiales de historia: George Washington, el padre de la patria, el padre de los padres fundadores, tenía, más o menos, 113 esclavos. Hoy es un día soleado y estamos en Washington Square Park, un lugar muy popular entre la juventud y entre la bohemia del East Village, un buen sitio para jugar ajedrez en las bancas o comprar heroína a las 8 de la noche. Y es aquí donde una mujer negra toma el altavoz y explica que, cuando escucha que en las noticias hablan de un asesinato de una persona de color (así se dice siendo políticamente correcto), piensa en si se trata de un primo, un hermano o su madre.

Alrededor de esta plaza vivió Emma Goldman y también ardió una fábrica en la que murieron muchas mujeres trabajadoras, lo cual se convirtió en un precedente fundamental para el movimiento feminista. Hoy una mujer negra habla en la plaza que homenajea al esclavista. Eso o irrumpir en la casa del patrón de la plantación a mitad de la siesta es casi lo mismo.

Osar levantar la voz es tan importante como creer en las utopías. Es vislumbrar la posibilidad de abolir realmente el régimen racial que sostiene a la sociedad estadounidense. Si escuchan los audios que acompañan estas fotografías podrán escuchar la voz de muchas mujeres cantando, muchas mujeres con la voz en alto y con el ritmo a flor de piel. 

Los cantos y los mensajes transmitidos a través de ellos se sostienen en la voz alta de mujeres que toman el micrófono, el altavoz. Si un rostro tiene esta nueva marea es un rostro de mujer.

Hace tan sólo dos meses, en el peor momento de la pandemia en Nueva York, a las 19 horas de cada tarde las personas se asomaban a sus ventanas, salían de sus edificios, se arremolinaban discretamente afuera de los hospitales y aplaudían. Aplaudíamos mucho, en agradecimiento y un poco para desahogar el miedo que nos provocaba infectarnos de este virus y morir solos en terapia intensiva.

A comienzos de junio, las calles están repletas de gente que ya no se reúne con miedo, el personal médico sale con los celulares en mano, ya no para documentar los aplausos que se merecen sino para ver cómo el país se mueve y trata de cambiar. Ahora son ellas y ellos los que aplauden a la gente que no tiene miedo y se suman a esta rabia colectiva para luchar contra la violencia policiaca, contra el racismo que domina todo. Al menos una tercera parte del personal médico de los hospitales neoyorquinos es afroamericano, saben lo que ocurre en las calles y saben también quién tiró la tiza.

Todos estos cambios me están excitando… ¿O no? Que Babalú Ayé, Oshún y Yemanyá nos agarren confesades.

Los dolores de las madres son infinitos. Al igual que en América Latina, son ellas las que recogen nuestra memoria y la llevan consigo en las fotos que cargan. Mi hijo fue asesinado por la policía, mi sobrino no era un delincuente y, si lo fuera, no merecía morir como un animal. Extraño a mi hijo, extrañamos a nuestros hijos y nuestros hermanos, estamos cansadas de llorar, de no poder calmar el vacío. Los rostros endurecidos y enfurecidos, los ojos llorosos, nuevamente a las calles para exigir que las cosas cambien. 

Desde 1985, el Comité de Justicia ha logrado reunir a cientos de madres y familias que han perdido hijos a causa de la violencia policiaca, cada relato es la historia de la violencia racial en Estados Unidos. Lo mínimo que puede hacerse es reducir considerablemente el presupuesto que tiene la policía e invertir ese dinero en mejoras a la educación y la vivienda aunque, claro, en una sociedad en donde aún se rinde homenaje a los militares esclavistas del siglo XIX, imaginar que la población afroamericana sea educada es demasiado.

Para que caiga esta estructura social y económica basada en la falsa existencia de razas diferenciadas, donde una está por encima de las otras, también es necesario que los cuerpos blancos rompan la cadena de mando y se nieguen a ser parte de la casa real, a ser los patrones en la plantación, a ser los privilegiados de siempre. Uno de los actos solidarios y políticos más importantes en estas manifestaciones ha sido la colocación de los cuerpos blancos, entre la policía y los cuerpos negros, morenos y mulatos, para protegerlos de la violencia.

No basta con decir que las vidas negras importan. De hecho, ese es un lema absorbido ya por los grandes consorcios económicos: es necesario poner el cuerpo y cambiar el orden colonial de opresión.

Darkness cannot drive out darkness; only light can do that. Hate cannot drive out hate; only love can do that” (La oscuridad no puede sacarnos de la oscuridad, sólo el amor puede hacerlo. El odio no puede limpiarnos del odio, sólo el amor puede hacerlo), afirmó Martin Luther King. Si no le creen, les recomiendo que vean la reciente película de Spike Lee, 5 Sangres. EP


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